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lunes, 12 de julio de 2021
viernes, 14 de octubre de 2016
Ninguna historia sexy empezó jamás con "fui al banco esta mañana..."
Quizás
la diferencia pueda estar en el "esta" y en el "esa".
Parece algo con poca importancia. Una "t" más o menos".
Pero la "t" puede ser muy sexy. Con banco o no de por
medio. Las tes por la mañana mejoran los tes por la tarde. Aunque
poca gente sepa a qué me refiero. Sólo a quién he parecido lo
suficientemente sexy como para despertar conmigo sabe que las tes
pueden ser sexis. Incluso al despertar. Hay pocas cosas sexis al
despertar porque el mero hecho de despertar dificulta todo lo demás.
Nada se ve bien al despertar. Ni siquiera tú. Pero te prometo, con
te, que despertar(te) conmigo puede ser sexy. Aunque tengamos que ir
al banco esa mañana. Quizás, como decía la canción dormimos tan
juntos que despertamos siameses. Y cuando te despiertas así, da
igual al banco que haya que ir.
¡Bah!
Todo eso son tonterías, me dije mientras vertía un poco de café en
la encimera porque después de tantos años viviendo conmigo misma no
he aprendido que tengo que lavarme la cara antes de prepararlo.
¡Tengo
que ir al banco, joder! Me encantaría que hoy fuese un día genial,
pero ninguna historia sexy empezó jamás con "fui al banco esa
mañana". Algún día debo ponerme seria y dejar de estar
siempre en las nubes contándome la vida como una puta película.
Algún
día porque ese día tenía prisa. Tenía que ir al banco.
Ineludiblemente. La palabra ineludible es más bonita que su
significado. No digamos ya su forma adverbial ineludiblemente. Hay
muchas más pero se me empieza a hacer tarde y si hay algo peor que
tener que ir al banco una mañana sólo es llegar tarde y tener que
esperar porque hay miles de viejas y viejos haciendo cola en la
ventanilla para que le actualicen la libreta de ahorros. Yo también
debería actualizar mi libreta. Aquella en la que ahorro historias
sexis. Donde seguramente hoy no pueda apuntar nada porque ninguna
historia sexy empezó jamás con "fui al banco esa mañana".
Además, no tengo libreta de ahorros. Supongo que es una cuestión
generacional. Están esperando que mueran todos los viejecitos que
tienen una para darla por oficialmente extinguida y eliminar de una
vez uno de los mayores problemas de la banca española al nivel de su
deuda, los fondos buitres, el comercio de armas y la financiación
ilegal a partidos políticos: Las colas de gente para que se las
actualicen porque no saben hacerlo en el cajero automático y no
entienden que no hay que hacerlo a diario por mucho que no tengan
nada más en qué emplear su tiempo.
Me
dejé llevar por todos estos pensamientos de mala pécora y con mi
vestido de Cruela de Vil salí al mundo a desplegar todo mi
escepticismo al banco porque era consciente de que ninguna historia
sexy empezó jamás con "fui al banco esa mañana".
Quizás
la diferencia pueda estar en tener que ir al banco o en ir al banco.
Parece algo con poca importancia. Un "tener" más o menos".
Pero "tener" puede ser muy sexy. Con banco o no de por
medio. Tener(te) por la mañana mejora el tener(te) por la tarde.
Aunque poca gente sepa a qué me refiero. Sólo a quién he parecido
lo suficientemente sexy como para despertar conmigo sabe que
tener(te) puede ser sexy. Incluso al despertar. Hay pocas cosas
sexis al despertar porque el mero hecho de despertar dificulta todo
lo demás. Nada se ve bien al despertar. Ni siquiera tú. Pero te
prometo, con te, que tener(te) y despertar(te) conmigo puede ser
sexy. Aunque tengamos que ir al banco esa mañana. Quizás, como
decía la canción, dormimos tan juntos que despertamos siameses. Y
cuando te despiertas así, da igual al banco que haya que ir.
Todas
las grandes historias del mundo, TODAS, surgen de un orgasmo. Ninguna
historia existe si no es así. Pero si hay algún lugar alejado de un
orgasmo es, sin duda, un banco por la mañana. Tener que ir al banco
por la mañana no augura nada sexy, porque algo sexy debería
terminar, o que en el ambiente flotara la sensación de que
terminará, en orgasmo. Ni recordaba el último orgasmo compartido
cuando pasé por tercera vez el arco de seguridad de la entrada del
banco. Resulta que el llavero de madera que me regalaste ni es de
madera ni soporta el control de acceso al banco. La cola, como era de
esperar, era más grande que la que le supuse a aquel chico con el
que fantaseaba en sueños horas antes. Aquel chico que había vuelto
a desaparecer de mi vida sin siquiera llegar a entrar. Pero yo había
entrado en el banco y nada sexy podía pasar allí. Más aún cuando
en la fila de la ventanilla no estaba él, ni nadie que se le
pareciera por mucho que bajara el listón de mis expectativas hasta
niveles inferiores al récord del mundo de salto de altura para bebés
paralímpicos. Pese a todo, entre WhatsApps releídos y miradas
recurrentes al Facebook de mi ex y de sus amigos para ver con qué
novedades puedo hacer aquella mañana un poco más desagradable y
dolorosa, llegué a la ventanilla.
