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martes, 14 de abril de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 15): Los pequeños detalles del principio o el final de algo.


Cada día es una suma de pequeños detalles. Detalles que deciden. Deciden si todo esto nos da la sensación de estar en medio del principio o del final de algo. Es una sensación generalizada, por lo que me cuentan desde fuera de mi cueva. No son más que detalles. Pequeños detalles. Pero nuestra vida es tal como es por esos pequeños detalles. Pequeños en general, pero grandes en lo particular. 



Como el pequeño detalle de que Lucía Lapiedra pasara a llamarse Míriam Sánchez. El pequeño detalle de un cambio de nombre, el gran detalle de la retirada de una estrella del porno. El pequeño detalle de poner una raya en un sitio u otro que condiciona la visión general de la obra. Con cuatro rayas Picasso dibuja un culo perfecto. Mal colocadas quedarían como el culo. No perfectas. Ni como un pequeño detalle. Como ese detalle que hizo que no acercara mis labios a los tuyos cuando tuve que hacerlo. Pequeños detalles que fueron el principio o el final de algo. Como cada día. Ahora nos hemos quedado perdidos en la mitad. 

La suma de los pequeños detalles que dan como resultado un culo perfecto, el final de una estrella del porno, los labios que no se acercaron cuando tuvieron que hacerlo, o la mitad del principio o el final de lo que estemos viviendo.





miércoles, 21 de septiembre de 2016

Tres días (five years)




¿Aceptarías que te quisiera sólo tres días?
Es de lo único que dispongo.
¿Será suficiente para ti?
¿Estás preparada para asumir que te voy a querer simplemente tres días?
¿Podrías renunciar a que te quisiera tanto porque sólo van a ser tres días?

¿Serías capaz de cambiar el "tres" y los "días" por otro número y otra unidad de tiempo y estar conforme? ¿Podrías llegar a conformarte?

Tres días pueden ser una vida.
Five years puede ser poco.
Se me acaba el tiempo y no quiero dejar de querer por eso...






domingo, 14 de diciembre de 2014

Tercer final alternativo




Llegó el momento de sacar la versión de su vida en DVD con extras y montaje del director. Intentó incluir sus mejores y más atinados comentarios para acompañar las más inexplicables y crípticas escenas de su existencia. Pero tras meses de preparación, de selección de mejores escenas, de tomas falsas y planos desechados, descubrió que el problema iba a llegar con la duda de si mostrar o no los diversos finales que iba a poner en su vida que deberían ir incluidos en el DVD. Incluso en el Blue Ray, pero eso ya no le quitaba tanto el sueño.

En el tercer final alternativo el protagonista viaja en el tiempo hasta el momento de su nacimiento, y una vez dentro del vientre de su madre se suicida estrangulándose a sí mismo con su propio cordón umbilical, antes incluso de llegar a este mundo.





Toda su película, si incluía este final alternativo, dejaría de tener sentido. Y por ende (No Michael) su vida habría sido una farsa inexistente. Sobre todo inexistente. Tan inexistente como lo era en aquel momento en el que nadie se acordaba de él, Y él sabía, siempre lo había sabido, incluso en los mejores tiempos ya muy lejanos, que si nadie se acuerda de uno es como si ese uno no existiera.

Olvidó todo aquello y después de asomarse una vez mas a la ventana de su habitación que no daba a ninguna parte salvo cuando intentaba dormir que se convertía en un palco no insonorizado de un circuito de carreras de Fórmula 1, sacó su viejo bloc de notas y se puso a escribir una reseña de su momento actual que pudiera definir lo que había sido la película de su vida. 



