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sábado, 2 de febrero de 2013

El Baúl de las Miserias Perdidas (Capítulo 6): Atrapar un Instante (Aprovechando el Día de la Marmota)



La conocí de casualidad. Su película preferida era Atrapado en el tiempo, lo cual parece un dato sin importancia a primera vista, pero es la clave de la historia.
Si recuerdas la película, el personaje de Bill Murray se ve atrapado en un día de su vida, El Día de La Marmota, y se ve condenado a repetirlo una y otra vez. Después de un tiempo de frustración y de maldecir su suerte, con el desarrollo de la historia, lo va convirtiendo en una ventaja y aprende a disfrutar de ello.

Ella no quería vivir en El Día de la Marmota. Ella tenía la capacidad de atrapar los instantes. Tantas veces trató de enseñarme a hacerlo que con el tiempo, creo que empecé a conseguirlo de alguna manera.

No sé si lo hacía bien o mal, pero lo intentaba. Es una obsesión humana. Si estás viviendo algo fascinante, porqué no quedarse a vivir en ese momento. Si hay un momento que colma todo, la luz te atrapa, el calor te derrite, el placer te subyuga, el bienestar te arropa… ¿Porqué salir de él? ¿Por qué bajar a la Tierra? ¿Por qué buscar otro?
El mayor drama que encontraba en la vida es el saber que nada era eterno. Ella tenía la respuesta. Para ella, no existía la eternidad, pero sabía alargar los momentos todo lo que quería. Sabía atrapar el instante. Sabía quedarse en él hasta que encontraba otro mejor. Sin moverse, sin buscar demasiado. Atrapaba el instante.

No la veías. 
No estaba. 
No te reconocía. 
No la importabas. 
A no ser que fueras parte de SU momento. Y cuando te atrapaba en su momento, sabías que nada volvería a ser lo mismo nunca jamás.

Y no era fácil. 

Yo, lo reconozco, amante y esposa con vocación religiosa, no estoy educada para alcanzar tal grado de perfección. No estamos entrenadas en sensaciones intensas. No estamos preparadas para dejarnos atrapar por momentos demasiado intensos, o al menos, no para estar en ellos más tiempo que el instante en sí.

Miré atrás y me busqué en los bolsillos, pero no encontré más que despojos intensos. Momentos que no merecían ser atrapados pero que llevo guardados como si de una documentación más se tratara: El instante en el que me caí del triciclo cuando tenía tres años delante de la humanidad entera, el día en el que te vi con otro y le miré a los ojos, el segundo estribillo de Brown Eyed Girl rayado en un vinilo de mi hermano mayor por mis ansias de escucharlo una y otra vez, el despertar del coma terriblemente consciente, por primera vez, de que no sería esa gran gimnasta que soñaba ser antes del accidente…

Y pensé que debía tirarlos. 
Y los tiré. Una y otra vez. 
Y volvían a mí. Una y otra vez.

Ella siempre decía que los instantes hay que atraparlos, pero que también hay otros que te atrapan sin que tú lo quieras, incluso contra tu voluntad.
No había terminado aún de decir “voluntad” y la besé con toda mi alma.

-Atrapa este instante.
-No lo quiero, tengo muchos…

Me fui con la cabeza gacha esperando que mi mirada al suelo me diera más instantes o más momentos que atrapar… Pero me quedé con el último. Ella no lo quería pero yo me lo iba a quedar. Por fin había aprendido. Y ella también se lo quedaría. Aunque intentara tirarlo. Incluso contra su voluntad. De eso estaba segura…



Postdata Innecesaria (Como casi todas):
Hay quien piensa que esto debería haberlo posteado el 2 de Febrero que es cuando se celebra El Día de la Marmota. Pero esto, no va del Día de la Marmota, ni de la película. Ni siquiera de Andy McDowell… Va de instantes...



Postdata Necesaria:

Esta historia fue publicada originalmente el 12 de Abril de 2011. Aprovechando el Día de la Marmota de 2013 y las pocas ganas de vivir que luce este rincón últimamente, hemos echado mano al Baúl y al abrir la tapa a sonado aquello de ¡¡Arriba excursionistas!! y nos hemos decidido a ello...
Gracias por la atención, seguiremos informando.
No se admiten preguntas.







martes, 7 de junio de 2011

El Baúl de las Miserias Perdidas (Capítulo 5): Noches de sabor a fresa

Rescato del baúl de mis miserias más escondidas otro texto presentado a un Concurso de Relatos Eróticos, donde había que hacer presente el uso del preservativo. Huelga decir que, evidentemente, tampoco ganó nada, como puede deducirse tras una somera lectura. Vuelvo a aprovechar el preservativo protagonista (aunque no sea recomendable reciclar) para prevenir profilácticamente del cariz guarrete del texto y su inconveniencia para menores y personas bienpensantes...



NOCHES DE SABOR A FRESA


¡Cómo me asustaba aquello! Nunca pensé que pudiera tener algo como eso entre las piernas. Era de esperar. Para un chico tan grande y tan bien puesto lo anormal sería tenerla del tamaño de un cacahuete. Usualmente el ser humano es un ser proporcionado, pero, ¡Joder!, aquello era demasiado.

Era bonita, ¡Dios, era preciosa! No podía menos que acojonarme pensando dónde iba a meterme todo eso. Otras veces me hubiera lanzado con la boca abierta como una loca y lo hubiera llevado al séptimo cielo, pero esto era demasiado.

Tardé quince segundos, que se hicieron eternos, en recuperar la consciencia y echar mano a mi bolso en busca de la goma de fresa. Chocolate, limón, whisky, menta… Una vez decidida a usarlo, el sabor era lo de menos.

Él no se inmutaba y yo me imaginaba con cara de gilipollas cayéndoseme la baba.

Tengo que aprender a dejar un poco que me lleven a mí y no dejarme llevar por mi hiperactividad. Habitualmente soy más rápida actuando que sintiendo. Será por eso que gusto tanto a los tíos. En momentos como este son en los que echo de menos no tener un termostato sensitivo menos moderno. En lugar de microondas, me gustaría ser de vez en cuando horno de leña, aunque el microondas sea más práctico y rápido, el horno de leña acaba dejando la comida más sabrosa.

Me lanzo a su entrepierna con mi gomita en la mano. Mira con cara de extrañeza mi mano derecha. Sí, quizás le sorprende lo “especial” de mi gomita, pero yo no la veo tan rara, hoy en día están un poco desfasadas ya las caperucitas de sabores y colores.
Parece que reacciona y se percata de qué es aunque sigue resultándole extraña.

-    ¿Qué es?, susurra en mi teta derecha mientras acerca su mano al látex.
-    Un condón, un preservativo, una gomita, un anti-baby, un previenemalosrollos… Como lo quieras llamar.

Me mira con cara de decirme ya lo sé tontina y le dice a mi teta izquierda:

-    Ya lo sé tontina… Pero… -Se incorpora de mis pechos, me mira desde las alturas (no más arriba de la altura de mis ojos, pero hacía tiempo que no cruzaba mi visión con esos grandes y preciosos círculos negros) y mira mi mano- Pero, qué raro es, ¿no?...
-    Sabor a fresa…-Muy aplicada yo- Pero si no te gusta tengo de limón, menta o chocolate, creo… ¡Joder!, parezco un catálogo erótico.

No me gusta su cara en este momento. Distráete: mira a su amigüita…

-    Pareces una profesional

Lo sabía. Si se le veía un poco cateto… ¡Dios! A mí que me parecen ya desfasados los de sabores y él me ve como una señorita de Avignon decimonónica y bebedora de absenta… En momentos como éste sólo hay un par de caminos que tomar: O lo mando a freír gárgaras y me voy a casa caliente como nunca, o ignoro todo como si no hubieran existido estos últimos segundos y me lanzo al ataque… como nunca.

Como suele ser habitual, el efecto microondas vence al estúpido orgullo de “soy una niña bien, no me vayas a tomar por lo que no soy porque te suelto una bofetada” y abro con cuidado el condón, lo saco de su envoltorio y me lanzo a colocárselo en la punta (¡Joder!, ahora parezco una sexóloga) cuando me agarra las manos. Vuelvo a alejar la maravillosa visión de mi mirada y la dirijo a la que hasta hace unos instantes era igual o más maravillosa visión de sus ojos.

-    Deja, te ayudo…

¡Qué sonrisa! No recordaba ya entre tanta microonda y tanta brasa ardiendo lo que me había llevado hasta allí…

-    Deja, me gusta hacerlo a mí sola… Si quieres…

Sonríe y echa su cabeza hacia atrás… Su torso cae en el sofá y nos encontramos con una bonita caperucita roja vestida de largo en cuestión de segundos. Me relajo un poco, abro la boca y allá voy: Muerdo y muerdo todo lo que encuentro cerca de mis labios.

