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lunes, 21 de marzo de 2011

Sembrando el pánico (La historia anteriormente conocida como “El cabrón con pintas”)

Toni era un cabrón con pintas. No sé si esa es la mejor definición que se puede hacer de él, pero llevo un montón de tiempo con ganas de escribir algo donde colocar la expresión “cabrón con pintas”.
Lleva toda la vida dedicándose a hacer lo que le viene en gana y, a ojos de los que le rodeamos, nada bueno sale de su cabeza. Cualquier cosa que se le ocurre tiene un reverso oscuro que da respeto o miedo al más pintado, cuando no es directamente delictivo y/o aberrante.
He de reconocer, aunque muy en voz baja, que algunas de sus ocurrencias me han hecho gracia y me han parecido fascinantes, pero no es la norma habitual. Lo habitual es la estupefacción.
Ser un niño bien, sin tener que preocuparse demasiado por ganarse la vida, le hizo desde muy pequeño poder ocupar su mente con cualquier cosa, aunque no fuera útil para nada más que para su extraño divertimento. Y cuando la mente se ocupa con cualquier cosa y eres un cabrón con pintas, no es muy difícil de sospechar que todo lo que hacía Toni podría llegar a ser tremebundo.



Hubo momentos más o menos graciosos. Cuando le dio por robar los tangas del tendedero de su vecina y sustituirlos sistemáticamente, durante varios meses, por bragas de abuela, la mayoría le reímos la gracia. Nos pareció curioso, incluso útil a alguno, cuando inspirado tras ver una web que clasificaba los WC de diferentes bares y restaurantes de la ciudad por su limpieza, se dedicó en cuerpo y alma a escribir un blog clasificando los WC de los bares y discotecas a los que iba, por la comodidad y facilidad para esnifar cocaína en ellos. Creó innumerables perfiles falsos de facebook de conocidas suyas sólo por el mero placer de contactar con gente haciéndose pasar por ellas y ver qué pensaban los demás o entablar extrañas relaciones sociales a espaldas de las protagonistas. Hubo un tiempo en el que estaba obsesionado con traumatizar a los niños de su vecindario y se dedicaba a empapelar las escaleras de montajes de Hello Kittys decapitadas y sanguinolentas o de fakes sexuales de Hanna Montana. Cada vez que se apuntaba a algún curso o trabajaba con ordenadores, tenía obsesión por robar la bolita que hacía andar a los ratones, con una rapidez pasmosa que hacía casi imposible que supieran qué había pasado y quién había sido. Hubo una temporada en la que se dedicaba a pasar las horas muertas en las bibliotecas públicas emborronando infantilmente la página 69 de todos los libros que podía sin levantar demasiadas sospechas y otra en la que compró una valla publicitaria de una de las autovías de entrada a la ciudad y colocó durante un tiempo la leyenda “Tú vida es una mierda y lo sabes” que seguramente haría estragos en la moral de mucho conductor despistado que la viera por primera vez.
Eran muchas las fechorías, y muchas más, seguramente, las que ninguno conocíamos. Para él eran meros entretenimientos, y según iba creciendo iban haciéndose más complejas, y a la vez más dañinas.



Un buen día compró una furgoneta blanca y la decoró como una ambulancia de una mutua privada. Se dedicaba a dar paseos a toda velocidad con la sirena aullando por toda la ciudad y se paraba en donde creía que podía despertar más interés y a la vez, más pánico o inquietud. Le fue cogiendo el gustillo. Incluso cuando quedaba con los amigos, llegaba con la ambulancia a toda velocidad con la sirena atronando a lo lejos, aunque fuera a un picnic campestre. Nadie entendía demasiado bien esta última costumbre que había adoptado. No le encontraban demasiado sentido, ni siquiera ninguna gracia. Yo sí.

Yo sí sé qué se siente al tener una ambulancia sonando a la puerta de tu casa cuando llegas. Toni también lo sabía, y por eso me resultaba tan extraño que disfrutara con ello. Pero nunca busqué demasiada lógica a las cosas que hacía o que podía sentir.

