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jueves, 18 de julio de 2013

18 de Julio: ¡Viva Franco... Battiato! (Recopilación de probabilidades)


Probablemente tenga cosas muy raras en mi interior.
Probablemente hasta el mediodía no haya sido consciente de que hoy es 18 de Julio.
Probablemente sea debido a que puedo permitírmelo porque a día de hoy no existe -aparentemente- una ley de vagos y maleantes.
Probablemente haya mucha gente hoy con ganas de celebrar cosas.
Probablemente también habrá gente que al leer la palabra probablemente al inicio de la historia haya mandado de paseo su mente a una canción de Maná, pero probablemente seguro que si sigo pensando en esto me odie a mí misma más de lo que ya lo hago...





Esta es la única línea de este texto que no va introducida por el adverbio probablemente: Tengo cosas raras en mi interior, sobre eso no hay muchas dudas que expresar y hoy es 18 de Julio: ¡Viva Franco Battiato!


Fuente: forfiesta.tumblr.com 


Probablemente siempre seré un nómada por tu cuerpo aunque siempre haya necesitado en secreto que seas mi centro de gravedad permanente.
Probablemente te venga a buscar cuando pase la estación de los amores, aunque sólo sea por el inmenso placer de verte danzar.
Probablemente no sea capaz de ver cómo enarbolas la bandera blanca cuando pida clemencia.

Pero, sobre todo, probablemente tú no estés leyendo estas líneas y eso sea motivo más que suficiente para terminarlas antes de sangrar demasiado.


Seguramente no sea buena idea escribir pensando en ti...




B.S.O. I: Se me olvidó otra vez (Chavela Vargas)
B.S.O. II: Escuchen algo de Franco Battiato más a menudo, verán como se sienten mejores personas...





miércoles, 13 de octubre de 2010

Respuestas a Miss M

M solicita, con cierto asombro e indisimulada curiosidad que le hable de mí. Pero no de mí sin más. De mis miserias, de mi oscuro interior, de mi yo oculto. No es que sea una morbosa insaciable (o sí, realmente no lo sé) sino que yo le he dado pie a ello. Mi estúpida pose de chica atormentada y con un terrible e inaccesible interior oculto le ha despertado curiosidad.
Otras letras se sorprenderían de ésto. Son letras que se han acercado y han visto mi luz. Algunas incluso me consideran un ser luminoso y cálido al que merece la pena acercarse, pero no me lo dirían por no inflar mi ego. Son letras que nunca me han seguido el juego del maldito ser oscuro y tenebroso. Nadie ha entrado del todo. No les culpo: Yo soy la que no deja entrar.
Hay cosas que no se pueden ver. Hay cosas que nadie debería presenciar. Todos tenemos un cuarto oscuro al fondo de nuestra casa de campo. Hay personas que creen que es un honor dejarte entrar en él, pero no es más que una estratagema para enseñarte un trastero viejo y esconder en el sótano la verdadera porquería. Incluso hay quien tiene tan a la vista cierta clase de inmundicias que no merece la pena plantearse si hay más porque te asomas a la casa aguantando la respiración por la fetidez que desprende. No digo que no haya nadie que tenga toda la casa limpia, probablemente exista, pero incluso en el lugar más limpio hay alfombras bajo las cuales esconder lo que barremos con el paso del tiempo.
 

 
M quiere ver el sótano. Cuanto más escondes algo, más curiosidad despierta. Basta con que le digas a alguien “Ahí no se puede entrar porque lo que hay dentro no se puede ver” para que cualquier duda sobre su interés de echar un vistazo se disipe de repente pasando a ser una casi insana necesidad de entrar aunque sea con mascarilla. No puede haber nada tan terrible como para que no pueda verse –pensamos ingenuos- pero los vertederos nucleares se crearon para que todo lo allí se eche quede completa y herméticamente sellado para siempre. No son cien por cien seguros, pueden tener escapes, pero otra cosa es que nosotros mismos martilleemos la pared para abrir grietas.
El disco duro de mi mente está lleno de carpetas de archivos. Algunas están escondidas y no conviene que se active la opción de “mostrar archivos ocultos” a no ser que se sea bastante entendido en temas cibernéticos porque podemos joder todo el cacharro. Algunas están camufladas bajo extraños códigos de acceso y para llegar a otras la ruta es agotadora amén de liosa y enrevesada. En la mayoría de ella hay muchas cosas mezcladas.
Mi estado natural es el desprecio y la altanería. Estoy educada en ello. Siempre me consideré una chica especial. Todos somos seres especiales, diferentes, únicos e irrepetibles, pero algunas lo somos más que otras y, sobre todo, algunas lo creemos más que otras. No había chicas que me rodearan en mi infancia o en mi adolescencia en las que viera algo parecido a lo que veía en mí. Quizás si hubo chicos. Quizás. Evidentemente había gente interesante, pero a la mejor o al más interesante no llegué a verle cosas que sí veía en mí. Nunca se lo dije a nadie. No puedes pretender explicarle a alguien que tú eres diferente a todos los demás y que te entienda. Por eso tampoco puedes pretender explicarle a alguien que tu cabeza te dice cosas en ocasiones que, en la escala de valores en la que se mueve la sociedad actual, pueden ser tachadas de aberración, paranoia o incluso delito. Yo no he impuesto las normas. Ni siquiera las mías. Pero sigo un correcto programa de adaptación social que hace tener el sótano bajo llave. Algún psicólogo me dirá que no es bueno tener cosas bajo llave, pero ese psicólogo no puede ni imaginar lo peligroso que puede llegar a ser abrir ciertas puertas. Soy especial hasta para eso. Soy un caso clínico diferente, único e irrepetible.
Mi sótano tiene clave de acceso y he olvidado la combinación.
 
