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miércoles, 19 de junio de 2013

Microrrelatos sin pudor (Volumen 34): Las estaciones y el esmalte de uñas



Siempre tenía pintadas las uñas. Siempre. Las de las manos de un color y las de los pies de otro. Nunca estaban descuidadas. Ni las de los pies ni las de las manos. Constantemente tenía a la vista las de las manos, pero las de las pies estaban igual de impecables y estarán así el resto de su vida, aunque nadie las podía ver. Era algo suyo y siempre sería así. 
Sus uñas pintadas. Perfectamente pintadas. 
De diferente color las manos y los pies. 
Las de los pies siempre ocultas.




Pero un buen día llegó el verano. Aquel verano. Y pensó que quizás debía de dejar de pasar calor en los pies. Con miedo y mucho respeto a lo desconocido, se calzó unas sandalias. En aquel preciso momento comprendió que nada volvería a ser ya lo mismo. Vio sus uñas de los pies perfectamente pintadas y decidió ponerse unos guantes en las manos para pasar toda aquella estación que acababa de llegar a su vida. 
Aquel verano.

A partir de aquel verano, lucía zapatos cerrados en invierno y guantes en verano. Su vida ya nunca volvió a donde solía. 

Y empezó a pasarlo mal en primavera y en otoño.

Aunque siempre tenía perfectamente pintadas las uñas

Las de las manos de un color y las de los pies de otro.




domingo, 12 de junio de 2011

Microrrelatos sin pudor (Volumen 17): Empeines grandes y Domingos para ir a misa.

Los zapatos le apretaban un poco. Tenía demasiado empeine.

- ¿Qué día es hoy?
- Domingo
- No, el número
- 12
 
Faltaban bastantes días para cobrar y poder comprar unos zapatos más cómodos. Es duro tener tanto empeine. Recordó con pesar, que era Domingo y no había ido a misa. Lo que es duro, realmente, es vivir al día con un sueldo mísero y tener el empeine grande, vayas o no vayas a misa.
 
- ¿Qué hora tienes?
 
Le quedaba poco tiempo para ir a misa. No podía andar rápido porque los zapatos le apretaban un poco. Es difícil calzarse bien con un empeine tan grande.
 
 
 
- Si me doy prisa, llegaré. Tengo que llegar.
 
En la puerta de la Parroquia se encontró con una cara familiar. El mendigo de turno (Porque todas las parroquias tienen un mendigo de turno u oficial) resultó ser un antiguo compañero de clase. Hizo como si no lo hubiera visto o reconocido y entró apresurado al templo. La misa acaba de empezar.
 
El calor había llegado a la ciudad. Su empeine seguía siendo igual de grande que siempre. Las parroquias seguían teniendo un mendigo de turno u oficial en sus puertas. Aquel Domingo había conseguido llegar a tiempo a misa. 
 
Afortunadamente, los zapatos seguían apretándole un poco.

Desafortunadamente, mirar para otro lado siempre fue su actitud vital preferida...

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