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martes, 5 de febrero de 2013

La inquietante conexión entre el “Te quiero” mal dicho y el polvo mal echado.





Te quiero porque creo que entiendes como soy. 
Te quiero porque a ti te puedo contar lo que a nadie le puedo contar. 
Porque puedo sentir que mi vida a tu lado cobrará sentido y dejará de ser vacía. 
Te quiero porque me preguntaste cuántos años tenía cuando murió mi padre 
y eso nadie me lo había preguntado jamás. 
Te quiero tanto que me gustaría…”

(“Tu vida en 65'”, María Ripoll, basada en la obra de teatro homónima de Albert Espinosa, 2006)




      4.35 AM. Interior Noche.


He tenido que dejar de mandar mails porque me aterraba el momento en el que, después de desarrollar todo el mensaje, de escribir todo lo que tenía pensado decir, revisarlo y quedar más o menos conforme (nunca se queda conforme uno), le daba a enviar y me avisaba que el mensaje no tenía asunto. Nunca supe qué asunto poner en los mails. He optado por tomar la decisión menos dolorosa: Dejar de escribir mails para no tener que pensar un asunto que ponerles. Etiquetar o titular el mensaje es más de lo que podría asumir nunca, y es lo que me pedía el servidor de correo cuando le daba a enviar. Su mensaje no tiene asunto ¿Quiere ponerlo ahora? También podría haber optado por seguir mandando mails sin asunto, pero ¿Quién los leería? ¿Leerías tú un mail que no llevara asunto?


Creo que no


Soy la única persona que conozco que consume porno adyacente. Lo consumo compulsivamente. Tengo un archivo ingente de porno. Soy la única persona que conozco que consume porno adyacente. El porno que está entre las escenas que todo el mundo ve. La conversación forzada, la situación extrañamente patética o ridícula que conduce al mete y saca, las palabras previas a la mamada de turno, la excusa que termina en trío... Consumo vorazmente la parte de las películas porno que todo el mundo pasa adelante para llegar a lo que les interesa realmente. Yo lo hago al contrario. Alguna vez reviso las escenas sexuales por si hay algún tipo de comentario u ocurre algo más allá del folleteo. Así soy de adyacente. Así me gusta el porno. Así voy tirando.





5.32 AM.  Interior. Primeras luces del alba.


Te juro que es la primera vez que me pasa

¿El qué? 
¿Que no se te levanta 
o que me has dicho “te quiero” 
sin que tuvieras que decírmelo?
 No me importa, no te preocupes


¿El qué? 
¿Que no se me levante
 o que te he dicho “te quiero” 
sin que tú quieras que te lo diga?


No me quieres, déjalo...


No se me levanta, déjalo...




Fin del capítulo






"Y esos hombres que tú admiras
que parecen visigodos
mucho músculo, poco cerebro
y luego lloran como todos
(Te quiero, Siniestro Total)




B.S.O. I: Sexo Chungo (Siniestro Total)
B.S.O. II: Sexo Chungo II (Siniestro Total)
B.S.O. III: Te quiero (Siniestro Total)




lunes, 5 de noviembre de 2012

Esa noche, como tantas otras noches, conocí a alguien.




“No me suicidaría. Soy una de mis personas favoritas.”




Esa noche, como tantas otras noches, conocí a alguien.
Conocí a alguien que, a su vez, no sabía quién era Charles Barkley.

A menudo, demasiado a menudo, la relación que establezco con los demás se basa en cosas tan importantes como esa. El resto de acompañantes esa noche basaban sus interacciones en cosas menos importantes como el tamaño de unas tetas, el grosor de unos labios, el respingar de un trasero o, menos aún, el brillar de una sonrisa o el destello de una mirada.

Yo conocí a una chica que no sabía quién era Charles Barkley.

Y llegó el momento: Los músicos dejaron de tocar. Nosotros seguíamos allí. Nos quedamos solos en medio de la pista. Empezamos a bailar, en silencio. Escuchaba su corazón. Sólo su corazón. En silencio. Los músicos habían dejado de tocar, pero yo no podía quitarme de la cabeza esa primera impresión. Escuchaba su corazón tras esas grandes y apetecibles tetas que se rozaban con mi cuerpo sin dejar apenas espacio para que pasara el viento y erizara nuestros pezones, aunque los suyos lo estaban por alguna extraña razón que no llegaba a comprender. Y yo seguía pensando que ella no sabía quién era Charles Barkley.




