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miércoles, 8 de octubre de 2014

Paseos en torno al abrazo mal usado




En ocasiones paseo esperando cruzarme con alguien. No lo reconozco en público, pero el rumbo que emprenden mis pies es dubitativo y cansino, y sólo buscan un encuentro inesperado. Aunque si van buscando algo y lo encuentran, eso no lo debería calificar de inesperado en el caso de ocurrir, sino de deseado, o algo así.

Cuando paseo pienso cosas absurdas mientras consigo cruzarme con alguien. Aquellos días me había dado por analizar qué sería de la vida de las perchas en verano. Cuando no tuvieran que estar en primera línea de armario vestidas con chaquetas y abrigos que ir sujetando y dejando de sujetar. Y recordé cuántos de mis abrigos no habían estado nunca entre mi piel y la tuya en algún abrazo de los que me dan la vida.



Dejé de pasear. Dejé de pensar. Recordé los abrazos. Y supe que no sabía qué eran.

También recordé el día en el que me propuse no usar tanto palabras como “recordé” en todo lo que cuento pero rápidamente sentí cómo lo olvidé. Y recordé cómo olvidé tiempo atrás uno de los proyectos más importantes que tuve en mi vida. Una de las cosas que le daban sentido y que de haberlas tenido presente no me hubieran llevado a pasear tanto sin rumbo esperando tener algún encuentro inesperado – fortuito – deseado con alguien. El proyecto que daría sentido a mi existencia y que cambiaría la historia de la humanidad para siempre. Aquello que olvidé mientras me recordaba no usar tanto palabras como “recordé”: La fórmula química que da sentido al abrazo. Conseguir el elixir definitivo que definiera para siempre cómo, cuándo y por qué tenía razón de ser y era un abrazo.

Aturullado por esos pensamientos no recordé que iba paseando sin rumbo como tantas otras veces y me abracé sin pensarlo mucho con la primera persona que se cruzó en mi camino. Un abrazo sostenido, sentido y casi mágico. De aquellos que quería sintetizar para siempre en alguna fórmula química que pudiera vender a alguna farmacéutica para hacerme asquerosamente rico y para cambiar la historia de la humanidad. Pero, sobre todo, para hacerme asquerosamente rico.

Una vez que me repuse de la patada en los huevos que me tiró al suelo y de las siguientes patadas en los riñones que me propinó ese desconocido que a gritos se zafó de mi maravilloso abrazo de aquella extraña y desmesurada manera, recordé que los verdaderos abrazos hay que medirlos y que no se pueden ir dando a cualquiera. Aproveché que en la refriega había conseguido robarle el móvil y desde él busqué en la wikipedia que todo lo sabe, la definición de abrazo. Por aquello de partir de una base. Porque en todo, como en las pizzas más sencillas, hay que partir de una base:

“El abrazo es una muestra de amor o saludo, realizado al rodear con los brazos (ya sea por encima del cuello o por debajo de las axilas) a la persona a la que es brindado dicho gesto, realizando una ligera presión o constricción con estos al acabar y siendo este de duración variable.
Generalmente, el abrazo indica afecto hacia la persona que lo recibe, aunque según qué contextos, puede tener un significado más parecido a la condolencia o consuelo.”
 


Usé el mismo móvil para llamarte sabiendo que al ser un número desconocido no tendrías la tentación de no contestar la llamada como hacías cuando en tu pantalla salía el mío memorizado.

- ¿Quién es?
- Soy yo.

Tras un silencio incómodo y unas penosas pero efectivas súplicas para que no colgaras te propuse que formaras parte de mi proyecto. Del único proyecto que ha tenido sentido en mi vida, más allá que quererte como a nada en este mundo, y complicarte la vida por no saber hacerlo, como nadie en tu mundo.

- ¿Qué es para ti un abrazo?
- ¿Estás tonto?
- No. Hablo completamente en serio. Quiero saber qué es para ti un abrazo.
- ¿Cómo crees que voy a poder decirte algo así como así?
- ¿Necesitas inspiración? ¿No recuerdas cómo eran nuestros abrazos?
- Siempre lo recordaré y lo sabes. Pero ese no es el caso.
- Espera. Quizás necesites algo de ambiente.