Ayer estuve tomando café con él. No sé si soy su mejor amigo, pero sí de los pocos que lo aguanta porque no lo juzgo demasiado. Hablamos de casi todo, y hace tiempo que aprendí a no valorar sus rarezas y ocurrencias. Él sabe que yo pienso que es un cabrón con pintas. Yo pienso que él sabe que en el fondo me cae bien. Los dos pensamos que lo pasamos bien juntos de cuando en cuando. Me dijo que llevaba un tiempo con la ambulancia y que estaba empezando a sentir cosas raras. Él cree que una ambulancia, aunque sea de mentira, tiene un propósito bueno, que es ayudar a salvar vidas. Y cree que los conductores de ambulancia son, en el fondo, ángeles… Y él no pasaba de ser un diablillo que enseñaba su buen corazón de cuando en cuando. Creía que se estaba pasando esta vez. Que lo de la ambulancia quizás fuera demasiado. Que debía dejarlo…

Yo, como acostumbraba, no le dije nada. Nos despedimos con un abrazo y cogió la ambulancia rumbo a la casa de uno de sus últimos ligues.

Hoy me he enterado de que llegó a tiempo. Dicen que cuando llegó a la puerta, bajó el padre de la chica nervioso y le pidió una camilla para meterla con rapidez en la ambulancia. Parece ser que salió disparado hacia el hospital más cercano con ella tendida en la parte de atrás y con el padre a su lado agradeciéndole la prontitud en la llegada. Corre el rumor de que ella, en un esfuerzo terrible le decía al padre “¡Es Toni!, ¡Papá, es Toni!...” El padre no entendía nada, pero la veía feliz. Sonreía a pesar de su estado.
Toni también sonreía, sin apartar la vista de la carretera. Era un cabrón con pintas, pero aplicado y perfeccionista. Sentía la sonrisa de la chica en su nuca. No podía verla, pero sentía la sonrisa. Al cabo de un buen rato de trayecto, esa sonrisa que sentía en la nuca aunque no podía verla se fue apagando. Toni empezó a sentirse nervioso. El padre sólo imploraba que por favor se diera más prisa. Toni sabía que todo había acabado: Ya no sentía nada en la nuca. Y giró la cabeza para constatar lo inevitable. Su nuca no le engañaba. Pero su nuca no tenía ojos para la carretera…

Dentro de un tiempo recordaré lo mucho que me enseñó.

Sobre todo, una verdad no muy extendida: Hasta un cabrón con pintas tiene sentimientos...

jueves, 6 de mayo de 2010

Obsesiones y Parafilias (Volumen 4): Mudanzas, fotos compartidas y recuerdos.


Volví a encontrarme con la foto. Ni me acordaba de ella. Algo bueno han de tener las mudanzas. Entre miles de cosas inservibles apareció, en un álbum lleno de fotos de aquellas noches, de aquellos días. Pero sobre todo de aquellas noches. Sobre todo de ti y de mí. Sobre todo de ti.
No me acordaba de ella. Creo que tú no llegaste a verla nunca. Hoy en día esto tiene menos gracia debido a la maldita pantallita de las cámaras digitales que todos tenemos. Pero en aquellas noches, en aquellos días, las cámaras eran otra cosa. Tú y yo éramos otra cosa. Sobre todo yo.

Tu graciosa manía de coger las cámaras y hacerte las fotos a ti misma. Extender el brazo y hacerte la foto, sola o acompañada, pero tú misma. Ahora se pueden borrar al momento. En aquellos tiempos, quedaban para siempre. Tu maldita manía de coger las cámaras y hacerte las fotos a ti misma. A mí ahora me parece tierna, graciosa… En aquellos tiempos me sacaba de quicio. ¿Cuántas fotos tendrás que te hayas hecho tú misma? Seguramente ni tú las podrías contar. Sobre todo porque casi siempre eran con cámaras ajenas, cámaras de gente que a veces casi ni conocías. Tu puñetera manía de coger las cámaras y hacerte las fotos a ti misma.
Amigos y no tan amigos que eran conscientes de tus costumbres cuando volvían a casa felices con su puñado de fotografías recién reveladas. Cuánta desagradable sorpresa. Pero seguro que también habrás dado más de una alegría. Eras muy guapa. Sigues siendo muy guapa. Y a las guapas se le disculpan las travesuras un poco más que a los demás.
Pero esta foto la tengo yo. Y seguramente no la conozcas. Y casi nadie sabe que la hiciste tú. Ni siquiera saben que sales tú. Yo salgo y se me reconoce. Si alguien la ve, puede que sepa que detrás estás tú, pero no tendría una total seguridad. Al fin y al cabo, yo te tapo. Y debo de tapar bastante, porque no se te ve casi. ¿Recuerdas cuando me decías que me quitara del medio porque te tapaba el sol? ¿Recuerdas esos días? ¿Recuerdas aquellas noches?

