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lunes, 15 de junio de 2015

La foto de las 1001 historias. Historia Nº 4: Odio los Lunes





- ¿Dónde va esa mujer?
- No sé Hermana, es Lunes.
- ¿Y qué?
- Los Lunes la gente está muy perdida.
- ¿Perdida? Tendrán que estar muy cansadas, con ganas de nada, volviendo a la rutina...
- Eso no es así.
- ¿Ah no? ¿Por qué? ¿No odia la gente los lunes?
- Odiar es una palabra muy fuerte, Hermana.
- Usted me entiende.
- El mundo es un lugar extraño. Miramos a esa mujer que está entrando en el convento y hablamos de Garfield.
- El mundo es un lugar muy bello, pero es lunes, Hermana.
Será eso...






miércoles, 27 de mayo de 2015

Momentos






Momentos en los que recuerdas todo lo que aprendiste en Historia del Arte sobre las columnas romanas y griegas. 
Esos momentos en los que lo recuerdas porque sientes como todo tu mundo se viene abajo, como se desmorona. 
No recuerdas bien las columnas y entiendes que los pilares que te sustentan se están derrumbando. Dórico, Jónico, Corintio; buscas en tu cabeza pero tus recuerdos de conocimientos malamente adquiridos son sustituidos por los más modernos canales de documentales e imágenes sobre demoliciones de grandes edificios. 
Solo te consuela esperar que pase ese programa, llegue la noche y tras tres o cuatro copas sólo emitan tarotistas, películas pseudoporno, chat eróticos y refritos estúpidos que te vendrán mejor que sentir cómo el mundo se 
abre bajo tus pies.




viernes, 20 de febrero de 2015

Sarita y el maguey gigante


(Historia levemente basada en hechos reales)




Grabé en la penca de un maguey tu nombre
Unido al mío, entrelazados”


Hoy os voy a contar una bonita historia. Ese cuento que todos los que han paseado cerca de algún maguey han querido contar pero no saben darle la forma adecuada. La bella historia de Sarita, la que a todos se les viene a la mente en cuanto dan el segundo o el tercer sorbo del primer mezcal de cada velada, que siempre han querido contar pero que misteriosamente olvidan al cuarto o al quinto sorbo. Os la voy a contar porque yo estuve allí, y sé cuál es el cuento verdadero de Sarita y el maguey gigante.

Sarita era una niña como todas las demás. Quizás más simpática, probablemente mas pizpireta, seguramente más risueña, pero como todas las demás. Una niña con sueños y desvelos, con ganas de crecer pero con miedo a hacerse demasiado mayor. Como casi todas las niñas. En aquellos tiempos, Sarita gustaba de pasear conmigo. Con prisa pero con pausa, sin rumbo pero a bonitos sitios. Yo siempre le quería enseñar bellos lugares, seguramente para provocar esa sonrisa que tenía cuando le ilusionaba algo y que a mí tanto me gustaba. Pero aquel día nos perdimos. Supongo que nos pusimos a jugar a aquello tan nuestro de hacernos reír y reírnos de todo que cuando nos dimos cuenta, no sabía por dónde íbamos y empecé a notar que ella empezaba a sospechar algo. Para no intranquilizarla, porque ya tenía yo bastante con mi nerviosismo, y para que no se diera cuenta de nada, hice como otras veces, distraerla con todo lo que veíamos a nuestro alrededor. Mira aquellos de allí, observa esto de por aquí, no te pierdas eso de allá… Hasta que Sarita, como tantas veces en las que le pasaba algo por la cabeza y quería llamarme la atención, agarró mi mano un poco más fuerte de lo normal.





- ¿Quién es Brenda? - Me dijo
- ¿Brenda? No sé, ¿Brenda Walsh? - Le dije yo con mi extraña costumbre de volcar fuera de mi cabeza toda la basura televisiva acumulada tantos años.
- No, Brenda, la que pone ahí…
Me señaló un maguey pero no sabía a qué se refería. Hasta que la miopía me dejó ver cómo en una de las pencas de aquel maguey estaba marcado el nombre de Brenda.
- ¿Brenda? Debe ser alguien que ha decidido poner su nombre en el maguey porque no tenía nada mejor que hacer.
- ¿Nada mejor que hacer?
- Sí, la gente, a diferencia de nosotros, se aburre muchas veces y hace esas cosas.
- Pero, ¿Eso no le hace daño al maguey?
- Puede ser. Pero así su nombre queda grabado en el maguey y piensan que estará para siempre. ¿No conoces la canción?


