domingo, 24 de julio de 2011

Los 27: Elegía por Amy Winehouse y absentas varias


"La mente, la cabeza, es el territorio dormido donde yo decido: Nada debería estar prohibido.
Aunque digan que aquí no podemos hacerlo.”


Sacó la botella de absenta y se puso un chupito.
Lo bebió disimulándose la dificultad.
Se puso otro chupito y ya tuvo que disimular menos.
Al tercer chupito la cosa entraba sin problemas.
Al quinto chupito, lo verde inundaba todo y ya había perdido la cuenta de cuántos llevaba.

La crisis de la edad le había entrado de golpe. Llevaba media vida riéndose de todo aquel que cumplía 33 años a los que cínicamente indicaba que a su edad, Jesucristo había marcado el punto de partida para toda la cultura y el pensamiento occidental para el resto de los tiempos en torno a su figura, y que ellos no habían hecho algo siquiera reseñable por lo que mereciera la pena haber vivido, y que no hubiera cambiado nada si hubieran existido o no. Seis años antes, ella empezó a ser consciente de lo difícil de todo aquello.

Ella cumplía 27 años y lo había empezado a pasar mal meses antes.

Se puso otro chupito de absenta.

Recordó a todas las grandes figuras del rock que murieron, se dejaron o se hicieron morir, a los 27 años.

Pensó todo lo que le hubiera gustado compartir un chupito de absenta con Jim Morrison y simbólicamente puso dos encima de la mesa.
Le pareció de mal gusto ponerle uno a Kurt Cobain porque ella sospechaba que a Kurt no le debía de gustar mucho la absenta.
A Brian Jones y Jimi Hendrix no quería acercarles ningún tipo de líquido por aquello de recordar sus ahogos
Janis Joplin miraba la luna desde su terraza y no quería molestarla para que les acompañara, por lo que se puso otro chupito de absenta para ella sola y brindó por lo lunáticas que se sentían.

Encendió la tele como tantas otras veces, y se sirvió otro chupito de absenta.

Este le costó tragarlo un poco más. Los informativos hablaban de la muerte de Amy Winehouse a los 27 años. Se acaba de dar el pistoletazo de salida al frenético ritmo de los revivals, de las conjeturas sobre su muerte y de la mercantilización de su cadáver y su recuerdo. La leyenda acababa de empezar.


Y ella cumplirá 27 años en unas horas. Se sirvió otro chupito de absenta.

"¡Este va por ti!" Se dijo voz en grito.

Y una lágrima empezó a recorrer su mejilla. No recordaba que nunca nadie hubiera brindado por ella. Ni ella misma.

Se puso otro chupito de absenta y volvió a brindar por todos y cada uno de aquellos mitos de la música muertos a los 27 años, y reparó en Amy por ser la única que estaba viviendo en directo y en el mismo momento. En ese momento se dio cuenta de que el personaje central de su segunda novela, que finge su muerte para ver qué pasa a su alrededor y sobre el que llevaba un año articulando una dolorosa trama, debía hacerlo a los 27 años.

Así, años después, cuando fuera el mito de las letras y la cultura que planeaba ser, y se hagan estudios sobre su obra y su figura, habrá quien diga que, tal día como aquel, en el que Amy Winehouse murió a los 27 años, entre chupito y chupito de absenta, recordando a todos los mitos muertos a los 27 años, horas antes de que ella los cumpliera, decidió dar ese importante detalle a su segunda novela: Su protagonista fingiría su muerte a los 27 años.

Y como quien no quiere la cosa, se puso un chupito de absenta y brindó por ella y por lo que fuera. Y le importó tres narices todo. Y decidió dejar de estar deprimida por estar a punto de cumplir los 27 años.

Y decidió seguir adelante, aunque no supiera muy bien qué coño significaba aquello y qué había que hacer para conseguirlo.

Y se durmió en verde absenta y despertó teniendo 27 años, sin saber muy bien lo que significa estar viva o no estarlo, pero disfrutándolo como si no importara.



Posdata aclaratoria de 27 años (Inútil como de costumbre, innecesaria como siempre):
También murió a los 27 años Ray Heredia, que tenía una canción que cuando lo pasaba tan mal por no llegar a ser grande, le ayudaba a seguir adelante, Alegría de vivir.

domingo, 17 de julio de 2011

Obsesiones y Parafilias (Volumen 11): De gallumbos o gayumbos y pensamientos



"Creo que cometí un terrible error al dejarte entrar a ti y a tus calzoncillos doblados en mi vida" 
(Bridget Jones: Sobreviviré)

Soy tu héroe en gallumbos. Así lo decía. Como si fuera una verdadera heroína en calzoncillos.