“Abandono el sexo compartido por la masturbación. Aunque fantasee constantemente en conquistas y orgías. El mero hecho de pensar en entablar una relación con alguien me provoca el mayor de los fracasos amorosos conmigo mismo. No me acerco a las chicas aunque piense –e incluso esté seguro- que están esperando a alguien como yo. El mundo sería un lugar más sano si nadie esperara a nadie como yo. Me masturbo incluso después de rechazar una buena proposición de sexo compartido. El mero hecho de masturbarme me hunde una y otra vez en mí interior. Hasta se podría pensar que eyaculo para dentro si no fuera porque uno de los pocos rasgos que presento de ser humano es que aún me corro -casi- a voluntad. Llegará el día en que ni eso lo controle y descubriré que estoy finalmente seco. Seco y podrido. Podrido de malestar. De estar mal sin hacer nada por siquiera estar. La necesidad de desaparecer me lleva hacia los demonios, y ni ellos me hacen reaccionar. Veo pasar los días como las horas. Y las horas hace algún tiempo me empezaron a parecer bastante más cortas que veintitantos minutos. Los minutos no existen. Basta con ver que un reloj pone que faltan trece minutos para las dos cuando en el de la muñeca faltan quince y en el despertador diez. Ese intervalo de minutos está perdido. Después de mirar la hora del despertador, ya nunca volverán a falta trece minutos para las dos. Es imposible, cuando hay algún sitio en el que sólo faltan diez y mi mente ya se va a menos cinco.”
 


Arrancó la hoja y cerró el bloc de notas. Mascó con desgana un chicle que, según leyó en el envase, debía saber a fresa ácida. Cuando su mandíbula empezó a dar muestras de rebeldía laboral y su mente se había cansado ya responder a los estímulos de sus papilas gustativas con un NO rotundo a la pretensión de que aquel inexistente sabor fuera fresa ácida, se sacó el chicle de la boca y con él pegó en la pared la hoja.




Se sintió satisfecho. Casi tanto como cuando se acordaban de él. Tanto, que se masturbó una vez más reafirmando su felicidad por lo acertado de su idea de abandonar el sexo compartido. Pero recordó que todo aquello no tenía mucho sentido si el final de todo regresaba al presente porque no hay nada que hacer cuando la vida te recuerda que has hecho mal su montaje.

En el tercer final alternativo el protagonista viaja en el tiempo hasta el momento de su nacimiento, y una vez dentro del vientre de su madre se suicida estrangulándose a sí mismo con su propio cordón umbilical, antes incluso de llegar a este mundo.
 







viernes, 24 de octubre de 2014

Dance me to the end of love




Nunca quise llegar a este punto. Al menos de manera consciente no lo recuerdo. Por supuesto que hay algo mágico, que atrae y que fascina. Pero en la historia de la vida de cualquier persona, este punto debería quedar reservado para verlo en alguna película, no para vivirlo en primera persona.

La sublimación del amor cuando llega la muerte. O morir por amor. Pero morir porque el amor alcanzado es a lo más alto donde se puede subir. Acostumbrados estamos a escuchar que alguien muere por amor pero de manera muy negativa y sentimos lástima por la persona fallecida. Yo nunca debí llegar a asumir que tras la belleza más inmensa sólo cabía la muerte porque no podría soportar después de aquello seguir vivo sin volver a sentirlo. Porque sentirlo otra vez, sería imposible.

¿Se puede sentir la plenitud, la belleza o la sublimación de todo cuando llega la hora de acabar, de morir?

¿El momento más bello puede ser el que precede al final de todo?



Leonard Cohen, escribió “Dance me to the end of love” cuando tuvo el conocimiento de que en algunos campos de concentración durante el Holocausto nazi, junto a los crematorios, se hacía tocar música clásica a ciertos presos mientras sus compañeros eran exterminados. Explicaba Cohen, que “el verso ‘Llévame bailando hasta tu belleza con un violín en llamas’ alude a la belleza de la consumación de la vida al final de la existencia y al apasionado elemento de la consumación. Pero es el mismo lenguaje que usamos cuando nos rendimos al enamoramiento, de ahí la canción (…) no importa que todo el mundo conozca la génesis de la canción, porque si el lenguaje viene de ese recurso apasionado, éste será capaz de abarcar cualquiera actividad apasionada”. Se inspiró en un momento hermoso, un rasgo de belleza previo al final de todo, una hermosa flor que surge en medio de los peores momentos de una de las mayores mierdas de la historia de la humanidad.