Grabé en la penca de un maguey tu nombre
Unido al mío, entrelazados”


Pero ya no estaba escuchándome. Tenía hambre y se olvidó del maguey, de Brenda y hasta de mí. Así era Sarita cuando tenía hambre. Y le pasaba muchas veces al día…

Una vez que había saciado su apetito, volvimos a nuestras conversaciones. Como siempre. Con la diferencia que aquella vez yo sabía que Sarita no estaba en la conversación. Estaba en otro sitio. Estaba pensando en todas las pencas de todos los magueis que había podido ver en su vida y en todos los nombres que podían tener marcados. Hasta que no aguantó más y volvió al tema.

- ¿Por qué la gente graba sus nombre en las pencas de los magueis?
- Pues no sé. Supongo que para que queden ahí para siempre.
- Pero, si queda ahí para siempre, ¿Qué le pasa al maguey? Ya no es el mismo que cuando no está marcado, ¿No?
- Seguro. Los magueis crecen. Como tú. Se van haciendo mayores y luego sirven para hacer mezcal.
- ¿Qué es el mezcal?

Y ahí creo que la vida de Sarita cambió para siempre. Su inocencia infantil se contaminó del proceso de elaboración del mezcal. Le hablé de la selección y el corte del ágave, del horneado o cocimiento de la piña del mismo, de la molienda o machacado, de la fermentación natural y de la destilación. Su mirada se iluminó. Como se suelen iluminar las miradas de todos al tomar un par de tragos de mezcal. Pero lo que realmente dio luz a su mirada para siempre, fue probarlo.

Un buen tiempo después, Sarita ya era mayor, le gustaba mucho el mezcal, y bastante menos yo. Ya no paseábamos tanto pero compartíamos mezcales de cuando en cuando. Ella era una auténtica entendida en el tema y los tiempos en los que me preguntaba ávida y curiosa se cambiaron por darme autenticas lecciones de todo lo que yo, más inexperto y cansado, menos entendido en casi todas las materias, necesitaba saber y ella quería contarme. Sobre todo de mezcal, magueis y demás.

- ¿Sabes? Este mezcal es muy bueno. Quería que lo probaras.
- Está rico, sí – Dije sin dar mucha importancia a aquello que estaba tomando que me estaba pareciendo el mejor mezcal que había probado jamás.
- Es el que tomo yo. Me encanta y quería que lo probaras.
En aquel momento me di cuenta de que no sabía si aquel mezcal era tan maravilloso o la situación de tomármelo con ella, y que Sarita fuera la que lo quisiera compartir conmigo era lo que lo hacía tan mágico.
- ¿Qué tiene de especial? -Pregunté ingenuo como tantas otras veces que hablaba con ella desde que dejó atrás sus años infantiles en los que nos conocimos.
- ¿De verdad quieres saberlo?
- ¡Claro!
- ¿Puedo confiar en ti?
- ¿Cuándo no? ¿Lo dudas?
- Es un mezcal especial.
- Ya lo noto.
- No. Cuando digo “especial” no es una palabra sin fondo, algo dicho sin más. Es realmente ESPECIAL.Y tú tienes mucho que ver en ello.

Me sentí alagado. Creí que lo especial sería por lo mismo que creía que me estaba sabiendo tan rico: por beberlo acompañados el uno de la otra. Pero no. Con Sarita no todo puede explicarse y nada es lo que parece. Y entonces empezó a contarme aquella historia. Esa que todo el mundo quiere contar sin saber bien por qué al segundo o tercer sorbo del primer mezcal de cada velada.

Sarita desde bien pequeña, desde aquel día que vimos a Brenda en la penca de ese lejano maguey, empezó a mirar por todas partes buscando nombres en las pencas de los magueys. Vio de todo, según me contó. Hasta algún corazón que destrozaba completamente la penca porque eliminaba un trozo para hacerse visible y dejar mirar por él. Como si alguien hiciera un hueco en el tronco de un árbol por el que poder mirar para marcar un corazón en él. Y de tanto mirar, tuvo una idea. Una de esas ideas de niña inquieta que tantas veces han podido cambiar el mundo. Porque, eso no os lo he dicho todavía, Sarita aunque no lo dice porque probablemente ni siquiera ella lo sabe, quiere cambiar el mundo. Pensó que todos esos nombre que están en las pencas de los magueis tenían que valer para algo. Para algo más de quedar constancia de una persona, un amor o una circunstancia. Para llegar a algún sitio, para significar algo más. Y cayó en la cuenta de que si grababa su nombre en la penca de un maguey que luego iba a convertirse en mezcal, su nombre iría en la bebida.