Esa noche, como tantas otras noches, busqué algo insulso de qué hablar para disimular mi desazón vital al estar ante alguien que no conocía a Charles Barkley. Mira como se parece aquel tipo a Nicolas Cage, dije sin medir las consecuencias. Sonrió y por un momento casi olvidé quién era y qué hacía allí. Es verdad, es igualito, me susurró al oído aunque la música ya había dejado de sonar y no era difícil escucharnos.

Esa noche, como tantas otras noches, me reí de alguien junto con una desconocida.

Pero esa desconocida desconocía quién era Charles Barkley. Ni siquiera le sonaba.

¿Ves? Nicolas Cage sí se quién es. Y ese tipo se le parece mucho. Además, supongo que será tan mal actor como él y si nos acercamos a hablarle pondrá la misma cara de palo que lleva poniendo Nico en todas sus películas los últimos veinte años. Me gustó su comentario y sonreí sinceramente. Vamos a ello, dije.

Nos acercamos al tipo que se parecía a Nicolas Cage y empezamos a tener una de esas conversaciones estúpidas que se suelen tener en los bares cuando llega el momento que los músicos dejan de tocar.

Y los abandoné en su conversación, dejando atrás aquellas tetas que hacía un rato habían estado pegadas a mi pecho y tenían erizados los pezones sin saber muy bien porqué ya que no corría el viento entre nosotros.

Esa noche, como tantas otras noches, una chica que no conocía a Charles Barkley, folló con alguien que se parecía a Nicolas Cage mientras yo me iba a casa para hacerme una paja imaginando que estás en mi cama…




viernes, 9 de marzo de 2012

Diálogo entre amigas: Historias habituales








- ¿Cómo ha ido? 
- Siempre quieres que te cuente todo. Mira que eres cotilla 
- Es lo de siempre 
- Todo lo tuyo es interesante, sea o no lo de siempre 
- Pero esto… Es lo de siempre más que nunca 
- ¡Cuenta! 
- ¿Por dónde empiezo? 
- Por el principio 
- Me acerqué y le dije “Hola ¿Echamos un polvo?” Me gustó. Le dije que si quería ir a mi casa o la suya. No nos presentamos 
- Lo de siempre 
- Nos volvimos locas durante toda la noche. Nos lamimos, comimos, y jugamos con todo lo que teníamos en nuestros cuerpos en aquella cama que no abandonamos más que para ir a mear o coger chocolatinas y refrescos de la nevera 
- Una gran noche 
- Efectivamente. Espectacular. Cuando desperté rendida tras horas y horas de pasión sexual, abrí los ojos y la vi vistiéndose, superé mi timidez y le pregunté muy bajito si quería que la llamara para salir por ahí de copas esa noche, que conocía un sitio de unos amigos donde ponían buena música 
- En el “RockanBola” no ponen buena música 
- No me refería al “RockanBola”. Quería ir a un concierto en la Sala “Trastero”. El caso es que me atreví y me arriesgué. Y podía haber pasado cualquier cosa, pero… 
- Pero… 
- ¡Aceptó! 
- Joder tía, ¡Qué bien! Estuvimos de concierto. Nos echamos unas risas, unas copas, algún que otro canutillo… La noche iba avanzando rápido pero tenía la impresión de que ninguna queríamos que acabara
- Esas cosas se notan: Las señales 
- Yo nunca las he sabido ver bien 
- Nadie lo diría 
- El caso es que llegamos a "El Ambigú"...
- ¿La llevaste a "El Ambigú"? 
- Era lo último que quedaba abierto. Ya sabes. A esas horas tiras de cualquier recurso
- Cualquier recurso sí, pero "El Ambigú"… ¡Qué pereza! 
- Pero era "El Ambigú" o nada. El último bar. Y la suerte estaba echada. Le eché morro y pensé que de perdidos al río. Que me lamentaría si no lo intentaba 
- Esa es la actitud 
- Y armándome de valor, me lancé y la besé. Despacito, con pudor, pero notaba que no estaba mal la cosa y le metí la lengua hasta los intestinos… ¡Qué ansia, Dios! ¡Qué manera de besarnos! 
- ¿Y? 
- Le propuse quedar para echar un café de tranquis algún día 
- ¿Tan rápido? 
- No… Le dije de esperar unos días, claro… ¿Por quién me tomas? 
-  No sabría decir… 
- No quería parecer impaciente ni desesperada 










