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lunes, 16 de mayo de 2011

Fotos que me hubiera gustado hacer a mí (Volumen IV): Dioses y monstruos

"Las mujeres más lindas resultan casi siempre las más aburridas, y ese es el por qué, de que ciertas personas no crean en Dios".
Woody Allen (Sin plumas)


FOTO: Yves Herman (REUTERS)

Ahí está. 
Mirándome directamente. 
Pendiente de mí, que presto toda mi atención. 
A pesar de que detrás de Él haya una nube de rabiosos fotógrafos que han venido a coger su mejor pose y que se tendrán que conformar con que Él se digne a dar la vuelta y dedicarles una miradita desde sus históricas gafas de pasta.

Ahí estoy. 
Plantado frente a frente a uno de mis mitos. 
Me mira directamente tras sus gafas de pasta negra, aunque detrás tenga una legión de fotógrafos pagados por buscar una instantánea con su mirada, con algún gesto, con alguna mueca. 
Me mira a mí y da la espalda al mundo. 
Al menos, mediáticamente. 
Hoy en día no eres nadie si no sales guapo en las fotos. 
Él nunca ha sido guapo, pero me da igual. 
Estoy enamorado de Él desde que lo conozco. 
Aunque no crea conocerlo a fondo, lo que sé ya me vale para rendirle pleitesía eterna. 
Es más de lo que de la mayoría de los habitantes del mundo en el que habito puedo decir.

Ahí estamos. 
En comunión. 
Lo divino y lo humano. 
Sin saber muy acertadamente quién es quién. 
Él no me conoce a mí. 
Yo sólo sé de Él por sus películas, por sus escritos… 
¿Quién engaña a quién? 
¿Merece la pena adorar a un ser pequeñito que da la espalda a una legión inmensa de periodistas acreditados para mirarme a mí?

Decían en Nadie conoce a Nadie que “hay que creer en algo, en la religión, en la política. O en un par de tetas, pero hay que creer en algo”…

Yo creo en las tetas, eso está claro. 
De religión y política no hablo porque pierdo amigos. 
De tetas sí me gusta hablar...

Hay gente a la que le gustaría creer en Dios, pero sólo cree en Billy Wilder.
A mí me gustaría creer en ti, pero creo en Woody Allen.

No sé quién o qué es Dios.

No sé si creo en Él o no.

Siempre he sido más de sacerdotisas.

Aunque a esas sí que no me las creo… 

Y me da igual.


Posdata Irrelevante (Como casi todas): Llevar tanto tiempo con esta canción de melodía del despertador quizás tenga algo que ver...


martes, 28 de septiembre de 2010

El Hombre que pudo disparar a Lina Morgan


El sueño de la razón produce monstruos (Francisco de Goya)


Parte 1: La Razón
 
S era un chico normal. Todo lo normal que eran los chicos por aquellos tiempos. Era un chico de costumbres fijas y placeres sencillos, como la mayoría de la gente que le rodeaba. Como la mayor parte del mundo que conocía. S era un chico normal y pensaba que lo lógico era ser así.
Hasta que S empezó a pensar. Y empezó a dudar. Y las dudas empezaron a abrumarle.
Hasta que su kioskero habitual le regaló una pistola con su ejemplar dominical de La Razón.
 
- ¿Ésto qué es? 
 
Preguntó extrañado. Había conseguido una vajilla, un secador de pelo, una almohada viscoelástica, las pelis de Paco Martínez Soria..., Pero nunca pensó que pudiera tener una pistola con La Razón. Y todo a 2,50 con el Diez Minutos
 
- Una pistola, de la colección "Pistolas Célebres del Siglo XX". La primera es gratis, a partir de la semana que viene 9,95.
 
Tampoco parece demasiado caro. 9,95 es un precio razonable por una pistola aún sin saber cuál es su precio habitual de mercado.

 
Parte 2: Monstruos

S era un chico normal. Todo lo normal que eran los chicos por aquellos tiempos. Era un chico de costumbres fijas y placeres sencillos, como la mayoría de la gente que le rodeaba. Como la mayor parte del mundo que conocía. S era un chico normal y pensaba que lo lógico era ser así.
Hasta que S se vio con una pistola en la mano. Hasta que pensó más de la cuenta. Hasta que se cansó de ser un chico normal.
¿Por qué no ser apasionado? ¿Por qué ser normal? ¿Por qué no dejarme llevar?  Y se dejó llevar…
Todos sabemos que cuando alguien se deja llevar, la importancia de ese acto radica en la gente que se encuentra a su alrededor en ese preciso instante. Y a S le habían llevado a ver una obra de teatro actuación de Lina Morgan. Levantó el culo de la incómoda silla del patio de butacas y se encaminó por el pasillo hacia el escenario. Sin que nadie reaccionara a tiempo se subió a las tablas y se introdujo en la obra de teatro escena como si tal cosa. Cuando se acercó a Lina Morgan  supo que había llegado su momento: Sacó la pistola y el público chilló aterrado. Lina le pidió que no lo hiciera. Los vigilantes de seguridad del teatro lugar le amenazaron con dispararle si no dejaba inmediatamente el arma.
 
- No es un arma, ¡Estúpidos!... Es una pistola que me han regalado con La Razón.
 
No hizo caso.

 
Parte 3: Lina Morgan

S nunca lo supo, pero Lina Morgan no existe. Al menos eso quiero pensar…
 
 
 
"El exceso es el veneno de la razón"
(Francisco de Quevedo)

 

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