Acerqué mi móvil al auricular mientras reproducía “Hold me in your arms” de Helloween.
- ¿Estás ambientando la conversación con una balada heavy?
- Sí. Es la única canción de abrazos que tengo en el móvil.
- ¿No sabes que no me gusta el heavy?
- Sí, pero esto es una balada.
- Y ahora me vendrás con lo de que los heavys hacen las mejores baladas y alguna de esas cosas que repites como si fueran ciertas a todas horas cuando no se te ocurre nada interesante con lo que apoyar algún razonamiento.
- ¿Yo hago eso? ¿Con qué?
- Por ejemplo: Si alguien dice que no es derechas ni de izquierdas, es de derechas; las bebidas blancas dejan más resaca; cualquier película es peor que el libro; si a alguien le preguntas por su libro favorito y te dice Paulo Coelho o por su música favorita y te dice Queen, ni lee ni escucha música habitualmente... ¿Sigo?
- No. Es suficiente.

Busqué en el móvil ajeno que había conseguido tras el abrazo interrumpido por la paliza algo con lo que ambientar la conversación. Encontré un archivo de bandas sonoras de Alberto Iglesias. Me pareció lo ideal.

- ¿Así mejor?
- Lo que suena, ¿No es la banda sonora de “Los abrazos rotos”?

Metí la pata. Como tantas otras veces. Traté de acercarme al abrazo ideal creando ambiente con “Los abrazos rotos” después de haber comenzado por Helloween. Quizás fuera una señal.



Pensé qué era realmente un abrazo. Qué era para mí. Quizás así llegaría a sacar la fórmula mágica. ¿Qué son los abrazos? ¿Para qué sirven realmente?

Y me descubrí abrazándote para decir todas las cosas que de otra manera no dije.
Me encontré abrazándote para hacer las cosas que no hice.
Me vi abrazándote para atravesar mundos. Para romper paredes.

Siempre supe abrazar con tanta fuerza para que el dolor físico que se provoca al hacerlo haga olvidar cualquier otro que exista sin ese abrazo.

Abrazarse como círculo vicioso. Porque es un contenedor de sentimientos. Abrazar para que mi cuerpo diga lo que nunca supe decir con palabras.

Y hacerlo eterno. No terminarlo nunca. Para que cuando llegue el momento de separarse en el abrazo, ese momento en el que ninguno quiere desprenderse del otro por miedo a que todo haya acabado para siempre, sepamos que el miedo da valor a todo lo que ha transmitido y transmitirá para siempre ese abrazo.

Sonó el teléfono. El mío. Y era ella.

- ¿Dónde estabas? ¿Por qué has dejado la conversación a medias?
- Estaba equivocado. Los abrazos son míos. Y tuyos. Pero de nadie más. Nadie puede abrazar nunca como yo lo hago contigo.
- Muy bien, pero no es eso lo que quería escuchar.
- No te lo he dicho para que escucharas algo bonito. Es lo que siento y ahora sé. Aunque tú lo puedas ver de manera diferente.
- He encontrado la canción para que sigamos hablando de ello.
- ¿Cuál?
- “Abrázame”.
- ¿La de Julio Iglesias?
- La de Iván Ferreiro.
- Es la misma.
- Pues vale. No lo sabía.
- En cualquier caso, no sirven.
- ¿Por qué?
- Porque es una canción muy triste y desgarrada.
- ¿Seguro? “Abrázame, y no me digas nada, sólo abrázame...”
- “Me basta tu mirada para comprender
que tú te iras...”
- ¿Por qué ves siempre lo malo? “Abrázame como si fuera ahora la primera vez...”
- “Como si me quisieras hoy igual que ayer...”
- Siempre quieres ir más allá. Siempre tienes que mirar más allá. Relájate, quédate con el abrazo, no busques qué pasará después, quizás no lo tengas que escuchar.



Y descubrí que la composición química del abrazo era precisamente esa. No buscar más que el mismo abrazo. Y me quedé con ganas de gritar al teléfono lo que no podía hacer con un abrazo. Que abrazarte siempre será suficiente para que no tenga que mover mis labios y decir algo incorrecto que no estén diciendo nuestros cuerpos conectados de manera mágica. Que no tenga que moverlos más allá que para besar los tuyos y hacer que el abrazo sea único e inolvidable.





