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lunes, 10 de diciembre de 2012

Fotos que me gustaría haber hecho a mí (Volumen 10): Se llamaba Alicia, creo que decía






La encontré. 
Agobiada. 
Era una chica que se sentía muy grande y vivía en un mundo muy pequeño...

Le pregunté y no recuerdo bien si se llamaba Alicia o era algo que a mí me gustaba que fuera así.

La olvidé. 
Agobiada. 
Soy una chica que se siente muy pequeña y vive en un mundo muy grande...



B.S.O.: Alicia (Expulsada al País de las Maravillas), Bunbury.



sábado, 6 de octubre de 2012

De repente llegó el otoño...




“Abre los ojos: ya estás adentro de ti mismo,
en un barco de monosílabos navegas”
(Central Park, Octavio Paz)



De repente llegó el otoño… 

Releemos a Pessoa por aquello de buscar la melancolía otoñal, aunque los dos andamos sobrados de ella cuando estamos juntos. 

El otoño es tan maravilloso que nos une en el asco que te da a ti que empiece a llover y a hacer frío lo que lo convierte en atroz preludio del temido invierno y la angustia que me produce a mí llegar a estos días con un calor impropio, lo que lo transmuta en los estertores de mi repudiado verano de sudores y cuerpos al sol.

Lo único seguro en Otoño es pasear por Central Park, ver los colores y saber que se ha desbocao la primavera en miles de colores. 


"Hay el viento que esparce los reflejos
de Alicia desmembrada en el estanque"
(Central Park, Octavio Paz)




De repente llegó el otoño…

El otoño, tan propio él, volvió a convertirme en ciprés. Un ciprés alto, erguido y orgulloso, donde quiero guarecerte con mi sombra de los soles tardíos y cobijarte con mi cuerpo del agua y el frío tempranero.

Pero tú, linda y rebelde a la melancolía, buscas el advenimiento de la primavera y el refugio en arbolitos que aparentan ofrecerte mejor sombra y más seguridad a las borrascas. Y la encuentras sin saber, que esos árboles que no son este ciprés, no son más que presuntuosos y efímeros troncos que te ofrecen el apoyo necesario hasta que te recuestes lo suficiente para convertirte en enredadera y sea imposible que te separes de allí, aunque no te des cuenta hasta que llegue la primavera.

Parecen acogedores en tu melancólico otoño. Serán mortales cuando vuelvan los colores y se desboque la primavera. Porque no quieren que te desboques en primavera.



De repente llegó el otoño…


Y el ciprés otoñal sabe que en el fondo, no es más que un bonsái grande. Porque sabes que es un extraño bonsái grande, por mucho que aparente un árbol mortuorio, pero un bonsái que cada día saca una nueva hoja con la que cuidarte, sorprenderte.

Un falso bonsái de tamaño extraño, que cada día no tiene más ilusión que despertarte con un nuevo verso, una nueva canción.



De repente llegó el otoño…

Y el verso que hice cada día, te lo canté y se desbocó tu primavera… 

(Aunque yo siguiera en mi melancólica y mortuoria impostura otoñal tan lejana de esos meses de otro tiempo y de esos árboles de tan colorido y acogedor ramaje)




B.S.O. Otoñal I: Central Park (Loquillo)
B.S.O. Otoñal II: Puta (Extremoduro)

jueves, 8 de diciembre de 2011

Post urgente y acelerado




¿Dónde estuviste anoche?
¿Anoche? No tengo la menor idea. Hace demasiado tiempo
Y, ¿Qué harás esta noche?
No hago planes con tanta antelación
(Casablanca)


Érase una vez, en un mundo gris, una chica que iba acelerada a todos sitios...


“No hay tiempo” se decía al modo del conejo de Alicia sin que siquiera estuviera corriendo por un país de maravillas. 


Se había instalado en la prisa pensando que ella era diferente y nunca llevaba el mismo ritmo o el estrés de quienes le rodeaban y a quien tanto despreciaba.