-    ¿De quién son esos calzoncillos?
-    Andan por casa hace mucho tiempo. ¿A que me quedan bien?
-    A ti todo te queda bien, pequeña
-    Lo sé, sobre todo estos gallumbos

No sé de quién serían esos calzoncillos. No me importaba lo más mínimo. Al menos en esos momentos. Estaba preciosa. Como siempre. Como nunca. En calzoncillos ajenos o en la vestida desnudez que me mostraba menos de lo que me gustaría.





-    ¿No me vas a contar de quién son?
-    ¿Qué más te da? Me los pongo mucho para estar en casa. Me encaaaantan. (Alargaba la “a” enfatizando infantil y maravillosamente su gusto por aquella prenda y eso me encantaaaaaba) Me quedan genial y son súper cómodos.
-    Pero, ¿De quién son?
-    ¿Qué más te da? ¿Quieres que me los vuelva a quitar? ¿Quieres verme totalmente desnuda otra vez?

Claro. Siempre. Desnudamente vestida.

-    ¿Así mejor?
-   Uff… Cuando te echas encima de mí totalmente desnuda siempre es mejor que cualquier cosa.
-    ¿Más que cuando te echas tú encima de mí?
-   Es una manera de hablar. Me encaaaanta (Enfaticé la “a” como solía hacer ella) sentirte en mis brazos, sentirnos desnudos, aunque a veces estemos vestidos
-   Pues entonces voy a ponerme otra vez los gallumbos. Total, te da igual…
-    No me entiendes
-    Ni tú a mí

Claro que nos entendíamos. Mejor que nunca nos habíamos entendido con nadie. De una manera íntima, donde hasta las estrellas envidiaban nuestros cuerpos haciéndose uno. Vestidos de completa desnudez.

-    Lo que no entiendo es cómo lo hacéis cuando se os pone dura…
-    ¿A qué te refieres?
-  Con estos gallumbos digo, no sé cómo pueden soportar eso cuando os ponéis cachondos y se os levanta.
-    Bueno, depende...
-    ¿De qué?
-  Del calzoncillo, de lo cachondo que nos pongamos, de quiénes seamos...
-    Tú por ejemplo
-    Yo no tengo problemas
-    ¿Por? Tus gallumbos son parecidos a estos…
-    Pero mi tamaño es menor
-   Eso no te lo crees ni tú. Te la tengo muy vista, ahí no te puedes montar películas

Y se lanzó con una sonrisa a mi polla y la hizo desaparecer en su boca. Se aplicó con deseo, sin que yo pudiera –ni quisiera- mediar palabra.

-    Ahora por ejemplo. Ahora mismo esto no cabe en mis gallumbos
-    Bueno, mi talla es más grande, pero no por el tamaño de mi polla, sino por mi tamaño en general
-    ¿Tu tamaño en general?
-   Sí, el tamaño de todo yo. Las personas solemos estar proporcionadas, digan lo que digan. Aunque ya te digo que no tengo muchos problemas con el tema.
-  Joder. Pues será lo que tú quieras, pero a mí me encaaaaanta (La “a” nuevamente)

Y siguió. Y siguió. Y siguió con los gallumbos puestos. Y se los quise quitar mientras ella seguía entretenida haciendo un trabajo de campo en mi entrepierna. Y no llegué a quitárselos. Y ella no quería que se los quitara.

-    ¿Quieres follarme?
-    Si tú quieres…
-    No es lo que yo quiera
-    Sí, es lo que tú quieras
-    Pues estate quieto

Y siguió. Y siguió. Y siguió con los gallumbos puestos. Y se los quise quitar mientras ella seguía entretenida haciendo un trabajo de campo en mi entrepierna. Y no llegué a quitárselos. Y ella no quería que se los quitara.

-    Estate quieto
-    Quiero follarte
-   Y yo quiero que me folles. Pero no me quites los gallumbos
-    Me da igual.

Ahora ya sí que me daba igual. Se los aparté como pude para introducirme dentro de ella. Y lo hice. Y se agarró a mi espalda como nunca. Y se agarró a mi espalda como siempre. Y nos sentimos desnudamente vestidos como nunca, como siempre.

