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martes, 7 de abril de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 12): Precipítate, mézclate conmigo.



Sonó aquella canción.

Esta sí te gusta, ¿verdad?
Bueno, es de toda la vida.
Pero, ¿tú qué edad tienes?

Más que tú. Por supuesto. No te acerques tanto. No te pongas ahí. Claro que conozco la canción. Resulta que la hizo famosa Pedro Guerra pero la cantaron antes Ana Belén y Víctor Manuel. La cantó posteriormente Pedro, que no era conocido pero era el autor, y con ella abrió la puerta del gran público y se coló dentro. Luego la retomaron Ana Belén y Víctor Manuel. Contamíname. Pero ya la conocía casi todo el mundo. O algo así. No sé, siempre he creído que en esto de las historias alrededor de las canciones hay más leyenda que realidad. Mézclate conmigo. Y que te tienes que fiar de lo que te cuentan los implicados. No te acerques tanto, de verdad.



Mézclate conmigo.
Me vas a contaminar.
Es la idea. Mézclate.
¿Sabes que me estoy asomando peligrosamente a tu escote?
Lo he puesto aquí para eso, ¿no te habías dado cuenta?
Me lo había parecido.
Contamíname, méclate conmigo. ¿Te da miedo mi escote?
Francamente, sí.
Pero te excito.
...

Llevo excitado desde que tengo uso de razón. Quizás por eso, paradójicamente, me controlo más de lo debido. Porque llevo conviviendo con ello desde que soy persona. Lejos de sentir la excitación como algo por lo que dejarse llevar, lo considero algo intrínseco a mí. He creado tolerancia a la excitación como si de una droga cualquiera se tratara. Que lo es. Algunas personas buscan la excitación por ahí. Yo la tengo dentro como si me hubiera caído de pequeño a la marmita con la poción mágica del MDMA. 

Claro que me excitas.
Precipítate.

Sonó otra canción. No era de Pedro Guerra. Ni de Ana Belén y Victor Manuel

No recuerdo qué canción sonó. 


B.S.O.: "Contamíname" (Pedro Guerra, Victor Manuel y Ana Belén). 

miércoles, 20 de marzo de 2013

Tirando de archivo: "De vez en cuando la vida nos besa en la boca"



La siguiente historia fue colgada en cabezadeavestruz el ya lejano 14 de febrero de 2011. Aprovechando la llegada de la primavera y con el afán didáctico que nos caracteriza, queremos rememorar los fríos que aún no nos han abandonado del todo, ahora que el cambio de estación aparece como la oportunidad ideal para creer que nuestra vida va a cambiar, va a ir a mejor, simplemente por el hecho de que la temperatura nos gusta más... 





I: Ella
Se apoyó en el quicio de la puerta como cualquier otro día. Esperaba clientes. No tenía cuerpo para nada, aunque lo necesitaba más que nunca. Hacía días que el frío había llegado Madrid sin avisar, y a ella se le olvidó disminuir su escote.
Ya no tenía solución: La nariz le estaría moqueando hasta bien entrada la primavera. “Mala época” pensó para sus adentros, mientras recordaba que ayer tampoco había cenado. Tal vez hoy pueda ser un buen día…
Pero no lo fue.
Al día siguiente volvió a apoyarse en el quicio de la misma puerta. Esperaba clientes. Seguía sin tener cuerpo para nada, pero su escote era la imagen más hermosa que se podía ver en varias manzanas a la redonda.
En esas mismas manzanas a la redonda, hacía un tiempo que se venía escuchando los acordes de un trovador que le alegraba un poco las largas esperas. Como decía aquella vieja canción, a ella le encantaba que él cantara porque le hacía sentir bien. Al menos, le hacía sentir mejor.