Quizás sea mejor así...



lunes, 8 de febrero de 2010

¿Existe cura para la desidia?

Me escabullo. Me hundo en mí mismo. Desaparezco del mundo que me rodea. Soy yo, inhibido en mí mismo. Pierdo consistencia como persona porque existo muy poco fuera de mí. Pasan las horas, pasan los días y no salgo de mí mismo. Invento e invento excusa tras excusa para no salir de mí mismo. A veces ni invento excusas. Cualquier eventualidad, por nimia que sea, me sirve para seguir arropado en mi regazo, con una falta total de respeto hacia mi integridad social. Elimino cualquier contacto con el exterior para seguir navegando en un interior de aguas cada vez más residuales. Ni siquiera atraco en puerto. Ni siquiera veo tierra firme. No voy más que a la deriva en un río sin oleaje.

Abandono mi alrededor. Me quedo en mí mismo. No busco fuera. Es más, desprecio lo de fuera. Ni eso, me produce desidia lo de fuera, no llego a despreciarlo. Me busco y no me encuentro. O más bien, estoy perdido por falta de expediciones en mi búsqueda.

Ni llamo ni me llaman. Ni estoy ni dejo estar. Me he convertido en un viejo arisco sin ser viejo y sin tener el valor para ser arisco con lo que me rodea. Si al menos fuera arisco, tendría una buena excusa para no encontrarme y dejarme ir.

Dejo que pasen los días como si hubiera más. Me pongo recordatorios en cualquier sitio para no olvidar que tengo que vivir, que no me puedo dejar llevar por la desidia. Abandono todo lo que tenga que plantearme pensar ligeramente antes de hacerlo. Todo lo que me recuerde, aunque sea vagamente, a alguna responsabilidad. Vivo en un permanente programa de mínimos. Cumplo con lo estrictamente necesario para seguir interactuando con el mundo. Incluso a veces, menos.


Indolence (Pierre Bonnard)

Abandono el sexo compartido por la masturbación. Aunque fantasee constantemente en conquistas y orgías. El mero hecho de pensar en entablar una relación con alguien me provoca el mayor de los fracasos amorosos conmigo mismo. No me acerco a las chicas aunque piense –e incluso esté seguro- que están esperando a alguien como yo. El mundo sería un lugar más sano si nadie esperara a nadie como yo. Me masturbo incluso después de rechazar una buena proposición de sexo compartido. El mero hecho de masturbarme me hunde una y otra vez en mí interior. Hasta se podría pensar que eyaculo para dentro si no fuera porque uno de los pocos rasgos que presento de ser humano es que aún me corro -casi- a voluntad. Llegará el día en que ni eso lo controle y descubriré que estoy finalmente seco. Seco y podrido.

Podrido de malestar. De estar mal sin hacer nada por siquiera estar. La desidia me lleva hacia los demonios, y ni ellos me hacen reaccionar. Veo pasar los días como las horas. Y las horas hace algún tiempo me empezaron a parecer bastante más cortas que veintitantos minutos. Los minutos no existen. Basta con ver que un reloj pone que faltan trece minutos para las dos cuando en el de la muñeca faltan quince y en el despertador diez. Ese intervalo de minutos está perdido. Después de mirar la hora del despertador, ya nunca volverán a falta trece minutos para las dos. Es imposible, cuando hay algún sitio en el que sólo faltan diez y mi mente ya se va a menos cinco.


Cuantos más nos vean, más felices somos tod@s... ¡COMPARTE!