B.S.O. I: Hold me in your arms (Helloween)
B.S.O. II: Los Abrazos Rotos (Alberto Iglesias)
B.S.O. III: Abrázame (Julio Iglesias)
B.S.O. IV: Abrázame (Iván Ferreiro)



jueves, 20 de septiembre de 2012

Otra noche sin dormir (Volumen 15): Volando voy, volando vengo...




Llegaste a lomos de un caballo blanco.
Me cogiste de la mano y salimos volando por encima de nuestras cabezas, que se quedaron allí abajo.

- ¿Qué haces en un caballo blanco? Creía que no te gustaban…
- A ti tampoco te gusta que te coja de la mano y ahora estamos volando.

No supe qué decirte. Tenías la habilidad de conseguir que mis argumentos parecieran siempre estúpidos si los comparaba con la lógica de las cosas que imperaba siempre que me mirabas fijamente a los ojos.

(FOTO: Maia Flore)



Me contaste una historia sobre los últimos pendientes que te habías comprado que no recordé, ni siquiera en el momento en el que me la estabas contando. Me pasaba eso a tu lado. Quizás, porque ni siquiera tenías orejas.

- Se está bien aquí arriba, ¿Dónde me llevas?
- Vamos donde tú quieres ir. No te has dado cuenta de que todo esto es un bonito sueño…
- Yo nunca sueño dormida.
- Estabas teniendo una pesadilla y el mejor antídoto contra las pesadillas son los sueños bonitos.
- Pero, ¿Dónde me llevas?
- Me estás llevando tú…

No supe qué decirte. Pero agarré tu mano con tanta fuerza que tus anillos se engancharon en el piercing de mi pezón derecho.  En ese preciso instante me asusté porque pensé que mi madre se enterará algún día que tengo un piercing en el pezón derecho y no le gustará. Tú siempre quisiste tener un piercing en el ombligo, pero te ocupas demasiado de cogerme la mano a lomos de un caballo blanco como para tener tiempo para hacértelo.

Me señalaste abajo y vi una ciudad preciosa. No era París, ni Londres, ni Roma. Estuve tentada de contarte aquello tan manido de que Roma es Amor al revés, pero me contuve porque no sabía qué estábamos sobrevolando.

- Ahí está tu casa.
- No… No lo parece.
- Esa es tu casa desde el aire.
- Mi casa eres tú.

El caballo blanco relinchó haciéndonos perder la estabilidad. Me miraste enfadada mientras apretaste aún más mi mano entre las tuyas.

- A Mario no le gusta que digas esas tonterías.
- No es ninguna tontería - dije suponiendo que “Mario” era el nombre del caballo blanco sobre el que íbamos volando y que acababa de relinchar violentamente haciéndonos perder la estabilidad.
- Tú nunca dices tonterías, pero nunca dices lo que quiero que digas.
- ¿Quién es Mario? 
- Vete a la miEEEErda…

Me miraste enfadada. La “e” en mierda había resonado en mi cabeza más fuerte que el relincho de Mario. Seguramente, una chica como tú habría puesto Mario a su caballo blanco por alguien como Mario Benedetti, como Mario Camus, como Mario Vargas Llosa… Pero por un instante terrorífico pensé que podría ser por Mario Casas y sentí como me caía de Mario y me soltaba de tu mano.

- Eres imbécil, te vas a caer.
- No, estoy agarrada a ti. Y tú no me sueltas.
- Como sigas pensando esas cosas lo haré.
- No quiero.
- Yo tampoco, pero tendré que hacerlo…

No supe qué decirte. Empezamos a bajar y me preguntaste si quería carne o pescado para aterrizar. Te dije que contigo pan y cebolla y Mario terminó por rebelarse y nos soltó de su grupa. 




Aquello fue lo más bonito de la noche. Tú y yo abrazadas. Intensamente. Cayendo de las alturas sin mirar al suelo. Mirándonos a los ojos sin poder apartar la mirada. Me abrazaste aún más fuerte y supe que no me iba a pasar nada, aunque fuera una extraña e ilógica fantasía. Una fantasía de las muchas que habían hecho de tu vida algo peor desde que me conociste. Tú, que echaste los dientes de leche demasiado tarde, cuando ya sabías que el Ratoncito Pérez no existía, aunque sigues fantaseando con unicornios.

