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miércoles, 24 de febrero de 2016

Subcampeonatos y amenazas de muerte



Me quisieron asesinar cuando fui segunda en el concurso de Miss Universo. Quedé segunda y con una amenaza de muerte. Una amenaza real, no como cuando alguien te dice “te voy a matar” y luego nada. El mundo está lleno de amenazas falsas. Hasta entre risas y cariños.

“Te voy a matar” le dijo ella a él momentos antes de besarlo con todas sus fuerzas y parar riéndose y mirándose cariñosos a los ojos.




A mí me quisieron matar desde que se supo que soy la subcampeona del Certamen de Miss Universo. Y no sé si podré seguir viviendo con ello. Si no puedo seguir viviendo quizás la amenaza se quede en nada porque no llega a cumplirse. Si yo amenazara realmente con matar a alguien, lo último que querría es que se muriera antes de que cumpliera mi amenaza. Algunos lo ven como un triunfo. A fin de cuentas, persiguen que esa persona esté muerta. Pero eso no es así. Una amenaza no persigue la muerte de una persona, si no que quiere matarla y disfruta el trayecto hasta que la asesina. Más del trayecto que del asesinato. Incluso mucho más de la amenaza que del fin. Como casi todo en esta vida. El que se contenta con una muerte no provocada por él cuando amenaza de muerte a alguien es como el barrendero que reza para que venga el viento y se lleve lo que tiene que barrer. Se lo llevará, pero para extenderlo más y hacer a la larga, más difícil su trabajo. Un trabajo que persigue que aquello quede limpio. De polvo y paja.

De paja que se hacen con Miss Universo mientras sueñan con amenazar de muerte a la segunda clasificada. A mí. Nadie se quiere hacer una paja conmigo.

De polvo por despecho. Porque la campeona se cree ya demasiado buena como para follar con cualquiera. Nadie quiere follar conmigo. Sobre todo porque no soy merecedor del segundo puesto.

Soy un hombre que no pinta nada en ese concurso.





B.S.O.: "Segundo Premio" (Los Planetas)



miércoles, 8 de mayo de 2013

Respuestas sin preguntas




V se había colado en aquella rueda de prensa. Sin saber bien de qué iba, ni por qué, pero una vez que se acomodó en la silla nadie pareció percatarse de su intromisión. Empezó la rueda de prensa y los medios comenzaron a preguntar por un orden establecido por el moderador que iba señalando con el dedo a personas que habían levantado previamente la mano, y que, tras indicar nombre y medio de comunicación, soltaban el interrogante a la protagonista de todo aquello.

- ¿Se puede decir que este es su proyecto más personal?
- Si. Sin duda estoy un momento clave de mi carrera. Todo lo que me ha pasado en la vida ha hecho que me encontrara en disposición de mostrar al público todo lo que antes estaba guardando. Creo que este nuevo proyecto es más íntimo y maduro, es el más personal, y espero que guste tanto a los que me han seguido siempre como a la gente que no les interesaba previamente y que, espero, ahora pueden encontrar en este trabajo algo diferente que les atraiga.

V se había colado en aquella rueda de prensa porque últimamente, aburrida de pasear por la ciudad sin rumbo, había tomado la muy humana costumbre de acercarse a todos los sitios donde veía que había revuelo, gente acumulada, curiosos. No sabe muy bien cómo se había colado, pero allí estaba, escuchando aquello que no sabía muy bien de qué iba.

- ¿Cree que todo lo que ha pasado en su último año está reflejado en este nuevo trabajo? ¿Cómo afronta su carrera tras los cambios que ha dado su vida estos meses atrás?
- Bien, he indicado previamente que no estábamos aquí para hablar de mi vida privada, perdone. Pero sí, este trabajo es muy personal y, obviamente, está influido por todo lo que pasa en mi vida, y por todo lo que veo a mi alrededor, es inevitable.





