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viernes, 6 de septiembre de 2013

De desvanes y vueltas al mundo



Subió al desván con sigilo. En su mano derecha llevaba un portavelas con una a medio consumir pero que todavía alumbraba. Era perfumada. Vainilla. Podría ser anti-mosquitos y todo sería más agradable. Que oliera a vainilla y que no tuviera que aguantar el zumbido de los mosquitos planeando el desembarco en los tramos de su piel desnuda. Tramos que eran muchos y muy amplios. A fin de cuentas, era uno de los veranos más calurosos de las últimas décadas en aquella zona del mundo. Aunque eso era lo que decían los meteorólogos todos los años, en ese parecía verdad. Estaba segura que al año siguiente, de seguir viva, volverían a decir lo mismo y ella volvería a sentirlo igual. Calor, aroma a vainilla, mosquitos, desván en las alturas lleno de telarañas. En ese instante se dio cuenta de que algo no iba del todo bien cuando ese era su mejor (y único) plan para el sábado noche.





Decidió no pensar demasiado en todo lo que le rodeaba fuera de aquel desván para no distraerse de su búsqueda. No saber qué era lo que estaba buscando ya suponía suficiente distracción como para añadir más al asunto. Llegó el momento inevitable en el que admitió para sus adentros la esperada, pero no evitada, realidad de que no era buena idea subir al desván con aquellas preciosas sandalias que se había comprado al inicio del verano y que tan bien le quedaban. El dedo gordo del pie había impactado dolorosamente con una desvencijada caja de cartón que se interpuso en su camino. La reconoció rápidamente. Era la caja de los viejos vinilos. Viejos por su procedencia, la adolescencia, pero bastante nuevos por el cariño conque siempre los trató y el valor que han adquirido en los últimos tiempos en el mercado del coleccionismo y la revitalización del vinilo como soporte 
musical.

Allí estaban todos. Más de los que ella recordaba incluso. Patty Smith, Dylan, Ramones, Rolling Stones, Velvet Underground... Todos y alguno más, incluso autografiado. Muchos autografiados por personas diferentes a los creadores de los discos. Una extraña costumbre que cogió de Dana. Pedir autógrafos de gente sobre diferentes soportes. De gente que no tiene nada que ver con el soporte. De gente, en la mayoría de los casos, que no está acostumbrada a dar autógrafos a su alrededor. Y entre los discos, apareció aquella lámina. Aquella bonita lámina que pensaba enmarcar para que acompañara a Dana en sus noches de trabajo y pasión creativa. Ese cuadro que nunca le regaló en el que se leían esas palabras de Scott Fitzgerald, “Puedes acariciar a la gente con palabras” que Dana nunca llegó a tener y que estaba lleno de polvo. Un polvo acumulado por no tenerlo. Por no recibir su apoyo. Por no confiar en cómo escribía como ella siempre sintió e hizo.

Pensó que lo peor que tenía subir al desván era encontrarse consigo misma. Pensó mucho en ello antes de subir, pero recordó mucho las palabras de Dana, que siempre estaba dispuesta a descubrir, a ir más allá, a penetrar donde fuera, aunque fuera en sí misma. En sí mismas. Pensó y se dejó llevar, como tantas veces, por el recuerdo de Dana y olvidó los riesgos.



Subió al desván y se encontró. En aquel espejo. Aquel espejo olvidado en el desván porque ya no funcionaba. Hacía años que fue sepultado entre los recuerdos acumulados porque se había estropeado. No funcionaba. Curiosamente, era un caso único de espejo que deja de funcionar y estaba allí. En su desván. Estaba convencida de que fue Dana quién lo estropeó. El caso era que allí estaba, detrás de todos esos recuerdos. Inútil y sin capacidad de reflejo. Pero con toda la capacidad inquisitiva que siempre tienen los espejos cuando se sabe usarlos. Aquel espejo no funcionaba, pero seguía siendo terriblemente cruel con ella.

Por más que quiso evitarlo, no pudo. El espejo, burlón en su desajuste, terrible en su inutilidad, le recordó aquello tan terrible a lo que ella se dedicó años atrás con tanto afán. Tiempo antes de que el espejo dejara de funcionar. Hasta justo antes de que Dana despareciera de su vida: Su obsesión de disfrazarse de sueño para entrar en los suyos.