-  ¿Sabes que estuve con un chico que le ponía mucho follarme con sus gallumbos puestos?
-    Eso no es nada raro. Se llama “aquí te pillo y aquí te mato”
-    No. Digo YO con SUS gallumbos puestos
-    Y a ti te encantaaaaaba
-    A mí me encaaaaantas tú
-    Pues deja que te quite los calzoncillos
-    No, ahora no, deja que te la vuelva a chupar

Y siguió. Y siguió. Y siguió con los gallumbos puestos. Y ya no se los quise quitar. Y no llegué a quitárselos. Y ella no quería que se los quitara. Y no pude dejar de pensar en aquel chico al que le ponía follar con ella con sus gallumbos puestos.

Y ya no pude dejar de pensar…

Aunque sintiera que allí sólo estábamos ella y yo, desnudamente vestidos, dando envidia a las estrellas que nos iluminaban.

Pero ya no pude dejar de pensar...



Postdata aclaratoria (Innecesaria como siempre, inútil como de costumbre):
En este post se ha utilizado la palabra “gallumbos” con “ll” por una mera cuestión circunstancial. No tenemos constancia si la escritura correcta de dicha palabra es “gayumbos” o “gallumbos”, ya que no aparece en el diccionario de la RAE. Si alguien entendido en argot puede dar algo de luz al tema estaríamos muy agradecidos…




miércoles, 13 de julio de 2011

Buscando una habitación acolchada



La mayoría de la gente que me conoce tiene la acertada impresión de que yo debería estar encerrada en una habitación acolchada. Casi todos lo dicen de manera positiva, no ven en ello el mayor problema, pero me están llamando loca. Loca de atar, apostilla más de uno. No sólo una habitación acolchada, sino una camisa de fuerza. Ahí es cuando empiezan a sumarse a la conversación sobre mí, gente que no me tiene demasiado aprecio.

Hay niveles y niveles de locura. Yo busco la habitación acolchada. Estoy conforme con ello. Ni más, ni menos. Una habitación acolchada sugiere muchas cosas, la mayoría de ellas, positivas. Al menos para mí. Lo acolchado siempre me ha parecido acogedor. Siempre he fantaseado con las mañanas de domingo bajo las sábanas jugueteando contigo, pero lo importante es el colchón. Hay quien se deja engañar por el amor y los arrumacos y creen que el motor de esta vida está en el corazón, pero yo necesito la habitación acolchada. 
Contigo pan y cebolla, sí… Pero acolchados…


Me he cortado el pelo mirándome al espejo un montón de veces. De manera catártica, como una experiencia que me marque un punto de inflexión. Pero nadie lo ha entendido nunca. Todos piensan que estoy loca. Si no has sentido alguna vez lo que es introducir las tijeras por el nacimiento de tus pelos, de frente, mirándote al espejo, y has cerrado con dificultad las hojas, te has perdido algo muy grande. Es una sensación diferente a todo lo vivido. Es breve, pero intensa. Es simple, pero muy compleja. El cuero cabelludo tiene unas conexiones nerviosas con el resto del cuerpo que sólo las conoces cuando haces algo tan drástico como cortarte el pelo de raíz de manera ceremonial.

Cambio a mi familia por una melena frondosa. 

Necesito vivir ciertas sensaciones más a menudo, aunque pierdan intensidad con la rutina. Cuando una se corta el pelo, aunque sea catárticamente no crece más rápido y el tiempo a esperar para poder vivir nuevamente la experiencia se puede hacer eterno. A veces me siento como el yonky que necesita su dosis y le falta el dinero, con la diferencia de que yo no puedo robar pelo para que me crezca. 

Lo más que puedo hacer es cambiar a mi familia por una melena frondosa.

Me muevo por extraños vericuetos. Todos encaminados a mi habitación acolchada. “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría” decía William Blake, y mi locura no puede estar más de acuerdo. El viaje sin retorno, de la chica socialmente aceptable a la apestada para todos que debería estar encerrada en una habitación acolchada con una camisa de fuerza. Lo que no saben es que muero y vivo por seguir paso a paso ese camino.


¿Qué extraño maleficio me lleva a ir más allá? ¿Qué mueve mis entrañas para perseguir sin aliento la habitación acolchada por más que me pongan piedras en el camino para que no llegue? San Agustín dijo que “Una vez al año es lícito hacer locuras”. Yo creo que hay 14 razones para no hacerlas, y el resto del año debe ser una permanente locura. Buscando una habitación acolchada.