Subía, bajaba… Iba, venía… Llegaba siempre a destiempo y se iba antes de lo deseado de todos los sitios…


“No hay tiempo” recordaba al conejo blanco, y ni siquiera recordaba lo que era tomar un té, más allá de las infusiones de hierbas medicinales que le había recomendado una amiga para que las tomara por las mañanas y pudiera ir bien al baño. Ni tiempo tenía para regular su tránsito intestinal…


Su trabajo era mortalmente absorbente, su vida social pasaba por meros encuentros puntuales y acelerados, y sus horas de sueño se limitaban a los momentos en los que, ya de noche, su cuerpo decía basta…





El metro era su hábitat natural. En él se veía diferente. Aunque corriera como todos. Subía y bajaba las escaleras en los transbordos entre líneas como si no fuera consciente de que pasaban metros cada poco, y que “perder” uno sólo le suponía esperar un par de minutos al siguiente.


Un día como otro cualquiera, subiendo unas escaleras como loca, sufrió un parón inesperado. Una inmensa espalda masculina le frenaba y no le permitía seguir su camino al ritmo habitual:



- Perdona: ¿Me dejas?
- Te dejo, te dejo… ¿Llevas prisa?
- Claro… Todos llevamos prisa
- Yo no
- ¿Me dejas? Me importa poco que tú no lleves prisa
- Si vas tan rápido a todos los sitios, te vas a perder muchas cosas por el camino
- Si no voy tan rápido, lo que voy a perder es el trabajo
- Tú sabrás. Pero estás perdiendo un tiempo precioso hablando conmigo
- Lo sé: ¿Me dejas pasar de una puta vez?
- Te dejo: Te he dejado siempre. Podrías haber pasado a mi derecha o a mi izquierda y no lo has hecho



Se paró a mirar. Se dio cuenta de que estaba en medio de unas escaleras donde ya no quedaba casi nadie, y podía pasar por cualquier lado. Estaba parada hablando con aquella preciosa espalda como si no llevara prisa. Como si no pasara el conejito blanco de Alicia diciendo que ya no le queda tiempo.



- No sé qué hago parada detrás de ti
- Estás delante
- Me voy
- No quieres irte
- Lo sé, pero tengo que irme
- Si hubieras seguido corriendo como siempre, no me hubieras conocido…
- Tampoco te estoy conociendo ahora mismo
- Eso tiene fácil solución: ¿Tienes tiempo para un café?



Miró a su alrededor. No vio Alicias, ni conejos blancos, ni despertadores irrespetuosos. Se vio a sí misma y agarró la mano de la preciosa desconocida espalda masculina que la había hecho parar en las escaleras del metro en su trasbordo habitual de todas las mañanas entre la línea 3 y 2 del suburbano.


Miró a su alrededor y se vio a sí misma corriendo a la derecha de ellos dos. Y luego a la izquierda. Y arriba, y abajo… En un instante vio su vida pasando por allí sin fijarse en ella misma al menos cuatro o cinco veces. Y no pudo hacer nada para llamarse la atención.


Miró a su alrededor. Sin prisas. Apretó la mano de la preciosa desconocida espalda masculina que la había hecho parar y se dejó guiar a la superficie.


Hacía sol. 


No recordaba cuánto tiempo hacía que no veía la luz del sol en Diciembre.


Se olvidó de sus prisas y se recordó a sí misma. 


Le besó como si estuviera besando todo el tiempo perdido.





Érase una vez, en un mundo multicolor, una chica que iba sonriendo a todos sitios...






jueves, 12 de noviembre de 2009

Buscando la Gripe A me he quedado en dos días de fiebre.

(Crónica de una convalecencia desaprovechada)

¿Cómo se busca una enfermedad? Las enfermedades vienen y van, pero nunca están cuando se las necesita. No he necesitado demasiado la enfermedad en mi vida. Me vale con la pereza y la desidia, se bastan ellas solas. Pero la busco con la “necesidad” con la que te tomarías un cubata de vodka cuando eres whisky-adicta. La necesidad no existe, pero beberse un ron (ahora que parece que lo bebe tanta gente) por mimetizarse con el grupo, aunque seas whisky-adicta es una forma de ver mundo. Aunque sea en el fondo de un vaso. Aunque sea en el fondo de los ojos de quien comparte la copa contigo. Sobre todo si es en el fondo de los ojos de quien comparte la copa contigo.