Fascinante. Es fascinante la entrepierna de un hombre. Y no me refiero a lo que todo el mundo entiende por entrepierna cuando usa esa palabra eufemísticamente para no mentar otra políticamente más incorrecta.

Esa parte interior de las piernas que va desde las rodillas a la ingle, incluyendo esta, esa parte interna de los muslos, más y más adentro del chico, allí donde desaparece misteriosamente el vello y la piel tiene un tacto y una sensibilidad especial.

Pero claro, no puedo olvidarme de ese centro del cuerpo, ese agujero en el que te introduces por medio de tu lengua, ese ombligo… Mis amigas no me entienden, pero detesto los vientres masculinos excesivamente planos y musculados donde un ombligo pasa por ser algo así como un estorbo imperfecto… No, no me van… Adoro el vientre mullidito, sin pasarse, con un ombligo con recorrido interior.

Pero tampoco me engaño: Estoy educada de una manera típica y tópica dentro de esta sociedad falocrática y es difícil encontrar un partenaire que soporte todo este festín sin que pase de vez en cuando por el que rige sus destinos. Además, con él era poco menos que una difícil tarea por aquello de su tamaño, aunque no parecía muy ansioso porque se la devorara.
A pesar de ello, me resultó imposible e imperdonable no repostar periódicamente, durante mi viaje de placer, en su surtidor rojo.

Pasamos así bastante tiempo. No puedo decir que fuera una felación al uso, es más, creo que llegué a olvidar que sabía a fresa.

A horcajadas le poseí. Él no decía nada. Me manoseaba torpemente los pechos y me pellizcaba las nalgas con la mano abierta. Le clavaba mis uñas en su pecho alternativamente bien cuando sentía corrientes eléctricas dentro que me abrumaban y me nublaban los sentidos, bien cuando me molestaban sus tactos torpes.

Terminó.

Por más que quise dominarlo y adecuarlo a mis necesidades, terminó. Resignada me apeé de mi montura y vi como al caballo se le quedaba una sonrisa de dibujo animado japonés que para más inri coronaba con dos “amorosos” platos de porcelana por ojos.

No me gusta mirarles a la cara cuando no he quedado del todo satisfecha. Tengo una terrible tendencia a multiplicar el ligero desprecio que puedo sentir rápidamente y no es justo que pueda llegar a tomar forma y hacerse demasiado grande, por una cosa tan común como la rapidez o la falta de sincronía.

Seguí jugando con caperucita.

-    ¿Te ha gustado?  Me decía con un beso en el hombro.
-    Sí. Mentía mirándole el “tubo de escape”.
-    ¿Quieres más?

No sé si tomármelo como una fanfarronada o como una deferencia, quizás no deba tomármelo ni de una ni de otra.

-    Tú mismo, aquí me tienes

Y me separo de su pecho recostándome sobre la espalda esperando una más que improbable embestida mezcla de ternura y brutalidad que enerve mis sentidos.

Esbozando una petulante sonrisa cayó –porque no hay otra manera de definirlo- encima mía y con una terrible habilidad separó mis piernas colocando las suyas por allí. ¿No sería capaz? ¿No sería capaz, literalmente hablando?

Pues parece que sí…

-    ¿Dónde vas? Le pellizqué la espalda
-    Quiero volver a sentirme dentro de ti. -No, si encima me va a salir cursi- Me he quedado con ganas de más, te lo decía en serio… ¿Tú no?

Pues claro que sí… pero a este cualquiera se lo dice. Se va a poner de un ancho que no va a salir por la puerta. Como siempre que me encuentro sin recursos y mi boca no puede decir ni hacer nada más productivo por la situación, le besé… Nos besamos. Y claro que tenía ganas ¡Dios, qué ganas tengo!

Enfoco mi pelvis hacia su entrepierna cuando se produce el fogonazo… Parecía como si un paparazzi acabara de entrar en la habitación y nos hubiera tirado una foto. Pero, no. No, eso no podía ser. Ninguno de los dos éramos tan importantes. Yo desde luego no lo era. El paparazzi no existía, pero el flash sí.

Volvía a bajar de la nube. ¿Qué es eso? Esos roces flácidos, plásticos y húmedos en mi ya de por sí flácida, no plástica pero sí húmeda (con grave amenaza de sequía instantánea) entrepierna. Seguía con la goma puesta pero su erección había desaparecido. Estaba en uno de esos momentos delicados que nunca han sido mi especialidad.

No soy precisamente una persona reflexiva ni tengo mucha capacidad de empatía con lo que nunca he llevado bien este tipo de etapas en las que la delicadeza debe ser el disfraz que camufle lo que realmente pienso o todas mis intenciones.

Le agarré la flácida y repulsiva caperucita roja (cada vez menos “ita”) que amenazaba por meter su cabeza en la boca de mi león.

-    ¿Dónde vas con eso? ¿Le has cogido cariño y no te vas a quitar el condón? Y eso que antes no te hacía mucha gracia….
-    Si claro, como quieras…

El brillo de sus ojos y su instantánea y acelerada disposición a cumplir mis deseos me mosqueaban. Se quitó velozmente el preservativo convertido ahora en una especie de chicle de fresa y nata remarcado y lo lanzó lejos, en el mismo movimiento con el que se lanzó sobre mí.

Sin saber cómo, al instante lo tenía poniendo el muñequito flácido a la altura de mi barbilla. Tal vez era la posición, que si hubiera estado con él medianamente erecto, su cabeza estaría entre mis cejas, pero no, no era así: Enfrente tenía un dátil, tamaño King Size, eso sí, arrugado y con muy mal aspecto.

“No me voy a comer eso”, masculle para mis adentros, pero parece que lo mascullé demasiado alto e ininteligible porque él entendió algo así como te la voy a devorar de un mordisco y con una prontitud pasmosa, impasible el ademán, redujo los escasos milímetros que separaban mi boca de su entrepierna.

-    No te la voy a comer -dije ahora alto y claro
-    ¿Cómo? No te entiendo
-    No comer, no eat, ne manger pas…¡NO!  ¿Cómo te lo tengo que decir? No pienso meterme en mi boca esa cosa sucia y maloliente…
-    ¿Porqué? ¿Sólo sabes comer con gomitas de sabores?...
Esto se estaba poniendo cada vez peor. Es más, creo que ya no tenía arreglo. El horno se había apagado definitivamente.

-    También se comer con cuchillo y tenedor, pero no creo que te haga mucha gracia
-    No te hagas la graciosilla… ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué te haga yo antes un trabajillo? ¿Qué me ponga un condón de tutti-frutti? ¿Qué te la meta directamente?...

Su dátil era ya casi una pasa… ¡Cómo puede llegar a variar el mercado de valores! Mi horno ya era un congelador. Llegados a este momento no quedaba más que desenchufar. Me incorporé bruscamente, cogí de un bolso las cuatro o cinco gomas que tenía, las tiré a la cama y me empecé a vestir…

-    Tutti- Frutti no, pero creo que quedan de menta, chocolate, whisky y alguno más… Tú mismo… Disfrútalos, si te llegas… Si no, siempre los puedes mascar

Me vestí con una rapidez propia del superman de la cabina telefónica y me despedí con un beso en la mejilla.

-    Buenas noches

Por un momento estuve tentada de decir lo siento, pero afortunadamente no lo hice, no había por qué.

Él me contestó con un  "Buenas noches… Lo siento…"

No le di tiempo a que pudiera reaccionar más… No me convenía. Hubiera sido peligroso. Me podía haber suavizado y ahora mismo todavía estaríamos metidos en la cama, pero ya estaba en el portal. ¿Y por qué coño le he tirado los condones? ¿No me podría haber cabreado sin más y haber salido por la puerta…? Como si regalaran las gomas de sabores… Visto así, casi las podría haber utilizado… Pero ya era tarde. Mejor dicho, ya era temprano.

Un señor en chándal con periódicos bajo un brazo y una cadena terminada en perro en la otra mano, entró por la puerta del portal:

-    Buenos días
-    Buenos días, respondí sin mucho entusiasmo -Realmente no lo son.

Salí a la calle y realmente no lo era. Me estoy acostumbrando demasiado a terminar mal todas mis historias. Y ésta, no iba a ser una excepción.

¡BUENOS DÍAS!



sábado, 12 de febrero de 2011

El Baúl de las Miserias Perdidas (Capítulo 4): Por fin salgo en todos los periódicos.

Después de largo tiempo, vuelvo a rescatar del Baúl donde están escondidas todas esas cosas poco enseñables que escondí hace tiempo, un relato que no tengo muy claro para qué escribí, ni a quién iba destinado. Pese a ello, puedo asegurar que cualquier parecido con la realidad, es totalmente intencionado.