La historia no escrita de mi vida es un camino en el que nunca he sabido bien dónde ir, pero en el que he estado completamente seguro de hacia quién. Como no está escrita tampoco he sabido nunca usarla. Usarla como a mí me hubiera gustado o cómo el mundo hubiera necesitado. Y de ahí el sufrimiento. No saber dónde ir, pero sí hacia quién.

Cuando empezaron a sonar los acordes y el lala lalalala lalalala lalaláde las coristas supe que era el momento. De tenderte la mano, agarrar la tuya y acercar tu cuerpo al mío para mecernos al compás de una de las más bellas canciones jamás escritas para que dos cuerpos se dejen llevar y se hagan uno bajo el influjo de la música. “Dance me to your beauty with a burning violin” y así hasta que me lleves contigo hasta el final del amor. El único final posible. Aunque no hayamos tenido ningún inicio que merezca la pena reseñar. A pesar que gran parte de mi vida es la historia de ese amor.

Se puede sentir el momento más bello cuando es imposible caer más bajo en la mierda simplemente porque sabes que se va a acabar. Hubo un tiempo en el que ella me quería como a nada en este mundo. O así lo sentía yo. Era el momento en el que supe que cada día estaba más fuerte para afrontar mi pasado. Lo que nunca supe era que afrontar mi pasado y con ello llegar al culmen de mi vida en el presente, implicaría no tener más futuro que ninguno. Por eso gocé como nunca bailando Dance me to the end of love a la vez que me estremecía saber que cuando llegara el último acorde tendríamos que separar nuestros cuerpos y todo habría acabado para siempre. Al menos para mi cuerpo.

La historia que escuchó Leonard Cohen sobre los cuartetos de cuerda que estaban obligados a tocar en algunos campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, mientras los prisioneros entraban a los hornos crematorios dio origen a que un día escribiera “Dance me to the end of love”. Una canción o un poema no es más bello o mejor porque sepamos de dónde viene o qué lo inspiró, pero nos da pistas que hace que lo podamos sentir más o menos. Aquella frase, "dance me to your beauty with a burning violin" refiriéndose a la belleza de la consumación de la vida, al término de esta existencia y al elemento pasional en esa consumación.




Leonard Cohen nunca conoció a Diana. Tampoco tiene la mayor importancia. Creo que nadie conoció ni conocerá a Diana como yo lo he hecho. Conociéndome a mí mismo a su lado. Por eso toda nuestra historia llega a culminarse aquel día que bailamos “Dance me to the end of love” sin saber qué día era, ni qué estábamos haciendo más allá de comulgar una primera, última y perfecta e irrepetible vez. De una vez y para siempre. Siempre que ya será nunca. Porque yo no puedo seguir queriendo más de lo que ya lo he hecho. Y ya no hay nada más allá.

Reconozco en ese baile lo único que tiene sentido. Lo único a lo que puedo aferrarme. Todo en mi vida ha sido y es provisional. Todo es pasajero. Nunca considero que lo que hago o vivo sea definitivo porque si no tendría que afrontar el hecho de que no hay nada más. Todo salvo ese baile. Salvo bailar con ella “Dance me to the end of love”. 

"Baila conmigo hasta el fin del amor. Oh, déjame ver tu belleza cuando los testigos se hayan ido.” 

Aunque sepa que te pone, como a muchas otras, tener espectadores mientras nos amamos. Eso no tiene importancia. Cuando suena la canción y tu cuerpo y el mío son la misma cosa, entregada a bailar hasta el fin del amor. Hasta el final de todo.

Diana algún día creerá entender todo esto. Ahora no es importante. La vida sigue y el futuro existe cuando el presente deja que pensemos en él. Yo ya no estoy. Ha acabado la canción. Nada tiene sentido ya, al final del amor. Al que hemos llegado bailando siendo uno.


Y al que no volveremos jamás.

Porque ya no voy a estar.




B.S.O.: Dance me to the end of love (Leonard Cohen)

 

martes, 15 de abril de 2014

Terminará el domingo...


- Terminará el domingo y yo seguiré esperando la canción que me habías prometido.

