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jueves, 16 de abril de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 16): Homeopatía para el alma.


Érase una vez, por aquellos tiempos, cuando el tiempo pasaba de manera extraña y todas nos sentíamos un poco raras, una persona que se asomó a la ventana. 
Y se fijó en la ventana de al lado. 



¿Qué tal?, le dijo a su vecina. 
Bien, aquí andamos, ¿y tú? ¿Cómo lo llevas?, le respondió sin mirarla. 
Bien, gracias, respondió girando la cabeza. 
Se entró para dentro y cerró la ventana. 
Pensó en qué hacer ahora. 
No le apetecía volver a sacar la cabeza, de nuevo, al mundo exterior. 
¿Qué pasará mañana? 
¿Y pasado? 
¿Y el mes que viene? 

Se tumbó la cama y se dio cuenta de que nada podía hacer, salvo estar bien.
 Pero, ¿cómo podía estar bien si ni siquiera podía hablar de manera normal con su vecina? 
Pues estando bien, como siempre. 
¿Qué es estar bien? 
No esperar mucho, se dijo. 
Pero no se escuchó. 

Se dijo que estaba viviendo algo único y diferente, que nada sabía de aquello y mucho menos de lo que estaba por venir. 
Fuera lo que fuera. 
¿Qué hacer? 

Afrontar la vida. 
Sin más.

Y se enfrentó a las cuestiones cotidianas de su vida desde una perspectiva homeópata. 

Al día siguiente sería otro día. 
Pero tampoco lo iba a pensar demasiado...


martes, 8 de septiembre de 2015

Declaración de intenciones: Enésimo volumen




Yo quiero ser de mayor algo chulo como buscador de errores en cuadros famosos.
Trabajar poco y ganar mucho.
Dedicar el resto del tiempo a dar besos a quien me apetezca,
ver cine en blanco y negro
y mirar por la ventana de una casa grande con vistas bonitas.





(Pintura: Mujer de espaldas, Delvaux)




viernes, 7 de noviembre de 2014

Diana tendrá éxito algún día





Diana es especial. No ese especial que se dice peyorativamente de muchísimas chicas, sino una persona realmente especial. Es una triunfadora sin triunfo, aunque lo que ha conseguido en las cosas que realmente le han interesado y ha hecho en su vida serían un éxito para una gran mayoría de los mortales.
Es una mujer de la que se podría escribir ya, a su edad, una bonita e interesante biografía. Sobre todo interesante. Y eso es lo mejor que se puede decir de alguien para poder escribir su biografía. Interés. Que mucha gente pudiera ver su vida en unas líneas sin conocerla y tuviera deseos de devorar esas líneas, de meterse en esa vida, de acaparar esa personalidad, ese movimiento por el mundo al que llamamos vida.
Quizás para algunos fuera una biografía como otra cualquiera. Realmente, todas las biografías tienen un interés limitado al interés que te despierte el personaje biografiado. Nos acercamos a las biografías por conocimiento hacia el personaje. Nadie se plantea leer así por las buenas la biografía de un pastor de Kazajistán porque puede que no sepa ni dónde está Kazajistán y haya que repetirle segundos después eso de Ka-za-jis-tán. Puede que la leyera si la escribe su escritor favorito o si está estudiando el pastoreo de esa zona del mundo, pero lo lógico es que ni sepa que existe ese libro como no sabía que había pastores en Kazajistán o lo que sea que le hayan dicho.
Ese es el quid de la cuestión: Diana era una persona poco conocida para el gran público. No se sabía de su existencia más allá de un círculo -muy grande comparado con el habitual de casi todo el mundo- que tenía diversas visiones de su vida. Diana no era famosa, aunque ella siempre pensó que lo sería muy pronto. Aunque algunos pensemos que lo llegará a ser algún día. Pero en ese círculo, mucha gente ni se imagina que Diana tiene dentro de sí una gran, amena, excitante y maravillosa biografía por la que muchos famosos matarían.