A su madre le saltó una pequeña lágrima a la mejilla. Su hijo salía en todos los diarios. Y no sólo en los gratuitos, en los de mayor tirada a nivel nacional su hijo ocupaba cuanto menos un titular en la portada.Sabía que no era para tanto, pero no iba a necesitar nunca más exagerar y maquillar las habilidades de su hijo delante de sus conocidas en los desayunos del primer miércoles de cada mes. No entendía demasiado bien porqué asistía mes tras mes a aquellas reuniones con lo que se venían a llamar amigas, si tan deprimida y mentirosa se volvía a casa. Si tan decepcionada y engañada abandonaba las reuniones. Si realmente no le gustaba desayunar fuera de casa. Si ni siquiera aguantaba las actitudes y las caras de la mitad del grupo que allí se reunía. Era mi madre. Mi madre sólo (aunque este sólo haya que ponerlo entre paréntesis) era una más, y yo, su hijo, el que por fin salía en todos los periódicos.
 
Tenía que aguantar, mes tras mes, las aventuras de Angelito en pos de una posición social cada vez más envidiable en boca de su ancha y orgullosa mamá. Angelito había cambiado de trabajo cuanto menos siete veces en los últimos dos años. Según su mamá, Nines, las empresas más respetadas de la ciudad se lo disputaban y le ofrecían mejores condiciones y sueldos cada mes y él, claro, no tenía más remedio que ir cambiando porque las ofertas eran irrechazables. Además, se iba a casar en breve con una chica, mucho más joven que él en los próximos meses. La boda parecía un poco precipitada porque se conocían hace relativamente poco, pero según Nines su hijo era un romántico, todavía creía en el amor verdadero y cuando te das cuenta de que a tu puerta llama tu media naranja, la mujer que está predestinada a pasar el resto de tu vida contigo, no puedes ponerle trabas ni fechas a tu amor. Además, aquella chica debía de ser de buena familia porque tenían un floreciente negocio familiar que sería suyo en cuanto los padres decidieran retirarse.  
Angelito realmente era un desgraciado. Pero esto sólo lo sabía yo, que lo conozco desde chico. En aquel círculo de desayunos de los miércoles era un triunfador, para mi mamá y el resto de envidiosas mamás, no tenía mancha ni mácula con la que consolarse de la hiperbólica narración de Nines mes tras mes. Angelito nunca fue demasiado inteligente. Es de los pocos amigos que se quedó en el camino en el salto de octavo al instituto. Claro, según Nines, el se quedó un año más en el colegio porque quería reforzar su base para llegar a la Formación Profesional con más fondo y con menos posibilidades de fracaso. Eso es lo que le había dicho el orientador del colegio porque su hijo estaba predestinado para realizar, como mucho y con gran esfuerzo, un cursillo de técnico superior de automoción ya que, según parece, tenía unas capacidades innatas especiales para ello. Realmente, Angelito en octavo aún no sabía leer con la fluidez necesaria para aprobar el curso y le buscaron un proyecto de vida acorde a sus posibilidades pues si se hubiera empeñado en estudiar bachillerato no hubiera pasado del primer trimestre. En aquellos tiempos, las únicas que no tenían claro que los buenos o normales íbamos a BUP y los mediocres o torpes a FP eran las madres respectivas. Quizás si lo tenían claro, pero cada una se montaba su película acorde a su realidad familiar. Angelito terminó años después electricidad y se puso a currar en el un taller de un conocido pero tan torpe era que ni la confianza que le unía al jefe le facilitó conservar el trabajo. Meses después se puso a vender enciclopedias por las casas, luego seguros, accesorios para el coche y acabó trabajando en la papelería del barrio haciendo fotocopias. Ahí le cambió un poco la vida y un conocido de la familia le enchufó en una inmobiliaria y se pasó año y medio sentado tras una mesa tratando de convencer a gentes de que su vida pasaba por invertir en el ladrillo y subiendo escaleras hasta un octavo sin ascensor del extrarradio que no había manera de vender a nadie. Su baja, por no decir nula, productividad le llevó de nuevo a la calle y de ahí a otras tres inmobiliarias. Angelito había descubierto su verdadera vocación: Trabajar en el siempre floreciente campo de la venta de pisos buscando constantemente la inmobiliaria que le garantizara el mejor sueldo sin depender de comisiones ya que sus ventas eran escasísimas o nulas. Pero el ladrillo siempre guarda una nueva oportunidad tras otra a los que se engañan a sí mismos y creen que la vida empieza a ir en serio y es digna cuando te pasas el día encorbatado y enfundado en un utilitario traje de Zara que no difiere demasiado a mis ojos que otros que cuestan quince veces más. A pesar de trabajar en el ramo, tan mal vendedor era que no era capaz de engañarse a sí mismo y seguía viviendo con mamá, gastando los escasos réditos de su mal pagada actividad en la discoteca más cutre de la ciudad, unos de los pocos sitios donde le dejaban entrar a ciertas horas de la noche, repleta de gente de diversa calaña, pero tendiendo siempre a perfil sociocultural y económico bajo. Y como es lógico, en palabras de Nines, el más destacado agente inmobiliario de la ciudad, era una apetitosa presa en aquel antro de vicio y corrupción, y entre canciones de Georgie Dann, Camela y los éxitos del verano anterior, no hacía otra cosa que ligar con unas y con otras, sin ni siquiera tiempo para quitárselas de encima. Tan preclara mente le llevó a liarse un par de veces con la que parece que va a ser su mujer. Y no es que triunfara el amor y que Angelito sea demasiado romántico, sino que la premura del enlace se debe a un embarazo que en unos meses va a ser demasiado evidente para el honor de Nines y su imagen social por lo que Angelito tiene que apechugar y casarse deprisa y corriendo con aquella chica de la que todos (menos Nines y Angelito) pensamos y estamos bastante convencidos que está embarazada de cualquier otro que haya pasado por su cama en los meses previos a conocer a Angelito. El negocio floreciente de la familia, por más que se empeñe Nines, no es más que una licencia municipal de un puesto de plantas y flores en el mercadillo de los Domingos, y claro, esta muchacha no es mucho más inteligente que Angelito y ha creído ver en él, el mejor futuro para ella y su hijo.

Pepi es la más desgraciada de todas las del grupo de los desayunos. Cuando habla de sus hijos tiene un punto enternecedor, entrañable, porque vislumbras tras sus grandes ojos todo lo que ha sufrido para sacar adelante su familia y un pequeño ramalazo de esperanza en un futuro mejor, pues piensa que es bastante difícil que vaya a peor. Las cuencas de sus ojos son una impresionante amalgama de arrugas y ojeras como si le hubieran marcado a fuego todos los avatares de sus hijos. Pepi no ha llega a aceptar aún que su hijo mayor sea gay. Es más, sigue sin creerlo por más que todos los indicios, incluida la confesión de su propio hijo así se lo indiquen. Su educación le hace rechazar cualquier atisbo de ser diferente. Para ella, evidentemente, la homosexualidad es pecado. Es más, la palabra homosexual no figura en su vocabulario habitual: Para referirse a ese concepto siempre ha utilizado términos como mariquita e incluso, maricón. Para Pepi su hijo mayor tiene un problema –aunque tampoco emplee nunca esa palabra en los desayunos de los miércoles- al que ha dado por denominar ser excesivamente sensible. Su hijo trabaja, desde que abandonó el nido familiar, en una peluquería de la capital. Al menos esa es la versión oficial. Cada vez que he sabido de él ha sido por amigos que han ido a verle (o a verla) a alguna actuación de pequeños locales de ambiente. Pepi estaría contenta con saber de su hijo de vez en cuando y que no volviera a casa de visita para que no lo vieran sus amigas y no tener que aguantar los terribles y malintencionados comentarios de sus amigas sobre sus nuevos atuendos. Pepi tiene la desgracia de haber vivido siempre en un grupo de amigas que son como ella: Clasistas, envidiosas y orgullosas hasta el límite de lo poco que tienen. Su deporte oficial es vender el primer miércoles de cada mes que la vida de sus hijos es mejor que la del resto, aunque sepan que es mentira, aunque disimuladamente se odien entre ellas. Se odian pero se necesitan. Mi hijo no es guapo si los de mis amigas no son feos. Mi hijo no triunfa si los de mis amigas no fracasan o por lo menos van dando tumbos. El hijo menor de Pepi está en una granja de desintoxicación para drogadictos. Al menos esa es la última noticia que se tiene de él en círculos ajenos a las reuniones de mi madre y sus amigas. Todos los que le hemos conocido sabemos que no tiene solución y que su vida ha tocado fondo. Ni puede, ni quiere desintoxicarse, para él, la vida no tiene demasiado sentido sin sentir el caballo trotando libre por sus venas. Los que lo conocimos limpio nos apenamos pensando que su vida podría haber sido otra cosa si no se hubieran cruzado en su camino ciertas personas. Pepi nunca admitirá en público que a su hijo menor lo echaron de casa. Quizás no pueda ponerme en nunca en el papel de una madre que siente que o echa a su hijo de casa y lo manda a una clínica o algún sitio con la sospecha (e incluso la esperanza) de no volver a verlo o su vida y la de su familia será un infierno insoportable hasta el día que se muera. Pepi, en los escasos momentos de debilidad que se permiten en los desayunos de los primeros miércoles de cada mes dice que su hijo está de viaje trabajando en el extranjero, y que lo inteligente y buena persona que era se truncó debido a que le engañaron muchos amigos, impidiéndole ser ese médico o abogado importante que el destino y sus capacidades le habrían reservado para él.