- No sé hacer canciones.

- No hace falta saber. Ponle música a lo que ven tus ojos.




Hice el movimiento de taparme los ojos con las manos y sonreí. Cuando volví a la normalidad y recuperé la visión, ella ya no estaba allí. Me asusté. Me asusté como hacía mucho tiempo que no me asustaba. Me asusté y me sentí estúpida por estar siempre jodiendo las cosas con mis bromas. Y estuve asustada hasta que sentí sus labios en mi espalda.


- ¿Por qué no me quieres más?

- Te quiero más de lo que podemos soportar las dos.

- Yo puedo soportar todo. Hasta el peso de tus tetas.

- Yo no puedo soportar que bromees con mis tetas cuando estás echándome en cara que va a terminar el domingo y sigues esperando la canción que dices que te había prometido.

- Me lo habías prometido.

- Me confundes con otra.

- Nunca.


Lloré de impotencia porque sabía que me estaba mintiendo. Lloré esperando que terminara el domingo y que se olvidara de todo aquello. Lloré porque no creo en las canciones. Lloré porque no creo en la poesía. Lloré porque tengo motivos de sobra para haber perdido la fe.


- No creo en la poesía ni en las canciones.

- ¿Por qué? Eso es muy duro. Tú no eres así.

- Tú no sabes como soy.

- Te quiero y eso implica saber cómo eres.

- Te gustan mis tetas y eso implica creer que me quieres y que sabes cómo soy.

- Eres una cínica.

- Tengo mis motivos.

- Dime alguno.

- Podría enumerártelos pero llegaríamos al domingo que viene.

- Dime dos o tres.


Recordé cómo un día le pregunté a mi librero por qué todas las hojas de los libros que vendía estaban arrugadas y amarillentas y me confesó que sólo compra y vende libros que hacen llorar y que dejan poso de lágrimas y tristeza en sus páginas. Lloré y recordé que no quise hacerle ver que regentaba una librería erótica porque seguramente él ya lo sabía.


- Rimbaud acabó vendiendo armas en África hastiado de escribir.

- Vale, dime otra.

- Sidnead O´Connor acabó poniendo anuncios para follar con hombres peludos.

- ¿Quién es Sidnead O´Connor?

- Un buen día, Mark David Chapman compró un ejemplar de “El Guardián Entre el Centeno”, escribió en él "Esta es mi declaración" y firmó como "Holden Caulfield", mató de cuatro tiros a John Lennon, y se quedó leyéndolo hasta que le detuvo la policía.

- Me gustó mucho ese libro.

- Es un libro para adolescentes.

- ¿Alguna vez piensas en mí de verdad?

- Constantemente, y eso me impide hacer más cosas, como aprender a tocar la guitarra para hacerte una canción.

- ¿Alguna vez piensas?

- Terminará el domingo y yo seguiré masturbándome envuelta en sudores y calurosas preguntas.

- Terminará el domingo...


(Just Reading by Lust for Leica)



Recordé a mi librero. Lo recordé y supe que lo último que los dos querríamos ser en este mundo era gente de ciencias. Gente que supiera explicar por qué huele tan bien una librería vieja. Por qué tienen un olor tan embriagador los libros antiguos. Nos gustaría seguir siendo de esa clase de personas que lo primero que hace al agarrar un libro es olerlo, sin saber muy bien a qué se debe ese aroma tan maravilloso que percibimos en ese momento. Siempre, sin pensarlo demasiado, deducimos que el olor de los libros se da por sus componentes, entre ellos, entre ellos la tinta y el papel. 

