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miércoles, 3 de octubre de 2012

Otra noche sin dormir (Volumen 16): Respuestas sin preguntas



Anoche estuve intentando encontrar la PREGUNTA definitiva. 

Me puse a buscar sabiendo que esa PREGUNTA desmontaría todo lo conocido y sería clave.

Desistí al rato.

No por pereza, agotamiento o desidia, como con tantas otras cosas.

NO.




Me di cuenta de que no tenía la RESPUESTA y me asusté.

Y decidí que las grandes PREGUNTAS pierden mucho cuando no se tiene la RESPUESTA.


Y así pasé la noche: 
Sin responderme la PREGUNTA, aunque no me hubiera preguntado nada aún…


domingo, 18 de julio de 2010

Retomar la senda adecuada. Retomar alguna senda.



Hoy por fin me he decidido. Hoy es el día. No pienso en el ayer, el único día que importa es hoy. No sé si podré vivir el hoy desprendiéndome del ayer. No estoy seguro de conseguirlo. He de perseguirlo. El ayer está invadiendo el mañana. El mañana es más pequeño que el ayer. Al mañana le quedan cada vez menos hojas que caer. Es tremendo pensarlo, pero el mañana no existe. Y no estoy siquiera poniendo ladrillos en su muro para que pueda llegar a crecer. Simplemente no existe. Y eso me aterra cada vez más. Y eso me aterra terriblemente cuando miro al ayer. Ese ayer como monstruo fagocitador que se va comiendo todo mi hoy sin que la desidia que me invade me permita hacerle frente y ponerle freno para empezar a trabajar el mañana. Ni el mañana, ni el hoy, me invade el ayer.

Tengo planeado vivir sólo una vez. Sólo una vida me dejó en herencia mi madre. Pobrecita. Si por ella fuera, seguramente me hubiera dado más de una vida para trabajar el ensayo-error hasta encontrar la respuesta. La respuesta no está en el viento. La respuesta no está en mi interior. Hay otros mundos, pero están en este. Este mundo ya no da para más y no soy capaz de buscar ningún otro. Tengo planeado vivir sólo una vez, y el tiempo se me va acabando.

No sé qué quiero hacer con mi vida. Quizás no deba saberlo y tenga que dejar de darle vueltas al asunto, pero hay que hacerlo por convencimiento, no por desidia. Desidia. Desidia. Busco en mi interior y al borde del camino, me llama la desidia. Me voy con ella a todas partes. Me siento con ella al borde del camino. Me beso con ella. Me drogo con ella. Me acuesto con ella. Y ni siquiera sé quién es. Sólo sé que me posee siempre que quiere. Y quiere siempre.

He de trabajar para comprarme unas orejeras de las que usan los burros que me obliguen a mirar al frente. Que al menos, si quiero buscar la desidia, tenga que girar la cabeza. Si me obligo a girar la cabeza cada vez que quiera abandonar mi mirada al frente, quizás el esfuerzo que me supone me obligue a seguir mirando al frente. La desidia es tan poderosa que hasta puedo utilizarla en su contra. Una vez descubrí que era del tipo de personas que no se levantan del sofá y se van a dormir a la cama porque el esfuerzo que les supone es mayor al premio que se supone que voy a recibir.

He decidido volver a ser yo mismo. No sé si lo he sido alguna vez, pero quiero volver a luchar en pos de ese personaje que quería llegar a ser y que he olvidado quién es. Lo peor de perseguir una meta es no saber cuál es. Los maratonianos saben que tras el inhumano esfuerzo de correr cuarenta y dos kilómetros encontrarán la meta. Yo no sé cuánto debo esforzarme para llegar a dónde no sé que quiero ir. No sé lo que quiero. Casi ni sé lo que no quiero. De ahí debo partir.

Se me acaba el tiempo.

A veces sonrío por inercia. Habitualmente digo que soy feliz porque no sé qué es ser feliz y me cuesta demasiado trabajo plantearme que quizás no lo sea.  Yo no he visto naves ardiendo más allá de Orion. Ni siquiera sé si he visto cosas que vosotros no creeríais. Pero he de inventármelas. No ha llegado la hora de morir. Aunque seguramente está más cerca de lo que nunca he pensado.

Se me acaba el tiempo.

¿Debería arder en alguna nave más allá de Orion? No, mejor buscar cosas que nadie más creería. Con poco tiempo, sólo tengo una vida y ya he gastado más de la mitad. Aunque mis primeros años fueran inútiles por ser un ser disfuncional movido por los hilos de una sociedad que abochorna a sus cachorros tomando maneras mongólicas e indescriptibles para interactuar con ellos. Como todos. Como todas. Menos los afortunados expósitos, que no recibieron lo que el gran poder llama cariño familiar.