- ¿Aterrizamos allí?
- ¿Dónde?
- Donde tú quieras, por eso te pregunto…

No supe qué decirte. Me besaste como siempre me has besado y sentí que me odiaste como siempre me has amado. No quería decir más porque íbamos a algún sitio mejor, seguro. 


Después de todo esto, me diste un beso de buenas noches que me supo a gloria. Un besazo de amor sincero durante el que no me importó nada de lo que pasara más allá de tus labios comiéndose los míos.  

Y con los ojos cerrados, me dejaste en la cama y me dormí…





B.S.O.: ..."Por el camino, yo me entretengo"

domingo, 25 de septiembre de 2011

Cuando saque el rifle, te avisaré para que te pongas a cubierto




Cada día que pasa es un día menos que me queda por vivir. Vivir es algo más que lo que tú siempre has creído que era, pero cuando tenga tiempo para decírtelo, te quedará menos por vivir que a mí. Y eso que yo siempre pensé que moriría antes que tú.

Reconoces en mí la vida que no hay en ti. Yo vivo en ti la vida que no hay en mí. A ratos estos dos afluentes confluyen y formamos el río que va a dar al mar. Y la metáfora de la vida en forma de río que va a dar a la mar como muerte está ya muy vista, así es que tendremos que conformarnos con disfrutar del frescor de nuestros cuerpos y estremecernos con el paso a contrapelo de los salmones bajo nuestra piel.

Cada día que pasa queda menos agua bajo tu piel. Dicen que tres cuartas partes de nuestro cuerpo es agua, pero yo nunca lo he comprobado. También dicen que tres cuartas partes del planeta Tierra es agua, pero si no he comprobado mi cuerpo no me voy a meter ahora a comprobar el planeta en el que vivo. Perdería mucho tiempo y tengo cosas mejores qué hacer.

He comprado un rifle por catálogo. Era una oferta irrechazable. Cada vez compro más cosas por catálogo, aunque cada día que pase sea un día menos que me quede por vivir. Puede que sea por eso por lo que lo hago, pero no estoy muy seguro y tampoco tengo tiempo como para pararme a pensar en ello. Comprar por catálogo me gusta mucho. Comprar es algo inherente a mí desde el primer día que vi dinero a mi nombre en una cuenta corriente. Comprar por catálogo es tendencia desde que empecé a comprar cosas que podían hacer que los vecinos me miraran mal. Su política de envíos discretos ayuda a ocultar mis obsesiones de las miradas indiscretas. Cuando era un crío no sabía la manera de poder comprar una muñeca hinchable y llevarla a casa sin que nadie me viera. Con los catálogos y sus asépticos paquetes minimalistas encontré la manera y les estaré eternamente agradecido. Hoy me ha llegado el rifle. Quería comprarme un AK-47 o un Kalashnikov porque me suenan de las películas, pero la verdad es que sólo quería algo con lo que pudiera disparar a distancia y que matara. Además, descubrí que un AK-47 no es más que una manera de llamar a los Kalashnikov. En ninguna de las características de las armas del catálogo pone que maten, por lo que asumo que es una característica que se da por descontado de todas ellas, como que se da por descontado que una muñeca hinchable da menos dolores de cabeza que una prostituta porque no tienes que hablar de dinero antes de penetrarla, ni fantaseas con la terrible idea de la polla que ha entrado antes de la tuya allí si tienes la precaución de no dejársela a nadie.


Jose es el único conocido que ha osado pedirme una muñeca hinchable alguna vez. También es el único conocido que sabe que tengo muñecas hinchables desde que era un crío, al menos que yo sepa. Jose es el único conocido que sé que tiene armas de fuego en su casa y que las compra por catálogos. No he osado pedirle ninguna porque creo que las armas de fuego son como las muñecas hinchables y tengo miedo de fallar cuando apriete el gatillo fantaseando sobre cuántas pollas habrán apretado ese mismo gatillo.

Mi polla no es (ni nunca será ya) un gatillo que cause la muerte. No siquiera puedo matar a nadie de gusto con ella. Pero eso algo que no me preocupa cuando pienso que cada vez me quedan menos días por vivir y que es algo que se hace peor cada día que pasa. Nunca he tenido el gatillo a punto, ni he sido de los que ha querido tener una mira telescópica para no fallar el tiro. Cada día que pasa creo que mis pensamientos están más llenos de analogías fáciles y gastadas, y pensar en mi polla y en gatillos, me puede acabar llevando a pensar en gatillazos, y bien es sabido que un gatillazo tiene mucho de mental y de pensamientos, con lo que no puedo perder el tiempo pensando en ello, y menos, sabiendo que es un cliché muy poco original.