-
Señorita, su turno.
-Gracias.
Quería...
Aquí
el el secreto bancario y un rasgo estúpido de mi personalidad
(incoherente si lo ponemos en frente de la exposición de mi vida
en las redes sociales) me impide dar más información de la gestión
que iba a hacer y que trae a colación eso de que ninguna historia
sexy empezó jamás con "fui al banco esta mañana...". El
caso es que, esa gestión requería mi firma para completarla.
-
Firme aquí, señorita.
Y
dale con lo de "señorita". Busqué en el bolso un
bolígrafo. Metí la mano y entre todas las cosas que no tenían en
aquel momento ninguna utilidad (a no ser que quisiera sonarme los
mocos, tuviera que apuntar algo, sintiera la boca seca, quisiera
proteger mi cuello del fresco, sintiera que mi entrepierna me
indicaba sin venir a cuento que estaba en uno de esos días del mes,
sintiera la necesidad de dar brillo a mis labios o color a mis
mejillas, o varias actividades más o menos importantes que no merece
la pena relatar aquí porque si ir al banco esa mañana ya es poco
sexy, menos lo será si sigo por aquí) no aparecía el bolígrafo.
Ninguno de ellos. Pues nada, tendría que usar uno de los suyos. Un
bolígrafo del banco. Eso que es un símbolo de una sociedad enferma:
Un ente al que le dejamos que juegue con nuestro dinero y todas
nuestras posesiones nos permite que, para interactuar con él,
cojamos un bolígrafo que está atado a su estructura por una
cadenita, que bien podría ser la del WC, para que no nos lo
llevemos. Agarré el bolígrafo con rabia, firmé y para sentirme
mejor conmigo misma, disimuladamente, pegué un tirón de la cadenita
a ver si conseguía romperla o algo. Pero ese algo se convirtió en
un roce desagradable y un daño no previsto en la palma de la mano.
Frustrada, con escozor en la mano y cierta vergüenza poco sexy, me
retiré a seguir malviviendo el día con la historia que jamás
podría sexy tras ir al banco por la mañana
Quizás
la diferencia pueda estar en hacerse daño en el banco o en hacerse
daño por ir al banco. Parece algo con poca importancia. Una razón
más o menos entorno a un banco. Pero el dolor puede ser muy sexy.
Con banco o no de por medio. Hacerme daño contigo mejora el hacerme
daño sin ti. Aunque poca gente sepa a qué me refiero. Sólo a quién
he parecido lo suficientemente sexy como para hacerme el daño que
necesito sabe que el dolor puede llegar a ser sexy.
Al
darme la vuelta, con mi indignación bancaria y dolor en la mano, me
topé con él pero no le di importancia. Aunque olía bien. Muy bien.
Sin estridencias. A limpio. A nuevo. A rayo de esperanza en forma de
sensualidad de una mañana en el banco que no puede acabar en nada
sexy. Pero seguí hacia afuera. Hasta que, medio paso después, me
agarró del brazo demandando atención. Su mano era bonita.
Le
doy mucha importancia a las manos. Algún día debería mirar por qué
para poder explicarlo cuando me preguntan qué es lo primero en que
te fijas de alguien. Creo que podría enamorarme de unas manos aunque
ahora mismo no pueda encontrar la razón.
-Perdona,
te dejas esto.
El
resguardo de mi operación bancaria, encima de un flyer de algún
sitio que no recuerdo y el llavero de Palestina con la usb donde
llevo media vida. Azorada le di las gracias y lo cogí todo con
vergüenza y rapidez.
-
Y esto -insistió.
Me
sonrió disimuladamente y me dio por lo bajo la cadena del banco con
el bolígrafo que acababa de usar para firmar la sentencia de lo que
no puede inaugurar nunca una historia sexy. Descolocada reí. De esa
manera que ríes cuando quieres que alguien vea cómo lo haces pero
que el resto del mundo no se entere. Esa extraña forma de reír que,
si la detectas desde fuera y no eres protagonista en ello, da un poco
de asquete por lo ridículo de la situación. Pero ciertos actos
ridículos, cuando te encuentras dentro de ellos, son mágicos.
Incluso sexis. Aunque ninguna historia sexy empezó jamás con "fui
al banco esta mañana".
