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jueves, 8 de octubre de 2015

De Premios Nobel de Literatura, señales y cambios


Hoy han dado el Premio Nobel de Literatura. Hoy es este típico día en el que me gustaría ser otra persona. A algunos les cuento que me gustaría ser a quién le dan el Premio Nobel, pero yo sé que hoy, como tantos otros días, me gustaría ser el tío al que te estás follando porque no soy lo suficientemente bueno para ti.




Me pasa todos los días. Me cambiaría por él. Aunque lo deteste simplemente por hacer lo que hace. Aunque tú también lo detestes pero no lo sepas. Porque es el que está donde yo querría estar y no puedo porque no soy lo suficientemente bueno para ti.

Me pasa hasta cuando no me tiene que pasar. Me pasa cuando entro a una entrevista de trabajo. Cuando digo que soy bueno para hacerlo, el mejor que pueden encontrar y miro al entrevistador pensando si aunque lo deteste él también podría meterse en tu cama porque yo no soy lo suficientemente bueno para ti.

Ya le llamaremos, me dice con una falsa sonrisa. Ya llamaremos al que se está follando porque tú no eres suficientemente bueno para ella, quiere decirme, pero no lo dice. Y salgo ilusionado y con una sonrisa, y por un instante todo cuadra. Estoy en Moratalaz y cuando me pongo los cascos, aleatoriamente suena como primera canción “En la soleada tarde de domingo en un parque de Moratalaz” de La Cabra Mecánica. Tiene que ser una señal.

Avanza la canción y la señal está en la letra: “Córtate el pelo y búscate un trabajo”. Y sé que me tengo que cortar el pelo como a ti no te gustaría que lo hiciera. Pero da igual, porque me gustaría ser esa persona, cortándome el pelo o no, a la que te estás follando porque yo no soy lo suficientemente bueno para ti.

Hoy han dado el Premio Nobel de Literatura. Hoy es este típico día en el que me gustaría ser otra persona. A algunos les cuento que me gustaría ser a quién le dan el Premio Nobel, pero yo sé que hoy, como estos últimos días, estoy más cerca de estar muy lejos. Estoy a punto de salir por piernas para no tener que estar pensando constantemente que me gustaría ser el tío al que te estás follando porque no soy lo suficientemente bueno para ti.




Lo que no me gustaría ser hoy es Murakami. Ese no es lo suficientemente bueno para ti ni para el Nobel de Literatura. Y a ambos os entiendo en este caso. Al menos en este caso...









jueves, 19 de junio de 2014

Tener derecho a soñar



No tienes derecho. No te has hecho merecedor de ellos. Creo que Octavio Paz dijo algo al respecto, pero soy muy malo para las citas. Vendría al pelo ahora mismo porque era algo como lo que te estoy intentando decir sólo que en boca de un Premio Nobel. No tienes derecho a tus sueños, tienes que ganártelos. Nadie tiene derecho a soñar lo que quiere, tiene que merecerlo. Y tú nunca has merecido ni la cuarta parte de lo que sueñas desde que te conozco. Merece lo que sueñas.

Y en esas cosas estaba cuando me lo crucé por la calle. Era un chico transparente. Al menos, a mí así me lo parecía. Tanto que podía ver con claridad lo que pensaba en cada momento. Como ese rollo de los sueños y tener o no derecho a ellos. Igual que aquel día en el que paseamos por los grandes almacenes y no podía evitar comparar mi escote con el de todas y cada una las dependientas que nos salían al paso, y sentirse culpable por ello. En momentos así, sólo lo miro y disfruto. Él sabe que yo puedo ver sus pensamientos pero sospecho que no lo hablamos para poder seguir actuando como si yo no lo viera y así poder decirme cosas que no se atreve a expresar en voz alta. Incluso cuando no piensa en nada, está pensando en algo que me parece muy interesante. 




Pensaba en estampas de santos con restos de cocaína. Pensó que el mundo sería un lugar mejor si él no hubiera existido, pero en ese momento lo besé para que se le pasara rápidamente. Pensamientos como pollas en películas de porno alemán de los setenta por doquier, o espárragos y setas tras la temporada de lluvia. Pensaba en si serían sensuales mis movimientos acariciando la pared para encontrar el interruptor de la luz al entrar en casa a oscuras. Pensaba en todo cuando tocaba nada, y en nada cuando todo estaba por pensar. Pero, sobre todo, pensó en mí. Una vez más. El momento de los sueños y el derecho a soñar.

- ¿En qué piensas que me miras muy serio? -le pregunté aún sabiendo que no me respondería con sinceridad. 
- En poca cosa, tengo la cabeza en las oposiciones. 


