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jueves, 2 de abril de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 10): La aplicación de los abrazos.



M despertó con peor humor que de costumbre. N se dio cuenta y no quiso decir nada. Se limitó a un escueto y aséptico “buenos días”. Le preguntó si quería café. M le miró y, tras un beso de esos que se dan y parecen pedir perdón, le contestó:

- Sí, gracias, cariño.
- Te lo pongo, siéntate en la sala. Yo tampoco he desayunado aún, me acabo de levantar.

Mintió. Sabía que algo había pasado aquella noche. No tenía ni idea de qué era, pero algo había pasado que a M le había perturbado. Y cuando M se perturbaba y no dormía bien, N dormía peor aún. 

- He dormido fatal. Espero no haberte molestado.
- No, tranquila.

Mintió otra vez.

- ¿Ha pasado algo?
- No, no sé. He dormido muy mal. Pero no por nada. Un sueño muy extraño.
- ¿Me lo vas contar?
- He tenido miedo. He soñado algo raro. Nos despedíamos y no quedaba bien. No sé, muy raro todo.
- ¿Nos despedíamos mal?
- No, no mal. Nos despedíamos y faltaba algo. 
- ¿Algo? ¿Nos despedíamos para siempre?

La segunda pregunta le dio un poco de miedo. N se arrepintió de haberla hecho al instante. Conocía de sobra a M y sabía que poner demasiada intensidad en conversaciones abstractas no les llevaba a ningún sitio bueno. Nunca. 



- No, no sé. Era como si nos despidiéramos y no te pudiera abrazar.
- ¡Anda, tonta! Abrázame.

No se abrazaron. M miró y a N le dio miedo. 

- No, no seas tonto. Eran más cosas. ¿Tú qué tal?
- Yo he dormido bien.

Mintió, aliviado, por enésima vez aquella mañana.

- Me alegro.
- Fíjate que anoche tuve una idea maravillosa entre sueño y sueño. 
- ¿Sí?
- Sí. Pero de las chulas, chulas.
- Cuéntame.
- No puedo. He despertado a buscarla y no aparece. 
- Estará bien allí...

Ahora fue N la que mintió. Ella no podría soportar tener una idea maravillosa en sueños y no encontrarla al despertar. Por muchas veces que le ocurriera. No lo soportaba, sin más. Mucho menos creer que está mejor "allí". Fuera donde fuera ese "allí".

- Sí, supongo que estará mejor allí. Sea donde sea ese "allí".
- Ya aparecerá.
- Ha aparecido otra. Lo mismo ha sido por culpa de tu sueño.
- ¿Te has acordado porque te he contado mi sueño?
- No sé, puede ser.
- Pues no te he contado ni la cuarta parte.
- Tampoco te acuerdas de más, ¿verdad?
- Verdad.

N mintió. Esta vez diciendo “verdad”, lo que no deja de ser una cosa curiosa.

- He soñado con algo que, quizás, tiene que ver con tu sueño y el despedirse sin poder dar un abrazo.
- Cuéntame.
- Se me ha ocurrido una aplicación de WhatsApp.
- Creo que no puede haber algo más lejos de los abrazos que el WhatsApp.
- Sí, a priori sí. Pero, si no puedes dar un abrazo, ¿no puedes, al menos, paliarlo un poco con el WhatsApp?
- Sí, claro, sobre todo tú, con lo borde que eres por WhatsApp. Con lo que cuesta cogerte el punto a ti...
- Pues más a mi favor. ¿Cuántas veces no has terminado de hablar y, al tiempo, en los chats, ves esa conversación con una frase que no te gusta al terminar?
- No sé, chico, yo no me fijo en esas cosas, no le doy tanta importancia como tú.

Y N mintió por enésima vez aquella mañana. Estaban prácticamente a la par. Y los dos lo sabían.

- Una aplicación que deje siempre una frase que te guste como final a una conversación de WhatsApp.
- ¿Cómo?
- No sé, una frase de cierre bonita. Como un abrazo de despedida mecanizado. Que nunca se te olvide, que no se cierre la conversación en falso o con una frase rara por las circunstancias que sean...
- O sea, que vuelves a comparar lo de los abrazos con el WhatsApp, ¿no?
- Sí, quizás tenga algo que ver.
- No te entiendo. 
- Abrázame.
- Ahora no quiero.

Mintió. 
Pero no se abrazaron. 

