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jueves, 12 de septiembre de 2013

El problema de jugar siempre al empate



- Está bien saber que pase lo que pase el resto del día ya hemos hecho algo hoy, le dije mientras desayunábamos después de follar, por la mañana, nada más abrir los ojos.

- Está bien que follar sea lo primero que hacemos cuando llega el día, me dijo ella mientras mojaba su porra en el café. 

Mi cabeza se fue sin remedio a un burdo juego alegórico de lo más simplón analizando cómo entraba y salía la porra de su café para luego, una vez húmeda, entrar en su boca. Tuve uno de esos momentos en los que me siento de lo más vulgar pensando cosas que ni siquiera me paro a pensar pero aparecen en mi mente, que abochornarían a mi yo reflexivo. Pero la imagen de aquella porra del desayuno, poco tiempo después de haberme comido a mí por todos lados, porra (o churrito para ser exactos) incluida, era de lo más sugerente. Cuando veo cosas sugerentes en todo lo que me rodea, por muy cañí o vulgar que sea, como es el caso de una porra mojada en café, sé que pase lo que pase el resto del día ya lo he empezado ganando.




- Parece que hoy empezamos ganando. Nada más sencillo que empezar un día ganando si lo primero que haces cuando apenas has abierto los ojos, es follar.
- Eso es muy difícil.
- Acabamos de hacerlo, le dije con una seguridad impropia de mí.
- Hoy ha empezado bien. Dejémoslo ahí. Y cogió otra porra para proceder a mojarla nuevamente en el café y dar buena cuenta de ella.
- Parece que te has levantado con hambre... ¿No te has alimentado lo suficiente esta mañana?
- ¿Ves? No es tan fácil. Lo estás empezando a joder. Con lo bien que había empezado el día...
- Es broma, perdona.
- Da igual. 

Entonces yo cogí una porra y procedí a hacer lo mismo que ella pero cualquier persona que nos hubiera visto desde fuera se habría dado cuenta de que no es lo mismo. Aunque quisiera hacer lo mismo. Hasta ella se dio cuenta. Pero no dijo nada al respecto. Se fue a otro de sus sitios.

- ¿Qué edad tendrías si no supieras la edad que tienes?
- ¿Cómo?
- Déjalo.
- No, dime..., le dije ya asustado.
- ¿Qué edad tendrías si no supieras la edad que tienes?
- No sé, nunca lo he pensado.
- Ya. 

La porra se me estaba atragantando. El día que había empezado de maravilla porque está bien saber que pase lo que pase el resto del día ya hemos hecho algo hoy, empezaba a ponerse raro ya en el desayuno.

- ¿Qué quieres cenar hoy? 
- ¿A qué viene eso ahora? ¿Estamos desayunando?
- No, para ver si me contestabas que tú no sabías pero que yo iba a cenar porra otra vez.
- Yo nunca hubiera dicho eso.
- Tenía que comprobarlo.
- ¿Quieres cenar porra esta noche?
- Quiero comértela ahora mismo.

Volvía a pensar que el día se había levantado maravilloso. Daba gusto desayunar así.

Me volvía loco que me la comiera. Ya fuera por la mañana o por la tarde, de noche o de día. Todo parecía posible cuando ella me comía la polla. Era algo que nunca podré describir con palabras por más que lo intente. Por más veces que me la haya comido. Recuerdo cuando intenté explicárselo a otra persona que no entendía lo que quería decir acerca de empezar de maravilla los días, de salir ya ganando, o de lo indescriptible que era lo que sentía cuando ella me comía la polla:

- ¿Has mirado sus ojos? Yo la primera vez que miré en ellos tuve la misma sensación que cuando escuché por primera vez a los Rolling Stones.
- ¿Sus ojos?
- Los ojos de alguien que te está comiendo la polla.
- No sé. 
- Ese es tu problema, no sabes. Quizás juegas siempre a empatar y luego pasa lo que pasa...




