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martes, 17 de noviembre de 2015

El sexo al ritmo de la Marcha Radetzky





Érase una vez, en un reino muy muy lejano, una chica que vivía con sueños y aspiraciones de princesa. Una princesita que quería cambiar todo lo que veía a su alrededor, pero que no conseguía cambiar siquiera a sí misma. Una preciosa damisela que añoraba con melancolía ser querida y amada como todas las amigas le decían que tenía que ser querida y amada.

Érase una vez, en un poblado muy muy cercano, una joven que moría por cumplir sus afanes y deseos. Una chica que quería cambiar todo lo que le hacía infeliz por cosas bellas que la hicieran sentir bien dichosa. Una chica que peleaba por ser más querida y amada de lo que todas sus amigas le decían que debía ser.

Érase una vez, en una discoteca de reggaeton muy cerca de nuestras protagonistas, un príncipe azul y engreído que sentía en su interior que era capaz de ser feliz, repartir alegría y hacer sentir bien junto a él a cualquier chica o cualquier princesa que anhelara una vida mejor. Un chico que follaba al compás de la Marcha Radetzky en las mañanas de resaca. Un principito que utilizaba la Marcha Radetzky para hacer sentirse únicas y especiales a cualquier chica que encontrara en su discoteca de reggaeton cuando después se la llevaba a casa.

Érase una vez, una mañana que no era la de Año Nuevo. Una mañana de resaca como otra cualquiera tras una noche de perreo, bailes sudorosos, y alcoholes de dudosa procedencia. Esa mañana, esa neblina de los restos de la noche anterior, una princesita, una chica y un príncipe azul engreído, se encontraron aún borrachos de mañaneo, en una cama conocida pero extraña. Aquella mañana se amaron y buscaron la felicidad al ritmo de la Marcha Radetzky. Encontraron orgasmos y cariños que les hicieron ser mucho más dichosos, verse más cerca de sus sueños, sentir que podían cambiar el mundo desde sí mismos, creer que la vida merecía la pena vivirla.



Érase una vez, después de todas estas cosas que os he contado de chicas, princesas y principitos azules, alguien que se masturba al compás de la marcha Radetzky en una mañana de vuelta de fiesta de una discoteca de reageton. Érase una vez, la misma persona. Érase una vez, unos armónicos cariños y orgasmos en mi cama.

Érase una vez, todas estas y muchas más cosas. Siendo la misma persona de diferentes formas. Sintiéndome bien conmigo mismo. Teniendo en mi cama, tras mucho alcohol, todo lo que necesito para ser feliz, una vez que, sin ser la mañana de Año Nuevo, pulso el play y suena la Marcha Radetzky.





viernes, 1 de julio de 2011

Te debo un cuento (Capítulo Primero)

Se levanta decidida. Es el día. Es el momento. Es el instante buscado.
Llevaba tiempo detrás de ese preciso momento en el que se pondría a escribir lo mejor que nunca había escrito. Para ella. Se lo debía. Se lo había prometido. Lo iba a hacer. 
Había llegado la hora.
Para todo hay un momento adecuado, pero siempre lo reconocemos cuando ya ha pasado. Ella sabe que ese y no otro es el momento adecuado para escribir el cuento que le debía. Los demás no solemos encontrar nunca los momentos adecuados y nos conformamos con la ilusión de estar de cuando en cuando en el instante preciso en el sitio indicado, pero no es más que una mera ilusión de la que también nos damos cuenta después. Ella sabe que ese es el momento adecuado. Es el instante. Es el día. Está decidida.
Tiene claro que quiere escribir un cuento para ella. Está convencida. Está decidida. Es el momento. Sabe lo que quiere contar.
 


Siente que la echa de menos y sabe cómo quiere decírselo.
Pero no puede escribir un cuento basándose en una añoranza y en una sensación.

Quiere contar que ella se ha convertido en su motor, es la chispa de su vida.
Pero no puede escribir un cuento que parezca que está patrocinado por Coca-Cola.

Desea que sepa que su alimento más nutritivo es ella, sus carnes.
Pero no puede escribir un cuento que suene tanto a una canción de Sínkope.

Necesita que vea en la historia que ella hace que quiera ser mejor persona.
Pero no puede escribir un cuento que a todos recuerde lo que decía Jack Nicholson en Mejor Imposible.

Quiere que sepa que se ha convertido en su gasolina necesaria para seguir adelante con buen ritmo.

Pero no puede escribir un cuento que incite a perrear a ritmo de reggaeton.

Desesperada, cierra el cuaderno y se pone a llorar de impotencia. Eso ya era lo último. Que un cuento suyo, escrito para ella, tuviera referencias reggaetoneras… Así no podía ser.
Se da cuenta de que quizás, sólo quizás, se había vuelto a equivocar de momento. No es el día. No es el instante buscado. Aunque estuviera decidida.

Pero, igual que los mortales nos damos cuenta de que aquel era el momento adecuado cuando ya ha pasado, ella se dio cuenta de que aquel no era el momento adecuado cuando ya había pasado.

Hasta en eso era diferente.

Y decidió bajar a la discoteca latina que tenía en su calle a perrear un poco para que se le pasara el disgusto…
 
 

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