De
repente mi mente, valga la extraña rima, quizás contaminada por
alguna historia que me acababan de contar, voló a unas cañas con
aquel tipo, pasar al café, pedir esos licores como punto de
inflexión cuando dudas si terminar una cita o no, y despertar en una
cama extraña, feliz pero algo confundida. Esas cosas que les pasan a
otra gente. No a mí, aunque con la boca pequeña me diga que me
gustaría que me pasara muy a menudo. Esa boca pequeña que se hace
grande cuando ríe y besa. La misma que toma forma de "A"
sorda porque vi en la cadena un rastro de sangre. Asustada salí del
banco no sin antes hacer el esfuerzo por dejar una sonrisa flotando
en el ambiente para que él la cogiera.
Nunca
he sabido lanzar nada. Pero resultaba cómico imaginar en mi mente
cómo tiraba la cadena lejos en un acto de rabia enfadada con mi
falta de habilidad social con aquel simpático chaval y se me
enganchaba en una pulsera y me hacía más daño en la mano. Pero
claro, no era más que una de las tonterías que pulularon por mi
cabeza cuando caminaba fuera del banco esa mañana que estaba dando
la razón aquello de que ninguna historia sexy empezó jamás con
"fui al banco esta mañana...". Por mucho que ahora pensara
que lo que más me apetecía era que ese chico me dijera algo, nos
tomáramos unas cañas, las cañas dieran paso al café, para que
llegaran los licores, luego las copas, y acabar despertando juntos en
mi cama o en la suya.
-
¿Te duele la mano?
-
No, me escuece un poco, pero está bien, gracias.
-
Déjame ver.
E
hizo el ademán de acercarse a mí y agarrar mi mano pero yo me
retiré por un extraño instinto que no llegué a comprender.
Rápidamente intenté solucionarlo dejando otra sonrisa en el
ambiente para que él la cogiera y le acerqué la mano.
Hacer
ademán de algo es una expresión que deberíamos usar mucho más.
Aunque sólo fuera por lo bonita que es. Y dejarse coger la mano por
las suyas, también. Eran preciosas. Sus manos, no las mías que las
tengo muy vistas. Le doy mucha importancia a las manos. Algún día
debería mirar por qué para poder explicarlo cuando me preguntan qué
es lo primero en que te fijas de alguien. Creo que podría enamorarme
de unas manos aunque ahora mismo no pueda encontrar la razón. No
tengo que enamorarme de esas manos, me digo una y otra vez. Son unas
manos que acaban de estar detrás de ti en el banco y todos sabemos
que ninguna historia sexy empezó con "fui al banco esta
mañana...". Pase lo que pase, no inicies nada. Nada sexy puede
salir de esta historia.
-
Tienes unas manos muy bonitas.
-
Gracias, la tuya también.
-
¿Lo he dicho en voz alta?, dije haciéndome la tonta y haciendo el
ademán de ruborizarme.
-
Pues no estoy seguro, pero yo lo he oído.
-
Nada, me escuece un poco, pero es que soy muy bruta.
-
No lo pareces. Y decir las cosas en alto tampoco es de ser bruta si
de verdad se piensa algo. Te lo agradezco.
-
Me refería a la mano.
-
Lo sé, pero con la herida de la mano no sabría seguir la
conversación.
-
¿Y cómo la sabes seguir?
-
Pues más o menos así.
¡Proponme
tomar una caña! No te lo pienses más. Es fácil. Seguro que no
tienes nada que hacer. Tú lánzate a proponerme una caña que yo te
ayudaré a ponerlas en plural, a darles café, unos licores y unas
copas... ¡Dios! Estoy enferma o muy necesitada. A lo mejor es lo
mismo, claro. Por lo menos no me está escuchando ahora, eso seguro.
Aunque mi mano se siente cada vez más cómoda entre las suyas. No
llevo bien el contacto físico cuando no es lo esperado y aquello no
era normal. Y menos al salir del banco porque ninguna historia sexy
empieza nunca con "fui al banco esta mañana..."
-
¿Tienes prisa?
-
No mucha, ¿por?
-
Te invito a una caña y me cuentas.
-
Poco te puedo contar. Ya has visto lo rápido que ha sido todo en el
banco.
-
Puedes contarme otras historias más interesantes. Tampoco hace falta
que la empieces con "fui al banco esta mañana..."
-
Te acepto la caña pero me dejas empezar la historia precisamente con
eso. Creo que de ahí pueden salir muchas cosas.
-
Acepto.
-
¿Me devuelves la mano?
-
Sí, perdona. Pero luego me la dejas ver otra vez.
-
Claro. Y que la cuides tan bien como ahora. Tienes unas manos muy
bonitas.
-
Ahora estoy seguro de que lo has dicho en alto.
-
Lo sé.
Quiero
decir muchas cosas en alto. Quiero gritar, pero eso no se lo voy a
decir. Lo tiene que descubrir él. Y si no lo descubre será porque
ninguna historia sexy empieza nunca con "fui al banco esta
mañana..."
-
Me he puesto tu camiseta, no te importa, ¿verdad?