V se había colado en aquella rueda de prensa y encontró algo inesperado: Una mesa donde alguien (bastante guapa y amable, por cierto) contestaba cortésmente a todo lo que se le preguntaba, con una sonrisa y con una aparente posesión de la verdad muy curiosa. V pensó que quizás había encontrado el lugar que estaba buscando y las respuestas en aquella rueda de prensa donde se había colado y, superando su enfermiza timidez, se lanzó al vacío y levantó la mano con miedo, dispuesta a preguntar.

- Usted -le indicaron enérgicamente mientras le señalaban con el dedo desde la mesa central.
- ¿Yo?
- Sí, usted, la del suéter violeta.
- Pues mire, quería saber...
- Perdone, sabe usted las reglas ¿Nos dice medio y nombre? Y recuerde que sólo se permite una pregunta por persona, por favor.
- Esto... Medio no tengo... Y mi nombre... Me pueden llamar V.
- ¿Perdone? ¿Usted no debería estar aquí o me lo parece a mí?

Se escuchó un runrún en la sala y V sintió como todo el mundo murmuraba mirándola de reojo. Tuvo miedo del tono de voz de aquella persona que manejaba la rueda de prensa con poder de decir quién y cuándo se puede preguntar. Agachó la cabeza aterrada y pareció emitir un suspiro o una leve disculpa entre dientes mientras comenzaba a agacharse de vuelta a su asiento.

- No se preocupe, haga la pregunta -Intervino la protagonista del acto y su voz amable y la sonrisa que ponía en la distancia parece que daba fuerzas a V para no llegar a asentar su trasero en la silla de vuelta al anonimato y la empujó a recuperar la verticalidad y llenar sus pulmones de aire como paso previo a lanzar la pregunta- Pero, por favor, ¿Cómo te llamas?
- V. Muchas gracias. Me llamo V.
- Encantada V, y la pregunta es...

V se vio en la oportunidad de su vida. Se encontró frente a la posibilidad de obtener todas las respuestas que estaba buscando. O, al menos, poder formular las preguntas. Carraspeó y, sin vencer del todo la timidez pero con un arresto impropio de su personalidad pública, lanzó la pregunta con un pequeño hilo de voz casi inaudible que provocó que tuviera que repetirla por dos veces, con el consiguiente murmullo de los asistentes:

- En una sociedad donde todo está controlado y organizado, ¿Por qué no hay algún sitio donde poder encontrar amigos para mí? ¿No existe ninguna manera o ninguna figura que pueda colmar mi necesidades puntuales de amistad? ¿

Se creó un gran silencio, seguido por alguna risita extemporánea, hasta que el moderador del evento acudió al rescate de la situación.

- Perdone, pero creo que no es el foro adecuado ni lo que nos ha traído aquí hoy preguntas como esas. ¿De verdad está preguntando usted por qué no existen amigos para usted cuando los necesita? ¿Está preguntando si no hay manera de conseguirlos?
- Si, exactamente... No me salían las palabras.
- Bueno, no es el momento...
- Perdona, déjame -interrumpió la protagonista de la rueda de prensa- Si no les importa voy a intentar responder a nuestra querida V.




¿"Nuestra querida V"? ¿Aquella desconocida con tanta atención en torno a ella la estaba llamando “Querida V”?

- ¿Quieres saber si se pueden conseguir o no amigos para ti cuando los necesitas?
- Si.
- Existen, mi querida V, y se llaman acompañantes. Se trata de un servicio generalmente usado más por los hombres que por las mujeres, pero puede buscar un acompañante y pagarlo cuando quieras. Mismamente, en casi cualquier diario encontrarás muchas opciones.
- ¿Por qué no existen personas a las que pueda contar mis penas cuando lo necesite?
Existen, mi querida V, y se llaman psicólogos. Y más baratos que los psicólogos, se llaman barmans.
- ¿Personas que me puedan indicar hacia dónde va mi vida? ¿Para qué estamos aquí?
- Bueno, esa es más compleja, pero en resumen, para lo primero están los orientadores sociolaborales y para lo segundo, curas o consejeros espirituales.