Aurora es la más falsa de todas. Tampoco es que sea especialmente mentirosa, pero es la única que es terriblemente consciente de lo que le rodea y tan feo y desagradable le resulta, que lo ha cambiado social y personalmente. Tanto lo ha cambiado, que hasta ella se lo cree y se ha acostumbrado a vivir cómodamente instalada en una penosa mentira de vida. El destino le jugó una mala pasada. Apuntaba alto: Estaba casada con un importante empresario local que controlaba buena parte del negocio hostelero del barrio. La carretera le privó de una plácida vida familiar con su hijita de siete años y su intachable y acaudalado maridito, sustituyéndolo todo por una buena pensión y una cada vez más perdida y deprimida hijita. Su hija Aurori no ha vuelto a levantar la cabeza desde que su padre murió. Tiempo después de quedarse huérfana de padre se dedicó a cumplir el sueño de toda la pandilla e ir haciendo que uno a uno fuéramos perdiendo la virginidad a temprana edad. Muchos pensamos que para ella era una competición y que en su diario apuntaba a todos los chicos que había despertado al mundo del sexo. Cuando acabó con nosotros, empezó a ser una chica fácil y accesible para media ciudad, siempre, eso sí, con predilección por los novatos o por los que ella podía pensar que eran novatos en las lides del sexo y a los que el acné les delataba la posesión de Onán. Afortunadamente, un día se cansó de todo aquello y se pasó al extremo opuesto, intentando establecer relaciones serias y formales no basadas en el sexo con todo aquel que se acercaba a ella. Así estuvimos más de dos años y la verdad es que era duro pasear con la chica que te había despertado al sexo años antes sin que se dejara besar más de la cuenta. Por aquellos días su madre había reconstruido su vida con un señor intachable, supernumerario del Opus, que rompiendo sus convicciones de conciencia, había decidido casarse en segundas nupcias con una viuda con hija como era Aurora. A todos los amigos, su apariencia y su manera de hablar nos daba miedo, y a mí en particular, pavor. El no tragaba que yo estuviera saliendo con su “hija postiza” y desde luego no me hacía fácil la relación. Todo era más o menos normal para Aurora hasta que un desgraciado día decidió darle una sorpresa a su nuevo marido y volver antes de tiempo de su clase de gimnasia de mantenimiento con un par de billetes a París para el próximo puente. Lo que se encontró en su alcoba no es grato para nadie y por eso la compadezco: Su hijita (ya con diecisiete años, por más que ella pensara que seguía siendo una niñita) arrodillada entre las rodillas de su marido practicándole una felación para la que no daba la impresión de estar demasiado forzada. Aurora volvió a negar la realidad y a construirse una paralela que le doliera menos: Cargó toda la responsabilidad de aquel incidente en su hija, la echó de casa y la dio por muerta a partir de ese instante. Puso un punto y seguido en su relación con el despreciable opusino e instantes después de la partida de su hija, todo estaba olvidado sin cargarle a él la menor responsabilidad de lo acontecido. Sólo los íntimos de Aurori conocemos la dimensión real de lo que era su vida desde que aquel depravado espécimen de raza humana, apostólica y romana se instaló en su casa. Evidentemente, traté de ayudar en todo lo que pude a Aurori en aquellos días, aunque eso me costara una gran presión en contra en mi casa. En un par de semanas desapareció de mi vida y de la de todos para siempre. Nunca más hemos vuelto a saber de ella. Es injusto, pero seguramente así haya sido mejor para todos.

Paqui es la triunfadora. Así lo siente y así lo hace sentir a todos los que la rodean: Su marido es policía nacional, afincado sin ningún problema en las dependencias de la comisaría de nuestra tranquila barriada. Todo el mundo le conoce y respeta en el barrio. A pesar de ser policía es una persona afable y correcta con todo el mundo, bastante campechana, amigable y cercana a todos. Ella se pasó media vida matando el tiempo siendo delegada en la ciudad de la más importante marca de ollas a presión e utensilios de cocina, organizando veladas demostrativas en casas de mujeres aburridas en pos de aumentar sus ventas. No es que vendiera mucho, pero ser la encargada de organizar aquellas reuniones le daba cierta imagen y caché social. En honor a la verdad, no tengo demasiado claro que trabajara para la más, ni siquiera que fuera muy, importante marca de ollas express porque en mi archivo mental no aparecen demasiadas marcas de ollas express, por no decir que no aparece ninguna. Bueno sí, aparece la suya, porque evidentemente, la mayoría de utensilios culinarios de mi casa son de esa marca gracias a la dificultad que tiene mi madre para decir que no. Paqui ahora ya no organiza reuniones de venta. Ha dejado su trabajo de calle en dos delegadas más jóvenes y ella simplemente se dedica a coordinar sus ventas quedándose un importante tanto por ciento y rendir cuentas con el supervisor general de zona de la importantísima marca de ollas express y utensilios de cocina. Ya no tiene demasiado tiempo: Sus hijos han montado una cadena de venta de gazpacho a domicilio y les va bastante bien. Mi madre y yo pensamos que más que ayudar, lo que hace es controlar. Al fin y al cabo, ella es la que avaló el crédito que necesitaron sus hijos para montar la “Gazpachera Amiga Sociedad Limitada”. Pensamos incluso que los primeros gazpachos, antes de adquirir las máquinas que producen litros y litros a la hora, los hacía ella a mano con una maravillosa batidora que casualmente es de otra marca diferente a la que representaba. Hay que reconocerlo: Los dos hermanos “ayudados” por su madre han pegado un buen pelotazo. El negocio les va de fábula. Ya tienen dos tiendas de gazpacho para llevar y una flota de motoristas que empezó a estar formada por ellos dos y su padre, para contar ahora con trece personas contando primos, novias y amigos de la familia. Actualmente están haciendo estudios de mercado para aumentar su oferta ofreciendo salmorejo. Simplemente han de llegar a un acuerdo beneficioso con la panadería que les sirve la base de su maravilloso gazpacho para aumentar la colaboración con la recogida del pan duro de sus establecimientos a otros pueblos de la provincia. Sin embargo, por mucho que se empeñe Paqui, creo que sus hijos no son felices. El pequeño ha cambiado seis veces de novia en los últimos tres años. No porque no le gustaran sino por la mediación de su madre. Las últimas tres lo han abandonado desde que tienen el negocio hartas de aguantar a una futura suegra que les está recordando constantemente y con cualquier excusa, que están con su hijo por interés y que lo único que les une es el dinero de su hijo. Claro, su hijo es un bendito al que todas las chicas quieren acercarse por su dinero... El mayor vive una situación completamente opuesta. Se casa en unos meses con una chica estupenda, de buena y acaudalada familia, incluso aristocrática se podría llegar a decir, que mantiene erguida su cabeza a pesar que sobre ella hay más cuernos que en un documental de ciervos de la 2. Francis ha tenido que lidiar con una chica que le aporta estabilidad y representa todo a lo que cualquier hombre tradicional aspira: Elegante, simpática y comedida a la vez, con un concepto del matrimonio anclado en un pasado que dice que la mujer ha de hacer lo que el hombre quiera y ser su fiel y leal compañera para lo que él quiera. Estar en casa y criar los vástagos de la pareja, no replicarle nunca en público, adecuarse a sus gustos… Todo lo que cualquier buen hombre de ayer en día puede desear. Pero Francis no es así: Francis es un golfo redomado, un vividor, con  ganas de vivir la vida de fiesta en fiesta en cada instante, para el que no existe mujer fea, sino copa de menos. Incluso una vez me confesó que no tenía el menor interés en montar el negocio. Que lo que él soñaba era ser funcionario, sin preocupaciones, con un sueldo fijo para toda la vida, mes de vacaciones y fines de semana libres, ir al fútbol con los colegas después de tomarse las cañas, salir los sábados por la noche y ahorrar lo poquito que pudiera para cambiar de coche cada dos o tres años. Ahora está muy bien. Gana mucho dinero y se está despegando de la tienda lo más que Paqui permite. El mercado del gazpacho parece ser un mundo inexplorado que le puede llevar a la riqueza y con una buena previsión e inversiones adecuadas, a la tranquilidad económica para el resto de su vida, y eso sin contar los réditos que le puede proporcionar el salmorejo a partir de ahora.