Tampoco es útil la última parte de casi todas las vidas. Vuelves a los orígenes. Eres dependiente. Y ni siquiera despiertas ternura, sino cierta repugnancia por el olor corporal que desprendes y que no tienes ni puñetera idea de dónde salió, pero que te acompaña todos esos años haciéndose cada vez más insoportable para los “útiles” que te rodean. Cuando naces hueles mal y se ríen. Cuando mueres, hueles mal y te abroncan y produces asco. Es injusto, pero no lo he inventado yo. Ni siquiera he decidido si quiero oler bien o mal.

No soy consciente de mi llegada y pequeña adaptación funcional al mundo. No quiero ser consciente de mi salida y pequeña desadaptación funcional al mundo. La primera etapa la viví porque no pude elegir. La segunda no la voy a vivir.

Eso acorta aún más el mañana. Mañana puede ser simplemente esta tarde. Mañana puede ser simplemente este cigarro. Este cruce de peatones. Esta discusión con el borracho del bar. Esta mirada sin red en el vacío. Poner demasiadas precauciones en el mirador restringe la vista, aunque asegure un poco el mañana. Hay que buscar la barandilla que no tape demasiado la vista, pero que no invite a borrar de un plumazo el mañana.

Se me acaba el tiempo… ¡Cómo duele!
 

lunes, 8 de febrero de 2010

¿Existe cura para la desidia?

Me escabullo. Me hundo en mí mismo. Desaparezco del mundo que me rodea. Soy yo, inhibido en mí mismo. Pierdo consistencia como persona porque existo muy poco fuera de mí. Pasan las horas, pasan los días y no salgo de mí mismo. Invento e invento excusa tras excusa para no salir de mí mismo. A veces ni invento excusas. Cualquier eventualidad, por nimia que sea, me sirve para seguir arropado en mi regazo, con una falta total de respeto hacia mi integridad social. Elimino cualquier contacto con el exterior para seguir navegando en un interior de aguas cada vez más residuales. Ni siquiera atraco en puerto. Ni siquiera veo tierra firme. No voy más que a la deriva en un río sin oleaje.

Abandono mi alrededor. Me quedo en mí mismo. No busco fuera. Es más, desprecio lo de fuera. Ni eso, me produce desidia lo de fuera, no llego a despreciarlo. Me busco y no me encuentro. O más bien, estoy perdido por falta de expediciones en mi búsqueda.

Ni llamo ni me llaman. Ni estoy ni dejo estar. Me he convertido en un viejo arisco sin ser viejo y sin tener el valor para ser arisco con lo que me rodea. Si al menos fuera arisco, tendría una buena excusa para no encontrarme y dejarme ir.

Dejo que pasen los días como si hubiera más. Me pongo recordatorios en cualquier sitio para no olvidar que tengo que vivir, que no me puedo dejar llevar por la desidia. Abandono todo lo que tenga que plantearme pensar ligeramente antes de hacerlo. Todo lo que me recuerde, aunque sea vagamente, a alguna responsabilidad. Vivo en un permanente programa de mínimos. Cumplo con lo estrictamente necesario para seguir interactuando con el mundo. Incluso a veces, menos.


Indolence (Pierre Bonnard)

Abandono el sexo compartido por la masturbación. Aunque fantasee constantemente en conquistas y orgías. El mero hecho de pensar en entablar una relación con alguien me provoca el mayor de los fracasos amorosos conmigo mismo. No me acerco a las chicas aunque piense –e incluso esté seguro- que están esperando a alguien como yo. El mundo sería un lugar más sano si nadie esperara a nadie como yo. Me masturbo incluso después de rechazar una buena proposición de sexo compartido. El mero hecho de masturbarme me hunde una y otra vez en mí interior. Hasta se podría pensar que eyaculo para dentro si no fuera porque uno de los pocos rasgos que presento de ser humano es que aún me corro -casi- a voluntad. Llegará el día en que ni eso lo controle y descubriré que estoy finalmente seco. Seco y podrido.

Podrido de malestar. De estar mal sin hacer nada por siquiera estar. La desidia me lleva hacia los demonios, y ni ellos me hacen reaccionar. Veo pasar los días como las horas. Y las horas hace algún tiempo me empezaron a parecer bastante más cortas que veintitantos minutos. Los minutos no existen. Basta con ver que un reloj pone que faltan trece minutos para las dos cuando en el de la muñeca faltan quince y en el despertador diez. Ese intervalo de minutos está perdido. Después de mirar la hora del despertador, ya nunca volverán a falta trece minutos para las dos. Es imposible, cuando hay algún sitio en el que sólo faltan diez y mi mente ya se va a menos cinco.


jueves, 12 de noviembre de 2009

Buscando la Gripe A me he quedado en dos días de fiebre.