El silencio y el estupor se habían apoderado de todos los presentes en aquella rueda de prensa. Ni siquiera el moderador, seguramente curtido en mil batallas, parecía saber reaccionar ante aquello y su expresión facial parecía más de un fan obnubilado ante V y su presencia, que la de alguien que debe controlar una rueda de prensa.

Se había generado una situación muy cinematográfica en la cual, dos personas a cierta distancia, se miran intensamente, en silencio, ajenas a todo lo que pasa a su alrededor. Y a su alrededor, el silencio fue tornándose en murmullo, luego en algarada, hasta que el moderador reaccionó buscando la siguiente pregunta entre los asistentes. 

Antes de que nadie volviera a levantarse, la protagonista del acto (V no, la interrogada) se excusó diciendo que había sido un placer, pero que le requerían más compromisos y que el acto había terminado. Se levantó del escenario y, sin dejar de mirar a V, salió por un lado de la sala con un gesto casi imperceptible que V interpretó claramente como una invitación a que la siguiera.

En instantes, la escena cambió, y las dos se encontraron en el asiento trasero de un lujoso coche en marcha, con cristales tintados.

- ¿Quieres tomar algo?
- Agua, sólo agua, por favor.
- Pues yo necesito algo más fuerte -dijo ella mientras le acercaba un botellín de agua a V.
- Para mí el agua es lo suficientemente fuerte.
- ¿No bebes?
- No debo.
- ¿No debes?
- No bebo.

El coche marchaba a gran velocidad, aunque V sólo lo intuía por lo rápido que pasaban las cosas tras el cristal ya que la estabilidad y la comodidad de aquella parte de atrás con nevera y totalmente aislada del conductor, no lo indicaban de ninguna manera. No se preguntó nada. No era el momento. No sabía nada y nadie le había dado opción a preguntar. Pegó un trago de la botella que acabó con más de la mitad del agua de un tirón.


- Nadie nos dijo que iba a ser así, ¿Verdad?
- ¿Cuándo?
- Cuando eres pequeña, o luego, no te avisan.
- ¿No te avisan de qué?
- De que todo esto iba a ser así.
- No, no nos avisaron.
- No nos dieron un jodido manual de instrucciones.
- No sabíamos que podríamos llegar a necesitarlo.
- Quizás no. Y quizás no lo hubiéramos leído nunca, pero por lo menos sabríamos hoy que lo tuvimos y no le hicimos caso.
- No nos dieron manual de instrucciones.
- No nos avisaron que esto sería así.


V volvió a pegar un trago al botellín de agua y la acabó. En otras ocasiones pensaría cómo en dos tragos había acabado con ella y eso le haría pensar muchísimas cosas y estaría entretenida con aquel pensamiento un buen rato, pero en aquel momento y en aquellas circunstancias, no sabía si no pensaba porque no podía pensar o si, simplemente, le había desbordado la situación hasta desparramar sus pensamientos. Estaba pensando.


- Tú no sabes quién soy yo, ¿Verdad?
- No -respondió V extrañada.
- Da igual, yo tampoco sé quién eres tú, aunque eso es más lógico.
- ¿Sí?
- Si. Pero no es importante.
- Ya sé que no soy importante.
- No quería decir eso.
- Da igual.
- ¿No vas a preguntarme nada más?
- No.
- Yo nunca he preguntado demasiado. Hasta ahora. Siempre he tenido miedo a las respuestas. 
- Yo tengo miedo a las preguntas y no conozco las respuestas.
- Las respuestas están en las preguntas. Por eso me dan miedo las preguntas.
- ¿Nunca habías querido preguntar por miedo a las respuestas?
- Me acabas de hacer una pregunta...
- Lo siento...
- No te preocupes, me gusta. Me ha gustado mucho lo que has hecho hoy, allí, en la rueda de prensa. Y quiero compartir algo contigo.