Y mientras tanto YO, por fin salgo en los periódicos. Siempre soñé con la celebridad, con hacerme un hombre famoso, que mi madre pudiera guardar los recortes de prensa en los que fuera saliendo y pudiera ir a los desayunos con sus amigas con la cabeza bien alta, sintiendo las miradas de envidia con placer, hinchada como un pavo real.

Creo que muchas de las decisiones importantes que he tomado en la vida han sido condicionadas en mayor o menor medida por la reacción que pudieran causarle a mi madre. No es extraño. Cualquier buen hijo actúa así aunque sea inconscientemente.  Cuando dejé de prepararme las oposiciones después de año y medio de arduo estudio para aceptar un trabajo en una revista regional de poesía underground lo único que me hizo dudar de mi decisión fue el pensar qué tal le sentaría a mamá. En los desayunos de las mamás que un vástago estuviera preparándose unas oposiciones, sin que diera mayores noticias, no dejaba de ser una buena prórroga en un partido intrascendente. No había porqué preocuparse por él, aunque tarde o temprano llegarían los penaltis, y todas, salvo la mamá de uno que estaría conforme con una eterna prórroga, estarían esperando su resolución. Uno llega a la conclusión de que si no das demasiados quebraderos de cabeza, vives bajo un cierto orden sin alterar mucho la vida diaria de la familia, todas las madres estarían encantadas de que sus hijos fueran eternos opositores. Calmarían así su sed de control por sus hijos, los tendrían en casa y poseerían siempre la sensación de que los niños están haciendo algo útil en busca de su futuro, aunque pasen los treinta o los cuarenta años. Como era de esperar, una vez probada la experiencia de la revista de poesía, mi vida dio un giro radical: Lejos de encauzar mi destino hacia metas concretas, empecé a dar tumbos por varios trabajos, alejándome cada vez más de un futuro célebre y acercándome peligrosamente a una vida convencional que contentara a mamá de una vez por todas. Cuando uno de los objetivos fundamentales de uno es ser una celebridad y la naturaleza no le ha dotado de ninguna habilidad excepcional no existen muchas posibilidades de conseguir nada. Si hubiera nacido mujer podría contemplar la posibilidad de implantarme unos pechos descomunales y perseguir a algún famoso para meterme en su cama, contarlo después y empezar a vivir del cuento como personaje libidinoso e interesado en programas de televisión. Pero creo que hasta para eso me faltarían habilidades sociales y tendría chupar muchas pollas para llegar, incluso literalmente hablando. Con el tiempo mamá estaba cada vez más tranquila: Su adorado hijito se había asentado en un trabajo convencional, tras un ordenador, llevaba un par de años y estaba a punto de tener un contrato indefinido. Mi visión del asunto era bastante diferente: Cada vez estaba más intranquilo, me había acomodado en un trabajo anodino e insulso, tras un ordenador, llevaba un par de años renovando contrato gracias a la amistad que me unía con el responsable de personal, y cada vez se me hacían más largas las noches en las que no podía dormir pensando y repensando cómo había podido llegar hasta allí. Por otra parte me aterraba profundamente no renovar el contrato. Al menos ese nuevo contrato me proporcionaría un año más de prozáica estabilidad. Ocurrió lo inevitable. La relación de amistad que se puede llegar a tener con un superior desaparece cuando las directrices de la empresa indican que tú no vales mucho para ella. Y de la noche a la mañana me quedé sin trabajo, engañado, estafado y sin una buena explicación, cinco minutos antes de la conclusión del contrato. Mi amigo ni siquiera dio la cara: Hoy sólo se escriben cartas para temas como éstos. Me sentí aturdido. La posibilidad de volver a empezar sin saber muy bien por dónde, ni por qué hacerlo se presentaba ante mí como la pared principal del Everest cuando no has empezado a escalarlo. Entonces lo vi todo claro: Finalmente estaba ante la gran ocasión. Por fin podría ser célebre, saldría en los diarios, en la tele hablarían de mí. Me puse el traje de las bodas  y llené una pequeña bolsa de viaje con todo lo necesario. No había tiempo que perder. Estuve tentado de marcarme un plan de acción, de planificar todo adecuadamente no fuera a fallar, pero enseguida asumí mi condición de improvisador nato. Nunca había planificado demasiado las cosas en toda mi vida, si lo hacía ahora quizás resultara todo un desastre. Me quedaba sin tiempo y salí corriendo al parque como había pensado. Era la hora señalada. Como había pensado poco antes, justo en ese momento, la mujer de mi amigo paseaba tranquilamente con su hijo por allí. Tenía que darme mucha prisa y no cometer ningún fallo. Me acerqué sigilosamente por la espalda y le rebané el cuello con un cuchillo sin pensarlo demasiado. La sangre brotó a borbotones al tiempo que los transeúntes que paseaban por el parque gritaban y corrían despavoridos al contemplar la escena. Cogí al niño del carrito y salí raudo y veloz de allí. Llegué a unas callejuelas adyacentes que me proporcionarían la tranquilidad y anonimato necesario para seguir con el inexistente plan. Llamé a mi antiguo amigo por el móvil y sin que pudiera reaccionar le espeté voz en grito:  
-    Gracias por todo, cabrón. Acabo de matar a tu mujer y tu hijo no para de llorar… 
Me aparté el móvil de la boca y lo puse cerca del niño para que recogiera bien su llanto. Un segundo después lancé al niño por los aires con todas mis fuerzas mientras con la otra mano, el móvil seguía su recorrido hasta estamparse en el suelo. Paró el llanto y un pequeño reguero de sangre empezó a salir bajo su diminuto y ahora inmóvil cuerpo. Colgué. No quise pensarlo mucho, pero en esos segundos en los que volaba por los aires estuve muy tentado de tirar el móvil y salvar al niño de su choque contra el suelo. Afortunadamente no lo hice. Se acababa el tiempo. No sabía cómo, pero tenía claro que sobre todo me tenía que dar muchísima prisa, sin correr para no despertar sospechas en los que se cruzaran conmigo. Me metí en una cafetería oscura del centro de la ciudad. Allí estaría tranquilo algún tiempo mientras pensaba en cómo continuar mi búsqueda de la celebridad. En aquel lugar parecía detenerse el mundo. Sólo había una pareja tomando café con las manos entrelazadas y un camarero aburrido leyendo el Marca. Le pedí un whisky con hielo y cuando me lo puso sentí que me estaba convirtiendo peligrosamente en un peliculero. ¿Desde cuándo me ha apetecido tomar whisky solo a las seis de la tarde? Por un momento la situación me sobrepasó y me puse nervioso. Sonaba una bossa nova en plan chill out, instrumental, que fue un marco sonoro incomparable para el crujido del cristal contra el suelo. No tiré el vaso, creo que se me cayó, pero el camarero me reprendió como si lo hubiera hecho a propósito. Si supiera por la situación de tensión que estaba pasando. Callé y cuando pasó por mi lado con el cepillo para recoger los cristales del suelo se encontró con una puñalada trapera que le hizo caer al suelo desplomado. El ruido sobresaltó a los, hasta ese momento ausentes, enamorados cafeteros de la mesa del fondo. Antes de que reaccionaran adecuadamente yo ya había salido del bar. Lo pensé mejor y di marcha atrás. El chico estaba junto al cadáver del camarero alteradísimo y su novia lloraba nerviosamente en una esquina. Les amenacé con el cuchillo y les hice ir a los servicios. Les ordené que se encerraran cada uno en uno de ellos echando el pestillo por dentro. Si oía cualquier cosa les mataría, si se portaban bien no habría ningún problema. Cogí las llaves del delantal del camarero y cerré el bar. Apagué la música y me asusté. En los servicios no se oía nada: Eran obedientes, o más bien estaban paralizados por el temor. No os preocupéis, no os va a pasar nada si os portáis bien, me habéis caído simpáticos, en un rato acabará todo. Tan simpáticos, que lo único que se pasó por mi ya enferma mente en aquellos momentos, fue entrar en el servicio de mujeres a desahogarme un poco con aquella chica. 
 
Ahí acabó mi aventura. Lo último que recuerdo es cortarle las tirantas del sujetador con el cuchillo. Desperté después en la cama del calabozo con la nuca y la espalda doloridas. Al día siguiente salía en todos los diarios y abría todos los informativos en la televisión. Lo había conseguido, pero justo en ese momento me di cuenta de todo: Mamá nunca sería feliz. Nunca podría volver a inventarse historias sobre su hijo. En ese caso, nunca podría volver a las reuniones de primer miércoles de mes con sus amigas. Nunca podría salir a la calle. Nunca volverá a ver el sol con tranquilidad. Ni se atreverá a comprar nunca un periódico. 
 