-
¿Por qué? ¿No es raro que después de toda una noche viéndonos
dormidos nos tengamos que tapar con algo?
-
Raro no, es más bien un cliché de película americana. Y tu
camiseta es muy fea, perdona que te diga.
-
Pues bien que te la quieres poner.
-
Tiene un barco.
-
¿Un banco?
-
No, un barco.
-
¿Y qué?
Mira
chico, no te pienso contar ahora lo que significan los barcos para
mí. Aunque resulta curioso que hayas entendido banco en lugar de
barco. Se me ocurren muchas historias sexis con "fui al barco
esta mañana".
-
Un día me levanté por la mañana y no me gustó el barco en el que
iba. Nunca he entendido de barcos.
-
Yo tampoco, realmente la camiseta tiene un barco pero si te fijas
bien es de publicidad de un banco.
-
¡No me digas! Yo estaba mirando que no sé qué barco es.
-
Ni idea. Entiendo tan poco de barcos como de bancos.
-
Yo no sé diferenciar entre una canoa o un kayac, o entre un velero y
un catamarán. Sé muchos nombres de barco pero no por ello entiendo.
Parecería lo contrario si nombro una carabela o un transatlántico
aunque no es así.
-
Ya sabes más que yo de cuentas corrientes, de hipotecas, fondos de
pensiones o ayudas al pequeño negocio.
-
Pero sabes robar al banco.
-
¿Cómo?
-
La cadena.
-
¡Ah! Eso... ¿Cómo tienes la mano?
-
Bien, gracias, me la has cuidado muy bien.
-
Un placer.
-
El caso es que conozco más nombres de barcos que tipos: El
Mayflower, la Pinta, la Niña y la Santa María, el Titanic, la
Dorada, el Maine, el Nautilus... Este último es un submarino de
ficción, sí, pero seguro que se puede utilizar como barco.
-
Tú tienes un problema con los barcos. Y con los bancos, sospecho.
El
caso es que aquella mañana me desperté y no me gustó el barco en
el que iba. Pero lo que realmente no me gustó fue despertarme sola,
rodeada de agua por todos lados y a punto de ahogarme. Sé que dicen
que ninguna historia sexy empezó jamás con "fui al banco esta
mañana" pero también sospecho que me da un poco igual.
-
Tengo que ir al banco esta mañana.
-
¿Otra vez? ¿No será una excusa para librarte de mí?
-
Tengo que ir al banco esta mañana...
jueves, 3 de julio de 2014
Lo peor de no usar corbata habitualmente es no poder usarla para atar tus manos cuando quiero follarte
Mi vida está llena de frustraciones. Algunas reversibles cual
camisetas de tres al cuarto. Otras irremediables como las
limitaciones físicas derivadas de la edad o estados carenciales del
organismo. Pero las más duras, por lo estúpido de su explicación o
lo anormal de su causalidad, son las que provienen de cuestiones
estéticas. El no follar por no gustar. El no ser nadie por no tener
un cuerpo diez. El ser despreciado por vestir diferente. El no poder
atar tus manos con una corbata para follarte porque nunca uso
corbata.
La ausencia de corbata en mi modo de vestir da un toque desenfadado a
mi estilo. Proporciona libertad a mi cuello y mi garganta. Me impide
trabajar en ciertas empresas, despachos e incluso en organismos
oficiales. Pero lo más duro de no usarla es no poder atarte las
manos para follar contigo.
A pesar de ello, me levanto de la cama y le digo “buen día” al
mundo con la ilusión de que antes de llegar la noche todas estas
cosas que me pasan por no llevar corbata sean intrascendentes y
consiga que te abalances sobre mí en cualquier momento y me asfixies
con lo primero que tengas a mano. Y la ilusión me llega hasta que en
la noche cierro los ojos buscando un nuevo día sintiendo el agobio
extraño en la garganta que me oprime como si usara corbata a la
manera en la que alguien siente como le pica un miembro amputado. A
pesar de ello, el “buen día” deposita todas sus esperanzas en la
noche, que es cuando más cerca estamos la una del otro, porque es el
momento en el que más posibilidades hay de caer juntos y desnudos en
la cama. Cuando ya no importen las corbatas y el silencio de lo que
nos rodee se haya convertido en oscuridad cómplice.
En ocasiones creo que lo pienso todo demasiado y eso hace que te
vayas de mi lado sin ni siquiera dar importancia a que lo peor de no
usar corbata habitualmente sea no poder usarla para atarte las manos
cuando quiero follarte.
En el fondo no es más que una más de mis imposturas estéticas.
Solo quiero despertar y tras el “buen día” ver que una vez más
los periódicos mienten sobre mí: "Él no era una persona normal ni
saludaba siempre a todos sus vecinos".
Llevara o no llevara corbata...