Conocí una vez a un tipo que decía ser biógrafo. Era un conocido de otro conocido, amigo de alguien, o algo por el estilo. Vamos, que no era una persona a la que yo fuera a escuchar mucho ni dar pábulo a sus palabras, pero las veces que coincidí con él parecía tener muy claro a qué se dedicaba y qué significaba lo que hacía.
Llevaba un tiempo dedicado a ganarse la vida escribiendo cosas por encargo. Lo mejor de su trabajo eran las biografías. No le daban mucho trabajo, bastaba con acercarse todo lo posible a la persona que le hacía el encargo y preguntar, preguntar, preguntar. Siempre le gustó preguntar. Decía que era una manera muy fácil de evitar que su mente hiciera elucubraciones inútiles porque lo que necesitas saber te lo dicen. Había casos en los que le encargaban la biografía de un muerto y la labor era aún más fácil porque bastaba con investigar en cartas y documentos, en espacios que haya dejado vacíos el finado (¡Cómo me ha gustado siempre esta palabra!) para encontrar algo de interés que contar, además de ir modelando a su antojo todo lo que le cuente la gente que lo conoció en vida. Esas tareas no caen por la falta de inspiración nunca, que parece que fue lo que le colocó en el mundo de las biografías y su carrera literaria no echó a volar nunca. Estaba feliz porque le bastaba con modelar los acontecimientos de manera elogiosa con el biografiado para que todo el mundo estuviera contento.
Yo podría escribir una biografía de Diana, lo sé. De acuerdo a lo que me contó aquel biógrafo, parecía fácil e incluso entretenido. Y de entretenido, Diana lo tenía todo.
Pero yo tengo un problema que pocas veces se valoran en la elaboración de biografías: No sé escribir.
Aunque sepa mucho de Diana. Me encantaría que me encargaran su biografía y saber más y más de ella. Convertirme en una entendida en su materia, en su figura, y cuando llegue a ser grande y conocida, ganarme la vida aportando mi visión de experta en ella. O simplemente, forrarme contando una gran historia. Su historia. La que tiene y que está por escribir.
Cuando la besé por primera vez lo supe. Ella era de esa clase de chicas que cantaba un tipo de canciones que sólo puedes escucharlas en francés . Se lo dije. Podría ser un título maravilloso para su biografía.
Pero no sé escribir...




martes, 9 de julio de 2013

Fotos que me hubiera gustado hacer a mí (Volumen 12): La mujer dentro del robot de Metrópolis

Hay fotos que nunca querría ver.



Acabo de descubrir que dentro del robot de Metrópolis había una mujer. Más que acabar de descubrirlo, acabo de ser plenamente consciente de ello. Es parecido a aquello de darse cuenta de algo aunque siempre hubiera estado presente y no me hubiera parado a pensarlo. Cuando te dicen tu mujer ya no te quiere y empiezas a ser consciente de que ya lo sabes y que siempre lo has sabido. Son esos momentos extraños que llegan cuando llegan. Yo he visto la foto y acabo de descubrir que dentro del robot de Metrópolis había una mujer. Ahora me da más miedo que antes. Estuve muchos años enamorado de ese robot porque era maravilloso, aunque como dirían en La Rosa Púrpura de El Cairo, es de ficción pero no se puede tener todo.


Hoy me aterra pensar que dentro del robot había una mujer. Estoy acostumbrado a conocer mujeres que dentro tienen un robot y son miedos con los que he aprendido a vivir. Pero al contrario me produce verdadero terror.


Voy a buscar esa foto tras las cámaras para descubrir de una puñetera vez qué es lo que hay dentro de mí...






lunes, 8 de octubre de 2012

Soñé con África



Tenía todo.
El pelo enredado y el calor húmedo de los pantanos.
El sol nos acompañaba sin molestar demasiado. 
¿He dicho ya que había llegado el otoño de repente?
Tenía todo.






Pero quise ser el sueño de toda mujer.
Quise que me lavaras el pelo a la orilla del río.
Quería sentirme como en aquella escena.
Quise ser el sueño de toda mujer.



Tenía todo y quise ser el sueño de toda mujer.


Pero te empeñaste en decirme que el jabón que había traído, por muy bien que oliera, no era biodegradable y allí no podíamos hacerlo.


Entonces entendí que sólo puedo ser el sueño que tú me permitas y que estoy en medio de África mientras tú miras al mar.




B.S.O. I: Out of Africa (John Barry)

B.S.O. II: Aquí no podemos hacerlo (Los Rodríguez)

domingo, 4 de marzo de 2012

El Hombre Que Mató A Paulo Coelho (Capítulo Final)



Me empieza a faltar la respiración. El calor agobiante me puede. Salgo corriendo de la sala de conferencias. El Hall del Centro Cultural es más largo de lo que me había parecido al entrar. Tardo un mundo, o me lo parece, en llegar al exterior y recibir aire fresco. Si por aire fresco se puede entender ese ambiente contaminado de la gran ciudad. 