(Crónica de una convalecencia desaprovechada)

¿Cómo se busca una enfermedad? Las enfermedades vienen y van, pero nunca están cuando se las necesita. No he necesitado demasiado la enfermedad en mi vida. Me vale con la pereza y la desidia, se bastan ellas solas. Pero la busco con la “necesidad” con la que te tomarías un cubata de vodka cuando eres whisky-adicta. La necesidad no existe, pero beberse un ron (ahora que parece que lo bebe tanta gente) por mimetizarse con el grupo, aunque seas whisky-adicta es una forma de ver mundo. Aunque sea en el fondo de un vaso. Aunque sea en el fondo de los ojos de quien comparte la copa contigo. Sobre todo si es en el fondo de los ojos de quien comparte la copa contigo.

¿Cómo se persigue una enfermedad? Una de moda, no la peste, ni cosas de esas que ya casi ni quedan… Una gripe A, H1N1, de esas para las que te prescriben Tamiflu y que te dejan quedarte en casa aislada una semana como una apestada. Apestadamente a gusto, sin visitas (malditas y cobardes amigas), sin obligaciones (más allá de zapear enfermizamente entre la tremebunda programación matutina), recibiendo condolencias lastimeras por el móvil o por internet, descontando aterrada los días que quedan hasta volver al trabajo (por lo rápido que pasan y lo pronto que llega el final).

Me he abierto al mundo. He abierto mis putrefactos y negros pulmones al aire del mundo buscando la gripe A y he encontrado la fiebre. Ilusionada me he tomado la temperatura cada media hora viendo cómo mis constantes febriles seguían evolucionando a buen ritmo: 37’5, 38, 38’5, 39, 39’5… Y ahí he empezado a preocuparme. No es que me preocupe tener fiebres de 39 o 39’5 (para una chica de mi tamaño siempre han estado a la orden del día desde que tengo uso de razón), lo terrible es no encontrar más síntomas acompañando tan maravillosa e importante fiebre. Ahí es cuando se empieza a ser consciente de que algo raro pasa y no es la gripe A: Fiebre. Fiebre sin más. Fiebre y nada más. Fiebre al fin y al cabo.

No es que desprecie la fiebre, pero me sentí igual que en la mayor parte de mi adolescencia, cuando salías por la noche, echabas el ojo a la chica guapa del fondo de la barra, divina y maravillosa, y acababas haciéndole un favor a la pesada que se ha tirado toda la velada piropeándote y a la que no hiciste caso hasta que el bar se empezó a vaciar y viste frente a tí la terrible perspectiva de volver a casa sola. ¿Dónde se ha ido H1N1? ¿Por qué las mejores se van siempre con los demás? Con gente que no muestra el menor interés en ella. Con gente que sólo se acerca a ella porque está de moda…

No es que desprecie la fiebre. Siempre ha sido una buena amante. Pero no te sorprende. Ya no. Puede que las primeras veces te hiciera ver las estrellas o te arrastrara a insondables paraísos de locura, pero ya no. Me he acostumbrado a ella. Aunque siempre tenga la esperanza de que me sorprenda, me coja desprevenida, remueva mis entrañas, descoloque mis sentidos…

Según se cuenta, Kafka escribió más de una de sus famosas cartas bajo la influencia de un importante estado febril. Para que Lewis Carroll se adentrara en el mundo de su Alicia más conocida también tuvieron una importancia capital las fiebres. Pero estamos hablando de seres que podrían haber escrito millones de cosas sin recurrir a los delirios febriles.

Siempre que la fiebre llama a mi puerta, la recibo con ilusión. Pero podría venir 4 ó 5 días a la semana el resto de mi vida, y aún así no conseguiría escribir ninguna obra maestra. Lo asumo. Me pesa, pero lo asumo. Lo que no asumo es ser incapaz de escribir ninguna línea que verdaderamente merezca la pena y vea a la fiebre irse sin siquiera despedirse, como la aduladora ultimorecurso del bar de turno… Sin dejar poso, sin dejar por lo menos, algunos versos precisos (que no preciosos) que llevarme a la boca.

Algún día debería dejar de escudarme en todo lo que ocurre a mí alrededor, para recibir como Dios manda a mi amiga fiebre la próxima vez que tenga a bien visitarme. Dijo Picasso que
“las musas existen, pero tienen que encontrarte trabajando”, y yo no soy quién como para discutir a Don Pablo.

Pero, desgraciadamente, siempre me gusta ir a la contra…
¡Qué contrariedad!

Nota del Traductor:
Estas líneas no han sido escritas bajo el influjo de ningún estado febril. Tampoco consta que el Tamiflu haya tenido nada que ver. Cualquier contraindicación pueden reflejarla en los comentarios, abiertos siempre a cualquier aficionado (o no) a los medicamentos.


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