Empezó a colarse en campos de maguey a marcar las pencas con su nombre y luego con el tiempo a comprar mezcal allí. Para beberse. Para sentir que algo de ella le volvía con cada sorbo de mezcal.

Pero, inquieta e inconformista, pensó que podía ir un poco más allá. Y vaya si lo hizo. Consiguió dinero para pagar a una cuadrilla que pusiera su nombre en todas las pencas de todos los magueis del campo donde salía el mezcal que más le gustaba. Así se aseguraba, pensó, que toda aquella producción de mezcal llevaría su esencia. Todos beberían algo de Sarita porque así, marcadas, venían todas las pencas de los magueis utilizados.

Empezó a obsesionarse con ello. Ya no le bastaba con controlar con su nombre una producción puntual de un tipo de mezcal. Cuando se vive la realidad de estar en el paladar de todos, una quiere más. Quiere controlar el mezcal. Porque si controla el mezcal, controlas el mundo. Al menos eso pensaba. Al menos en México. Comenzó a dedicar todo su tiempo a ello. ¿Recuerdas ese tiempo que no nos veíamos nunca y que no sabías por qué? Pues estaba de campo a campo de maguey, sin parar. Estaba realmente obsesionada con ello. No dije nada. Sarita siguió contando como aquello empezaba a terminar con su vida. Como de tanto esfuerzo y enfermiza obsesión, ni ganas de mezcal tenía después.

Y ahí es donde se dio cuenta de que nunca una niña como ella podría controlar algo tan grande. Me empecé a asustar con el relato e incluso los últimos tragos de mezcal que tomé mientras la escuchaba me estaban quemando demasiado al pasar y estaban haciéndome un nudo en la garganta. No te preocupes. Fue un impulso. Un impulso que duró demasiado quizás, pero como todos los impulsos, pasó. Lo dejé enseguida y con el tiempo me dediqué a mi propia y modesta producción de mezcal, que es el que estamos tomando ahora. No acabó de sonarme del todo bien. No ya. Los tragos, a diferencia de los que siempre compartía con ella, me estaban resultando muy difíciles de tragar.

- ¿Me estás contando que olvidaste tus intenciones de dominación mundial por medio del mezcal y “modestamente” te has decantado por una pequeña producción propia?
- Algo así.
- No sé si creerte.
- Nunca te he mentido.
- Me da miedo.
- No tienes nada que temer ya.
- ¿Por qué compartes esto conmigo ahora?
- Ya te lo he dicho. Quien bebe este mezcal, bebe de mí. Y ahora yo decido quién bebe conmigo porque es a quién doy mi mezcal. El mezcal que salió de aquellos ágaves que tenían una penca con mi nombre. Es una forma de comunión más perfecta que cualquiera.

No respondí. No le había preguntado eso. Le había preguntado que por qué me contaba la historia. Que por qué no se limitaba a compartir el mezcal sin contar nada. Que por qué me lo contaba ahora precisamente. Pero no le dije nada. Le agradecí que quisiera tomar conmigo y que fuera tan importante para ella. Sin duda para mí también era algo mágico, casi místico. Estaba tomando mezcal que venía de un campo de magueis con pencas en las que ponía Sarita. Y eso era fascinante.

Días después la invité a salir un rato. Cuando llegó, le tenía una cerveza preparada. ¡Toma! le dije.

- ¿Hoy no quieres mezcal?
- No. Hoy invito yo. Esta cerveza en muy especial.
- ¿Especial?
- Si. Cuando digo “especial” no es una palabra sin fondo, algo dicho sin más. Es realmente ESPECIAL.Y tú tienes mucho que ver en ello.
- ¿Yo?
- Sí. Tú. Esta cerveza la compartimos los dos.

Hoy Sarita sonríe como sólo ella sabe hacerlo cuando tomamos esa cerveza o aquel mezcal. Sarita ya sabe que da igual que marque su nombre en la penca del maguey o no. Que ese mezcal o esta cerveza sabe a ella, sabe a mí, y es la mejor que podemos tomar porque la bebida no tiene importancia en sí. Podría tomar con quien quisiera y conseguir lo que trataba de hacer marcando aquellas pencas con su nombre. Porque con quien tomara sentiría lo que ella quería que sintiera por tomar juntos. Lo que rodea a esas bebidas es lo realmente importante. Y lo importante en ese preciso y precioso instante seremos ella y yo. Y quizás algún día volveremos a grabar en la penca de un maguey nuestros nombres...