Años después, M bloqueó a N en WhatsApp. Aunque no le negara nunca un abrazo desde que se separaron, no quería que le mandara mensajes. No quería siquiera sospechar que pudieran estar mecanizados. Pero siempre echó de menos aquel abrazo. El que no dio en sueños y el que no se dieron aquella mañana. Decidió no volver a escatimarlos nunca. 

Aunque fueran por WhatsApp, pensó N sin saber lo que pensaba M al respecto. 

Que nunca jamás se me vuelva a perder un abrazo que deseo dar (pensaron los dos).



B.S.O.: Abrázame (Julio Iglesias, Iván Ferreiro y Doctor Deseo).



miércoles, 8 de octubre de 2014

Paseos en torno al abrazo mal usado




En ocasiones paseo esperando cruzarme con alguien. No lo reconozco en público, pero el rumbo que emprenden mis pies es dubitativo y cansino, y sólo buscan un encuentro inesperado. Aunque si van buscando algo y lo encuentran, eso no lo debería calificar de inesperado en el caso de ocurrir, sino de deseado, o algo así.

Cuando paseo pienso cosas absurdas mientras consigo cruzarme con alguien. Aquellos días me había dado por analizar qué sería de la vida de las perchas en verano. Cuando no tuvieran que estar en primera línea de armario vestidas con chaquetas y abrigos que ir sujetando y dejando de sujetar. Y recordé cuántos de mis abrigos no habían estado nunca entre mi piel y la tuya en algún abrazo de los que me dan la vida.



Dejé de pasear. Dejé de pensar. Recordé los abrazos. Y supe que no sabía qué eran.

También recordé el día en el que me propuse no usar tanto palabras como “recordé” en todo lo que cuento pero rápidamente sentí cómo lo olvidé. Y recordé cómo olvidé tiempo atrás uno de los proyectos más importantes que tuve en mi vida. Una de las cosas que le daban sentido y que de haberlas tenido presente no me hubieran llevado a pasear tanto sin rumbo esperando tener algún encuentro inesperado – fortuito – deseado con alguien. El proyecto que daría sentido a mi existencia y que cambiaría la historia de la humanidad para siempre. Aquello que olvidé mientras me recordaba no usar tanto palabras como “recordé”: La fórmula química que da sentido al abrazo. Conseguir el elixir definitivo que definiera para siempre cómo, cuándo y por qué tenía razón de ser y era un abrazo.

Aturullado por esos pensamientos no recordé que iba paseando sin rumbo como tantas otras veces y me abracé sin pensarlo mucho con la primera persona que se cruzó en mi camino. Un abrazo sostenido, sentido y casi mágico. De aquellos que quería sintetizar para siempre en alguna fórmula química que pudiera vender a alguna farmacéutica para hacerme asquerosamente rico y para cambiar la historia de la humanidad. Pero, sobre todo, para hacerme asquerosamente rico.

Una vez que me repuse de la patada en los huevos que me tiró al suelo y de las siguientes patadas en los riñones que me propinó ese desconocido que a gritos se zafó de mi maravilloso abrazo de aquella extraña y desmesurada manera, recordé que los verdaderos abrazos hay que medirlos y que no se pueden ir dando a cualquiera. Aproveché que en la refriega había conseguido robarle el móvil y desde él busqué en la wikipedia que todo lo sabe, la definición de abrazo. Por aquello de partir de una base. Porque en todo, como en las pizzas más sencillas, hay que partir de una base:

“El abrazo es una muestra de amor o saludo, realizado al rodear con los brazos (ya sea por encima del cuello o por debajo de las axilas) a la persona a la que es brindado dicho gesto, realizando una ligera presión o constricción con estos al acabar y siendo este de duración variable.
Generalmente, el abrazo indica afecto hacia la persona que lo recibe, aunque según qué contextos, puede tener un significado más parecido a la condolencia o consuelo.”
 


Usé el mismo móvil para llamarte sabiendo que al ser un número desconocido no tendrías la tentación de no contestar la llamada como hacías cuando en tu pantalla salía el mío memorizado.

- ¿Quién es?
- Soy yo.

Tras un silencio incómodo y unas penosas pero efectivas súplicas para que no colgaras te propuse que formaras parte de mi proyecto. Del único proyecto que ha tenido sentido en mi vida, más allá que quererte como a nada en este mundo, y complicarte la vida por no saber hacerlo, como nadie en tu mundo.