II: Él

Se colocó con su guitarra en la boca de metro de costumbre, como casi todos los días. Esperaba que la gente al pasar fuera más generosa hoy. No tenía ánimo para nada, pero cuando enlazaba tres o cuatro acordes olvidaba porqué estaba allí y que poca gente se paraba a escucharlo. Y tras tres o cuatro canciones, estaba cerca de no darse cuenta de que no le habían dado ni para un mísero café con el que calentar el cuerpo. El frío de Madrid ya no lo contrarrestaba casi ninguna canción. Cada día le costaba más mover sus dedos por los trastes del mástil ajado de su vieja guitarra. “En primavera suenan casi todas las canciones mejor”, pensó para sus adentros, mientras recordó que ayer tampoco había cenado. Tal vez hoy pueda ser un buen día.
Pero no lo fue.
Al día siguiente volvió a colocarse en el mismo sitio. Esperaba generosidad. Seguía sin tener ánimo para nada, pero sus canciones eran los sonidos más hermosos que se podía oír en varias manzanas a la redonda.
Por aquellas mismas manzanas, hacía un tiempo que tenía localizado un escote que le alegraba un poco las largas esperas. Como decía aquella vieja canción, a él le encantaba aquel escote porque sólo con verlo se inundaba todo su ser de alegría. Al menos, le hacía sonreír.

III: Ella y Él
Andrea salió de su pueblo hace muchos años con intención de ser actriz. Un montón de tiempo después, alejada ya de aquellos sueños de adolescencia, se dedicaba a actuar en privado para todo aquel que le diera unos euros con los que ir tirando.
Julián salió de su pueblo hace muchos años con intención de ser cantante. Un montón de tiempo después, alejado ya de aquellos sueños de triunfo masivo, es feliz cuando alguien le sonríe al escuchar sus canciones, aunque haya días que no saque para cenar. En privado se reconoce cantante, aunque no sea suficiente para ir tirando.
Andrea tiene días mejores y peores. Los mejores siempre tienen banda sonora. Julián le quita muchas penas con sus acordes, aunque él no lo sepa.
Julián hace tiempo que varía su ruta para llegar a su escenario sólo por cruzarse con su escote. A veces se siente mal porque sabe que reconocería ese escote entre un millón, pero casi ni conoce la cara a la que pertenece. Piensa que un romántico como él no puede permitirse esas veleidades tan carnales.

IV: Ella, él, el pasado y el futuro.
Julián lleva tiempo con ganas de presentarse a ese escote. Lleva tiempo obsesionado con conocer mejor la cara a la que pertenece ese escote. Tiene ganas de saber a qué suena su voz. Pero tiene mucho miedo de que no le guste, y deja pasar los días excusándose en que hay cosas que es mejor dejarlas que estén como están.
Andrea lleva un tiempo en el que no se quita de la cabeza una linda melodía. Sabe que se la escucha de vez en cuando a Julián y fantasea con la idea de pedirle que la cante sólo para ella. Hace mucho que no se acerca a alguien sin sentir turbada a esa persona con su presencia, y eso la frena de arrimarse.
Julián recuerda que siendo niño tenía sueños. Madrid se los comió. El frío amenaza con comérselo a él también. Un invierno pasado es un invierno ganado, pero no sabe si merece la pena seguir luchando. La mayoría de los días fríos, sus dedos necesitan cualquier cosa menos deslizarse por el mástil de su vieja guitarra.
Andrea sabe que ya es demasiado tarde, aunque sueña con que pase algo que le dé un giro completo a su vida. Maldice haber visto Pretty Woman cuando era cría, porque ahora siempre quiere pensar que hay esperanza hasta para ella. El frío de Madrid no ayuda a nada. “Un invierno más y se acabó”, se dice. Pero en el fondo sabe que no es más que otra mentira. Como todas las películas que vio e hicieron que deseara ser actriz desde pequeñita. El invierno de Madrid no es ninguna película y ahora ya lo sabe.