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martes, 5 de junio de 2012
Cuando queríamos ser Johnny Deep…
"Para mí, lo más importante acerca de la vida en este planeta es saber quién diablos eres y ser real al respecto. Esa es la razón por la que todavía estoy vivo"
(Keith Richards)
Se retiró a los Estudios de Grabación en aquella pequeña isla del Caribe. Un pequeño lujo sólo al alcance de los más grandes. Se lo había ganado a pulso. Años y años pateándose los antros más infectos conviviendo con el público menos agradecido que se puede llegar a encontrar, dieron paso a una época mejor que progresiva y sorpresivamente (para el gran público, no para quienes la conocemos) la llevó al estrellato.
Ahí se vino todo abajo.
Lo tenía todo a su disposición. El mundo a sus pies. La crítica la ensalzaba y el público masivamente la adoraba. Reventó. No pudo soportarlo. Desapareció del mapa. Pero no podía vivir sin componer. Lo llevaba en la sangre. Era una droga que sabía que tarde o temprano la mataría, pero que no podía (ni quería) evitar tomarla.
Tras una misteriosa desaparición de casi dos años en la que no se supo nada de ella (Muerta por las drogas, arruinada por su adicción al juego, víctima de unos desamores interesados o mil millones de diferentes y escabrosas versiones se dijo entonces) apareció en una foto de un paparazzi que andaba de vacaciones por aquella pequeña y poco transitada isla caribeña.
Era ella, sin duda alguna. Aparecía en la foto en una playa semidesierta, sola y enfrascada en la lectura de un libro.
Tras analizar detenidamente la foto y aplicarle varios zooms con las técnicas más modernas, se filtra al mundo que el libro que lee es “Sobre lo espiritual en el arte” de Kandinsky.
La elección de ese libro, su postura en la butaca, la orientación de su cuerpo hacia el mar y el sol, la soledad de su figura, el color de su bikini… Todo fue analizado hasta la saciedad para crear teorías sobre su ausencia en los últimos tiempos, y su presencia y reaparición (no planeada) en las noticias del mundo entero y en los foros de admiradores de todas partes.
Incluso se filtró una canción. Alguien robó un máster del estudio de grabación en aquella pequeña isla del Caribe y la vendió a la prensa. Vivió mucho tiempo aterrada con la posibilidad de ver algún video o foto suya comprometida por ahí. Eran muchas las personas en las que había confiado en su vida, y alguna de ellas (más de las debidas) tenía pruebas en foto o video de sus tórridos encuentros. Pero aquello le dolió mucho más. Se filtró una de sus últimas creaciones.
"Quiero ser Johnny Deep
Quiero verte sonreír
Sentir que me deseas
Amarte como creas
Y dejarte morir..."
Ahí empecé a hilar toda la historia. Sería muy complicado explicar cuán importante era para mí que en aquella canción saliera el nombre de Johnny Deep. Resultaría largo y tedioso contarles porqué aquello tenía todo el sentido del mundo. Sólo les explicaré que en nuestros últimos encuentros, durante mucho tiempo, nos referíamos a los buenos tiempos, a nuestros tiempos, diciendo aquello de “cuando queríamos ser Johnny Deep”.
“Cuando queríamos ser Johnny Deep” yo estaba convencida de que ella triunfaría tarde o temprano y que se olvidaría de mi. Ella estaba encantada pensando que estaba destinada a triunfar tarde o temprano y que sería yo la que la olvidaría a ella, o me apartaría sin más. Ni el éxito ni nada por el estilo nos separó, fuimos nosotras mismas las que olvidamos el tiempo aquel “cuando queríamos ser Johnny Deep”.
Lo comprendí todo, creo, mejor que nadie. Evidentemente seguí el asunto con un angustioso y morboso interés digno de cualquier maruja que compra revistas del corazón pero dice que tampoco le interesa demasiado.
Lo último que se supo de ella fue un extraño reportaje en aquella revista musical que tanto le gustaba. Fue el único medio que tuvo acceso consentido a ella, porque ella así lo quiso. Y el entrevistador, con ínfulas de grandeza y aspiraciones de Pulitzer hizo un trabajo muy alejado de lo que, seguramente, ella hubiera querido:
Revista “Musical Star”. Edición Norteamericana, número 721, Marzo del 2012, página 12 (Extracto):
- Entrevistador: Dicen que tu carrera es como una montaña rusa y que eres multidisciplinar y muy inquieta. ¿Qué podemos esperar de ti en el futuro más lejano? ¿Qué quieres ser de mayor?
El silencio se hace en aquella cafetería del hall del Hotel donde realizamos la entrevista. Nuestra misteriosa, y hasta ahora, desaparecida amiga resopla resignada. Parece que va a salir con uno de sus temibles exabruptos que tanto nos dan que hablar a los periodistas, pero sube la mirada, con una humildad impropia de una estrella de su magnitud, con cierto dolor incluso y me dice, muy tiernamente:
- Ella: ¿Me guardas un secreto? Lo único que me pido a mí misma, porque a la vida no le puedo pedir nada que yo no pueda darme, es nunca llegar a ser esa señora de unos sesenta años a quien la vida parece haberle pasado por encima y que me dé cuenta de ello. Sólo pido eso, nada más. Lo demás tendrá sentido si yo lo siento bien.