Paró el coche y V fue invitada a bajar. Bajó el chófer, que era una chica negra con uniforme y gorra al estilo de Oteliña, aquella que tuvo Cela y que se hizo famosa por un anuncio donde el nobel gallego la instaba a comer porque estaba muy flaca. Puso un papel en la mano izquierda de V y, mirándola a los ojos, le dijo que ahí estaban las respuestas, lo único que debía saber. Que su jefa había sido educada en un modelo de sociedad falocéntrica, como todos, y lejos de considerarlo un problema, lo había convertido en una gran virtud que la ayudó a comprender todo. La falsa Oteliña cerró la mano de V sobre el papel y volvió a subir al coche. En ese momento se bajó el cristal de la ventanilla de atrás:

- Eso es lo único que necesitas saber. No busques respuestas. No te hagas preguntas. No me hagas mucho caso.

El coche arrancó dejando una gran polvareda tras de sí en otra escena puramente cinematográfica. V miró a su alrededor y no reconoció aquel lugar. Pero lo urgente era leer el papel que tenía en su mano izquierda. Una frase, sólo ocho palabras:



V sonrió y tuvo ganas de gritar y preguntar al viento, pero recordó lo de guardarse las respuestas para sí misma y no formular preguntas. Pero a partir de ese día, todo cambió, y V siempre supo que viviría una gran duda en su interior: 

¿Qué hacer si el malo y la chica son la misma persona?

Pero aprendería a vivir con ello...







B.S.O.: "Mata al malo y pilla a la chica" (Siniestro Total)






jueves, 25 de abril de 2013

La mujer que mató a Paulo Coelho (Remake con montaje del director y escenas eliminadas)




Introducción a la versión Abril de 2013:
Esta pretende ser una versión ampliada, corregida y aumentada del volumen final ya publicado aquí en Marzo de 2012: El hombre que mató a Paulo Coelho (Capítulo final). A su vez es algo totalmente diferente y que no tiene nada que ver, más allá de la sana costumbre, que nunca perdemos de vista desde el consejo de redacción de cabezadeavestruz, de meternos con el Señor Conejo, Metaforaman o como ustedes tengan a bien llamar al personaje que responde al nombre de Paulo Coelho (O eso dice él).

La historia en este caso se centra en una chica que, al despertar un día de resaca, descubre que su vida sólo tendrá sentido el día que asuma que ella mató a Paulo Coelho. Evidentemente, la historia está basada en hechos ciertos y cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia si no que es totalmente intencionado.



Había escuchado esa frase millones de veces. Aquello de que “Si un escritor se enamora de ti, nunca morirás”. Cerré los ojos. Metí la cabeza debajo de la almohada y la apreté contra mí con mucha fuerza. No quería salir al mundo, no quería volver a despertar. No quería ser persona con esa frase en mi mente. Necesitaba encontrar alguna cabeza de caballo cortada por mi cama para empezar a sentirme bien y afrontar el día con confianza, lejos del temor a esa frase, aterrada porque acababa de meterme en un pánico sin sentido, que me hará caminar todo el resto de mi vida con miedo a que me persiga, con pavor a que mi nuca sienta su aliento. “Si un escritor se enamora de ti, nunca morirás”.




No sé por qué, de no encontrar la cabeza de caballo cortada que me hiciera gritar como una histérica, con razón y excusa, para mejorar el día que aún no había tenido poder para empezar, pasé a recordar como las nutrias duermen de la mano por si las corrientes las llevan lejos, para así amanecer y despertar juntas donde quiera que hayan llegado. Hace tiempo descubrí la imagen y el concepto. Me parece hermoso, mágico, tierno y devastadoramente emocionante. Las nutrias se agarran de la mano, duermen, y cuando despiertan siguen juntas, por muy lejos que les haya llevado la corriente. 