Aquella conversación no acabó bien. Aunque a mí me parezca que dije en ella cosas tan bellas que nunca crea poder repetir hablando de mirar unos ojos. Tiempo después, esa persona me comió la polla y estoy convencido que ambos estábamos pendientes de algo más que aquella comida porque recordábamos la conversación de los ojos. Y eso que fue con poca luz, de noche y con mucho deseo por ambas partes. Aquella comida acabó en empate. No volvimos a jugar el partido de vuelta. Pero eso ocurrió mucho tiempo después del maravilloso día del que estaba hablando que empezó muy bien por saber que pasara lo que pasara el resto del día ya habíamos hecho algo.

Ese día, el que empezó muy bien sabiendo que ya pasara lo que pasara habíamos hecho algo por haber follado al despertarnos, se empezó a torcer a media tarde. Todos los días se empiezan a torcer a media tarde. Es cuando comienza a aparecer el cansancio. Cuando cuesta más mantener la ventaja adquirida en los prolegómenos. 

Yo, aparte de una deficiente condición física, tengo poca fortaleza mental, y cuando los días empiezan a torcerse, me cuesta mantener el marcador a favor. Es algo que ella sabía y por eso se empeñó en comérmela antes de comer, en medio de la comida (a pesar de que estábamos en un restaurante) y en la siesta. A veces no miramos los días en toda su intensidad. Creemos que los martes no son más que antesalas de los jueves y así. Y así nos luce el pelo. Yo llegué a la cena con pocas ganas de hacer chistes de porras, ni de casi cenar.




Por aquellos tiempos yo quería ser escritor. Y como todos sabemos, un aspirante a escritor no deja de ser una persona como todas las demás solo que un poco más pretenciosa, embobada de sí misma y con ganas de demostrar constantemente que tiene ideas mejores que los que le rodean. Por aquellos tiempos yo solía joder bastante las situaciones y días en los que iba ganando cómodamente con mis ínfulas de literato maldito y genial. Y, claro, salté:

- Voy a hacerte un traje con mis letras, le dije en lo que yo consideraba un piropo maravilloso que la dejara epatada y a mi merced, bebiendo los vientos por mí.
- Yo lo que quiero es que me hagas un traje de saliva y te dejes de romanticismos. Ese es tu mayor problema conmigo, me replicó mientras intentaba comerme la polla una vez más.

Aquella noche acabó en tragedia. Ella seguía con hambre. Yo ya hacía mucho tiempo que había dado por bueno el empate. No me quedaban cambios y el equipo se resintió. Ella decidió jugarse el todo por el todo y buscó ganar aunque fuera en la tanda de penaltis. Yo ya había sido eliminado de la competición.

A día de hoy, recuerdo aquella jornada como un claro ejemplo de lo que pudo ser y no fue. La eterna promesa me llamaban. El de los días que empezaban de maravilla porque sabía que pasara lo que pasara el resto del día ya habíamos hecho algo.

Desde aquel día tengo miedo a las noches. Duerma solo o acompañado. Tengo miedo despertar y ver que el día no empieza ni siquiera en empate...



B.S.O.: "Un buen día" (Los Planetas)


domingo, 17 de julio de 2011

Obsesiones y Parafilias (Volumen 11): De gallumbos o gayumbos y pensamientos



"Creo que cometí un terrible error al dejarte entrar a ti y a tus calzoncillos doblados en mi vida" 
(Bridget Jones: Sobreviviré)

Soy tu héroe en gallumbos. Así lo decía. Como si fuera una verdadera heroína en calzoncillos.

-    ¿De quién son esos calzoncillos?
-    Andan por casa hace mucho tiempo. ¿A que me quedan bien?
-    A ti todo te queda bien, pequeña
-    Lo sé, sobre todo estos gallumbos

No sé de quién serían esos calzoncillos. No me importaba lo más mínimo. Al menos en esos momentos. Estaba preciosa. Como siempre. Como nunca. En calzoncillos ajenos o en la vestida desnudez que me mostraba menos de lo que me gustaría.