No sé si creas las extrañas cosas
Que ven mis ojos, tal vez te asombres
Las pencas nuevas que al maguey le brotan
Vienen marcadas con nuestros nombres.”





B.S.O.: "La Ley del Monte" (Vicente Fernández)

P.D.I: Desde la redacción de este blog se recuerda a cualquier persona que pase por aquí y lea esto, que Sarita es un nombre utilizado con fines narrativos en esta historia y que no debe ser pronunciado nunca de viva voz. Si alguien pretende referirse a la protagonista y mentora de esta historia, que ha tenido a bien dejar que la hiciéramos pública por aquí, deberá hacerlo como Sara y con el mayor de los respetos (a menos que se le indique lo contrario). 

¡GRACIAS, SARA!

P.D. II: En la elaboración de esta historia no ha sufrido daño ningún animal ni ningún maguey.








miércoles, 12 de marzo de 2014

Fotos que me gustaría haber hecho a mí (Volumen 14): “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”



La frase es de Casablanca. La destrucción del mundo es de todos. Y si el mundo desaparece y se derrumba, también perderemos Casablanca. La ciudad y la película.

Disturbios en Vancouver, 2011 (Rich Lam)


En ocasiones me debato entre lo bueno que tiene no darse cuenta de nada porque tu cara nubla todo lo que nos rodea y ser consciente de todo lo que está pasando a nuestro alrededor aunque me mires y me beses como nunca nadie lo ha hecho.

Los alemanes vestían de gris y tú de azul.

Cuando nos besamos como sólo tú y yo sabemos hacerlo, lo último en lo que pienso es en lo que llevas puesto, porque me sobra cada segundo que pasa más. El mundo se derrumba y quiero que nos encuentre desnudas. En cualquier sitio. Aunque sea fuera del mundo. Para no derrumbarnos con todos los demás.

Hace tiempo fantaseé con el fin del mundo. Ahora miro la foto y pienso en lo bonito que hubiera sido enamorarnos antes de que el mundo empezara a derrumbarse.

Desgraciadamente, el mundo se está derrumbando desde que lo conozco. Incluso antes de conocerte a ti...




P.D.: Aunque la realidad siempre tiene algo más que decirnos, por mucho que miremos y miremos si se acaba el mundo...




lunes, 25 de noviembre de 2013

La chica que pensaba que si no existieran Dire Straits el mundo no lo hubiera notado y otras cosas del querer


Lleva un tiempo que cada vez que mira a un hombre sólo siente escalofríos por imaginarse entre sus brazos.Todo eso le pasa después de la operación. Le rebanaron un trozo de la pierna izquierda porque estaba gangrenada. Todos pensamos que eso sólo pasa en las películas de guerra, pero no, se siguen gangrenando las cosas. Las cosas del cuerpo humano. Afortunadamente, no fue como en las películas y no hubo que amputar. También se gangrenan las mentes, pero para eso no hay cura, ni nuestra chica sabe de ello.

Desde que le falta un trozo de pierna no para de pensar en todas aquellas noches que pasó bailando como si tuviera una guitarra imaginaria a los acordes de la música que sonara en el bar. Era su magnética y particular forma de bailar. Llamaba la atención porque además, era muy atractiva. Hoy no lo hace porque no sabría si le miran por su atractivo o porque llama la atención el movimiento de una pierna al que le falta un trozo, seguir los acordes de alguna canción. 



Alguno pensará que para acompañar una guitarra no hace falta mover la pierna gangrenada, pero sólo hay que fijarse en los grandes de la guitarra a los que se imita cuando se hace el mongolo en la pista de baile o, como se llama actualmente, Air Guitar, para percatarse del error.

Bailaba mucho. 

Más bien, rasgueaba el aire mucho. El "Money for Nothing" de Dire Straits. Ese riff guitarrero clásico. Ese que todos conocemos y todos hemos acompañado alguna vez.