Nadie me preguntó nunca qué es lo que quería ser de mayor, y de mayor nadie recuerda que quiero seguir siendo pequeño. Por eso quiero sacar el rifle, quiero apuntar y quiero disparar. Y quiero que te pongas a cubierto. Por eso quiero que me vuelvas a coger el teléfono porque no quiero que te coja todo esto de sorpresa y te pueda dar alguna bala, aunque sea de refilón. Quiero que sepas que si te llamo es sólo para avisarte, para que sepas que no quiero hacerte daño, aunque mi llamada pueda hacerlo sin querer.

Me voy a asomar a la ventana y voy a esperar que todos anden por allí. Y voy a coger el rifle. Hay días mejores en los que pienso que debo asomarme a la ventana sin abrirla, y en el vaho que exhala mi cuerpo y queda en el cristal, escribir tu nombre. Esos días son los que pienso en ti y me invade un terrible sentimiento de culpabilidad por comprar rifles y muñecas hinchables por catálogo. Esos días en los que con sólo imaginar el roce de tu cuerpo, cualquier plástico y cualquier arma me hacen sentir terriblemente vulnerable y recuerdo que por muchos días que pasen tú siempre serás tú, como lo has sido siempre desde que pasaste bajo mi ventana y miraste hacia arriba.

Hasta que saque el rifle y tenga que avisarte para que te pongas a cubierto.

Cada día que pasa es un día menos que me queda por vivir. Vivir es algo más que lo que tú siempre has creído que era, pero cuando tenga tiempo para decírtelo, te quedará menos por vivir que a mí. Y eso que yo siempre pensé que moriría antes que tú.

Reconoces en mí la vida que no hay en ti. Yo vivo en ti la vida que no hay en mí.


Abrázame fuerte, que no pueda disparar…


miércoles, 13 de julio de 2011

Buscando una habitación acolchada



La mayoría de la gente que me conoce tiene la acertada impresión de que yo debería estar encerrada en una habitación acolchada. Casi todos lo dicen de manera positiva, no ven en ello el mayor problema, pero me están llamando loca. Loca de atar, apostilla más de uno. No sólo una habitación acolchada, sino una camisa de fuerza. Ahí es cuando empiezan a sumarse a la conversación sobre mí, gente que no me tiene demasiado aprecio.

Hay niveles y niveles de locura. Yo busco la habitación acolchada. Estoy conforme con ello. Ni más, ni menos. Una habitación acolchada sugiere muchas cosas, la mayoría de ellas, positivas. Al menos para mí. Lo acolchado siempre me ha parecido acogedor. Siempre he fantaseado con las mañanas de domingo bajo las sábanas jugueteando contigo, pero lo importante es el colchón. Hay quien se deja engañar por el amor y los arrumacos y creen que el motor de esta vida está en el corazón, pero yo necesito la habitación acolchada. 
Contigo pan y cebolla, sí… Pero acolchados…


Me he cortado el pelo mirándome al espejo un montón de veces. De manera catártica, como una experiencia que me marque un punto de inflexión. Pero nadie lo ha entendido nunca. Todos piensan que estoy loca. Si no has sentido alguna vez lo que es introducir las tijeras por el nacimiento de tus pelos, de frente, mirándote al espejo, y has cerrado con dificultad las hojas, te has perdido algo muy grande. Es una sensación diferente a todo lo vivido. Es breve, pero intensa. Es simple, pero muy compleja. El cuero cabelludo tiene unas conexiones nerviosas con el resto del cuerpo que sólo las conoces cuando haces algo tan drástico como cortarte el pelo de raíz de manera ceremonial.

Cambio a mi familia por una melena frondosa. 

Necesito vivir ciertas sensaciones más a menudo, aunque pierdan intensidad con la rutina. Cuando una se corta el pelo, aunque sea catárticamente no crece más rápido y el tiempo a esperar para poder vivir nuevamente la experiencia se puede hacer eterno. A veces me siento como el yonky que necesita su dosis y le falta el dinero, con la diferencia de que yo no puedo robar pelo para que me crezca. 