Lo terrorífico fue conocer que el papel está conformado por una cierta cantidad de lignina, el polímero orgánico más abundante en el mundo vegetal, del que nunca antes habíamos oído hablar. Una lignina cuya función principal es darle firmeza a la madera de los troncos para que los árboles permanezcan erguidos y puedan crecer y no se conviertan en comida para microorganismos o enzimas. Por ello el papel, al venir de los árboles, tiene cierto nivel de lignina, lo que lo hace tener cierta resistencia y dureza. Pero al pasar el tiempo, la lignina se oxida. Esa oxidación es la que hace al papel ponerse amarillo, por eso los libros antiguos son así. Pero lo fundamental en este asunto es que cuando se oxida la lignina desprende más olor. Y la lignina, como todo en este mundo, tiene familia. Una familia en la que tiene un vínculo muy especial con la vainilla. Primas hermanas. El olor a vainilla entonces se suma a matices que llegan de los compuestos químicos empleados en la confección del libro, como el pegamento o la tinta. Y ahí viene el olor. Y eso es lo que no deberíamos conocer ni mi librero ni yo. Porque no somos gente de ciencia.

El problema es que este olor tan romántico, tan embriagador, también es un síntoma inequívoco de que el libro se está destruyendo. Como cuando cae el sol y empiezas a pensar que terminará el domingo...





miércoles, 3 de julio de 2013

Es el fin del mundo tal y como lo conocemos (Y me siento bien)




Año 2021:
De entre los escombros de donde el mapa digital indica que estaba antes la discoteca Pachá de Madrid, un evolucionado cyborg último modelo con piernas de carnero y cabeza y cuello de Mónica Bellucci, encuentra y se guarda en su bolsa tipo marsupial de la espalda un extraño material que contiene trazas de madera, tinta de calamar y carne de caballo, para que nadie lo vea.





Tras recogerse en un dispositivo portátil en los que se distribuye el arte en pequeñas dosis por el ridículo precio de unas moléculas de oxígeno manipulado por pulmones humanos, en la oscuridad de la proyección de la trilogía de Chiquito de la Calzada (Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera, Bracula: Condemor II y Papá Piquillo) revisa su última captura recibiendo en el hipotálamo la descarga de una extraña melodía que, de no ser porque vendió sus recuerdos cuando no tenía con qué afilarse las uñas, le recordaría a una tonada de finales del siglo XX: It's the End of the World de R.E.M.


It's the end of the world as we know it
It's the end of the world as we know it
It's the end of the world as we know it and I feel fine


El google translator que tiene instalado de serie en su pupila izquierda le manda las señales de lo que pone en aquel objeto que parece ser un papel con un texto en él:



Cambio de canal. Un informativo da paso a los deportes. Reconozco rápidamente el engaño habitual de decir “deportes” cuando lo único que me van a contar es qué le duele a Cristiano Ronaldo, cómo de bueno es ser del Real Madrid, entender que el fútbol es Dios sobre todas las cosas y, depende del día, obligarme a ser feliz y estar muy contento porque alguien que casualmente ha nacido en el mismo país que yo, ha ganado algo por ahí o, aún peor, no ha ganado porque no lo han dejado y hay una conspiración judeo-masónica contra él por ser español y porque el mundo mundial tiene envidia de todo lo que huela a rojo y amarillo. Soy español: ¿A qué quieres que te gane? Retumbó en mi cabeza mientras en otro canal el Ministro de Hacienda balbucea extraños mensajes desde su cara de Montgomery Burns para explicar como unos altos técnicos con infinitos conocimientos económicos se equivocaron con un DNI que sólo tiene dos cifras, el catorce, y con un nombre tan común y con tantas posibilidades de existir varios iguales como es Cristina Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad de Borbón y Grecia. Decido buscar algo de porno y acabo dando con otra cosa más digna de disipar cualquier posibilidad de erección: En España no existe el DNI número 13 por respeto a la superstición.  



Muerto de miedo intento wasapearte pero recuerdo que me tienes bloqueado. Lloro pensando en el momento en que te conocí, en aquella manifestación, en los posteriores meses admirando tu lucha en las redes sociales donde colgabas indignada todo tipo de enlaces, noticias y denuncias sobre un mundo que se derrumba y por el que no nos movemos. Grito de rabia sin llegar a creerme todavía que apostaras por el -según tú- injustamente segundo clasificado en aquel Gran Hermano y qué actitud de desprecio y de rebeldía ante las injusticias te hizo tomar aquello. Retuiteo aquel vídeo que colgaste, con la banda sonora de El Circo del Sol de fondo, que está lleno de frases de Paulo Coelho y de enseñanzas para una vida que todos deberíamos tomar como dogmas de fe y patrones de conducta. Maldigo todos aquellos “me gusta” que puse a discreción cada vez que ponías algo en el Facebook para hacerme notar y que supieras que me interesabas mucho y quería ligar contigo. Desconecto internet de casa y del móvil, y me dedico a darle a todos los comerciales de líneas ADSL y telefonía, el número de Galería del Coleccionista cada vez que me piden un teléfono de contacto para realizarme el cambio de línea.