Le gustaba perderse en noches raras de las que no puedes esperar nada que son de las que no puedes escapar. Salir corriendo siempre es un error. Esperar sin más es el único argumento de la obra, como diría Gil de Biedma. Aunque Don Jaime lo decía de envejecer, morir. Envejecer camino a la muerte es lo que hace uno cuando espera en una noche de la que no espera nada pero en la que tiene que mantenerse. Hacía air guitar en medio de las pistas con el "Money for Nothing" casi todas las noches que salía. Antes de perder un trozo de pierna. 

Perder un trozo de pierna, haberse enamorado de él y pensar que si Dire Straits no hubieran existido el mundo no lo hubiera notado produjo en ella algo así como encontrarse una alcantarilla con un cartel que indicara “Por aquí se va al País de las Maravillas”.

El País de las Maravillas se abrió ante sus ojos con una luz que mostraba un mundo donde estaba claro que si Dire Straits no hubieran existido, no lo hubiera notado. Le preguntan en la aduana qué es lo que le pasó en la pierna y ella dice que nada. No se siente obligada a contar su historia a nadie. Ni siquiera a mí. A veces sospecho que ni ella misma sabe qué pasó. Lo único que tiene seguro desde entonces es que si Dire Straits no hubieran existido, el mundo no lo hubiera notado.

Con ello vive y a ello se agarra cuando llegan las ausencias en su cuerpo y en su mente. Y su cuerpo y su mente, dejaron de ser un error en cuanto comprendió que hay mucha música que bailar y hay mundo que anhelar, exista quién exista y viva quién viva.

Y con eso, con su visado para el País de las Maravillas que tiene una alcantarilla por aduana, y las ganas de seguir siendo la que nunca ha sido, tira para adelante con una leve cojera. Con la cojera que dan los años de excesos en las discotecas haciendo air guitar al ritmo del riff del "Money for Nothing" de Dire Straits más que las operaciones para salvarle de la gangrena, pasea por la vida sonriendo a una alcantarilla que probablemente no lleve a ningún sitio, pero tras la cual sabe que no existen ni habrán existido nunca los Dire Straits.

A esa chica la conocí en un momento de debilidad de mi mente. En una época en la que no entendía por qué existían los Dire Straits, si sin su existencia el mundo hubiera sido prácticamente igual…



B.S.O.: "Money for Nothing" (Dire Straits)

viernes, 6 de septiembre de 2013

De desvanes y vueltas al mundo



Subió al desván con sigilo. En su mano derecha llevaba un portavelas con una a medio consumir pero que todavía alumbraba. Era perfumada. Vainilla. Podría ser anti-mosquitos y todo sería más agradable. Que oliera a vainilla y que no tuviera que aguantar el zumbido de los mosquitos planeando el desembarco en los tramos de su piel desnuda. Tramos que eran muchos y muy amplios. A fin de cuentas, era uno de los veranos más calurosos de las últimas décadas en aquella zona del mundo. Aunque eso era lo que decían los meteorólogos todos los años, en ese parecía verdad. Estaba segura que al año siguiente, de seguir viva, volverían a decir lo mismo y ella volvería a sentirlo igual. Calor, aroma a vainilla, mosquitos, desván en las alturas lleno de telarañas. En ese instante se dio cuenta de que algo no iba del todo bien cuando ese era su mejor (y único) plan para el sábado noche.





Decidió no pensar demasiado en todo lo que le rodeaba fuera de aquel desván para no distraerse de su búsqueda. No saber qué era lo que estaba buscando ya suponía suficiente distracción como para añadir más al asunto. Llegó el momento inevitable en el que admitió para sus adentros la esperada, pero no evitada, realidad de que no era buena idea subir al desván con aquellas preciosas sandalias que se había comprado al inicio del verano y que tan bien le quedaban. El dedo gordo del pie había impactado dolorosamente con una desvencijada caja de cartón que se interpuso en su camino. La reconoció rápidamente. Era la caja de los viejos vinilos. Viejos por su procedencia, la adolescencia, pero bastante nuevos por el cariño conque siempre los trató y el valor que han adquirido en los últimos tiempos en el mercado del coleccionismo y la revitalización del vinilo como soporte 
musical.