-    ¿No me vas a contar de quién son?
-    ¿Qué más te da? Me los pongo mucho para estar en casa. Me encaaaantan. (Alargaba la “a” enfatizando infantil y maravillosamente su gusto por aquella prenda y eso me encantaaaaaba) Me quedan genial y son súper cómodos.
-    Pero, ¿De quién son?
-    ¿Qué más te da? ¿Quieres que me los vuelva a quitar? ¿Quieres verme totalmente desnuda otra vez?

Claro. Siempre. Desnudamente vestida.

-    ¿Así mejor?
-   Uff… Cuando te echas encima de mí totalmente desnuda siempre es mejor que cualquier cosa.
-    ¿Más que cuando te echas tú encima de mí?
-   Es una manera de hablar. Me encaaaanta (Enfaticé la “a” como solía hacer ella) sentirte en mis brazos, sentirnos desnudos, aunque a veces estemos vestidos
-   Pues entonces voy a ponerme otra vez los gallumbos. Total, te da igual…
-    No me entiendes
-    Ni tú a mí

Claro que nos entendíamos. Mejor que nunca nos habíamos entendido con nadie. De una manera íntima, donde hasta las estrellas envidiaban nuestros cuerpos haciéndose uno. Vestidos de completa desnudez.

-    Lo que no entiendo es cómo lo hacéis cuando se os pone dura…
-    ¿A qué te refieres?
-  Con estos gallumbos digo, no sé cómo pueden soportar eso cuando os ponéis cachondos y se os levanta.
-    Bueno, depende...
-    ¿De qué?
-  Del calzoncillo, de lo cachondo que nos pongamos, de quiénes seamos...
-    Tú por ejemplo
-    Yo no tengo problemas
-    ¿Por? Tus gallumbos son parecidos a estos…
-    Pero mi tamaño es menor
-   Eso no te lo crees ni tú. Te la tengo muy vista, ahí no te puedes montar películas

Y se lanzó con una sonrisa a mi polla y la hizo desaparecer en su boca. Se aplicó con deseo, sin que yo pudiera –ni quisiera- mediar palabra.

-    Ahora por ejemplo. Ahora mismo esto no cabe en mis gallumbos
-    Bueno, mi talla es más grande, pero no por el tamaño de mi polla, sino por mi tamaño en general
-    ¿Tu tamaño en general?
-   Sí, el tamaño de todo yo. Las personas solemos estar proporcionadas, digan lo que digan. Aunque ya te digo que no tengo muchos problemas con el tema.
-  Joder. Pues será lo que tú quieras, pero a mí me encaaaaanta (La “a” nuevamente)

Y siguió. Y siguió. Y siguió con los gallumbos puestos. Y se los quise quitar mientras ella seguía entretenida haciendo un trabajo de campo en mi entrepierna. Y no llegué a quitárselos. Y ella no quería que se los quitara.

-    ¿Quieres follarme?
-    Si tú quieres…
-    No es lo que yo quiera
-    Sí, es lo que tú quieras
-    Pues estate quieto

Y siguió. Y siguió. Y siguió con los gallumbos puestos. Y se los quise quitar mientras ella seguía entretenida haciendo un trabajo de campo en mi entrepierna. Y no llegué a quitárselos. Y ella no quería que se los quitara.

-    Estate quieto
-    Quiero follarte
-   Y yo quiero que me folles. Pero no me quites los gallumbos
-    Me da igual.

Ahora ya sí que me daba igual. Se los aparté como pude para introducirme dentro de ella. Y lo hice. Y se agarró a mi espalda como nunca. Y se agarró a mi espalda como siempre. Y nos sentimos desnudamente vestidos como nunca, como siempre.

-  ¿Sabes que estuve con un chico que le ponía mucho follarme con sus gallumbos puestos?
-    Eso no es nada raro. Se llama “aquí te pillo y aquí te mato”
-    No. Digo YO con SUS gallumbos puestos
-    Y a ti te encantaaaaaba
-    A mí me encaaaaantas tú
-    Pues deja que te quite los calzoncillos
-    No, ahora no, deja que te la vuelva a chupar

Y siguió. Y siguió. Y siguió con los gallumbos puestos. Y ya no se los quise quitar. Y no llegué a quitárselos. Y ella no quería que se los quitara. Y no pude dejar de pensar en aquel chico al que le ponía follar con ella con sus gallumbos puestos.