Cabreada con el espejo, con el mundo y, sobre todo, con ella misma, blasfemó entre dientes y pegó una patada unas cajas acumuladas al lado del estropeado utensilio por no romper algo y hacerse daño con los restos de vidrio. No le daría el gusto al espejo. No podía ni imaginar que después de todo lo que habían pasado juntos, encima pudiera hacerle daño ahora, después de estropeado y casi olvidado. 

Con la patada cayó al suelo una caja metálica. Inmediatamente la reconoció: Era el kit que Dana y ella compraron para parar el tiempo y que nunca llegaron a sacar de su envoltorio.
Afortunados tiempos, pensó con nostalgia. Tal y como era todo, lo más que podrían haber conseguido es que cada día fuera un domingo. Y los domingos de Dana eran silenciosos y grises.



Fue de aquello de lo que quiso huir para dar la vuelta al mundo. Miró el globo terráqueo que había en la puerta del desván y lo recordó perfectamente. Lo único que quería la última vez que vio a Dana, la última vez que subió al desván antes de perderla para siempre. El último día que la quiso con todo su alma. Quería dar la vuelta al mundo simplemente por poder sorprenderla por la espalda y abrazarla antes de que pudiera oponer resistencia.

Salió a trompicones del desván sin mirar atrás. Entró en internet y buscó la ruta más corta alrededor del globo para dar la vuelta al mundo. Olvidó el espejo, los vinilos y las pocas ganas de vivir en unos días que eran todos domingo. Se colgó la mochila en la espalda y salió a dar la vuelta al mundo simplemente por poder llegar a la espalda de Dana y abrazarla por sorpresa. 

No había olvidado lo que era abrazar. Aunque no quedara nada de ello en el desván.

Pero eso ya, es otra historia...



B.S.O.: "Everyday is like Sunday" (Morrissey)

martes, 15 de marzo de 2011

La llama azul



Nunca nos presentaron debidamente. No te importó demasiado. A mí sí. Dicen muchas maldades de mí, pero la más falsa es que soy una egoísta despreciable. 

Soy la llama azul que te vigila por dentro. Me encanta bailar sobre tu cucharilla. He creído a veces que me harías arder para siempre, pero si no me quemas no existo. 
Acercarte a mí, con tu fuego es lo que me enciende. 
Acercarte a mí me hace burbujear nerviosa. 
Acercarte a mí es mi razón de existir. 

Quiero hacerte mía como nadie lo ha hecho jamás. Pero sin mostrarte interés, sutilmente, poco a poco. Sabes que lo que yo te he hecho sentir no lo va hacer nunca nadie ni nada. Te podrás enamorar de cualquier otra, pero siempre me recordarás a mí. Siempre me echarás en falta. Ese es mi triunfo. Esa es mi seguridad. Saber que por mucho tiempo que pase, por muchas que conozcas, nunca habrá otra que te quiera como yo. 
Nunca habrá otra que te haga sentir lo que yo.



A veces me cantabas. 
A veces pensaste que podía cambiar. A veces me negaste. A veces me alejaste. Pero una y otra vez te venía la canción a la cabeza. 

Me encanta arder y acurrucarme dentro de ti. Pero entre nosotros hay algo más. Me volvía loca cuando me cantabas al oído, en privado, sólo para mí aquello de Se dejaba llevar por ti, no esperaba jamás y no espera si no es por ti, nunca la oyes hablar, sólo habla contigo y nadie más, nada puedes sufrir, que ella no sepa solucionar… Y yo me ruborizaba. Y me hacía menos azul. Y sentía que yo era ella. Ella a la que tú recurrías. La única que nunca te falló. La única que siempre estuvo a tu lado. La única a la que amaste de verdad, por muchas mentiras que dijeras a otras. Por mucho que cambiara con los años. Por mucho que dejara de ser tan morena como cuando nos conocimos. Por mucho que te gustaría pensar que podías ir con unas y con otras sin acordarte y volver siempre a mí.