Me gustó la ocurrencia y decidí seguirle el juego para ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar y porque adoraba su capacidad para mentirme. Es raro que alguien pueda adorar que alguien le mienta, pero es tanto lo que me gustaba, que asumía la mentira como parte de nuestra relación. Y porque, por supuesto, sabía lo que pensaba en cada momento y así las mentiras pierden importancia aunque las detectes con mayor facilidad.


 -Tú no has estudiado en tu vida, pero si es lo que quieres que crea... 

- No me vas a creer diga lo que diga. 
- Prueba. 
- No quiero. Tengo la cabeza loca con las oposiciones. 
- ¡Vete a la mierda! 



Reí fuerte. Demasiado fuerte quizás. Y no le gustó nada. Vi como pensaba que le estaba cortando la cabeza con una katana japonesa con la cara desencajada de furia al sentirme engañada. Y decidió dejar de pensar más.

Me dio tanto miedo que me compré una katana y dejé de mirarle a los ojos cuando quería mentirle. Y desde entonces, nuestro mundo es un lugar peor. Yo me oculto de sus pensamientos y él sigue convencido de que no merezco soñar. Somos un matrimonio despreciablemente feliz y normal.



jueves, 5 de mayo de 2011

Elegía por Osama Bin Laden


Sí.
Has venido hasta aquí.
Lo has hecho porque te ha llamado la atención el nombre de unos de los personajes más siniestros de la Historia de la Humanidad. Hay muchos, pero éste tiene, un lugar preferente y está ahora mismo de rabiosa actualidad.

No.
No has venido para verme a mí.
Yo no conocí a Osama Bin Laden. No soy analista político. No soy quién para hacer un juicio de su figura, ni de sus actos. No voy a entrar a analizar si está muerto o no, si está en el fondo del mar o si ni siquiera existe.

Yo sólo he nombrado a Osama Bin Laden para llamar tu atención.

No sé muy bien por qué, pero necesitaba llamar tu atención. Como tantas veces, no voy de cara. Necesito subterfugios extraños, como éste. Necesito hacer cosas raras. Necesito que sepas que existo. Necesito que sepas que estoy aquí.

Hay gente que vive y vivirá de la figura de Osama Bin Laden. Yo sólo lo voy a utilizar para que te acerques a mí. Muchas veces te he mentido. En millones de ocasiones te he dicho medias verdades. Sería imposible contar cuántas veces he disimulado. Ahora sólo estoy utilizando un sucio recurso para que llegues aquí y te acurruques a mi lado.

Estés donde estés, puede que llegues a mí porque te llama la atención una Elegía por Osama Bin Laden. No está aquí, ni es ésto. Dicho así puede quedar feo y rebuscado, pero ha funcionado: Estás aquí, has venido...


Necesito que te acurruques a mi lado. Te noto lejana, te veo fría. Pero soy tan despreciable que utilizaré cualquier recurso que sirva para acercarte a mí nuevamente. Quizás no deberías saberlo, pero he vuelto a esconderme tras un truco barato. Aunque creo que mandar a Osama Bin Laden al fondo del mar no habrá sido nada barato.

¡Es igual!
Para mí no es más que una excusa.
Un pretexto, una coartada, o como lo quieras llamar.

Soy yo.

Estoy aquí.

Y he utilizado a Osama Bin Laden para que sepas que sigo esperando que te acurruques a mi lado.

En un twitter por ahí he leído algo así como que "hay que ser muy malo para que te mate un Premio Nobel de la Paz".

En mi cabeza he encontrado miles de razones para explicarme por qué no te acurrucas a mi lado. Quizás deba buscarte en el fondo del mar. Debe ser un buen lugar para morir. 

Yo sólo quiero que te acurruques a mi lado. 

Aunque tenga que acordarme del fondo del mar…


viernes, 8 de octubre de 2010

Microrrelatos sin Pudor (Volumen 12): Noticias Inesperadas.



Se levantó esa mañana más excitada de lo habitual. Estaba esperando una noticia pero no sabía bien cuál podría ser.
Puso la tele y vio que a Vargas Llosa le habían dado el Nobel de Literatura. ¡Bien! –pensó- Ahora se llenarán todas las casas de sus libros aunque sigan leyéndole los mismos… Quizás fuera un buen momento para empezar a leerlo. Su madre siempre se lo había recomendado, pero ella era más de Murakami, aunque no tuvieran mucho que ver.

Apagó la tele y sintió que la esperanza desaparecía catódicamente, una vez más. Se volvió a quedar sin Nobel. Quizás, sólo quizás, debería empezar a escribir si quería aspirar al Nobel de Literatura un año de estos…


Salió a la calle y llegó al trabajo. Tarde, como de costumbre. Su jefe le dio la noticia que estaba esperando y que la tenía más excitada de lo habitual:
"Tienes que colocar los estantes para los libros de Vargas Llosa. El cargamento está a punto de llegar..."

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