A pesar de que yo, su hijo, por fin salgo en todos los periódicos.


miércoles, 17 de marzo de 2010

El Baúl de las Miserias Perdidas (Capítulo 3): Mazinger Z

Rescato del Baúl de mis miserias un texto que presenté hace bastante tiempo a un concurso de Relatos Eróticos. Como ha sido la norma habitual, tampoco ganó nada (razones obvias, nuevamente, viendo el texto). El Concurso exigía que el relato incluyera alguna referencia al preservativo. Aprovecho, con actitud profiláctica, para recomendar que te abstengas de seguir leyendo porque es para mayores y se dicen cosas guarras.



“Cualquier lugar, cualquier día de cualquier mes de este o aquel año.

Me encanta empezar así tus cartas. A veces pienso que les da importancia. A veces creo que soy un poco tonta, pero algo de misterio y mucho de personalidad si que les da.

¿Cómo te va todo? Espero que bien. Perdona pero ya sabes que soy incapaz de empezar una carta sin estos tópicos convencionalismos. Son los resquicios que quedan de mi afición epistolar adolescente con la que espanté a tantos novios. La verdad es que me gustaría saber más de ti. Seguramente eso sea lo que me impulsa a hacerte saber de mí. ¿Llega o no llega esa Christinita? Como sigas siendo tan exigente, al final vas a tener que adoptarla. O adoptarlo, como tú prefieras.

Yo sí tengo novedades: He conocido a un chico. Bueno, ya sé que eso no es una novedad digna de mención, lo importante es que he conocido a Esteban. Sí, vale, eso de “Esteban” te puede sonar como a la que oye llover, pero Esteban es algo más. Sabes además lo reticente que estoy últimamente a escribir, sin embargo, tengo que contártelo:
Me voy a vivir con él. Voy a dar el gran paso.

Aunque no puedo decir que no se viera venir:
Primero empecé a usar sus camisetas por la mañana, luego dejé un cepillo de dientes en el vaso de su cuarto de baño y con el paso del tiempo fui convirtiendo su piso en algo cada vez más mío. Hasta que ayer me propuso que me mudara allí definitivamente y dejara de pagar el alquiler y abandonara mi triste y solitaria buhardilla. Y lo he hecho... ¡Lo he hecho!...

Suena igual que cuando me viniste ese domingo a las ocho de la mañana, me sacaste de la cama con una torpe excusa y disculpa a mis padres y me dijiste las mismas palabras: Lo he hecho... ¡Lo he hecho!... Aquella noche habías perdido la virginidad con el que parecía el chico más maravilloso del planeta Tierra y tenías que compartir tu felicidad conmigo. Yo sentí una profunda e insana envidia. Hoy te cuento que me he ido a vivir con el chico más maravilloso del planeta Tierra y mentiría si dijera que no quiero que sientas envidia. Envidia sana, pero envidia a fin de cuentas.

No estoy segura si voy a resultar muy pesada o si debo resumirte la historia. Bueno, ya veremos…
Estaba medio liada con el chico del pueblo de mis padres que ya te conté. Ya sabes cómo era aquello. Lo pasábamos bien, nos veíamos poco por la distancia, sexo esporádico y gratificante, sin comeduras de olla ni historias de compromisos mal entendidos... O sea, bien. No me presentaba la menor complicación. Por eso cuando me fui acercando a Esteban no tenía ninguna traba emocional que me perturbara. Sí, soy así de fría a veces, aunque sea una pose para vivir más cómoda. Esteban es ese chico que conoces hace tiempo con el que has coincidido poco y eso no te ha hecho ni plantearte siquiera si te atrae o no. Simplemente no había oportunidad ni sentía la necesidad. Aunque siendo sincera conmigo misma, cero que me atrajo desde la segunda o la tercera vez que coincidimos.

Circunstancias de la vida hicieron que pasara a verlo muy a menudo que nos fuéramos sintiendo cada vez más atraídos, más conectados. Circunstancias de la vida hicieron que como dos adolescentes nos besáramos un buen día en el que superamos nuestros miedos mutuos y sobrepasamos nuestro límite de afecto inconscientemente preestablecido. Una noche que no llegó a más que unos besos, pero que fue la gota que desbordó el vaso. Una noche fatal. Una noche genial pienso ahora.

Y te preguntarás, ¿Y luego qué? Eso era lo que me pasaba por la cabeza ¿Y ahora qué? ¿A qué me llevaba ese despertar de la pasión? Nos habíamos besado, así pues, me llegaba el reto. Estaba claro que los dos habíamos dado un gran paso. Nos habíamos librado de nuestra parte racional y nos abandonamos a lo que nos pedía el cuerpo y el corazón y nos liamos. Pero después, ¿Qué?. A fin de cuentas había sido un calentón de adolescentes y no pasamos de ahí, pero estábamos bastante talluditos para tonterías de púberes. ¿Qué debíamos hacer tras esos besos? ¿Qué etapas deberíamos acometer? ¿Qué debía hacer al volverlo a ver? ¿Quién daría el pistoletazo de salida? La verdad es que me preocupaba bastante. Más que eso, me aterraba ¿Y si él no sentía lo mismo que yo? No, no era muy probable, o era un gran actor. ¿Y si él tuviera las ideas muy claras y no se quisiera complicar la vida en esos momentos? Miles, qué digo miles, millones de dudas me asaltaron ese par de días que me separaron de él hasta nuestro reencuentro.

Frialdad, no podía esperar más que encontrarme frialdad, y eso es lo que había. Afortunadamente él estaba en una situación mental muy parecida, por no decir idéntica, que la mía. Tras el gélido reencuentro fue él el que consiguió meter el punzón para romper el hielo: Me invitó a tomar café en su casa con una burda excusa que ni siquiera recuerdo y todo se precipitó.

Yo me precipité sobre Esteban el momento justo en el que me hizo una ligera señal, al menos eso percibí yo, con la que me dio permiso para atacar. Y ahí llegó el escándalo. No estaba muy segura de contártelo, nadie lo sabe, pero Chris, si no te lo cuento a ti, reviento. Puede que llevemos mucho tiempo sin vernos y que hayamos perdido algo de fluidez en nuestra amistad, pero eres la persona que mejor me ha entendido nunca, con la que más cosas he compartido y la única que puede conocer algo como esto, o por lo menos, la primera a la que me debo atrever a contárselo.

¿Has visto en la tele un anuncio en el que un chico le propone a su chica tener un hijo y ella, para apoyar su negativa, le confiesa que el problema está en que es de Urano y no de Alicante, quitándose la careta y mostrando su verdadero rostro de extraterrestre? Pues no te diré que Esteban sea de Urano, pero cuando se quitó los pantalones tuve una impresión idéntica a la que tuvo el chico del anuncio.
No, tranquila. No voy a aburrirte con una fantasmada acerca del tamaño de su polla, lo que te voy a contar suena más increíble y probablemente, qué digo probablemente, seguro que te vas a quedar de piedra.
Como suele ser habitual en mí, le quité rápidamente la camiseta y empecé a besarlo por su cuello, su estómago, sus hombros... Todo estupendo. Se recostó y fui dominando la situación. Besaba y besaba mientras él me acariciaba. Qué dulce. Sus manos no mostraban las prisas habituales de la mayoría de los hombres que conozco. Acariciaba todo mi torso sin lanzarse como un loco a mi culo o a mis tetas, aunque no los olvidaba. Sin prisas pero sin pausa, delicadamente ponía un maravilloso interés en todas las partes de mi cuerpo sin despreciar unas ni priorizar otras.

Me llevaba al séptimo cielo recorriendo mi columna vertebral desde el culo hasta el nacimiento del pelo. Dulcemente, tomándose todo el tiempo del mundo en el trayecto, sólo perturbado por mi camiseta y el incómodo y molesto broche de mi sujetador. Parecía no tener la más mínima prisa. Yo en cambio, empezaba a tenerla y me quité el top, me desabroché el sostén como seña de que así estaba bien y que todo iba como la seda.

Cariñosamente lo separó de mis tetas y bajó las correas por los brazos hasta que me lo quitó y lo arrojó al fondo de la habitación. Cayó una taza de café pero ni nos dimos mucha cuenta ni le dimos demasiada importancia, aunque creo que en esos momentos ninguno de los dos hubiéramos hecho caso, ni nos hubiera molestado ninguna circunstancia.

Ahora le tocaba a él: Se dio la vuelta, se colocó sobre mí y empezó a sustituir sus manos por sus labios. Con la misma delicadeza comenzó a recorrerme de arriba abajo y yo no pude más que dejarme hacer y limitarme a pasear mis manos, torpes manos en esos momentos, de su cuello, de su cabeza, al final de su espalda, a su culo, con leves incursiones por su pecho.