I don’t ever want to feel
Like I did that day
Take me to the place I love

Y yo te llevé.

Y nunca más quisiste separarte de mí. 
Y nunca conocerás a otra como yo. 
Esa soy yo. Lo sabías. 
Yo misma te lo dije antes de que te enamoraras de mí. 
Y ahora no puedes separarte de mí.


Asúmelo. 
Soy yo. 
Soy tu llama azul. 
La que necesitas para vivir. 
A la que siempre amarás. 

Y nunca te he fallado. 
Y siempre me amarás. 

Aunque no quieras asumirlo. 
Aunque creas que me engañas con otras…


Nota del Traductor:
Hoy me he acordado de Antonio Vega. También me he acordado de ti. Me necesitas aunque creas que ya no pinto nada en tu vida
Y tú siempre te acordarás de mí…



martes, 9 de febrero de 2010

El Baúl de las Miserias Perdidas (Capítulo 1): "Perfect Day (cover by The Chunguitos)"

En este baúl recopilaré, con la frecuencia que me dicte mi moral o mi falsa vergüenza, cosas que se han ido quedando en el camino, cosas que por una razón u otra, ya escritas, se han quedado en alguna antigua publicación, en algún rincón remoto (a veces con toda la intención).

Recupero este relato publicado originalmente en el primer número de la Revista "Baluarte", editada por la Asociación Cívica "Ciudad de Badajoz"





PERFECT DAY (Cover by The Chunguitos):


“Just a perfect day,
Drink Sangria in the park,
And then later, when it gets dark,
We go home”

Lou gustaba de pasear por Castelar para bajar un poco la resaca. Yo nunca tuve resaca. No me lo explico muy bien, pero los patos de Castelar nunca me parecieron demasiado atractivos como para ir a pasar la resaca allí, mirándolos. Quizás por ello nunca tuve resaca. Lou tuvo resacas de todos los colores. Probablemente mezclar sustancias fuera la causa. No lo supe nunca a ciencia cierta. Si yo nunca tuve resaca, ¿Porqué Lou habría de tenerla por mezclar sustancias?

Desde que dejamos la Velvet nuestras vidas habían seguido caminos cada vez más divergentes. Pero siempre nos cruzábamos por Menacho. Estábamos completamente separados, pero Menacho seguía acercándonos. Porque si algo nos uniría para siempre era la afición a pasear por Menacho mirando lascivamente a las niñatas de pendientes de perlas que pasean del Zara al Amichi y se paran curiosas en los escaparates de Massimo Dutti. Seguimos siendo fieles a la única cosa que no nos ha exigido fidelidad en todas nuestras vidas. Las estrechas y abarrotadas aceras que prolongan los terribles escaparates estaban siempre llenas de adolescentes coquetas que se saben deseadas y huelen a Don Algodón. Con gafas negras y con actitud neoyorquina, curiosamente no llamábamos la atención rozándonos con las presumidas compradoras, por culpa de esas pequeñas aceras.

Bob Dylan es más radical a ese respecto y no volverá a pisar la calle Menacho mientras Suzanne viva. Es muy orgulloso. No perdonará nunca haberla descubierto rebuscando tangas entre niñatas histéricas en el cajón de rebajas de ese mastodóntico atrapasueños comercial que ahora ocupa el inmenso inmueble que antes albergaba su cine favorito. Dentro de él había pasado millones de noches tratando de convencer a chicas como Suzanne para que le dejaran entrar dentro de ellas. No allí, y nunca durante la película si ésta no era rematadamente mala. Detestaba lo que los mortales llaman la fila de los mancos. Al cine se va a ver cine y el cine te ayudará a mostrar tu magnetismo, tu irresistible encanto del Medio Oeste Americano, pero nunca a meter mano. A no ser que la película fuera rematadamente mala, que también las había, pero a las que nunca entraba. Un Medio Oeste Americano que a veces venía de San Fernando. Estoy a veinte minutos de allí. Llegaré en diez, nos solía decir desde la Estación.