Yo no sé nadar, pero una vez lo intenté y salí despavorida de la piscina cuando vi a Paulo Coelho con un gorro de silicona lleno de frases suyas, tirándose en mi misma calle para empezar su chapuzón. No he vuelto a pisar una piscina desde entonces. Sigo atemorizada por aquella imagen y me cago en las bragas sólo de imaginar sacar la cabeza del agua para tomar aire y encontrar frente a mí una de las maravillosas frases del brasileño que me dice cómo tengo que hacer para vivir mejor y más feliz. Prefiero encontrarme con una pareja de nutrias que, aunque muchos no lo crean, es infinitamente más higiénico. Física y moralmente.

Prefiero las nutrias aunque

A mí no me guste dormir rozando a nadie. 
A mí no me guste despertar.
A mí no me guste la coleta de Paulo Coelho.
A mí no me guste encontrarme con gente que adora a Paulo Coelho.
A mí no me guste la gente.
A mí no me guste que me manden powerpoints con fotos de amaneceres, frases de Paulo Coelho y música de Enya.


Pero, sobre todo,
A mí no me gusta Paulo Coelho
LO ODIO


A mí no me interesa sentir que soy imbécil porque no sigo sus consejos para ser más feliz.
A mí no me interesa que diga que el “Ulises” de Joyce hizo mucho mal a la literatura.
A mí no me interesa que siga haciendo daño a la literatura.


Pero, sobre todo,
A mí no me interesa enamorarme de alguien a quién le guste Paulo Coelho.
LO ODIO.



Con la mierda de resaca que llevo, lo peor que puedo hacer es seguir pensando en el metaforaman brasileiro porque así no va a haber quién me haga afrontar el día. Y mucho menos, imaginármelo enamorado de mí, diciendo aquello de “Si un escritor se enamora de ti, nunca morirás”, corriendo tras de mí, echándome su curativo y filosófico aliento putrefacto en mi nuca. Quiero que mi nuca sea mordida y soplada por brutos personajes que me encuentre en un bar rockero donde nadie tenga el menos interés por leer, y menos al Señor Conejo. Quiero que cuando sienta un aliento en la nuca sea salvaje y sucio, y no lleno de paz espiritual y acento portugués, almibarado con música del Circo del Sol y bellos paisajes naturales pasando diapositiva tras diapositiva. Tiemblo cada vez que veo que alguien le atribuye esa frase.

Tengo que ir a verla de inmediato porque como siga así me voy a follar a cualquiera con tal de que Paulo Coelho se olvide de mí y me deje morir en paz. Necesito verla, para morir en paz, enamorada como una nutria, durmiendo en la corriente, de su mano. Sin ser inmortal porque el cabrón del brasileño se haya empeñado en enseñarme su amor por mí y todo lo bello que hay en el mundo.

Voy a buscarla. A la cosa más bella del mundo...


(Elipsis temporal)


Llego a a verla y me la encuentro mil veces más bella de lo que la recordaba. Sonrío levemente, sin que se me note demasiado. En esa media sonrisa disimulada e inevitable se puede resumir mi vida. Luego ya sonrío sin disimulo con toda la cara y todo mi cuerpo para que ella sea consciente de que me alegro mucho de llegar y verla.

Hola, ¿Cómo estás? Tenía muchas ganas de verte. Estás guapísima. Creo que podría pasarme la vida mirándote sin cansarme. Quien dice la vida entera, dice siempre. Dame la mano por si nos lleva la corriente mientras soñamos y así podremos despertar juntos.

Y me sonrió. 
Y en esa sonrisa forzada me di cuenta de que ella estaba enamorada de Paulo Coelho. De sus libros, de sus citas y aforismos. 
Y aquella media sonrisa disimulada que pongo siempre al encontrarla porque la veo más bella de lo que tenía en mente en la que se puede resumir mi vida, se tornó en mueca sangrienta con deseos de venganza...