Vuelvo a llorar con rabia y pienso que todo lo que me pasa me lo tengo bien merecido por haber ido a aquel concierto de Dani Martín sólo por sentirme cerca de ti, y haber comentado en tu círculo que Fito es el rock más auténtico que hay y había existido nunca. Me pongo en modo autista y frente al espejo pronuncio aquello de “he visto alguna de las mejores mentes de mi generación convertidas en pretenciosas personas que creen reinar en principados minúsculos sólo por haber ejercido alguna vez el derecho de pernada y haber sentido algún bufón reírle las gracias, empezar a estar cerca del fin y mirar con envidia a los capullos no que habíamos florecido por aquel entonces.”

Comprendo que casi todo está perdido y que he llegado al final sin explicarme aún como Laetitia Casta no ha dejado de estar buena a estas alturas de la vida. 

Y llega el fin:
Es el fin del mundo como lo conocemos.
(Y me siento bien).





El cyborg notó una alteración en su interior. Miró en su wikipedia adosada al riñón derecho y la respuesta le llevaba a algo preapocalíptico llamado sentimientos que en aquellos tiempos podría llegar hasta provocar la emisión de líquidos por los conductos de visión. Destruyó lo encontrado y disimuladamente pensó (algo prohibido para él) que no estaría mal sentir aquello de que el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos. No sabía qué significaba “mundo”, “derrumba” ni “enamoramos” pero podía vivir con ello. Su último software traía de serie poder hacer y decir cualquier cosa aún sin saber qué significa la mitad de lo que dice u oye, a emulación perfecta del españolito de a pie de toda la vida. Rozó su cuello como solía hacer muy a menudo cuando no le miraban, porque le provocaba algo muy placentero que no estaba dentro de ningún parámetro en su educación y programación personal, y mientras a Chiquito de la Calzada se le escapaba una lagrimita en la pantalla decidió hacer lo que llevaba mucho tiempo pensando hacer:
No volver a poner ningún “me gusta” en el facebook. 

Aunque ello supusiera el que llegaba el fin del mundo tal y como lo conocemos.




B.S.O.: "It´s the end of the world" (R.E.M.)

miércoles, 3 de abril de 2013

Fotos que me gustaría haber hecho a mí (Volumen 11): Caminos








Puse una letra
Detrás otra y otra más
Más tarde hice una frase
y con más frases,
 llegaron a ser párrafo
que los junté con otros
para contarte una historia.

Pero a esa historia tienes que llegar tú
hasta la última letra
del final al principio.

Siguiendo el camino de baldosas amarillas... 



(O de folios por el suelo, 
que están puestos para que no me pises lo fregado)




B.S.O.: "Camins" (Sopa de Cabra)








lunes, 24 de septiembre de 2012

Microrrelatos Sin Pudor (Volumen 28): Orgía sin título ni final







Todo empezó el día que quise escribir algo con un fuerte componente erótico, sexual, incluso porno. 

Tenía ganas de contar alguna experiencia sexual que mereciera la pena ser leída. Que cuando alguien la encontrara y la leyera se pusiera mucho. 

Y busqué en la experiencia algo sobre lo que edificar la historia, algún momento sublime que rezumara sexo por todos los lados para poder escribirlo mucho más caliente y real. 


Y no lo encontré.


Y busqué vivir una experiencia sobre la que edificar la historia.

Y me encontré en una orgía necrófaga donde yo era la que estaba más muerta.

Y decidí no volver a escribir…




Cuantos más nos vean, más felices somos tod@s... ¡COMPARTE!