Con una habilidad impropia del género masculino que yo había conocido hasta entonces me hizo volar masajeándome los pezones mientras mordía y besuqueaba mis orejas y mi cuello. Nunca había sentido los pezones tan duros, creo que incluso me dolieron un poco. ¡Cómo me estaba poniendo! No podía ser verdad, era demasiado bonito, y yo no suelo tener tanta suerte. Y no estaba en un típico flash de enamorada obnubilada por la situación. Pero era real, lo estaba sintiendo, podía tocarlo, podía besarlo...

No podía más, algo debía estar equivocado. Y era el momento, desgraciadamente pensaba, de empezar a descubrirlo: Bajé mis manos al cierre de su pantalón y desabroché el botón. No me dejó seguir. Me sujetó con delicadeza las muñecas y las apartó de su entrepierna. Se incorporó por encima de mi cuerpo y mirándome desde la altura que le confería ese magnífico pecho, esos anchos y fornidos hombros y ese musculado cuello, ¡Dios como está!, dijo muy serio:

- “Prepárate a ver algo que nunca has imaginado. No quiero que te asustes, confía en mí, ni en tus sueños has podido ver algo igual.”
¡Joder, Esteban! No le pegaba lo más mínimo decir esas cosas. O estoy confundida desde que lo conozco, o no era él. Sí, claro, también cabía la posibilidad de que estuviera de cachondeo. A fin de cuentas, y en esto es un genio, no se toma en serio nada o casi nada y hace gracias y payasadas de cualquier cosa. No podía menos que esperar que para él, el sexo fuera también una fiesta de risas entremezcladas entre la pasión desbocada y los gemidos enfermizos.
- Vaya, campeón –titubeaba un poco, pero creo que sonó creíble- enséñame lo que estoy e
sperando.

Me contestó algo así como Quiero que me prometas que veas lo que veas no vas a salir corriendo y vas a dejar que te explique…

Ostias, esto era demasiado. En cuestión de décimas de segundo pasaron por mi cabeza doscientos millones de tipos de penes: inmensos, microscópicos, de colores, torcidos, atrofiados, amorfos, invisibles… Lo mismo se había operado para ser tía. A fin de cuentas, sabía perfectamente todo lo que necesitaba, como si fuera una tía sin ningún rasgo de la habitual educación machista que todas y todos hemos recibido.
- Basta, le dije (o no sé si me lo dije a mí misma) ¿A qué estas esperando? Desnúdate…
- Pero, prométemelo, me interrumpió.
- ¿El qué?¿Que no me voy a asustar?
- No, bueno… mejor te lo cuento antes…
- No me jodas, déjate de gilipolleces ya… Empezaba a resultarme molesta la situación.
- Vale, vale… Vamos a ver… A lo bruto, sin rodeos: Yo no tengo lo que cualquier hombre suele tener entre sus piernas. Bueno… Dudaba y se le veía preocupado, si estaba actuando, desde luego era de Oscar. Bueno, si lo tengo, pero no es igual…
- Ya, ya supongo ¿Crees que no he visto ninguna nunca? Son diferentes, ése es uno de sus encantos…
- No, no es eso Se empezó a sentir molesto, o al menos eso parecía ¿Crees en los duendes?
- Sí, en David el Gnomo…Realmente estaba empezando a cansarme y a sentirme incómoda.

Si hubiera tenido un aparato para medir mi grado de excitación en esos momentos, habría descendido a niveles ínfimos superado por la irritación y por la desesperación.

- Déjate de cachondeo. Quiero que me escuches con atención y no te rías de mí…
- Pero, ¿Estás en serio?...Me incorporé de la cama y fui a buscar la camiseta que andaba por ahí tirada. Cuenta, cuenta. Te escucho.

En ese momento empezó soltar por su boca una historia inverosímil como nunca había escuchado y que soy incapaz de transcribirte literal porque es sin duda la historia más increíble y extraordinaria que he oído nunca. Es más, creo que jamás leí libro ni vi película que se acerque ni de lejos a la historia que me contó.
Chris, ¡Era increíble! Ahora veo que es muy fácil que me tomes por loca, o que creas que me ha dado por probar sustancias demasiado peligrosas, pero si alguna vez te he pedido que me creas, si alguna vez has confiado ciegamente en mí, intenta multiplicar ese esfuerzo por mil y hazlo ahora.

Básicamente me contó que había pasado tiempo aficionado a llamar a teléfonos eróticos. Sigo sin comprender cómo un tío de su atractivo necesita recurrir a esas cosas. Cosas de hombres, supongo. El caso es que un buen día vio un anuncio que le llamó poderosamente la atención y, aunque se había prometido a sí mismo tiempo atrás, tras la primera factura de teléfono, no volver a llamar a ese tipo de líneas, no pudo reprimirse. Había algo que le empujaba a ello. Era en una cadena local de esas en las que a ciertas horas sólo hay anuncios de contactos y líneas 806 a las tantas de la mañana. Apareció uno con la pantalla completamente en negro donde sólo se veía el número de teléfono en letras rojas en el centro, en el que una voz sugerente le preguntaba si quería que su duende particular hiciera realidad sus deseos más íntimos. Sí, ya sé que es lo más típico del mundo, pero él sabe porqué tenía que llamar.

Y pese a habérselo jurado a sí mismo millones de veces, bajó a una cabina telefónica para evitar tener problemas con la factura y llamó.

La misma voz le propuso cumplir el sueño dorado el sueño dorado de cualquier hombre: Era su duende particular y si le indicaba su dirección completa le mandaría por correo lo que todo hombre hoy en día ansiaba poseer. Con darse una crema en su polla daría un giro radical a su vida y no sólo en el sentido sexual. Conseguiría aunar en ella la eficacia del preservativo y la potencia de la viagra, y todo ello sin tener que usar jamás ninguno de los dos.

Él, evidentemente se asustó, pero la voz era tan convincente que acabó por darle con recelo la dirección de su casa.

Días después encontró en su buzón la misteriosa crema. El caso es que segundos después de untarse toda la polla con ese mejunje, por supuesto ni se lo pensó dos veces, ni tardó más de treinta segundos en ponerse a ello, empezó a sentir un terrible dolor. No era escozor ni irritación, no era un dolor común. Tenía las características y la intensidad de la rotura de un hueso, pero claro, en la polla no hay huesos y era cuanto menos, extraño.

Corrió al baño a lavársela arrepintiéndose de la tontería que había cometido a la que no encontraba la menor explicación. Se le pasó el dolor ligeramente, empezó a sentir un ligero alivio y se vistió.

Segundos después recibió una llamada, y en el identificador del móvil salía un enigmático nombre: “Tu duende particular” ¿Cómo era posible aquello? Evidentemente él no tenía en su agenda ningún número con ese nombre, no había dado su teléfono a nadie últimamente, ni nadie sabía de su aventura telefónica…
Descolgó y la voz sensual de siempre le pidió que se desnudara y se mirara la polla. Sin saber cómo, esa voz tenía la facultad de lograr que se olvidara de todo, del dolor, de lo extraordinario de la situación, y obedeció sin más.

No podía creer lo que vio. Tuvo que mirársela varias veces: Su polla había sido sustituida por un vibrador metálico que por más que lo tocara para cerciorarse, no dejaba de tener la misma sensibilidad habitual de su antigua amiguita.
Sólo había una diferencia. Tenía un regulador que ajustaba la dureza y longitud y tenía que recibir unos cuidados similares a los de un vibrador. Eso era todo. Por lo demás, funcionaba exactamente igual que el miembro viril de cualquiera, eso sí, la sensual voz de duende se lo repitió varias veces bien claro, con la eficacia del preservativo y la potencia de la viagra…

Y Chris, ahí estaba yo, con la boca abierta, sin saber muy bien cómo reaccionar ni qué decir. No puedes ni imaginar lo que pasó por mi cabeza. Terror, pavor, incredulidad… En ningún momento atisbé el menor indicio de que Esteban estuviera de cachondeo o me estuviera soltando la trola del siglo. Era a la vez todo tan increíble pero a la vez con tantos rasgos de que no podía ser falso… Sin saber muy bien porqué, me lancé a sus pantalones y se los bajé. Le arranqué literalmente los calzoncillos y… Ahí estaba tal y como la había descrito. ¡Era cierto!

¡Dios! ¡Chris!, no sé cómo superé el shock pero lo primero que hicimos a los pocos segundos fue ponernos a follar como locos. No me preguntes cómo pude pero según él, su duende hacía que provocara ese efecto nada más que alguien viera su nuevo vibrador, o polla, o como se le quiera llamar… Yo le llamo Mazinger Z.