("El Beso" de Robert Doisneau)

Anexo irresponsablemente edulcorado:
Un guionista del mismo pueblo que Andrea y Julián (Que sí había cumplido sus sueños al irse a Madrid) fantasea irresponsablemente con un encuentro fortuito entre ambos:

-    Perdona, pero me gusta mucho esa canción… ¿Qué es?
-    “De vez en cuando la vida”, de Serrat
-    Es preciosa, te la escucho cantar muchos días, desde allí…
-    Yo también te veo muchas veces
-    Me alegro. Si me ves es porque hago bien mi trabajo-dijo ella entre risas
Ahí es donde él se dio cuenta de todo. No lo podía creer, pero esa risa era inconfundible. Hay detalles que se graban a fuego en la memoria de uno, que ya puede pasar toda la vida que no desaparecen nunca.
-    Yo te conozco –dijo quitándose el gorro de lana y echándose el pelo para atrás.
Ahí es donde ella se dio cuenta de todo.
-    Y… Yo…
-    ¿Andrea?
-    ¿Julián?
-    ¿Cuánto ha pasado? ¿20 años? ¿Más?
-    Algo así ¿Qué haces por aquí? ¿Cómo te va todo?...
Se sintió avergonzada de la pregunta justo en el momento de terminar de hacerla. Se puso colorada y él lo notó.
-    Ya ves. Creo que a ninguno nos va demasiado bien, ¿No? Con lo felices que éramos cuando paseábamos de la mano escondiéndonos de todos entre los girasoles.
-    Nos creíamos novios, aunque no sabíamos ni lo que era eso… Y ahora, ya ves, no paro de tener novios… Uno a cada rato, por la cuenta que me trae.
-    ¿Quién nos lo iba a decir? Me acuerdo mucho de aquellos años… Ya no queda nada de aquel Julián, aunque me gustaría engañarte y decir que sigue dentro de mí… Ni siquiera te he reconocido hasta que te has reído. Sólo me fijaba en tu escote.
-    Por aquel tiempo no tenía escote, es normal que ahora te sorprenda… Tus ojos siguen siendo iguales, aunque hasta hace un rato ni me había fijado… ¿Te puedo dar un abrazo o te quitaría fans?
-    El problema es que si te doy un abrazo, igual soy yo el que te quita clientela… Y no tengo suficiente dinero para ser tu cliente ahora mismo.
-    Abrázame. Yo nunca te haría pagar por algo así.
-    Yo tampoco lo haría, creo…
-    ¿Me cantas la canción? ¿Sólo a mí? Prometo dejarte una buena propina.
-    Te la canto si me prometes no darme propina…
-    No tengo otra cosa que darte.
-    No necesito nada, aunque no tengo nada más que ofrecerte que esto:
Se separó del fuerte abrazo que se estaban dando, cogió la guitarra y empezó a cantar “De vez en cuando la vida, nos besa en la boca”…
Al terminar la canción, ella se acercó y le besó en la boca.
-    Esto no lo vendo nunca. Nunca beso a nadie en la boca. ¿Te parece una buena propina?
Él contestó con otro beso en la boca. La besó como si le fuera la vida en ello. Los dos sintieron en ese instante que de vez en cuando la vida nos besa en la boca…

Comienza a nevar en Madrid y se aleja la cámara. 
En medio de la calle se distingue a dos personas abrazadas besándose a las que se les va viendo cada vez más lejos hasta no diferenciarlas entre la multitud.
Fundido a negro y títulos de crédito.




lunes, 18 de marzo de 2013

Microrrelatos sin pudor (Volumen 32): De escotes, señales, desencuentros y masturbaciones







Cuéntame algo bonito aunque sea mentira, dijiste mientras desviabas mi mirada de tu escote.



Voy a perderme en tus pechos en cuanto hagas una señal. 
Voy a huir de las mierdas de este mundo.
Voy a emborracharme con tus tetas.
Voy a ponerte tan cachonda que vas a creer que lo estás tanto como yo.
Voy a saltar en cuanto me hagas una señal.