Y como esta es una historia que tiene su parte sucia y despreciable (Paulo Coelho) y sus partes bellas y luminosas (la media sonrisa que puede resumir mi vida, las nutrias de la mano durmiendo en la corriente de un río) decidí no enamorarme nunca de ella para no obligarla a vivir siempre. Y como recordé que no soy escritora y no tengo ese poder, me volví a la (Elipsis temporal) y aproveché para sepultar con saña a Paulo Coelho bajo todas las diferentes ediciones de “El Alquimista”, sólo por el placer de escuchar en su agonía una última frase, una última enseñanza, un último soplo de luz vital que me guardaría para mí y no dejaría que contaminara el mundo.

Y con esa media sonrisa que resume mi vida, más la media sonrisa de ver al Señor Conejo sangrando aplastado bajo sus letras, junté una sonrisa entera.

Y me quedó bella. Y me sentí bien. Y me creí nutria.

Y salí a buscar un escritor al que enamorar para no morir nunca...





jueves, 14 de marzo de 2013

Diálogos




No sé por qué me molestaba en discutir con él. Siempre tenía soluciones y le encantaba compartirlas con todo el mundo. Sabía cómo arreglarlo todo. Lo tenía muy claro:


Crearé la banda terrorista más sanguinaria y con más colaboradores del mundo.

¿Como el IRA o la ETA?

¡Qué antiguo! ¿No te has dado cuenta de que antes se decía La ETA y ahora se dice simplemente ETA? Es curioso, ¿Verdad?

Tienes razón, pero entonces, ¿Como el IRA o ETA?

Sí, como el IRA o ETA. Pero todo el mundo querría unirse, seríamos legión y millones por todo el globo. Todo el mundo querría participar y tendría algo que aportar.

Eso es malo.

No. Nuestros objetivos serían todos aquellos que hacen mal a la vida en general. Abusones, estúpidos, traficantes de armas, políticos, banqueros, gente despreciable… Nuestra causa no sería nada idealista. Simplemente eliminaríamos a quién sobrara o nos hiciera la vida imposible… ¿Tú no quieres matar a nadie?

No quiero matar a nadie. No creo que sea bueno siquiera desear matar a alguien.

Bueno, rectifico la pregunta: ¿No te gustaría que alguien desapareciera para siempre? ¿No sería mejor para tu vida que ciertos personajes no existieran?

Visto así…

Ahí estaremos nosotros… Toma nuestra tarjeta. Esto está a punto de ponerse en marcha.

¿Cómo dices?

Bueno, un gusto verte. Ya nos wasapeamos o nos llamamos un día de estos, que te vendes muy caro...

Claro, claro... Nos vemos en otra, ¡Ciao!

¡Nos vemos!




Cogí la tarjeta y era un 2x1 en el Pub “Diálogos”. 

Detrás, con bonitos y llamativos colores, tenía la dirección, el metro más cercano, las explicaciones... 


Abierto de Martes a Jueves hasta las 3:30. 
Viernes y Sábado hasta las 6:00.

Todos los Jueves sesión de DJ con éxitos de los 70, 80 y 90, los Viernes LIVE Music con nuestra banda y los Sábados diálogos y debates acerca de si está bien o mal matar gente por muy mala que sea. 
Introduciendo siempre el diálogo con el manido pero no menos útil “¿Mataría usted a alguien que ha matado a un familiar suyo? 
¿Y a Hitler?". 
Conveniente llevar estupefacientes en el cuerpo que ayuden al diálogo. 

Prohibido el consumo de drogas en el interior del local.



Arrugué la tarjeta en mi mano y la tiré hacia la papelera sintiéndome un poco Larry Bird. 

Pero Larry Bird tenía un excelso porcentaje de acierto y palidecería viendo mi lanzamiento que rebotó en un lateral de la papelera y cayó en el suelo vergonzosamente.

Seguí caminando abrumado y me sentí mal por haber ensuciado mi ciudad.