Y ya no pude dejar de pensar…

Aunque sintiera que allí sólo estábamos ella y yo, desnudamente vestidos, dando envidia a las estrellas que nos iluminaban.

Pero ya no pude dejar de pensar...



Postdata aclaratoria (Innecesaria como siempre, inútil como de costumbre):
En este post se ha utilizado la palabra “gallumbos” con “ll” por una mera cuestión circunstancial. No tenemos constancia si la escritura correcta de dicha palabra es “gayumbos” o “gallumbos”, ya que no aparece en el diccionario de la RAE. Si alguien entendido en argot puede dar algo de luz al tema estaríamos muy agradecidos…




jueves, 11 de noviembre de 2010

Obsesiones y Parafilias (Volumen 9): La chica que soñaba con ser el dedo pulgar de la mano derecha de Robert De Niro introduciéndose en la boca de Juliette Lewis en una escena de El Cabo del Miedo.

¿Recuerdas el 6 de Octubre de 1999? 
Necesitabas huir y yo no quería que te fueras. Sé que había hecho algo malo y que era imposible que quisieras seguir a mi lado. Pero no podía aceptarlo. Eras lo último que podía consentir perder. Nada en el mundo me importaba más que retenerte a mi lado. Al precio que fuera. Costara lo que costara. Aún en contra de tu voluntad.
 
No te fuiste. 
No sé muy bien qué fue lo que te convenció para que te quedaras a mi lado. Probablemente me viste tan vulnerable, tan insegura que en contra de todos tus principios decidiste dar un giro total a tu vida y mantenerte cerca de mí. Y no me abandonaste.
 
 
 
Vivía obsesionada con Juliette Lewis chupándole el dedo pulgar a Robert de Niro en El Cabo del Miedo. Aunque mi obsesión siempre estaba más enfocada en el dedo.
 
El dedo es algo de lo que no gusta hablar en público. Para mí, el concepto dedo me acompaña desde bien chiquitita, pero nunca quise hablar de ello con nadie. Salvo con ella.
 
En una de las escenas más eróticas de la historia del cine, Juliette Lewis, está en el teatro de su instituto para conocer a su nuevo profesor, que resulta ser Robert De Niro, un ex convicto, que dedica su vida al salir de prisión a hacérsela imposible al abogado – Padre de Juliette que lo defendió de los cargos de violación a una adolescente, del que tiene la certeza de no haber hecho todo lo posible por ganar su juicio…
Vivo obsesionada con Juliette Lewis en esa película. Pero sobre todo, vivo obsesionada con el dedo pulgar de la mano derecha de Robert De Niro. Sé que es algo que no podrá salir de mí en la vida.
Mientras viva. Y mientras ella esté a mi lado, seguiré viva. Aunque ya no quiera hablar de dedos.
 
Escarbas en mi memoria y entre millones de historias, te recuerdo el día en que nuestra profesora de gimnasia me introdujo el dedo en la boca tras pasarme la mano cariñosamente por su redonda cara.
 
Aquello provocó nuestra primera discusión. Yo no te entendí entonces. Tú no me entiendes ahora. Sólo éramos dos niñas. La noche de 6 al 7 de Octubre de 1999 seguíamos siendo dos niñas. Hoy todavía pensamos que lo somos.
 
¿Recuerdas el 7 de Octubre de 1999? 
Fue el día después. Fue un día duro. Necesitabas huir y yo no quería que te fueras. Sé que había hecho algo malo y que era imposible que quisieras seguir a mi lado. Pero no podía aceptarlo. Eras lo último que podía consentir perder. Nada en el mundo me importaba más que retenerte a mi lado. Al precio que fuera. Costara lo que costara. Aún en contra de tu voluntad. Ese día ya había ganado una batalla: La del día anterior.
 
 
 
Ha pasado el tiempo.
 
Vivo obsesionada con Juliette Lewis chupándole el dedo pulgar a Robert de Niro en el Cabo del Miedo. Aunque mi obsesión siempre estaba más enfocada en el dedo.
 

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