- ¿Qué tal el café? 
- Genial. Hablamos de todo un poco 
- ¿Hubo conexión?
- Conectamos muy bien, ya te digo, hablamos de todo un poco..
- Tendrás que ser más específica. Quiero detalles, parece que no te das cuenta de con quién estás hablando 
- Fue mágico. Nos dimos cuenta de que teníamos muchas cosas en común. Hablamos de nuestra afición por los bajistas, de Lisboa, de cine clásico. Tomamos un par de licores y rematamos con un café descafeinado yo, y uno con hielos ella. 
- Uy… 
- Le aparté el pelo de la cara como en aquella película 
- ¿Qué película? 
- La táctica de Jorge Sanz, ¿No recuerdas? 
- "Los mejores años de nuestra vida" 
- "Los peores años de nuestra vida
- Perdón, me lío con los nombres. Pero sé la escena, la de "Los PEORES años de nuestra vida"… 
- Exacto. Creí que era el momento para lanzarme y lo hice. Y fue genial. 
- ¿Y cómo siguió? 
- Estaba lanzada. Acabamos los cafés y me armé de valor 
- Eso suena bien 
- ¿Me das tu móvil? 
- ¿Que te dé mi móvil?
- ¿Cómo? Me he perdido... 
- Que le pedí el móvil... 
- ¡Oh! ¿Y cómo se lo tomó? 
- Me miró extrañada. Me dio miedo, por un momento pensé que quizás me había pasado de rápida y lanzada, pero… Me lo dio… 
- ¡Genial! 
- Ya te digo 
- ¿Y entonces? 
- Tranquilidad, chica, tranquilidad 
- Pero cuenta, no te pares 
- Si no he parado… He dicho que tranquilidad. Que no quería joderlo. Estas cosas van a su ritmo 
- Tranquilidad, lógico, sigue 
- Después venía el cumple de Bea 
- ¡No! 
- ¡Sí! La llamé. No creas que no me costó, pero la llamé. Yo, con lo lanzada que soy, me costó un mundo. Traté de no dar importancia al tema y la llamé 
- Cuando tú te pones… 
- De primeras no me reconoció, pero al momento parecía casi muy contenta por mi llamada. No quería hacerme ilusiones, por si acaso. Y la invité a la fiesta 
- Y te dijo que iría... 
- Bueno, parecía con ganas pero tenía excusas. Tenía otros planes, que si patatín, que si patatán… Pero que le gustaría ir y que muchas gracias por invitarla y blablablá… 
- Pero, ¿Qué pasó? 
- Insistí en que podía llevar a gente, que iba a estar muy bien, que esas fiestas en casa de Bea suelen ser muy buenas y va mucha gente… 
- No tanta… 
- Bueno, tenía que vender la moto. Insistí y me dijo que seguramente iría 
- ¡Qué nervios! 
- No lo sabes tú bien: Me tiré un montón de días medio histérica, sin saber cómo actuar, qué hacer, qué ponerme… 
- Jo, tía… ¡Qué buena pinta! 
- Sí. Me puse la camiseta violeta esa que me gusta tanto… 
- A mí no, pero reconozco que te queda genial 
- Y los vaqueros de las grandes ocasiones 
- ¡Total! 
- Cuando llegué a la fiesta no me lo podía creer. Impresionante 
- ¿Había mucha gente? 
- Como siempre: Las fiestas de Bea son geniales 
- Será por la fecha que cumple años, que se apunta mucha peña. Siempre 
- Saludé a gente por allí. Saludé a Bea y le di el regalo. Y me dijo que estaba muy contenta por la cantidad de gente que había ido a la fiesta 
- Como casi siempre 
- Me echó una copa y me empezó a presentar por allí 
- ¡Joder!, Bea siempre tan cumplida 
- Es su fiesta, es normal... 
- Pero con el palo que te da a ti eso… 
- Ya... Cuando empezó a llegar más gente, y las copas empezaron a fluir, todo fue genial, como siempre 






- Pero, ¡Al grano! Qué me ibas a contar que… 
- Al mitad de la noche vi una chica con una camiseta como la tuya de fin de año 
- ¿Como la roja? 
- Igual 
- No le quedaría como a mí 
- Claaaaro, eso nunca 
- Pero, ¿Quién era? 
- Me acerqué a ella por detrás 
- Tú como siempre… 
- Se giró y me miró fijamente 
- Y tú la miraste a los ojos 
- ¡Por supuesto! 
- ¿Y? 
- Le dije que una amiga tenía una camiseta igual y nos presentamos 
- ¡Qué buena excusa! 
- Comenzamos una interesante conversación 
- Vamos, lo de siempre 
- ¡Sí! Lo habitual…







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