B.S.O.: "La dejo o no la dejo" (Albert Plá)





martes, 7 de agosto de 2012

Microrrelatos Sin Pudor (Volumen 27): La mirada 2.0



Se limpió las gafas concienzudamente. 


(Siempre he querido escribir algo donde incluir la palabra "concienzudamente")


Antes de ponérselas, ya me estaba mirando. 

Y sin dejar de mirarme, 
dijo algo que nunca olvidaré mientras viva:




“Si te equivocas con las palabras,
 seré indulgente. 

Si te equivocas una sola vez con las miradas,
 juro que te mataré.”




No lo he olvidado.

No sé si sigo viva, pero no he olvidado esas palabras.

Hay momentos en los que las palabras sobran porque las miradas dicen más. Y hay miradas que crean momentos que las palabras no pueden definir.

No sé si sigo viva…  ¡Mírame!


domingo, 4 de marzo de 2012

El Hombre Que Mató A Paulo Coelho (Capítulo Final)



Me empieza a faltar la respiración. El calor agobiante me puede. Salgo corriendo de la sala de conferencias. El Hall del Centro Cultural es más largo de lo que me había parecido al entrar. Tardo un mundo, o me lo parece, en llegar al exterior y recibir aire fresco. Si por aire fresco se puede entender ese ambiente contaminado de la gran ciudad. 

Reposo, respiro con dificultad pero voy relajándome. Me siento mejor. Enciendo un pitillo y pienso en lo que me ha pasado. Quizás la calefacción del Centro Cultural o quizás hayan dejado entrar a demasiada gente. La moderadora del acto parecía también agobiada. No paraba de mover su abanico aunque hacía un ruido molesto para el resto de acompañantes en la mesa. ¿Qué clase de persona lleva un abanico en el bolso en pleno Marzo? ¿Qué tipo de palabra es "pitillo"?.




La semana pasada estaba bien. Ilusionada incluso. No todos los días invitan a una a un debate sobre literatura de autoayuda. 

- ¿Literatura de Autoayuda? No sabía ni que existiera un género siquiera…
- Pues existe, y es muy importante. Está en continuo crecimiento, y con los tiempos que corren, sólo le hace sombra la novela histórica, que ahora está en el top, pero que caerá como todas las modas literarias. La L.A. está desde hace mucho ahí, y nunca baja… Además, con los tiempos que corren, irá a más. 
- Claro. Siempre se necesita que un libro te diga lo que debes hacer y no haces…
- No es eso, pero es una visión. En cualquier caso, queremos contar con usted.
- No creo tener nada que aportar al tema.
- No sea modesta. Usted tiene mucho que aportar y estaremos encantados de que acepte nuestro ofrecimiento. Hay mucha gente interesada en oír lo que tiene que decir sobre el tema.
- Hay más gente que no tiene el menor interés en oírme.
- Pero esa gente no irá. 
- Ahí tiene razón…
- Pues ya lo tiene…

Silencio incómodo. No conozco los silencios cómodos. Hay libros de autoayuda que hablan del silencio, pero a mí me incomoda más leer libros de autoayuda que los silencios incómodos. Debería decir algo. Quizás debería aceptar. Necesito el dinero.

- Usted conoció a Paulo Coelho, ¿Verdad?
- Sobre eso no voy a hablar
- Estaríamos interesados en que… 
- SOBRE ESO NO VOY A HABLAR Y NO ES NEGOCIABLE

Silencio incómodo volumen 2. Segundas partes nunca fueron buenas. Salvo la de El Padrino y el segundo polvo con cada mujer que ha pasado por mi vida. 

- De acuerdo. No hace falta que hable de Paulo Coelho. Ni siquiera mencionaremos el hecho.
- Allí estaré

El verano que visitamos la Zona Cero nos abrazamos acongojados por una emoción diferente. La tuya de la mía. Yo no era ningún crápula. Tenía 20 años y te quería. Eso era todo. Tú pensabas en un lugar dónde van los que ya no están. Tenías fe en Paulo Coelho y me querías. Eso era todo. Estábamos en diferentes velocidades cuando nos abrazábamos acongojados el verano que visitamos la Zona Cero.