Te llevo toda la noche haciendo señales y no te has dado cuenta. Hace frío en la calle. Me voy a arropar y tapar el escote para no constiparme en cuanto salgamos por la puerta. Ya es tarde. No sabes interpretar mi lenguaje. Nunca estás cuando quiero que estés. Mi escote ha desaparecido y mis ganas de follarte también. 
Feliz noche.



Voy a hacerme una paja. No sé contarte cosas bonitas, pero sé amarme. 
Lo siento.
No sé contarME cosas bonitas pero quiero aprender a amarTE.
Feliz noche.
Hasta mañana.

Hasta mañana...




B.S.O.: Tomorrow (Annie)

martes, 11 de octubre de 2011

Fotos que me hubiera gustado hacer a mí (Volumen V): Una Habitación con Vistas




"Un hombre es un animal con dos piernas y ocho manos"
(Jayne Mansfield)

Corría la segunda mitad de los años 50. Yo todavía no existía, ni siquiera era un proyecto. Los móviles con cámara significaban una utopía tan grande como mi salud mental. Pero era la segunda mitad de los 50 y estábamos en Beverly Hills. Y eso ya era más de lo que podemos decir hoy cuando no nos dejan entrar en ciertos sitios por llevar un peinado inadecuado. Y dentro, hoy, ni siquiera estará la Mansfield, ni la Loren, ni siquiera Sinatra, aunque este no lleve escote, ni posea grandilocuencia mamaria, ni salga en la foto, aunque yo lo quiera intuir. Cuestiones de mitomanía que han jalonado mi existencia desde que me conozco, desde que me mitifico…

La Mansfield era una actriz mediocre. Casi nadie la recuerda. Al menos yo, no la recuerdo en el cine. Pero sí en las fiestas, en los pósters, en los calendarios. Pero yo no había nacido todavía en la segunda mitad de los 50. La Mansfield era algo así como una Marilyn Monroe de Segunda División B, pero con más pechos. No era nadie al lado de Sofía Loren. Ni siquiera era nadie al lado de Marilyn. No era nadie como yo no lo soy al lado de mí mismo, pero esa es otra historia que ahora no toca. Cuentan que la Mansfield, con ganas de ser una persona notoria, ansiosa de fama, llegó a escenificar dos veces su entrada en aquella fiesta porque en la primera no había prensa para dejar constancia.
Si yo hubiera vivido en la segunda mitad de los 50, la Mansfield me hubiera dado mucho miedo. No me hubiera atrevido a acercarme a ella. Pero si yo hubiera vivido en la segunda mitad de los años 50 siendo famoso, ella se hubiera acercado y a mí no me hubiera dado miedo porque yo era famoso y los famosos no tienen miedo, al menos en público. Y me hubiera odiado pese a todo, por escribir tantas veces la palabra hubiera…


La Loren era otra cosa. La Loren no era rubia. Era morena, y eso ya es importante. La Loren tenía unos grandes pechos, pero no era conocida sólo por eso. La Loren tenía una carrera de éxito en el cine y ya estaba empezando a ser una estrella del celuloide. La Loren no era rubia, era una gran actriz, tenía una hermosa delantera y no necesitaba de publicitarse en fiestas para ser relevante, más bien al contrario.
 