No todo tiene una explicación. Ni yo misma me la encuentro por más que busque en mis bolsillos. ¡Cómo voy a pretender que los demás lo hagan! Todos saben que hago locuras y la mayoría lo ve de forma positiva. Loca de atar, apostilla más de uno. No sólo una habitación acolchada, sino una camisa de fuerza. Ahí es cuando empiezan a sumarse a la conversación sobre mí, gente que no me tiene demasiado aprecio.

Pero tú siempre me viste de otra manera.
Tú siempre sonreíste con mis ocurrencias.
Tú siempre me mostraste otro yo.
Tú siempre fuiste la más loca de mis locuras.


Tú, que tardaste 14 canciones en besarme. No supe si por culpa tuya o mía. Me gusta la música, pero no la de las salas de espera, y tuve que esperar 14 canciones para que me besaras.

Nunca me he creí la típica princesa de cuentos. No tuve la conciencia tranquila para dormir eternamente esperando que el beso de mi princesa me despertara de mi letargo o de mi maldición. Tampoco estuve preparada para perder zapatos a la salida de las fiestas ni para ser secuestrada por dragones. Llámame loca, pero prefiero reposar dopada en mi habitación acolchada individual, donde todas las visitas son condescendientes y tienen lástima por mí. Hay personas que les molesta la pena, les molesta la lástima, les molesta la piedad, les molesta la misericordia… Yo me muevo como pez en el agua en esos sentimientos. Seré mediocre, pero es más fácil que se acerquen a mí por lástima a soportar que no se acercan porque me ven inaccesible. Yo no hago más que cantar a los cuatro vientos que busco una habitación acolchada y tú vas y tardas 14 canciones en besarme. No te entiendo, aunque me da igual.

Me miraste sonriente, mordiéndote el labio inferior como sólo tú sabes hacer, y me dices que según Aristóteles "no hay un gran genio sin mezcla de locura"…

Buscando una habitación acolchada...

Pero sin camisa de fuerza, que quiero poder abrazarte con toda mi alma.

Aunque esté loca.


miércoles, 6 de julio de 2011

Otra noche sin dormir (Volumen 11): Sueños copiados

Y cinco minutos después, desperté sobresaltada. Como siempre, no pude volver a conciliar el sueño. Me recosté en el sofá y me dediqué a contemplar el amanecer, como tantas otras veces.

Y con los primeros rayos de luz que entraban por la ventana, recordé que había vuelto a pasar otra noche sin dormir, y que despertarse sobresaltada no quiere decir que se haya dormido mucho. Ni mucho, ni casi nada.

Y con el primer calor de esa mañana de Julio, recordé que había vuelto a pasar otra noche sin soñar dormida, y que debía hacerlo despierta, como tantas otras veces.

Y recordé que alguien me contó una vez que Lawrence de Arabia decía que en el mundo había dos tipos de personas: Los que sueñan dormidas y de noche, y las que lo hacen despiertas y de día, y que estas últimas eran las peligrosas porque no cejarían hasta ver sus sueños convertidos en realidad.

Y recordé que nunca había luchado por nada, porque mis sueños no eran dignos de ser perseguidos.

Y con los primeros rayos de luz que entraban por la ventana, soñé que volvía a pintar y que me salía un cuadro de Bacon.
"Estudio para el Papa Inocencio X" (Francis Bacon)

Y recordé que mi sueño se parecía mucho, salvando las distancias, a la escena de Amanece que no es poco, en la Bruno, exiliado americano, plagia "Luz de Agosto" de William Faulkner, y tiempo después vuelve a escribir y dice que le está saliendo “Ada o el ardor” de Nabokov.

Y con el primer calor de esa mañana de Julio, decidí tirar lo pintado por la ventana, aunque me estuviera saliendo un estupendo Estudio para el Papa Inocencio X.

Y recordé que soñé que te tenía otra vez entre mis brazos. Pero supe que era sólo un sueño, porque en cuanto abriera los brazos saldrías corriendo a los de otra y no podría hacer nada por evitarlo

Y con los primeros rayos de luz que entraban por la ventana, recordé que había vuelto a pasar otra noche sin dormir, y que decidiste tirar lo amado por la ventana, aunque yo creyera que nos estuviera saliendo un estupendo estudio de nosotras dos.