¿Cómo se persigue una enfermedad? Una de moda, no la peste, ni cosas de esas que ya casi ni quedan… Una gripe A, H1N1, de esas para las que te prescriben Tamiflu y que te dejan quedarte en casa aislada una semana como una apestada. Apestadamente a gusto, sin visitas (malditas y cobardes amigas), sin obligaciones (más allá de zapear enfermizamente entre la tremebunda programación matutina), recibiendo condolencias lastimeras por el móvil o por internet, descontando aterrada los días que quedan hasta volver al trabajo (por lo rápido que pasan y lo pronto que llega el final).

Me he abierto al mundo. He abierto mis putrefactos y negros pulmones al aire del mundo buscando la gripe A y he encontrado la fiebre. Ilusionada me he tomado la temperatura cada media hora viendo cómo mis constantes febriles seguían evolucionando a buen ritmo: 37’5, 38, 38’5, 39, 39’5… Y ahí he empezado a preocuparme. No es que me preocupe tener fiebres de 39 o 39’5 (para una chica de mi tamaño siempre han estado a la orden del día desde que tengo uso de razón), lo terrible es no encontrar más síntomas acompañando tan maravillosa e importante fiebre. Ahí es cuando se empieza a ser consciente de que algo raro pasa y no es la gripe A: Fiebre. Fiebre sin más. Fiebre y nada más. Fiebre al fin y al cabo.

No es que desprecie la fiebre, pero me sentí igual que en la mayor parte de mi adolescencia, cuando salías por la noche, echabas el ojo a la chica guapa del fondo de la barra, divina y maravillosa, y acababas haciéndole un favor a la pesada que se ha tirado toda la velada piropeándote y a la que no hiciste caso hasta que el bar se empezó a vaciar y viste frente a tí la terrible perspectiva de volver a casa sola. ¿Dónde se ha ido H1N1? ¿Por qué las mejores se van siempre con los demás? Con gente que no muestra el menor interés en ella. Con gente que sólo se acerca a ella porque está de moda…

No es que desprecie la fiebre. Siempre ha sido una buena amante. Pero no te sorprende. Ya no. Puede que las primeras veces te hiciera ver las estrellas o te arrastrara a insondables paraísos de locura, pero ya no. Me he acostumbrado a ella. Aunque siempre tenga la esperanza de que me sorprenda, me coja desprevenida, remueva mis entrañas, descoloque mis sentidos…

Según se cuenta, Kafka escribió más de una de sus famosas cartas bajo la influencia de un importante estado febril. Para que Lewis Carroll se adentrara en el mundo de su Alicia más conocida también tuvieron una importancia capital las fiebres. Pero estamos hablando de seres que podrían haber escrito millones de cosas sin recurrir a los delirios febriles.

Siempre que la fiebre llama a mi puerta, la recibo con ilusión. Pero podría venir 4 ó 5 días a la semana el resto de mi vida, y aún así no conseguiría escribir ninguna obra maestra. Lo asumo. Me pesa, pero lo asumo. Lo que no asumo es ser incapaz de escribir ninguna línea que verdaderamente merezca la pena y vea a la fiebre irse sin siquiera despedirse, como la aduladora ultimorecurso del bar de turno… Sin dejar poso, sin dejar por lo menos, algunos versos precisos (que no preciosos) que llevarme a la boca.

Algún día debería dejar de escudarme en todo lo que ocurre a mí alrededor, para recibir como Dios manda a mi amiga fiebre la próxima vez que tenga a bien visitarme. Dijo Picasso que
“las musas existen, pero tienen que encontrarte trabajando”, y yo no soy quién como para discutir a Don Pablo.

Pero, desgraciadamente, siempre me gusta ir a la contra…
¡Qué contrariedad!

Nota del Traductor:
Estas líneas no han sido escritas bajo el influjo de ningún estado febril. Tampoco consta que el Tamiflu haya tenido nada que ver. Cualquier contraindicación pueden reflejarla en los comentarios, abiertos siempre a cualquier aficionado (o no) a los medicamentos.


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