No estoy muy segura de cómo puedo contarte todo esto, pero me voy a vivir con Mazinger Z. Es insaciable, es el mejor amante que existe, seguro y fiable, con la eficiencia del preservativo, poderoso y contundente, con la potencia de la viagra, y me voy a vivir con él.

Creo que tengo mucho que contarte. Creo que esta carta no sirve para mucho, pero necesitaba saber que lees esto y esperar ansiosamente nuestro encuentro para poder darte más detalles.

No Chris, no me he vuelto loca. Simplemente me siento la Afrodita más afortunada que nunca conoció Mazinger Z.

Y además, adoro a Esteban.
Y a ti también, Chris.

Un abrazo, y espero tu llamada.

Besos,
Beatriz.”


Arrugué la carta indignada y se la arrojé a la cara sin siquiera mirarlo. No sabía si sentir rabia, impotencia o indignación. Cuando me giré y ví sus ojos, entendí que Esteban no sabía ni comprendía nada de lo que pasaba. Estaba absorto aplicándose vaselina en Mazinger Z.

A pesar de mi cabreo me lancé sobre él y lo hicimos. Como nunca, como dos locos en celo. “Con la eficacia del preservativo y la potencia de la viagra”



martes, 16 de febrero de 2010

El Baúl de las Miserias Perdidas (Capítulo 2): Carta de Amor

Pasado el subidón de pasteleo que supone el día de San Valentín, rescato hoy de mi Baúl de Miserias una carta que presenté a un concurso con motivo de "tan señalado día", que por supuesto (razones obvias viendo el texto) no gané. Espero no reventar el medidor de edulcorantes.




Cuando decidí aceptar lo que siento por ti no tenía nada claro que un SMS no fuera suficiente. Con avisarte valdría. Ahora estoy seguro, estoy convencido que podría mandarte 1.200 mensajes para expresar lo que ruge en mi interior, y sobre todo, para que me entendieras, y aún así, no bastaría. Las palabras siempre se quedan cortas.

Claro que también te podría llamar por teléfono, pero la palabra sin el gesto nunca fue mi fuerte. Ni siquiera estoy seguro de que exista. Por mucho que me lo expliquen la veo virtual, la veo irreal. Además, ahora mismo me avergüenzo de mis gestos. Me parecen ridículos mi cara y mi cuerpo. No sé si sonreír o tensar los músculos. Cruzar los brazos denota distancia, cruzar las piernas te resultaría femenino. No sé qué hacer con mis miembros, no los siento míos.

Quizás debiera haberte escrito una carta en Blanco y Negro. El Blanco y Negro siempre me recuerda otro tiempo, otras películas, cuando no resultaba ridículo hacer locuras por amor, cuando siempre ganaba el bueno, el enamorado, que era yo, aunque no hubiera nacido.
O haber compuesto un melodía mágica y envolvente, la banda sonora de nuestras vidas. ¿Por qué no tenemos “nuestra canción”?

Si me pagaran un millón de euros cada vez que pienso en ti, dejarían de trabajar todas las personas que conozco y tu sueño de acabar con el hambre y la pobreza en el mundo se haría por fin realidad.
Ahora quiero que hagas que los míos dejen de ser utopías de adolescente que juega a no crecer ¿Lo recuerdas? Tú eres la campeona mundial y ni siquiera conoces las reglas, sueñas con ser Campanilla y yo sueño contigo.

Seguramente sea un don, pero haces que todo lo que te envuelve parezca mágico y que me haga feliz.
Hoy podría ser fiesta. El mero hecho de pensar en ti hace que gane el regalo de la tómbola, que la noria dé una vuelta más, que no me moleste el payaso del tren de los escobazos cuando trate de besarte en la oscuridad y que todos los que nos rodean sepan de repente que no necesito comprarte ninguna rosa para demostrar que te quiero.

Todas las canciones se olvidan, así son las cosas, pero tú me recuerdas constantemente que sigo vivo. Podría ser yo mismo, pero prefiero ser quién tú quieras que sea. Así me tienes buscando mi patria y mi bandera cuando la única nacionalidad posible es con la que tú puedas identificarme. Necesito tu presencia para entender mejor mi esencia.

Ya no quiero ser feliz, sólo quiero ser tuyo. Nunca puse barrotes a mi corazón pero ahora necesito que le pongas una cadena y un candado a mi alma.

Quiero que me des calor cuando tenga frío, quiero que me refresques cuando esté sofocado.

No sé lo que digo, sólo soy un canalla buscando tu sonrisa.

Voy a echarle valor. Todo es muy sencillo y ya no aguanto más: No puedo mirarte a los ojos sin sentir esa pasión de la que ya sólo se lee en las novelas románticas baratas.

Ahora comprendo que todo lo que he buscado en otro ser humano está en ti. Me gusta ser quién soy cuando estoy contigo.

Es infinito el amor que siento por todo lo que eres. No hay otra alma que nunca me haya echo sentir siquiera la mitad de la persona que soy cuando estoy a tu lado.

Me has cambiado para siempre por ser quién eres y por saber lo que significas para mí.

¿No vas a terminar tu obra? ¿No quieres pasar a la posteridad? No te niegues a ti mismo ser una celebridad. ¿Qué recordaríamos de Da Vinci sí hubiera dejado sin acabar la Gioconda? ¿Qué sería de Cervantes sin poner el punto y final al Quijote? ¿Hablaríamos de Mozart si se hubiera negado a seguir componiendo?
No te niegues a ese sentimiento: “El Padrino” es una trilogía, no se acabó diseñando el vestuario.

Úsame, haz de mí algo bonito. No permitas que la Luna nos vuelva a echar de menos. Lleva toda la eternidad añorándonos. No sé si merezco que me mires, no sé si merezco tu atención, no sé si merezco ser tuyo, pero permíteme ser presuntuoso por una vez en mi vida. Permíteme ser pedante. ¡Acercarme a ti es el acto más pedante que se puede cometer! Permíteme pensar que merezco tus miradas, permíteme pensar que merezco tus atenciones, permíteme pensar que merezco ser tuyo.
Permíteme pensar, aunque sea inmodestia, que puedo vivir. ¡Déjame vivir! ¡Ayúdame a vivir! Soy tan feliz cuando me das dolor, ¿no vas a darme también tu amor? Sálvame, con un beso y un abrazo y colmaré de mantas tu lecho para que no tengas frío. Soy tu cena ¿acaso no tienes hambre? Quisiera pintar una fuente en un papel para darte de beber ¿Acaso no tienes sed? No me dejes sentir que te estoy perdiendo cuando nunca te he tenido.
Me nublas la razón y emborrachas mi alma, eres un amor que desarma.

Ven con tus demonios hacia mí. Intenta aceptar lo que te pido aunque sea sólo durante 10 segundos. Con diez segundos bastaría.

Quiero que cuando respires el aire que me das te olvides del terror a la hoja en blanco... Soy un lienzo virgen, un fotograma sin filmar, soy una guitarra sin afinar...

Pero no temas: Si estamos juntos, los más bellos poemas brotarán de nuestras primaveras, paisajes paradisíacos colgarán de nuestras paredes, la mejor película de amor de la historia emocionará a media humanidad y nuestros cánticos harán soñar al más insensible.

Permíteme ser todo aquello que soñaste... Toma este instante precioso a cambio de todo lo que te he negado.

Tengo tu imagen en mi sangre, tu esencia en mi corazón y el cerebro dando tumbos por mis tripas. Creo que no merece la pena decir todo ésto si el primer día del resto de nuestra vida no empezó antesdeayer.

No te quiero engañar. Mi vida empezó el día en que la soledad me dijo que sólo podría ser vencida si tú me ayudas. No quiero seguir existiendo desde que soy consciente de todo esto: A partir de ahora quiero vivir. Y vivir sin ti sería ser un corazón sin sangre que bombear, un arcoiris de cinco colores, un cine con las luces encendidas, un bar sin música, una vela sin mecha, un discman sin pilas, un gangster sin pistola, un concurso de camisetas mojadas sin líquido, una calculadora que sólo resta, un dedo sin uña y un ojo sin pestaña, una manzana sin veneno, un caramelo sin azúcar, un invierno sin Navidad o un verano sin playa, un Groucho sin bigote, un diamante sin pulir, un mechero sin gas, un Principito sin planeta, unas gafas de sol en un día nublado o una cigüeña sin campanario...

Quiero dejar de ser una nevera en un piso de estudiantes, un taxi con la luz verde encendida o un parque en un día lluvioso.

No puedo esperar más, lo siento, no tengo tiempo. Las Autoridades Sanitarias advierten: No amar (te) puede matar (me). No me queda batería en el móvil. Además, no puedo contarte todo ésto con un SMS. Creo que me falla la cobertura cuando no estás cerca.



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