Reposo, respiro con dificultad pero voy relajándome. Me siento mejor. Enciendo un pitillo y pienso en lo que me ha pasado. Quizás la calefacción del Centro Cultural o quizás hayan dejado entrar a demasiada gente. La moderadora del acto parecía también agobiada. No paraba de mover su abanico aunque hacía un ruido molesto para el resto de acompañantes en la mesa. ¿Qué clase de persona lleva un abanico en el bolso en pleno Marzo? ¿Qué tipo de palabra es "pitillo"?.




La semana pasada estaba bien. Ilusionada incluso. No todos los días invitan a una a un debate sobre literatura de autoayuda. 

- ¿Literatura de Autoayuda? No sabía ni que existiera un género siquiera…
- Pues existe, y es muy importante. Está en continuo crecimiento, y con los tiempos que corren, sólo le hace sombra la novela histórica, que ahora está en el top, pero que caerá como todas las modas literarias. La L.A. está desde hace mucho ahí, y nunca baja… Además, con los tiempos que corren, irá a más. 
- Claro. Siempre se necesita que un libro te diga lo que debes hacer y no haces…
- No es eso, pero es una visión. En cualquier caso, queremos contar con usted.
- No creo tener nada que aportar al tema.
- No sea modesta. Usted tiene mucho que aportar y estaremos encantados de que acepte nuestro ofrecimiento. Hay mucha gente interesada en oír lo que tiene que decir sobre el tema.
- Hay más gente que no tiene el menor interés en oírme.
- Pero esa gente no irá. 
- Ahí tiene razón…
- Pues ya lo tiene…

Silencio incómodo. No conozco los silencios cómodos. Hay libros de autoayuda que hablan del silencio, pero a mí me incomoda más leer libros de autoayuda que los silencios incómodos. Debería decir algo. Quizás debería aceptar. Necesito el dinero.

- Usted conoció a Paulo Coelho, ¿Verdad?
- Sobre eso no voy a hablar
- Estaríamos interesados en que… 
- SOBRE ESO NO VOY A HABLAR Y NO ES NEGOCIABLE

Silencio incómodo volumen 2. Segundas partes nunca fueron buenas. Salvo la de El Padrino y el segundo polvo con cada mujer que ha pasado por mi vida. 

- De acuerdo. No hace falta que hable de Paulo Coelho. Ni siquiera mencionaremos el hecho.
- Allí estaré

El verano que visitamos la Zona Cero nos abrazamos acongojados por una emoción diferente. La tuya de la mía. Yo no era ningún crápula. Tenía 20 años y te quería. Eso era todo. Tú pensabas en un lugar dónde van los que ya no están. Tenías fe en Paulo Coelho y me querías. Eso era todo. Estábamos en diferentes velocidades cuando nos abrazábamos acongojados el verano que visitamos la Zona Cero.

Para ti Paulo Coelho tenía todas las respuestas. Para mí, tú eras todas mis preguntas. El verano que nos dimos al amor se enfrió cuando Paulo Coelho entró en nuestras vidas. Visitamos la Zona Cero y nos abrazamos en ella. Pero tú pensabas en Paulo Coelho y fantaseaba con ser la directora de tus orgasmos.

Nunca fuimos hábiles para estar en el mismo plano, en la misma emoción, en la misma circunstancia, pero tuvimos nuestros momentos. Nunca fui la directora de tus orgasmos porque tú siempre fuiste un verso libre, pero tuvimos momentos que otros vivirían varias veces por llegar a soñar con ellos. Pero tú tenías fe y pensabas  en Paulo Coelho. Paulo Coelho entró en nuestras vidas en el mismo instante en el que te abracé en la Zona Cero aquel verano.

Hubo un tiempo en el que caí en el abismo. Entonces recurrí a ti para que me salvaras y tú me ofreciste a Paulo Coelho. Cuando me hundía en mis profundidades quise que me cogieras de la mano y me ofreciste a Paulo Coelho. Esos momentos en los que todo va mal, todo se tuerce y se te cae en la cabeza, y deseas la muerte de Paulo Coelho aunque no sepas muy bien porqué. Esos días. Aquellos tiempos.

La Zona Cero puede ser cualquier sitio devastado en el que la melancolía te recuerde la mezquindad del ser humano y de todo lo que nos rodea.

