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jueves, 8 de septiembre de 2011

Basado en hechos irreales

 
“Dicen que me he acostado con siete Miss Mundo. 
Es mentira: Sólo han sido tres.”
(George Best)
 
 
Salí corriendo. Me empecé a subir los pantalones de mala manera, atropelladamente. Escaleras abajo, patéticamente, como un cliché de una mala (¿No lo son todas?) película americana adolescente.

Conseguí abrocharme el pantalón cuando ya corría por la calle. Gané velocidad al estar vestido de cintura para abajo. En ese instante no recordaba que habría sido de mi camiseta de George Best. ¡Dios Santo! ¿Había perdido la camiseta de George Best? ¡Con el trabajo que me costó comprarla en aquella subasta por E-Bay! ¡Con lo bien que me quedaba! ¡Con lo bien que me sentía con ella puesta…!
 
 
 

No tenía tiempo para pensar en cosas materiales. Seguía corriendo como alma que lleva el diablo (¿Quién ha dicho que las almas que llevan el diablo corren mucho? Nunca he entendido bien esa expresión…) buscando ponerme de una vez fuera de peligro.

Corría y corría como si estuviera preparado para ello. Quizás para correr mucho sólo sea necesario algo de que huir. Correr es de cobardes, pero cuando estás huyendo, ya se da por hecho que eres un cobarde. Cuando eres un cobarde, huyes, corres y recuerdas que llevas más de quince años postergando el momento en el que vas a dejar de fumar definitivamente, y todo sucede a la vez, bastan un par de minutos para que el resultado empiece a resultar lamentable.

Pero debía dejarme de exquisiteces y seguir hasta ponerme completamente a salvo. ¿Y mi camiseta? ¿Qué habría sido de ella? ¡Joder! Me costó una pasta por E-Bay…

Tanto cine americano adolescente me había enseñado que (¡Dios Santo! ¿Pueden el concepto “cine americano adolescente” y el verbo “enseñar” estar en la misma frase sin que chirríe demasiado?) la mejor manera de estar a salvo es adentrarse en una multitud, en un lugar público lleno de gente, en un evento abarrotado…

Al fondo de la calle estaba el centro comercial. Sería perfecto para mezclarme con la muchedumbre. Introducirme en cualquier tienda y estar completamente fuera de peligro. 
 
Además, probablemente hubiera WiFi. En cualquier centro comercial que se precie a día de hoy hay WiFi disponible, es la señal identificativa de estos nuevos tiempos de interconexión global. Y si la WiFi va bien, podría actualizar mi estado de facebook maldiciendo mi mala suerte por perder mi camiseta de George Best, postear algo nuevo en el blog con la palabra “tetas” repetida varias veces, y ver si hay alguna oferta interesante en infojobs. Seguramente descartaría la tercera opción por inútil, la primera por seguir bloqueada mi cuenta facebook por mis repetidas amenazas de muerte a Lina Morgan, y sólo me quedaría escribir un post con la palabra “tetas” repetida muchas veces. Seguramente lo titularía “Tetas, tetas y más tetas” y no sé muy bien qué contaría en él, pero repetiría todas las veces que pudiera la palabra “tetas” para aumentar el número de visitas del blog. Que sólo lo visitaran habitualmente una ex novia, una madre y un par de colegas de fiesta con poco criterio empezaba a ser muy triste y la estratagema de las tetas (“La estratagema de las tetas” puede ser un buen nombre para una próxima novela) aumentaría exponencialmente el número de visitas. Seguramente también aumentaría si pusiera la palabra “pene” o “polla”, pero aquel día, me parecía de mejor gusto la palabra “tetas”. Y además, me gustaban más.

Y, en medio de todo ese desbarajuste mental, propio de una persona escasamente equilibrada, me di cuenta: Llevaba la polla fuera. No me había olvidado de subirme la bragueta, no: Llevaba la polla fuera. Había perdido mi camiseta de George Best y llevaba la polla fuera. No tenía un miembro demasiado grande, pero todas las personas que habían salido corriendo de la tienda de velas en la que entré para disimular mi huída corrían despavoridas lejos de mí no por su tamaño, sino por su mera existencia y exhibición. ¡Perdonen ustedes! ¡No era consciente, lo juro…! ¡Ahora mismo me la guardo!
 
Pero no podía. No podía guardarme la polla en el pantalón. ¿He dicho ya que no era demasiado grande? Pues no era demasiado grande, y aún así, no me la podía guardar en el pantalón…. ¡Qué día llevaba! Pierdo mi camiseta de George Best, no encuentro WiFi para actualizar el blog con una entrada llena de la palabra “tetas” para aumentar el número de visitas, y no me puedo guardar la polla en los pantalones… La dependienta, terriblemente apurada por la situación pero muy eficiente (¿Se habría visto alguna vez en una situación similar?) y diligente, me dio una bolsa con la que taparme y me pidió amablemente que abandonara su tienda sin montar demasiado escándalo.
 