Fu una de las noches de las que guardo mejor recuerdo. Aunque hasta ver la foto no me hubiera vuelto a acordar de ella. Ray Loriga escribió en “Tokio ya no nos quiere” que "la memoria es el perro más estúpido, le lanzas un palo y te trae cualquier cosa". Yo he empezado una mudanza y ha aparecido la foto. Yo lancé mi nuca al primer plano de la instantánea y me ha devuelto tu preciosa cara. Oculta tras mi cabeza, pero mi memoria es el perro más listo. Me ha vuelto a llevar a aquel bar, a aquella oscuridad, a aquella conversación, a aquella interrupción.

¿Te acuerdas?
Yo sí. Yo estaba allí. De espaldas. Intentaba contarte algo interesante. Intentaba que captaras mi atención. Aunque tú sólo tenías interés en hacerte fotos. Incluso en hacernos fotos. Tuyas y mías, juntos.

No salgo bien en las fotos. No salgo bien en las fotos cuando voy de fiesta por la noche. Y a ti te encantaba sacar fotos cuando estabas de marcha. Mi cara solía estar pálida. El flash me ponía los ojos rojos. El reflejo del alcohol en mi cuerpo me quitaba los colores del rostro. A ti no, nunca. Tú siempre salías bien en las fotos. Quizás porque te enfocabas a ti misma. Tus ojos llenaban cualquier instantánea por básica que fuera. Tus ojos nunca salían rojos. Tus ojos eran de un color que el rojo no se atrevía a cubrirlos.

Aquella noche sería diferente, ahora lo recuerdo. Nunca nos habíamos besado, aunque llevara toda una vida esperando hacerlo y tú no lo supieras. Aunque lo supieras de sobra. Aunque ése fuera el motivo de no besarnos. Te acercabas, me rozabas, juntabas tu cara a la mía… Pero no nos besábamos, sólo nos hacías fotos. Incluso nos hacías fotos besándote en la mejilla. Incluso nos hacías fotos besándome en la mejilla. Multitud de veces fantaseé con la idea que girar la cara cuando querías fotografiarnos besándome la mejilla. Un encuentro inesperado, al menos para ti, en la antesala de la foto. Un encuentro deseado, al menos para mí, que estaba hasta las narices de tanta foto. Aunque fuera la manera en la que te podía tener más cerca. En la que podía sentir tu piel. En la que te oía respirar. En la que te olía. En la que te rozaba. En la que te sentía. En la que era el centro del universo. Sólo por estar a tu lado. Sólo porque quisieras hacerme fotos contigo.
Aquella noche quisiste hacer una foto como tantas otras veces. Pero la cámara era mía. Ésa fue la señal. No quería tener más fotos iguales a las que tenía el resto del mundo. Era mi cámara e iba a ser mi foto. La foto.
Gírate, me dijiste. Me agarraste del hombro mientras tu otra mano se extendía hacia detrás de mí para hacer la foto en cuanto estuviera al lado tuyo, y no frente a ti. Tus brazos estaban cada uno a cada lado de mi cuerpo y era lo más cerca que nunca estuve de un abrazo hasta ese momento, más allá del ligero brazo por tu cintura o por tus hombros cuando mandabas para hacer las fotos.
Tu brazo se cansaba. Pesaba mi cámara. Tu otro brazo también se cansaba, pero hacía cada vez más fuerza para que me girara a tu lado y dejara tu cara frente a la cámara, sin que mi cabeza y mi espalda la pudiera tapar. Para mí duró una eternidad. Para ti, seguramente, no sería más que un pequeño instante previo a tantas y tantas fotos.

Me giré cuando tratabas de disparar mi revolver en forma de cámara fotográfica. Tenías mucha experiencia haciéndolo. Yo era un inútil. Pero no esperabas que pudiera darme la vuelta justo en ese momento. Disparabas a mi corazón, como tantas otras veces, y te ofrecí mi nunca. ¡Qué bella forma de morir!, pensé en aquel momento. Tras mi cabeza unos labios buscaron tus labios. Tus labios no rehuyeron los míos.

Nos besamos, pero nadie lo supo. Nos besamos, pero en la foto sólo sale mi nuca. No me acordaba de aquella foto. Hoy he vuelto a verla. El álbum lleno de fotos de aquellos días, de aquellas noches, no tiene sitio en las cajas de la mudanza, pero la memoria es el perro más estúpido...


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