Y cinco minutos después, desperté sobresaltada. Como siempre, no pude volver a conciliar el sueño. Me recosté en el sofá y me dediqué a contemplar el amanecer, como tantas otras veces.

viernes, 1 de julio de 2011

Te debo un cuento (Capítulo Primero)

Se levanta decidida. Es el día. Es el momento. Es el instante buscado.
Llevaba tiempo detrás de ese preciso momento en el que se pondría a escribir lo mejor que nunca había escrito. Para ella. Se lo debía. Se lo había prometido. Lo iba a hacer. 
Había llegado la hora.
Para todo hay un momento adecuado, pero siempre lo reconocemos cuando ya ha pasado. Ella sabe que ese y no otro es el momento adecuado para escribir el cuento que le debía. Los demás no solemos encontrar nunca los momentos adecuados y nos conformamos con la ilusión de estar de cuando en cuando en el instante preciso en el sitio indicado, pero no es más que una mera ilusión de la que también nos damos cuenta después. Ella sabe que ese es el momento adecuado. Es el instante. Es el día. Está decidida.
Tiene claro que quiere escribir un cuento para ella. Está convencida. Está decidida. Es el momento. Sabe lo que quiere contar.
 


Siente que la echa de menos y sabe cómo quiere decírselo.
Pero no puede escribir un cuento basándose en una añoranza y en una sensación.

Quiere contar que ella se ha convertido en su motor, es la chispa de su vida.
Pero no puede escribir un cuento que parezca que está patrocinado por Coca-Cola.

Desea que sepa que su alimento más nutritivo es ella, sus carnes.
Pero no puede escribir un cuento que suene tanto a una canción de Sínkope.

Necesita que vea en la historia que ella hace que quiera ser mejor persona.
Pero no puede escribir un cuento que a todos recuerde lo que decía Jack Nicholson en Mejor Imposible.

Quiere que sepa que se ha convertido en su gasolina necesaria para seguir adelante con buen ritmo.

Pero no puede escribir un cuento que incite a perrear a ritmo de reggaeton.

Desesperada, cierra el cuaderno y se pone a llorar de impotencia. Eso ya era lo último. Que un cuento suyo, escrito para ella, tuviera referencias reggaetoneras… Así no podía ser.
Se da cuenta de que quizás, sólo quizás, se había vuelto a equivocar de momento. No es el día. No es el instante buscado. Aunque estuviera decidida.

Pero, igual que los mortales nos damos cuenta de que aquel era el momento adecuado cuando ya ha pasado, ella se dio cuenta de que aquel no era el momento adecuado cuando ya había pasado.

Hasta en eso era diferente.

Y decidió bajar a la discoteca latina que tenía en su calle a perrear un poco para que se le pasara el disgusto…
 
 

lunes, 27 de junio de 2011

Hábitos, hábitos, hábitos…


"Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de ésas."

("El guardian entre el centeno", J.D.Salinger)



Hábitos, hábitos, hábitos… Como fumar todo el tiempo o comer sandía en verano.



Anoche volví a cometer un asesinato. Como todas las veces anteriores, planeé al milímetro hasta el último detalle para no dejar restos. Hace tiempo que asesinar había dejado de ser para mí un acto de rabia y de respuesta ante mi frustración y se ha convertido en un hábito.

Anoche volví a abrazarte con todas mis fuerzas. Como todas las veces anteriores, planeé al milímetro hasta el último detalle para no dejar restos. Hace tiempo que abrazarte con todas mis fuerzas había dejado de ser para mí un acto de rabia y de respuesta ante mi frustración y se ha convertido en un hábito.

Compongo la vida de hábitos y respondo con ellos a todo lo que me rodea. Cuando me desordeno soy genial. Cuando olvido lo habitual soy maravilloso. Cuando me escapo de lo esencial soy fascinante. Pero me da miedo… Tengo miedo a dejar rastros tras de mí.

Lo que para mí son hábitos, para los que me rodean son actos de genialidad. Lo que para los demás serían aventuras fascinantes, para mí son actos ordinarios.

Nunca quise estar donde estoy, pero nunca he querido estar en un lugar mejor. Pese a todo, tengo el hábito de llevar siempre el pasaporte en el bolsillo. Cuando me tocan el culo es incómodo, pero es práctico por si de camino, algún día, descubro dónde quiero ir. Que me toquen el culo no es un hábito al que esté demasiado acostumbrado, pero hay que tenerlo en cuenta como parte del camino.