Salí de allí con la cabeza gacha y la polla erecta (¿Cómo me podía excitar en aquella situación?) aunque disimulada por la bolsa de la tienda de velas y te vi al fondo del pasillo. Me estabas buscando… ¿Dónde has estado? Mira qué facha ¿Qué horas son estas? Vete a la cama…
 
Me arropaste y me diste un beso en la frente. Me besaste en la frente aunque sabías que mi polla no era demasiado grande. Pero sé que a ti no te importaba. Mi erección había desaparecido. Ni te importaba qué había pasado. Ni siquiera quisiste saber dónde había dejado la camiseta de George Best que me había comprado por E-Bay y que habías pagado tú.
 
Sólo te importó que me había vuelto a librar de una multa por mear en la calle.
 
Y eso, mi querida amiga, no tiene precio…

 
 
Posdata aclaratoria (Inútil como de costumbre, innecesaria como siempre):
Este post no está basado en hechos reales. Ningún animal ha sido maltratado ni ha sufrido daño en su elaboración. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Nunca he tenido ninguna camiseta de George Best. Este blog tiene una página en facebook de la cual pueden hacerse fan pinchando el "me gusta".El tamaño de mi miembro (como su existencia) es un misterio a resolver. La palabra “tetas” aparece en este post con la intención que se menciona, además de ser un concepto que me gusta mucho. Yo no soy quien parezco ser.


martes, 28 de septiembre de 2010

El Hombre que pudo disparar a Lina Morgan


El sueño de la razón produce monstruos (Francisco de Goya)


Parte 1: La Razón
 
S era un chico normal. Todo lo normal que eran los chicos por aquellos tiempos. Era un chico de costumbres fijas y placeres sencillos, como la mayoría de la gente que le rodeaba. Como la mayor parte del mundo que conocía. S era un chico normal y pensaba que lo lógico era ser así.
Hasta que S empezó a pensar. Y empezó a dudar. Y las dudas empezaron a abrumarle.
Hasta que su kioskero habitual le regaló una pistola con su ejemplar dominical de La Razón.
 
- ¿Ésto qué es? 
 
Preguntó extrañado. Había conseguido una vajilla, un secador de pelo, una almohada viscoelástica, las pelis de Paco Martínez Soria..., Pero nunca pensó que pudiera tener una pistola con La Razón. Y todo a 2,50 con el Diez Minutos
 
- Una pistola, de la colección "Pistolas Célebres del Siglo XX". La primera es gratis, a partir de la semana que viene 9,95.
 
Tampoco parece demasiado caro. 9,95 es un precio razonable por una pistola aún sin saber cuál es su precio habitual de mercado.

 
Parte 2: Monstruos

S era un chico normal. Todo lo normal que eran los chicos por aquellos tiempos. Era un chico de costumbres fijas y placeres sencillos, como la mayoría de la gente que le rodeaba. Como la mayor parte del mundo que conocía. S era un chico normal y pensaba que lo lógico era ser así.
Hasta que S se vio con una pistola en la mano. Hasta que pensó más de la cuenta. Hasta que se cansó de ser un chico normal.
¿Por qué no ser apasionado? ¿Por qué ser normal? ¿Por qué no dejarme llevar?  Y se dejó llevar…
Todos sabemos que cuando alguien se deja llevar, la importancia de ese acto radica en la gente que se encuentra a su alrededor en ese preciso instante. Y a S le habían llevado a ver una obra de teatro actuación de Lina Morgan. Levantó el culo de la incómoda silla del patio de butacas y se encaminó por el pasillo hacia el escenario. Sin que nadie reaccionara a tiempo se subió a las tablas y se introdujo en la obra de teatro escena como si tal cosa. Cuando se acercó a Lina Morgan  supo que había llegado su momento: Sacó la pistola y el público chilló aterrado. Lina le pidió que no lo hiciera. Los vigilantes de seguridad del teatro lugar le amenazaron con dispararle si no dejaba inmediatamente el arma.
 
- No es un arma, ¡Estúpidos!... Es una pistola que me han regalado con La Razón.
 
No hizo caso.

 
Parte 3: Lina Morgan

S nunca lo supo, pero Lina Morgan no existe. Al menos eso quiero pensar…
 
 
 
"El exceso es el veneno de la razón"
(Francisco de Quevedo)

 

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