Allí estaban todos. Más de los que ella recordaba incluso. Patty Smith, Dylan, Ramones, Rolling Stones, Velvet Underground... Todos y alguno más, incluso autografiado. Muchos autografiados por personas diferentes a los creadores de los discos. Una extraña costumbre que cogió de Dana. Pedir autógrafos de gente sobre diferentes soportes. De gente que no tiene nada que ver con el soporte. De gente, en la mayoría de los casos, que no está acostumbrada a dar autógrafos a su alrededor. Y entre los discos, apareció aquella lámina. Aquella bonita lámina que pensaba enmarcar para que acompañara a Dana en sus noches de trabajo y pasión creativa. Ese cuadro que nunca le regaló en el que se leían esas palabras de Scott Fitzgerald, “Puedes acariciar a la gente con palabras” que Dana nunca llegó a tener y que estaba lleno de polvo. Un polvo acumulado por no tenerlo. Por no recibir su apoyo. Por no confiar en cómo escribía como ella siempre sintió e hizo.

Pensó que lo peor que tenía subir al desván era encontrarse consigo misma. Pensó mucho en ello antes de subir, pero recordó mucho las palabras de Dana, que siempre estaba dispuesta a descubrir, a ir más allá, a penetrar donde fuera, aunque fuera en sí misma. En sí mismas. Pensó y se dejó llevar, como tantas veces, por el recuerdo de Dana y olvidó los riesgos.



Subió al desván y se encontró. En aquel espejo. Aquel espejo olvidado en el desván porque ya no funcionaba. Hacía años que fue sepultado entre los recuerdos acumulados porque se había estropeado. No funcionaba. Curiosamente, era un caso único de espejo que deja de funcionar y estaba allí. En su desván. Estaba convencida de que fue Dana quién lo estropeó. El caso era que allí estaba, detrás de todos esos recuerdos. Inútil y sin capacidad de reflejo. Pero con toda la capacidad inquisitiva que siempre tienen los espejos cuando se sabe usarlos. Aquel espejo no funcionaba, pero seguía siendo terriblemente cruel con ella.

Por más que quiso evitarlo, no pudo. El espejo, burlón en su desajuste, terrible en su inutilidad, le recordó aquello tan terrible a lo que ella se dedicó años atrás con tanto afán. Tiempo antes de que el espejo dejara de funcionar. Hasta justo antes de que Dana despareciera de su vida: Su obsesión de disfrazarse de sueño para entrar en los suyos.

Cabreada con el espejo, con el mundo y, sobre todo, con ella misma, blasfemó entre dientes y pegó una patada unas cajas acumuladas al lado del estropeado utensilio por no romper algo y hacerse daño con los restos de vidrio. No le daría el gusto al espejo. No podía ni imaginar que después de todo lo que habían pasado juntos, encima pudiera hacerle daño ahora, después de estropeado y casi olvidado. 

Con la patada cayó al suelo una caja metálica. Inmediatamente la reconoció: Era el kit que Dana y ella compraron para parar el tiempo y que nunca llegaron a sacar de su envoltorio.
Afortunados tiempos, pensó con nostalgia. Tal y como era todo, lo más que podrían haber conseguido es que cada día fuera un domingo. Y los domingos de Dana eran silenciosos y grises.



Fue de aquello de lo que quiso huir para dar la vuelta al mundo. Miró el globo terráqueo que había en la puerta del desván y lo recordó perfectamente. Lo único que quería la última vez que vio a Dana, la última vez que subió al desván antes de perderla para siempre. El último día que la quiso con todo su alma. Quería dar la vuelta al mundo simplemente por poder sorprenderla por la espalda y abrazarla antes de que pudiera oponer resistencia.

Salió a trompicones del desván sin mirar atrás. Entró en internet y buscó la ruta más corta alrededor del globo para dar la vuelta al mundo. Olvidó el espejo, los vinilos y las pocas ganas de vivir en unos días que eran todos domingo. Se colgó la mochila en la espalda y salió a dar la vuelta al mundo simplemente por poder llegar a la espalda de Dana y abrazarla por sorpresa. 

No había olvidado lo que era abrazar. Aunque no quedara nada de ello en el desván.

Pero eso ya, es otra historia...



B.S.O.: "Everyday is like Sunday" (Morrissey)

lunes, 10 de diciembre de 2012

Fotos que me gustaría haber hecho a mí (Volumen 10): Se llamaba Alicia, creo que decía






La encontré. 
Agobiada. 
Era una chica que se sentía muy grande y vivía en un mundo muy pequeño...

Le pregunté y no recuerdo bien si se llamaba Alicia o era algo que a mí me gustaba que fuera así.

La olvidé. 
Agobiada. 
Soy una chica que se siente muy pequeña y vive en un mundo muy grande...



B.S.O.: Alicia (Expulsada al País de las Maravillas), Bunbury.



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