- Perdone
- ¿Sí? Dígame
- ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo?
- Sí, gracias, todo va bien… He sentido un poco de agobio y me moría de calor. Necesitaba respirar aire fresco con urgencia, eso es todo.
- Me alegro. Debería volver dentro. Va a empezar el coloquio.
- No quiero. No voy a hacerlo. No voy a volver ahí dentro.
- ¿Perdone? Tiene que entrar. Hay gente que ha venido a verle exclusivamente a usted. 
- Eso nunca lo he entendido.
- Tiene una responsabilidad con nosotros y con sus seguidores.
- Lo siento, de verdad que lo siento. No voy a volver ahí dentro. Si quiere, puede decir que no me ha encontrado aquí fuera cuando ha salido a buscarme. Me iré enseguida. No quiero problemas.
- Pues si no entra va a tener muchos problemas…
- Si entro también voy a tener muchos problemas
- ¿Qué está diciendo?
- Da igual, no lo entendería…

Y me fui escuchando cada vez más lejos los improperios de aquella persona que no tenía culpa de nada y simplemente había trabajado mucho para que alguien como yo echara todo por tierra en el momento preciso.

Me fui para no volver. No volví a ningún sitio realmente. Decidí que no tenía sentido mirar atrás, ni con pena ni con nostalgia. Decidí seguir caminando, aunque la mochila pesara cada vez más. Decidí tantas cosas que no recuerdo cómo llegué a ellas. Decidí…

El hombre que mató a Paulo Coelho piensa que no todo el mundo es bueno, aunque lo intente.
El hombre que mató a Paulo Coelho ha desayunado hoy café con leche, zumo de naranja de tetrabrick y tres magdalenas.
El hombre que mató a Paulo Coelho sueña con una chica que sabe que algún día pasará de él porque encontrará a alguien mejor a quién amar.
El hombre que mató a Paulo Coelho hace tiempo que no lee un buen libro y no va al cine desde el estreno de Gangs of New York.
El hombre que mató a Paulo Coelho es una mujer.
El hombre que mató a Paulo Coelho se despista con facilidad en el metro de Londres.
El hombre que mató a Paulo Coelho escucha Boys don´t Cry de The Cure constantemente…




miércoles, 6 de octubre de 2010

Mensaje en una botella


“Pensé: Ha llegado el momento de tirarles una botella a la cabeza. Cogí la botella y…, me serví una copa”
(Dostoievsky)

Me gusta escribir cartas. No las mando, pero las escribo. Empecé guardándolas en el cajón de la mesilla pero, a día de hoy y debido a su crecimiento en número, ahora tienen un trastero propio en la casa.
Mi casa es pequeña, pero viva donde viva, mis cartas tienen que estar conmigo. Destruirlas sería como perder el contacto con la gente a las que van destinadas. Tirar una carta de amor es como dejar de querer.
Me gusta escribir cartas y me gusta beber. Tanto bebo que ya no me caben las botellas vacías en casa. Mi mujer quiere que las guarde en el trastero de las cartas, pero me estoy quedando sin espacio.
Mi casa es pequeña, pero viva donde viva, no voy a dejar de beber. Tampoco de escribir cartas. Mi mujer amenaza con abandonarme si no hay espacio para las tres. Debo elegir entre escribir, la bebida o mi mujer. Necesito las tres, y no sé en qué orden.
A mi mujer la conquisté por carta. Fue la única carta que envié. Estaba borracho, por eso la eché al buzón. Desde entonces, no mando cartas y mi mujer se preocupa de que no beba demasiado hasta el punto de hacer cosas como aquella.
Si dejo de escribir cartas, la cabeza me explotará, y si empiezo a enviarlas para no perder espacio, reventaré porque me daré de bruces con una realidad que detesto. Para evitarlo debería beber más, pero acumularía más botellas y tendría el mismo problema. Si todos los amigos y parientes a los que destino mis cartas las recibieran, sería consciente de que no tengo amigos ni parientes. Si me deja mi mujer no tendrá sentido acumular las cartas en el trastero porque empezaré a vivir en el más absoluto caos y la bebida dejará de parecerme la mejor de las drogas.
A veces siento que nada tiene sentido. Pero no puedo dejar de escribir cartas, no puedo dejar de beber, no puedo dejar de querer a mi mujer. No puedo seguir viviendo sin espacio para mis pensamientos.

He decidido mudarme a un palacio. Creo que a mi mujer no le va a hacer gracia, pero al fin tendré sitio de sobra para mis cartas. Podré guardar las botellas vacías sin medir los espacios. Podré querer a más gente que a mi mujer. Tendré balcón y saldré a saludar. Y podré lanzar cartas y botellas a modo de mensaje para que caiga sobre la multitud que venga a vernos saludar los días señalados. 



Y además, tendré un cuarto de juego para que Carlotita no se aburra. Y cuando sea mayor, la dejaré que beba, escriba cartas y me considere su mujer.

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