Dijo su agente tiempo después de que todo acabara, seguramente esperando alguna oferta por la biografía que estaba escribiendo, queriendo demostrar que sabía más que nadie sobre ella, que el día que salió publicado aquello se enfadó con la revista, con el entrevistador y, sobre todo, consigo misma. Una vez más había confundido una confidencia, un coqueteo, una amabilidad, con algo que no era…
Contaba que cuando conoció a Keith Richards, uno de los puntos más álgidos de su carrera, escuchó de su boca que nunca se fiara absolutamente de nadie, y menos si le mostraban admiración o la adulaban desmesuradamente. Le explicó que ser Keith Richards es mucho más de lo que la gente le demuestra a Keith Richards y mucho menos de lo que quieren hacer creer a Keith Richards.
Yo nunca creí la historia de que conoció a Keith Richards. Pienso que fue la única mentira que me contó en su vida. Pero siempre me encantó la manera en la que imitaba a Keith Richards diciéndole “no te fíes nunca de nadie, ni siquiera de mí… Sobre todo de mí”, aunque supiera que era una invención más.
Una creación como tantas otras.
Maravillosa.
A partir de ahí, la historia se definirá y concretará en el homenaje que le dan este mes en el Madison Square Garden. Se rumorea que Johnny Deep será el maestro de ceremonias.
Sé que nunca se conocieron. Pero yo, que sorprendentemente estoy invitada, también sé qué significaban aquellas manos entrelazadas “cuando queríamos ser Johnny Deep”…
Cuando todo esto pase, será el momento de hacer balance, de volver a escuchar sus canciones, de rebuscar en su obra honrando su memoria. De agradecer a quien corresponda, la suerte de haberla conocido y haber estado cerca en sus mejores tiempos.
Hoy sólo me queda el consuelo de lo que fuimos.
Y me disculparán ahora. Les prometo que algún día contaré toda la verdad de aquellos días “cuando queríamos ser Johnny Deep”…
B.S.O.: Wild Horses (por Keith Richards y amigos)
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jueves, 3 de mayo de 2012
Cosas pasadas de moda: Escribirte
Voy a dejar de escribirte aquí.
He decidido darle un giro copernicano (¿Qué diablos querrá decir “giro copernicano”?) a todo lo que hago.
A partir de ahora no te busques en mis líneas (Hace tiempo alguien me dijo que la buscara en sus rayas, pero no tiene mucho que ver).
De hoy en adelante prometo serte consecuentemente infiel.
Voy a escribir para otros.
Voy a escribir para mí.
Voy a escribir para él.
Voy a escribir para ella.
Voy a escribir para ello.
No intentes descifrar mensajes ocultos, no los habrá.
Anoche se acercó un chino a venderme una flor cuando compartíamos risas, caricias y alcoholes en aquel bar y me preguntaste qué le había dicho para que se fuera sin insistir demasiado. No te dije nada pero rechacé la rosa con unas palabras y se fue por dónde había venido.
Pesarás que todo esto no es más que otro mensaje para ti, una reivindicación a tus ojos lectores que tanto necesito, a un futuro juntos donde yo escribo para ti y tú lees para mi, a una mirada cómplice en unas cartas públicas…
Pero nunca debes olvidar lo que dijo Dennis Valmont momentos antes de abandonar la escritura para siempre:
“Mis manos han sido guiadas por una embustera. No quiero matarla, por eso me las corto”
Sí, es cierto, Dennis Valmont volvió a escribir tiempo después, aunque sin manos, ayudado por su nuevo amor. Pero de ella, de la primera, de la embustera, de la importante, nunca más se supo. Quizás porque él dejó de escribir para ella.
Te voy a confesar algo. Voy a escribir algo para ti aquí por última vez: Al chino aquel le dije que no necesitaba la rosa porque ya habíamos follado. Me guiñó un ojo y se largó.
O eso creo, porque con los chinos y sus ojos rasgados nunca se sabe…
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miércoles, 5 de octubre de 2011
Leyendo al revés
¿Has probado leer un libro al revés? No letra a letra, inversamente, sino cogiendo el epílogo, después el último capítulo, el penúltimo… Para así ir deshaciendo la historia y los personajes hasta llegar a su nacimiento.
Pues no vamos a hacer nada de eso… Esto es cabezadeavestruz, no vengas buscando aquí cosas que no encuentras en otros sitios. Hoy vamos a deslavazar una historia, en este caso, una nuestra, una que conocemos linealmente y que tú vas a poder diseñar como te plazca, a fin de cuentas, tú decides si sigues en esta página o si pasas al porno que habitualmente visitas a estas horas.