Lo más que puedo hacer es cambiar a mi familia por una melena frondosa.

Me muevo por extraños vericuetos. Todos encaminados a mi habitación acolchada. “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría” decía William Blake, y mi locura no puede estar más de acuerdo. El viaje sin retorno, de la chica socialmente aceptable a la apestada para todos que debería estar encerrada en una habitación acolchada con una camisa de fuerza. Lo que no saben es que muero y vivo por seguir paso a paso ese camino.


¿Qué extraño maleficio me lleva a ir más allá? ¿Qué mueve mis entrañas para perseguir sin aliento la habitación acolchada por más que me pongan piedras en el camino para que no llegue? San Agustín dijo que “Una vez al año es lícito hacer locuras”. Yo creo que hay 14 razones para no hacerlas, y el resto del año debe ser una permanente locura. Buscando una habitación acolchada.

No todo tiene una explicación. Ni yo misma me la encuentro por más que busque en mis bolsillos. ¡Cómo voy a pretender que los demás lo hagan! Todos saben que hago locuras y la mayoría lo ve de forma positiva. Loca de atar, apostilla más de uno. No sólo una habitación acolchada, sino una camisa de fuerza. Ahí es cuando empiezan a sumarse a la conversación sobre mí, gente que no me tiene demasiado aprecio.

Pero tú siempre me viste de otra manera.
Tú siempre sonreíste con mis ocurrencias.
Tú siempre me mostraste otro yo.
Tú siempre fuiste la más loca de mis locuras.


Tú, que tardaste 14 canciones en besarme. No supe si por culpa tuya o mía. Me gusta la música, pero no la de las salas de espera, y tuve que esperar 14 canciones para que me besaras.

Nunca me he creí la típica princesa de cuentos. No tuve la conciencia tranquila para dormir eternamente esperando que el beso de mi princesa me despertara de mi letargo o de mi maldición. Tampoco estuve preparada para perder zapatos a la salida de las fiestas ni para ser secuestrada por dragones. Llámame loca, pero prefiero reposar dopada en mi habitación acolchada individual, donde todas las visitas son condescendientes y tienen lástima por mí. Hay personas que les molesta la pena, les molesta la lástima, les molesta la piedad, les molesta la misericordia… Yo me muevo como pez en el agua en esos sentimientos. Seré mediocre, pero es más fácil que se acerquen a mí por lástima a soportar que no se acercan porque me ven inaccesible. Yo no hago más que cantar a los cuatro vientos que busco una habitación acolchada y tú vas y tardas 14 canciones en besarme. No te entiendo, aunque me da igual.

Me miraste sonriente, mordiéndote el labio inferior como sólo tú sabes hacer, y me dices que según Aristóteles "no hay un gran genio sin mezcla de locura"…

Buscando una habitación acolchada...

Pero sin camisa de fuerza, que quiero poder abrazarte con toda mi alma.

Aunque esté loca.


miércoles, 6 de julio de 2011

Otra noche sin dormir (Volumen 11): Sueños copiados

Y cinco minutos después, desperté sobresaltada. Como siempre, no pude volver a conciliar el sueño. Me recosté en el sofá y me dediqué a contemplar el amanecer, como tantas otras veces.

Y con los primeros rayos de luz que entraban por la ventana, recordé que había vuelto a pasar otra noche sin dormir, y que despertarse sobresaltada no quiere decir que se haya dormido mucho. Ni mucho, ni casi nada.

Y con el primer calor de esa mañana de Julio, recordé que había vuelto a pasar otra noche sin soñar dormida, y que debía hacerlo despierta, como tantas otras veces.

Y recordé que alguien me contó una vez que Lawrence de Arabia decía que en el mundo había dos tipos de personas: Los que sueñan dormidas y de noche, y las que lo hacen despiertas y de día, y que estas últimas eran las peligrosas porque no cejarían hasta ver sus sueños convertidos en realidad.

Y recordé que nunca había luchado por nada, porque mis sueños no eran dignos de ser perseguidos.

Y con los primeros rayos de luz que entraban por la ventana, soñé que volvía a pintar y que me salía un cuadro de Bacon.
"Estudio para el Papa Inocencio X" (Francis Bacon)

Y recordé que mi sueño se parecía mucho, salvando las distancias, a la escena de Amanece que no es poco, en la Bruno, exiliado americano, plagia "Luz de Agosto" de William Faulkner, y tiempo después vuelve a escribir y dice que le está saliendo “Ada o el ardor” de Nabokov.