- ¿Qué es para ti un abrazo?
- ¿Estás tonto?
- No. Hablo completamente en serio. Quiero saber qué es para ti un abrazo.
- ¿Cómo crees que voy a poder decirte algo así como así?
- ¿Necesitas inspiración? ¿No recuerdas cómo eran nuestros abrazos?
- Siempre lo recordaré y lo sabes. Pero ese no es el caso.
- Espera. Quizás necesites algo de ambiente.

Acerqué mi móvil al auricular mientras reproducía “Hold me in your arms” de Helloween.
- ¿Estás ambientando la conversación con una balada heavy?
- Sí. Es la única canción de abrazos que tengo en el móvil.
- ¿No sabes que no me gusta el heavy?
- Sí, pero esto es una balada.
- Y ahora me vendrás con lo de que los heavys hacen las mejores baladas y alguna de esas cosas que repites como si fueran ciertas a todas horas cuando no se te ocurre nada interesante con lo que apoyar algún razonamiento.
- ¿Yo hago eso? ¿Con qué?
- Por ejemplo: Si alguien dice que no es derechas ni de izquierdas, es de derechas; las bebidas blancas dejan más resaca; cualquier película es peor que el libro; si a alguien le preguntas por su libro favorito y te dice Paulo Coelho o por su música favorita y te dice Queen, ni lee ni escucha música habitualmente... ¿Sigo?
- No. Es suficiente.

Busqué en el móvil ajeno que había conseguido tras el abrazo interrumpido por la paliza algo con lo que ambientar la conversación. Encontré un archivo de bandas sonoras de Alberto Iglesias. Me pareció lo ideal.

- ¿Así mejor?
- Lo que suena, ¿No es la banda sonora de “Los abrazos rotos”?

Metí la pata. Como tantas otras veces. Traté de acercarme al abrazo ideal creando ambiente con “Los abrazos rotos” después de haber comenzado por Helloween. Quizás fuera una señal.



Pensé qué era realmente un abrazo. Qué era para mí. Quizás así llegaría a sacar la fórmula mágica. ¿Qué son los abrazos? ¿Para qué sirven realmente?

Y me descubrí abrazándote para decir todas las cosas que de otra manera no dije.
Me encontré abrazándote para hacer las cosas que no hice.
Me vi abrazándote para atravesar mundos. Para romper paredes.

Siempre supe abrazar con tanta fuerza para que el dolor físico que se provoca al hacerlo haga olvidar cualquier otro que exista sin ese abrazo.

Abrazarse como círculo vicioso. Porque es un contenedor de sentimientos. Abrazar para que mi cuerpo diga lo que nunca supe decir con palabras.

Y hacerlo eterno. No terminarlo nunca. Para que cuando llegue el momento de separarse en el abrazo, ese momento en el que ninguno quiere desprenderse del otro por miedo a que todo haya acabado para siempre, sepamos que el miedo da valor a todo lo que ha transmitido y transmitirá para siempre ese abrazo.

Sonó el teléfono. El mío. Y era ella.

- ¿Dónde estabas? ¿Por qué has dejado la conversación a medias?
- Estaba equivocado. Los abrazos son míos. Y tuyos. Pero de nadie más. Nadie puede abrazar nunca como yo lo hago contigo.
- Muy bien, pero no es eso lo que quería escuchar.
- No te lo he dicho para que escucharas algo bonito. Es lo que siento y ahora sé. Aunque tú lo puedas ver de manera diferente.
- He encontrado la canción para que sigamos hablando de ello.
- ¿Cuál?
- “Abrázame”.
- ¿La de Julio Iglesias?
- La de Iván Ferreiro.
- Es la misma.
- Pues vale. No lo sabía.
- En cualquier caso, no sirven.
- ¿Por qué?
- Porque es una canción muy triste y desgarrada.
- ¿Seguro? “Abrázame, y no me digas nada, sólo abrázame...”
- “Me basta tu mirada para comprender
que tú te iras...”
- ¿Por qué ves siempre lo malo? “Abrázame como si fuera ahora la primera vez...”
- “Como si me quisieras hoy igual que ayer...”
- Siempre quieres ir más allá. Siempre tienes que mirar más allá. Relájate, quédate con el abrazo, no busques qué pasará después, quizás no lo tengas que escuchar.