Estás asustada. Te falta el aire y no sabes muy bien qué hacer. Lo que antes era un estruendo tremendo ahora se ha convertido en un silencio inquietante. El Peach Pit es ahora un conglomerado de cristales, cuerpos, restos de comida y sangre. Hacía días que estabas deseándolo, pero nunca te atreviste hasta este momento. Que no te dejaran entrar a la última barbacoa en el chalet de los Walsh fue la humillación que había colmado el vaso. Juraste odio eterno a los mellizos Brenda y Brandon, que simbolizaban todo lo que siempre habías detestado. Tú siempre habías sido más de Dylan Mc Kay, por aquel rollo de malditismo, de malote irredento, de motero encuerado, de espíritu libre… Pero hasta Dylan te había fallado cuando te enteraste que era uno más de la pandilla y que aparte de Kelly, su gran amor era la pavisosa de Brenda Walsh… Contra los demás no tenías mucho más, pero precisamente por eso también te resultaban odiosos: No se puede ser feliz siendo tan insulso.
Estás a punto de tropezar. Te cabreas contigo misma y miras al suelo. La cabeza reventada de Donna Martin casi te hace caer. Le pegas una patada y vuela con su melena rubia ensangrentada contra el último cristal que quedaba entero en el Peach Pit.
Te viene a la memoria una extraña melodía que acompañas con un doble movimiento a modo de golpe al aire con el puño. Hoy eres un poco más feliz que ayer.
Le das un beso a tu mujercita y sales de casa de la mano de tu hijo de cuatro años recién cumplidos. Abres el coche con el mando a distancia y conduces camino al colegio para dejarlo allí. En veinte minutos estás llegando a la puerta de tu trabajo. Bien remunerado, como siempre quisiste, con posibilidades de ascenso y gran prestigio social. Antes de bajarte del coche piensas que llevas la vida que siempre soñaste. Subes la radio porque suena aquella canción que tanto te emocionaba hace años. Sigue pareciéndote buenísima y te trae recuerdos de una época en la que, aunque no lo decías, soñabas con todo lo que tienes ahora. Tu mujer está a punto de darte tu segundo hijo. Una niña, como tú querías. Todo es terriblemente perfecto. Tienes un grupo de amigos que te quieren y admiran en igual proporción. Todo es como siempre habías soñado… Y tarareas…
Pero algo te impide bajar del coche y subir a la oficina. Y eso que llegas con unos minutillos de retraso. Pero no tienes prisa, no sabes bien qué te pasa. Por un momento fantaseas con arrancar el coche, coger la carretera y huir de toda esa vida perfecta que vives y por la que tanto has peleado. Por un momento te crees capaz de hacerlo. Minutos después estás esperando que se encienda el ordenador mientras cuelgas la chaqueta en la percha de tu despacho. Te sientas mientras los correos electrónicos empiezan a descargarse. Miras la pantalla y te preguntas incrédulo porqué te pasará lo mismo todos los martes por la mañana. Tu secretaria te trae un café y descubres, con pesar, que no sabe como a ti te gusta.
Sales corriendo de la iglesia. Has escupido al cura justo cuando te iba a dar la comunión. Era tu primera comunión, un día especial en la vida de todo niño. Toda tu clase estaba allí, tus primos, tus parientes… Pero tú sólo tenías un pensamiento: No te habían regalado el reloj calculadora que te habían prometido. A Carlitos y a Toñi, sí. Pero a ti no. No crees que pueda haber un momento en tu vida en el que te vayas a sentir peor, y encima, el cura se empeña en que te des prisa. ¡Por Dios! ¡Que es el Cuerpo de Cristo! Te lo metes en la boca y se te atraganta al amasarse con todos tus pensamientos y frustraciones. Además, Sara te está mirando con esa sonrisa pizpireta que tanto te gusta. El cura te mira con cara inquisidora y no puedes más: Se lo escupes apuntando a aquel repulsivo mentón que tanto se tocaba con los dedos cuando os contaba las magnificencias de aquel melenudo llamado Jesús de Nazaret que murió por todos nosotros sin que nosotros se lo pidiéramos. Y tú mientras tanto, pensando en la sonrisa pizpireta de Sara. La hostia le da de lleno y toda la iglesia parece que se había puesto de acuerdo un segundo antes para provocar el mayor de los silencios y que el impacto resuene en toda la archidiócesis. Ni siquiera Carlitos y Toñi están riendo en ese momento, ni siquiera la odiosa madre de Julián está haciendo fotos en ese momento, ni siquiera el guapete chulito de la guitarra que da catequesis está susurrando nada al oído de las chicas que compiten por sentarse con él cuando canta en el coro en ese momento… NADA, todo se había hecho silencio, y el impacto de la hostia sonó como cuando arrojaste las bolas que hacías mojando el papel higiénico contra la espalda de Fran en las duchas después del entrenamiento…
Corres y corres, pero todo te da igual. Tú sólo quieres el reloj calculadora que no te han regalado.