Para ti Paulo Coelho tenía todas las respuestas. Para mí, tú eras todas mis preguntas. El verano que nos dimos al amor se enfrió cuando Paulo Coelho entró en nuestras vidas. Visitamos la Zona Cero y nos abrazamos en ella. Pero tú pensabas en Paulo Coelho y fantaseaba con ser la directora de tus orgasmos.

Nunca fuimos hábiles para estar en el mismo plano, en la misma emoción, en la misma circunstancia, pero tuvimos nuestros momentos. Nunca fui la directora de tus orgasmos porque tú siempre fuiste un verso libre, pero tuvimos momentos que otros vivirían varias veces por llegar a soñar con ellos. Pero tú tenías fe y pensabas  en Paulo Coelho. Paulo Coelho entró en nuestras vidas en el mismo instante en el que te abracé en la Zona Cero aquel verano.

Hubo un tiempo en el que caí en el abismo. Entonces recurrí a ti para que me salvaras y tú me ofreciste a Paulo Coelho. Cuando me hundía en mis profundidades quise que me cogieras de la mano y me ofreciste a Paulo Coelho. Esos momentos en los que todo va mal, todo se tuerce y se te cae en la cabeza, y deseas la muerte de Paulo Coelho aunque no sepas muy bien porqué. Esos días. Aquellos tiempos.

La Zona Cero puede ser cualquier sitio devastado en el que la melancolía te recuerde la mezquindad del ser humano y de todo lo que nos rodea.

- Perdone
- ¿Sí? Dígame
- ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo?
- Sí, gracias, todo va bien… He sentido un poco de agobio y me moría de calor. Necesitaba respirar aire fresco con urgencia, eso es todo.
- Me alegro. Debería volver dentro. Va a empezar el coloquio.
- No quiero. No voy a hacerlo. No voy a volver ahí dentro.
- ¿Perdone? Tiene que entrar. Hay gente que ha venido a verle exclusivamente a usted. 
- Eso nunca lo he entendido.
- Tiene una responsabilidad con nosotros y con sus seguidores.
- Lo siento, de verdad que lo siento. No voy a volver ahí dentro. Si quiere, puede decir que no me ha encontrado aquí fuera cuando ha salido a buscarme. Me iré enseguida. No quiero problemas.
- Pues si no entra va a tener muchos problemas…
- Si entro también voy a tener muchos problemas
- ¿Qué está diciendo?
- Da igual, no lo entendería…

Y me fui escuchando cada vez más lejos los improperios de aquella persona que no tenía culpa de nada y simplemente había trabajado mucho para que alguien como yo echara todo por tierra en el momento preciso.

Me fui para no volver. No volví a ningún sitio realmente. Decidí que no tenía sentido mirar atrás, ni con pena ni con nostalgia. Decidí seguir caminando, aunque la mochila pesara cada vez más. Decidí tantas cosas que no recuerdo cómo llegué a ellas. Decidí…

El hombre que mató a Paulo Coelho piensa que no todo el mundo es bueno, aunque lo intente.
El hombre que mató a Paulo Coelho ha desayunado hoy café con leche, zumo de naranja de tetrabrick y tres magdalenas.
El hombre que mató a Paulo Coelho sueña con una chica que sabe que algún día pasará de él porque encontrará a alguien mejor a quién amar.
El hombre que mató a Paulo Coelho hace tiempo que no lee un buen libro y no va al cine desde el estreno de Gangs of New York.
El hombre que mató a Paulo Coelho es una mujer.
El hombre que mató a Paulo Coelho se despista con facilidad en el metro de Londres.
El hombre que mató a Paulo Coelho escucha Boys don´t Cry de The Cure constantemente…




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