(Nota del corrector: El anterior párrafo puede escribirse en tiempo presente sin que pierda rigor y seguirá siendo fiel a la realidad reflejada, a Sofía Loren)
Si yo hubiera vivido en la segunda mitad de los años 50, la Loren me hubiera dado mucho miedo. Quizás más que la Mansfield, pero por lo menos sería un miedo justificado. La Loren tenía cara de perdonarte la vida, y miraba el escote a la Mansfield con una mezcla de envidia infundada, deseo morboso, extrañeza transalpina y desprecio altanero.
(Nota del corrector: El segundo componente de la mezcla con que la Loren miraba el escote de la Mansfield es algo no comprobado, sacado de los húmedos sueños de alguno de los redactores de cabezadeavestruz del que no desvelaremos su identidad porque ya ha sido despedido por obseso contumaz)
La Loren es una gran actriz. Al menos yo, la recuerdo en un montón de películas. Aunque también en las fiestas, en los pósters, en los calendarios. Y no era rubia. La Loren no tenía –ni tiene- nada que ver con Marilyn Monroe. Nunca las han comparado, ni siquiera despectivamente. Pero en aquella fiesta de la segunda mitad de los 50, la Loren miró un escote sintiendo la amenaza de la mismísima Marilyn Monroe, aunque fuera de Segunda División B.
Yo no había nacido en la segunda mitad de los años 50. La Loren era una prima donna, pero con más pechos. Lo era todo al lado de la Mansfield. Lo era todo como yo lo soy cuando le hablo de mi vida a mi madre, pero esa es otra historia que ahora no toca. Cuentan que la Loren farfulló con malos modos alguna que otra palabra en italiano a su acompañante refiriéndose a la Mansfield, pero o no había prensa para dejar constancia, o esa prensa, muy típicamente americana, no entendía el italiano.

Jayne Mansfield, murió a los 34 años en un accidente cuando volvía en coche de una fiesta. No de esta fiesta, pero sí de una fiesta.
Sofía Loren sigue viva y bellísima a sus 77 años recién cumplidos.
Yo no estuve en esa fiesta ni hice esas fotos. Me hubieran encantado ambas cosas.
Un día me levanté tras soñar que había sido el escote de la Mansfield en esa fiesta. Sentí que su mirada me completaba. Que sólo sentir los inquisitivos ojos de la Loren en mis pechos me hacía más grande, más importante, mejor… Y recuerdo que la sensación me gustó. Me recordó la sacudida que sufría mi cuerpo cuando me mirabas y me creía siempre a varios palmos sobre el suelo. 
Me sigue pasando y ahora no estoy soñando. 
Ni soy el escote de la Mansfield. 
Y, ni mucho menos, soy rubia…

Ayer me acosté empeñado en soñar ser la mirada de la Loren en aquella fiesta. Como de costumbre he despertado sin recordar nada de mis sueños. Me he maldecido a mí mismo por mi inutilidad y me he creído mirándome con la reprobatoria mirada de la Loren. ¿Entiendes ahora porqué era tan importante no perder nunca la habitación con vistas? Y me dije que, al menos, no soy rubia y siento que tus ojos se cruzan con los míos aunque te mire el escote. 
Y eso es mejor que cualquier habitación con vistas. 
Aunque sean al mar. 
Aunque sean al escote de la Mansfield.


Corría la segunda mitad de los años 50. Yo todavía no existía, ni siquiera era un proyecto. Los móviles con cámara significaban una utopía tan grande como mi salud mental. Pero era la segunda mitad de los 50 y era Beverly Hills…


"Sex-appeal es en un 50 por ciento lo que tiene una mujer, y en el otro 50 por ciento lo que las demás personas creen que tiene" (Sofía Loren)



Fotos: Joe Shere



viernes, 14 de enero de 2011

“De vez en cuando la vida nos besa en la boca”


I: Ella
 
Se apoyó en el quicio de la puerta como cualquier otro día. Esperaba clientes. No tenía cuerpo para nada, aunque lo necesitaba más que nunca. Hacía días que el frío había llegado Madrid sin avisar, y a ella se le olvidó disminuir su escote.
Ya no tenía solución: La nariz le estaría moqueando hasta bien entrada la primavera. “Mala época” pensó para sus adentros, mientras recordaba que ayer tampoco había cenado. Tal vez hoy pueda ser un buen día…
 
Pero no lo fue.
 