Y descubrí que la composición química del abrazo era precisamente esa. No buscar más que el mismo abrazo. Y me quedé con ganas de gritar al teléfono lo que no podía hacer con un abrazo. Que abrazarte siempre será suficiente para que no tenga que mover mis labios y decir algo incorrecto que no estén diciendo nuestros cuerpos conectados de manera mágica. Que no tenga que moverlos más allá que para besar los tuyos y hacer que el abrazo sea único e inolvidable.





B.S.O. I: Hold me in your arms (Helloween)
B.S.O. II: Los Abrazos Rotos (Alberto Iglesias)
B.S.O. III: Abrázame (Julio Iglesias)
B.S.O. IV: Abrázame (Iván Ferreiro)



miércoles, 4 de diciembre de 2013

Ya no tengo edad para que mi cabeza funcione como un puto diario de adolescente




Hola. 
Soy mayor. 
No tengo edad para escribir un diario.

Pero no llevé uno cuando era pequeña y eso me está pesando ahora mismo. En los últimos tiempos. Cuando ya no tengo edad para ello. Etapas no vividas en su preciso momento, se convierten en cargas y no puedes recuperarlas en otro instante que no toca. 

Hoy tengo problemas. Estoy desorientada. Mi cabeza funciona a base de punzadas sentimentales y reacciona a todo con la estructura de un diario de una adolescente en el lenguaje y la experiencia de una mujer que está de vuelta de todo.

Esa soy yo. 
Cómo me duele, pero soy yo. 






Hoy ha sido todo bueno. 
Por lo menos hasta ahora mismo. 
Desde esta mañana.

Un día comprendí que mi corazón era más blando de lo normal.
 Me lo enseñó la noche que me enamoró. 
Lo entendí porque su corazón era como la caja negra de un avión.  
Más tarde supe que si algo es el doble de bueno, 
probablemente durará la mitad.

Aquel momento en el que me miró a los ojos 
y me preguntó con su voz fuerte y decidida: 
¿Has visto Pauline en la playa?

Compartí el descubrimiento de que 
todas las chicas sueñan con vistas al horizonte.

Quería que dejara de besarle pero mis labios no respondían. 
No querían separarse. 
Temían que los suyos dijeran “vete, déjame ya...”

Las lágrimas se llevan el rímel mis ojos 
como la tinta del bolígrafo. 
Las lágrimas no me dejan ver la historia. 
Las lágrimas dejan de ser lágrimas para pasar a ser 
rímel decadente bajando 
por las mejillas escarpadas sin sonreír. 

Me rodeaste con tus brazos 
y en ese instante comprendí 
lo que significaba el verbo 
ESTREMECER.

Querida cabeza:
No vuelvas a dejar que el corazón gane en tu campo. 
Aspira al menos al empate 
y dejaré de forzarte a darle vueltas continuamente a todo,
 a no olvidar o a estructurar 
pasados pluscuamperfectos inexistentes. 

Cómo me fascinó leer lo de 
aquella mujer de la limpieza sueca 
Me gustaría hacerlo con una línea de metro 
contigo y todas tus putas amantes dentro.

En el fondo debería estar más centrada 
y dejar de hacer todo esto. 
Siempre se me olvida que 
soy diseñadora de futuros perfectos para los demás.

El candado con clave para que no entres 
en esta cabecita mía 
es más intimidatorio y simbólico 
que efectivo. 
Y si encima me la voy dejando 
por cualquier bar que encuentro abierto 
es normal que me pasen estas cosas.
Hay tantas cosas que quiero hacer 
y contarle a mi diario 
cuando llegue a ser joven 
que me asusta no llegar a tener tiempo. 

Sobre todo, por tu culpa. 

Por encima de cualquier cosa TÚ. 

Y el YO que nace 
cuando estás cerca.


¡Hasta mañana!


sábado, 21 de septiembre de 2013

Todos los sábados por la tarde




"Ivan’s Childhood" (Andrei Tarkovsky, 1962)




Todos los sábados por la tarde tengo esa misma extraña sensación. 
Todos los sábados por la tarde me siento arropada en tus abrazos y colmada por tus besos.
Todos los sábados por la tarde siento que me vas a dejar caer en cualquier momento.
Todos los sábados por la tarde estoy segura de que si no sintiera que me puedo caer no me arroparían tanto tus abrazos ni me colmarían tanto tus besos.

Y así, viviendo en este desequilibrado equilibrio, vivo...





Cuantos más nos vean, más felices somos tod@s... ¡COMPARTE!