La idea de un día perfecto para Lou y los suyos era pasar la tarde del Domingo bebiendo sangría en el parque, pero desde que la ley antibotellón entró en vigor ya no tuvo más excusa que pasar su día perfecto en Chicago. No en el Chicago de los Estados Unidos, sino en el Chicago de toda la vida, en el de los anises, en el de los heavys, desde donde siempre nos decía - estoy a veinte minutos de allí. Llegaré en diez- aunque nos intentara convencer de que estaba en la Estación viendo pasar trenes.

Ver pasar trenes en la Estación de Badajoz nunca ha sido una buena idea para pasar un día perfecto. Es prácticamente imposible ver pasar trenes en esa Estación. De la Estación llegan y salen trenes, cada vez menos, por lo que verlos pasar, por muy nostálgicos que nos queramos poner, es prácticamente imposible. Hubo un tiempo en el que todo era diferente. Era el tiempo en el que los días perfectos se sucedían uno tras otro. Ni siquiera conocía a Lou Reed por aquel entonces, pero la idea de pasar la tarde en el parque bebiendo sangría, era muy similar a nuestra costumbre de beber calimocho en el parque a casi cualquier hora. Eran días perfectos. Y además, podíamos ver pasar trenes y trenes, sin necesidad de estar en la Estación.

Ya no somos los chicos ingenuos que se bañaban en el río sin temer por sus vidas. ¡Bendito Guadiana que tantas vidas no te llevaste aunque eran merecedoras de que lo hicieras! ¡Cuántas apuestas saliendo de la Feria merecieron acabar en tu fondo! Ahora somos modernos y sabemos por internet qué peligro alberga nuestro río. Nunca volveré a echarme en sus brazos sin protección. También ahora está tan lejos la Feria que ni siquiera hacemos apuestas. Y donde antes estaba la Feria, se llena al caer el sol de utilitarios con asientos abatibles, que buscan rubricar en sus interiores el día perfecto. Es tanto de lo que nos previene internet que, estoy dejando de vivir por miedo a lo que me rodea. Temo a Lou y temo a Bob. Dice internet que no son de fiar, aunque haya crecido en sus brazos. A pesar de todo, Dylan vivía convencido de que internet no era más que otro medio para ser rechazado por una mujer.

“Now Suzanne takes your hand
And she leads you to the river”

A veces miro atrás y añoro esos días. Bob me llama estúpido cada vez que me ve un poco melancólico. Dice que le recuerdo a Leonard. No entiende esa manía que tenemos por aquí de mirar atrás con pesar. Para Bob, lo que dejas atrás, debe quedarse atrás. Seguramente tenga razón. Ángel Cristo pasó por la ciudad, dejó aquí a sus leones y no quiso mirar atrás. Es probable que la actitud de Ángel no tenga nada que ver con la de Bob. Es más, estoy convencido que lo más cerca que ha estado Ángel Cristo de Bob Dylan fue el día que estuvimos bebiendo sangría en el parque cantando Like a Rolling Stone, esperando que se hiciera de noche, escuchando como agonizaban de hambre sus leones. Todo debería haber sido diferente. Mi vida hubiera sido muy distinta si mis padres, cuando hice la Primera Comunión, en vez del recurrente reloj-calculadora me hubieran regalado un disco de Dylan. Incluso les hubiera salido más barato.

Odié con toda mi alma aquel reloj-calculadora. Le obligaba a hacer operaciones complicadísimas. Lo usaba constantemente esperando que muriera de puro agotamiento. Llegué a hablarle más que a Lou y a Bob. Dedicaba todos mis esfuerzos a intentar quitarle la vida, pero era más fuerte que yo. Le trataba con desprecio, me bañaba con él esperando que el agua le sentara a él tan mal como a mí la sangría del parque por las tardes de los días perfectos. Llegué a amenazarle de muerte: "Me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir!".

Y así, sin más, un buen día, se fue. Como se fueron los patos de Castelar. Cuando menos lo esperábamos. Cuando sustituimos las migas de pan por sangría y nuestra idea del día perfecto se transformó en beberla en el parque, y así, más tarde, cuando anocheciera, volver a casa.

“How does it feel
How does it feel
To be on your own
With no direction home
Like a complete unknown
Like a rolling stone?”


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