Al día siguiente volvió a apoyarse en el quicio de la misma puerta. Esperaba clientes. Seguía sin tener cuerpo para nada, pero su escote era la imagen más hermosa que se podía ver en varias manzanas a la redonda.
En esas mismas manzanas a la redonda, hacía un tiempo que se venía escuchando los acordes de un trovador que le alegraba un poco las largas esperas. Como decía aquella vieja canción, a ella le encantaba que él cantara porque le hacía sentir bien. Al menos, le hacía sentir mejor.

II: Él

Se colocó con su guitarra en la boca de metro de costumbre, como casi todos los días. Esperaba que la gente al pasar fuera más generosa hoy. No tenía ánimo para nada, pero cuando enlazaba tres o cuatro acordes olvidaba porqué estaba allí y que poca gente se paraba a escucharlo. Y tras tres o cuatro canciones, estaba cerca de no darse cuenta de que no le habían dado ni para un mísero café con el que calentar el cuerpo. El frío de Madrid ya no lo contrarrestaba casi ninguna canción. Cada día le costaba más mover sus dedos por los trastes del mástil ajado de su vieja guitarra. “En primavera suenan casi todas las canciones mejor”, pensó para sus adentros, mientras recordó que ayer tampoco había cenado. Tal vez hoy pueda ser un buen día.
 
Pero no lo fue.
 
Al día siguiente volvió a colocarse en el mismo sitio. Esperaba generosidad. Seguía sin tener ánimo para nada, pero sus canciones eran los sonidos más hermosos que se podía oír en varias manzanas a la redonda.
Por aquellas mismas manzanas, hacía un tiempo que tenía localizado un escote que le alegraba un poco las largas esperas. Como decía aquella vieja canción, a él le encantaba aquel escote porque sólo con verlo se inundaba todo su ser de alegría. Al menos, le hacía sonreír.

III: Ella y Él
 
Andrea salió de su pueblo hace muchos años con intención de ser actriz. Un montón de tiempo después, alejada ya de aquellos sueños de adolescencia, se dedicaba a actuar en privado para todo aquel que le diera unos euros con los que ir tirando.
 
Julián salió de su pueblo hace muchos años con intención de ser cantante. Un montón de tiempo después, alejado ya de aquellos sueños de triunfo masivo, es feliz cuando alguien le sonríe al escuchar sus canciones, aunque haya días que no saque para cenar. En privado se reconoce cantante, aunque no sea suficiente para ir tirando.
 
Andrea tiene días mejores y peores. Los mejores siempre tienen banda sonora. Julián le quita muchas penas con sus acordes, aunque él no lo sepa.
 
Julián hace tiempo que varía su ruta para llegar a su escenario sólo por cruzarse con su escote. A veces se siente mal porque sabe que reconocería ese escote entre un millón, pero casi ni conoce la cara a la que pertenece. Piensa que un romántico como él no puede permitirse esas veleidades tan carnales.

IV: Ella, él, el pasado y el futuro.
 
Julián lleva tiempo con ganas de presentarse a ese escote. Lleva tiempo obsesionado con conocer mejor la cara a la que pertenece ese escote. Tiene ganas de saber a qué suena su voz. Pero tiene mucho miedo de que no le guste, y deja pasar los días excusándose en que hay cosas que es mejor dejarlas que estén como están.
 
Andrea lleva un tiempo en el que no se quita de la cabeza una linda melodía. Sabe que se la escucha de vez en cuando a Julián y fantasea con la idea de pedirle que la cante sólo para ella. Hace mucho que no se acerca a alguien sin sentir turbada a esa persona con su presencia, y eso la frena de arrimarse.
 
Julián recuerda que siendo niño tenía sueños. Madrid se los comió. El frío amenaza con comérselo a él también. Un invierno pasado es un invierno ganado, pero no sabe si merece la pena seguir luchando. La mayoría de los días fríos, sus dedos necesitan cualquier cosa menos deslizarse por el traste de su vieja guitarra.
 