Y con el primer calor de esa mañana de Julio, decidí tirar lo pintado por la ventana, aunque me estuviera saliendo un estupendo Estudio para el Papa Inocencio X.

Y recordé que soñé que te tenía otra vez entre mis brazos. Pero supe que era sólo un sueño, porque en cuanto abriera los brazos saldrías corriendo a los de otra y no podría hacer nada por evitarlo

Y con los primeros rayos de luz que entraban por la ventana, recordé que había vuelto a pasar otra noche sin dormir, y que decidiste tirar lo amado por la ventana, aunque yo creyera que nos estuviera saliendo un estupendo estudio de nosotras dos.

Y cinco minutos después, desperté sobresaltada. Como siempre, no pude volver a conciliar el sueño. Me recosté en el sofá y me dediqué a contemplar el amanecer, como tantas otras veces.

lunes, 27 de junio de 2011

Hábitos, hábitos, hábitos…


"Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de ésas."

("El guardian entre el centeno", J.D.Salinger)



Hábitos, hábitos, hábitos… Como fumar todo el tiempo o comer sandía en verano.



Anoche volví a cometer un asesinato. Como todas las veces anteriores, planeé al milímetro hasta el último detalle para no dejar restos. Hace tiempo que asesinar había dejado de ser para mí un acto de rabia y de respuesta ante mi frustración y se ha convertido en un hábito.

Anoche volví a abrazarte con todas mis fuerzas. Como todas las veces anteriores, planeé al milímetro hasta el último detalle para no dejar restos. Hace tiempo que abrazarte con todas mis fuerzas había dejado de ser para mí un acto de rabia y de respuesta ante mi frustración y se ha convertido en un hábito.

Compongo la vida de hábitos y respondo con ellos a todo lo que me rodea. Cuando me desordeno soy genial. Cuando olvido lo habitual soy maravilloso. Cuando me escapo de lo esencial soy fascinante. Pero me da miedo… Tengo miedo a dejar rastros tras de mí.

Lo que para mí son hábitos, para los que me rodean son actos de genialidad. Lo que para los demás serían aventuras fascinantes, para mí son actos ordinarios.

Nunca quise estar donde estoy, pero nunca he querido estar en un lugar mejor. Pese a todo, tengo el hábito de llevar siempre el pasaporte en el bolsillo. Cuando me tocan el culo es incómodo, pero es práctico por si de camino, algún día, descubro dónde quiero ir. Que me toquen el culo no es un hábito al que esté demasiado acostumbrado, pero hay que tenerlo en cuenta como parte del camino.

Mirarme al espejo es un hábito que dejó de importar cuando empezó a gustarme lo que veía. La clave estuvo en escoger bien las horas. Los hábitos se componen de detalles que los liberan si los atendemos bien. Pero un hábito disfrazado, sigue siendo un hábito.

Habito es la insatisfacción. Hábito es la intranquilidad. Tengo el hábito de interpretar cualquier leve señal como un síntoma de que algo va mal. O al menos, peor de lo que iba. Afortunadamente, también tengo el hábito de interpretar cualquier leve señal como un buen síntoma cuando todo va mal. Son hábitos útiles, algunas veces incómodos, otras placenteros.

Ningún hábito hace al monje, digan lo que digan, y ni yo me defino por mis hábitos, ni mis hábitos me definen a mí. Habitualmente me gusto, pero tengo el hábito de pensar que a ti no te pasa lo mismo continuamente.
 
Anoche volví a abrazarte con todas mis fuerzas. Como todas las veces anteriores, planeé al milímetro hasta el último detalle para no dejar restos. Hace tiempo que abrazarte con todas mis fuerzas había dejado de ser para mí un acto de rabia y de respuesta ante mi frustración y se ha convertido en un hábito.

Anoche volví a cometer un asesinato. Como todas las veces anteriores, planeé al milímetro hasta el último detalle para no dejar restos. Hace tiempo que asesinar había dejado de ser para mí un acto de rabia y de respuesta ante mi frustración y se ha convertido en un hábito.



Hábitos, hábitos, hábitos… Como fumar todo el tiempo o comer sandía en verano.

 


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