Te pasas una mano sobre la otra. Miras las yemas de tus dedos y recuerdas que esas arrugas han sido provocadas por muchas sensaciones que pasaron por allí. Sonríes como un estúpido recordando los cuerpos que tocaste. Te acuerdas de aquella voluptuosa muchacha de la que no recuerdas el nombre pero nunca olvidarás que te exigía que la acariciaras con fuerza, como si no costara. Recuerdas aquella prostituta que pagaste y a la que no te pudiste follar porque te encantaba la tersura de su piel al paso de tus dedos y eso te distrajo de cualquier otra cosa. Añoras a tu segundo amor, al que con cualquier roce hacías estremecer, sin que ella supiera que tú te estremecías más que ella. Recuerdas el cuerpo suave de aquella que te dijo que te quería pero que era mentira, aunque tú la sigues queriendo. Fantaseas con tus manos en todos los cuerpos que tu memoria ya no distingue. Imaginas tu dedo índice recorriendo la columna vertebral desde el nacimiento del pelo hasta el inicio de las nalgas de esa chica a la que nunca podrás olvidar, por mucho que ella siempre creyera que no era importante para ti. Recuerdas, recuerdas, recuerdas… Pero no tienes nada que tocar con tus manos. No hasta que llega Flora. Con su cariñoso acento sudamericano te pregunta que cómo estás hoy a lo que tú le respondes con tu mejor sonrisa. Te coge de la mano y te estremeces. Como tantas otras veces. Esa mano es el cuerpo de todas las mujeres que amaste. Esa mano es la piel de todas las mujeres que sigues amando aunque ya no recuerdes. Esa mano es la que te hace levantarte de buen humor todas las mañanas. Recordando el día anterior. Y así, un día tras otro. Esperas que llegue Flora. Pasándote una mano sobre la otra. Esperando que te dé el paseo antes de cenar en aquel apestoso asilo donde todo es tan maravilloso cuando ella (y todas las demás) te agarran de la mano.
Te sientes sucia. Te sientes mal. Tú mejor amiga se acaba de acostar con el chico te gusta. Crees que nada tiene sentido en este mundo. Estás convencida que empezó a hacer dieta, la muy zorra, sólo para eso. Era la que te apoyaba siempre, érais inseparables, estaríais juntas toda la vida, pero un simple chico –muy guapo, eso sí- gilipollas os ha separado. Y la odias como nunca has odiado a nadie. Te sientes sucia por desear que les vaya mal, sobre todo a ella. Te sientes mal porque crees que ha hecho trampas haciendo dieta para estar más delgada.
Y, sin saber muy bien porqué, tanta dieta desleal te lleva a la receta. A la receta para hacer un poema dadaísta. Y a la manera Dadá, coges el primer periódico que te encuentras y te sumerges en él con las tijeras. Por un momento piensas qué harías con esas tijeras si la tuvieras delante, pero se te pasa rápidamente y piensas qué harías con esas tijeras si le tuvieras delante, pero se te pasa rápidamente y te pones a recortar antes de que pienses qué te harías con esas tijeras teniéndote delante. Porque te tienes delante. Y escoges un artículo del tamaño de su culo antes de empezar la dieta. Y recortas todas las palabras del artículo pensando que cada corte es un tajo que le haces a él en su cuerpo. Y las metes en una bolsa y la agitas. Y sacas las palabras recortadas y las pegas en un papel en el orden que te han salido, el orden al que ellos te han empujado. Y la receta del poema dadá dice que ese poema que ha salido se parece a ti. Pero te ha salido un anónimo con amenaza de muerte. Dirigido a ella. Debo haberlo hecho mal, piensas con intención de repetir la operación. Y repites cogiendo un artículo que no sea de la sección de sucesos. Y vuelves a hacerlo todo paciente y meticulosamente. Y la receta del poema dadá dice que ese poema que ha salido se parece a ti. Pero te ha salido un anónimo con amenaza de muerte. Dirigido a él.
Te desesperas.
Repites la operación. Y te sale un anónimo con amenaza de muerte. Dirigido a ti. Y decides no volver a repetir la operación porque piensas que los dadaístas eran un poco raros. Y sigues odiándolos hasta la semana siguiente cuando ella te diga que él es un gilipollas y que no merece la pena…
¿Has probado leer un libro al revés? No letra a letra, inversamente, sino cogiendo el epílogo, después el último capítulo, el penúltimo… Para así ir deshaciendo la historia y los personajes hasta llegar a su nacimiento.
Pues inténtalo hacer con tu vida. Deshaz el camino que has llevado e intenta volver al útero materno. Pero no digas que lo has leído aquí…
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