Andrea sabe que ya es demasiado tarde, aunque sueña con que pase algo que le dé un giro completo a su vida. Maldice haber visto Pretty Woman cuando era cría, porque ahora siempre quiere pensar que hay esperanza hasta para ella. El frío de Madrid no ayuda a nada. “Un invierno más y se acabó”, se dice. Pero en el fondo sabe que no es más que otra mentira. Como todas las películas que vio e hicieron que deseara ser actriz desde pequeñita. El invierno de Madrid no es ninguna película y ahora ya lo sabe.

("El Beso" de Robert Doisneau)

 
 
Anexo irresponsablemente edulcorado:
 
Un guionista del mismo pueblo que Andrea y Julián (Que sí había cumplido sus sueños al irse a Madrid) fantasea irresponsablemente con un encuentro fortuito entre ambos:

-    Perdona, pero me gusta mucho esa canción… ¿Qué es?
-    “De vez en cuando la vida”, de Serrat
-    Es preciosa, te la escucho cantar muchos días, desde allí…
-    Yo también te veo muchas veces
-    Me alegro. Si me ves es porque hago bien mi trabajo-dijo ella entre risas
 
Ahí es donde él se dio cuenta de todo. No lo podía creer, pero esa risa era inconfundible. Hay detalles que se graban a fuego en la memoria de uno, que ya puede pasar toda la vida que no desaparecen nunca.
 
-    Yo te conozco –dijo quitándose el gorro de lana y echándose el pelo para atrás.
 
Ahí es donde ella se dio cuenta de todo.
 
-    Y… Yo…
-    ¿Andrea?
-    ¿Julián?
-    ¿Cuánto ha pasado? ¿20 años? ¿Más?
-    Algo así ¿Qué haces por aquí? ¿Cómo te va todo?...
 
Se sintió avergonzada de la pregunta justo en el momento de terminar de hacerla. Se puso colorada y él lo notó.
 
-    Ya ves. Creo que a ninguno nos va demasiado bien, ¿No? Con lo felices que éramos cuando paseábamos de la mano escondiéndonos de todos entre los girasoles.
-    Nos creíamos novios, aunque no sabíamos ni lo que era eso… Y ahora, ya ves, no paro de tener novios… Uno a cada rato, por la cuenta que me trae.
-    ¿Quién nos lo iba a decir? Me acuerdo mucho de aquellos años… Ya no queda nada de aquel Julián, aunque me gustaría engañarte y decir que sigue dentro de mí… Ni siquiera te he reconocido hasta que te has reído. Sólo me fijaba en tu escote.
-    Por aquel tiempo no tenía escote, es normal que ahora te sorprenda… Tus ojos siguen siendo iguales, aunque hasta hace un rato ni me había fijado… ¿Te puedo dar un abrazo o te quitaría fans?
-    El problema es que si te doy un abrazo, igual soy yo el que te quita clientela… Y no tengo suficiente dinero para ser tu cliente ahora mismo.
-    Abrázame. Yo nunca te haría pagar por algo así.
-    Yo tampoco lo haría, creo…
-    ¿Me cantas la canción? ¿Sólo a mí? Prometo dejarte una buena propina.
-    Te la canto si me prometes no darme propina…
-    No tengo otra cosa que darte.
-    No necesito nada, aunque no tengo nada más que ofrecerte que esto:
 
Se separó del fuerte abrazo que se estaban dando, cogió la guitarra y empezó a cantar “De vez en cuando la vida, nos besa en la boca”…
 
Al terminar la canción, ella se acercó y le besó en la boca.
 
-    Esto no lo vendo nunca. Nunca beso a nadie en la boca. ¿Te parece una buena propina?
 
Él contestó con otro beso en la boca. La besó como si le fuera la vida en ello. Los dos sintieron en ese instante que de vez en cuando la vida nos besa en la boca…

Comienza a nevar en Madrid y se aleja la cámara. 
En medio de la calle se distingue a dos personas abrazadas besándose a las que se les va viendo cada vez más lejos hasta no diferenciarlas entre la multitud.
 
Fundido a negro y títulos de crédito.
 
 

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