Mirarme al espejo es un hábito que dejó de importar cuando empezó a gustarme lo que veía. La clave estuvo en escoger bien las horas. Los hábitos se componen de detalles que los liberan si los atendemos bien. Pero un hábito disfrazado, sigue siendo un hábito.

Habito es la insatisfacción. Hábito es la intranquilidad. Tengo el hábito de interpretar cualquier leve señal como un síntoma de que algo va mal. O al menos, peor de lo que iba. Afortunadamente, también tengo el hábito de interpretar cualquier leve señal como un buen síntoma cuando todo va mal. Son hábitos útiles, algunas veces incómodos, otras placenteros.

Ningún hábito hace al monje, digan lo que digan, y ni yo me defino por mis hábitos, ni mis hábitos me definen a mí. Habitualmente me gusto, pero tengo el hábito de pensar que a ti no te pasa lo mismo continuamente.
 
Anoche volví a abrazarte con todas mis fuerzas. Como todas las veces anteriores, planeé al milímetro hasta el último detalle para no dejar restos. Hace tiempo que abrazarte con todas mis fuerzas había dejado de ser para mí un acto de rabia y de respuesta ante mi frustración y se ha convertido en un hábito.

Anoche volví a cometer un asesinato. Como todas las veces anteriores, planeé al milímetro hasta el último detalle para no dejar restos. Hace tiempo que asesinar había dejado de ser para mí un acto de rabia y de respuesta ante mi frustración y se ha convertido en un hábito.



Hábitos, hábitos, hábitos… Como fumar todo el tiempo o comer sandía en verano.

 


martes, 21 de junio de 2011

¿El equilibrio es imposible?

Me he puesto una pulsera Power Balance en la polla...


No me gustan las rubias, le dije
Yo soy de bote
No me gustan las que se disfrazan
Me puedo desnudar ante ti
No me gustan las sumisas
Yo no estoy pidiendo gustarte
No me gustan las que aparentan ser todo lo que no son por alguien como yo


(Philippe Petit haciendo equilibrios entre las Torres Gemelas, el 7 de Agosto de 1974)


Me estaba haciendo el duro. Como de costumbre. Por qué dorarle la píldora cuando tanto tiempo había pasado sintiendo su desprecio. Ahora había encontrado el equilibrio que antes creía imposible. Ahora que no me interesaba, debía probar ella mi desprecio.


Tengo ganas de besarte, me dijo
Yo no
¿Tú no tienes ganas de besarme o tú no tienes ganas de que yo te bese?
No me líes
Eso es exactamente lo que quiero
Siempre estás igual
No siempre
Ese es el problema

Me he puesto una pulsera Power Balance en la polla...


jueves, 16 de junio de 2011

Obsesiones y Parafilias (Volumen 11): La creatividad perdida es como la verdad, está sobrevalorada.



Revolcarse en el fango. 
Revolverse en la propia mierda. 
Retozar en la cochiquera.

Es pensar que eras un puto genio y ahora no eres mínimamente creativo.
No a un nivel aceptable.
No como te gustaría.
Y te revuelcas en el fango, te revuelves en tu propia mierda y retozas en tu cochiquera, feliz como un marrano, disfrutando del hedor que desprendes y creyendo que un día volverás a ser el tipo creativo, ingenioso y chispeante que todos te decían que eras.
Pero tanta peste, aunque sea propia, acaba cansando.
Te levantas sin la menor de las compasiones por tu vida de gorrino y te lanzas en busca de eso que crees que es la creatividad que has perdido.
Como vives al lado del Museo del Prado, decides que no hay mejor sitio para recuperarla que plantarte allí enfrente de alguna obra maestra que ya habrá acudido a tu rescate más de una vez.
Paseas como un alma en pena, mirándote los pies, sin levantar la cabeza, entre los pasillos vacíos de gente. 
¿Por qué no hay gente visitando El Prado hoy? 
¿Todo el mundo tiene creatividad menos tú? 
¿Son todos unos mentirosos? 
¿Eres tú una mentira danzante y maloliente?
Mejor así, te dices. 
Puedes elegir postrarte ante el cuadro que más te guste. No tendrás que aguantar una nube de japoneses tras la cual ponerte de puntillas para ver algo. No tendrás que aguantar miradas inquisitorias cuando mires demasiado cerca un cuadro o cuando pases más tiempo de la cuenta delante. No tendrás que aguantar explicaciones en italiano sobre lo que quiso plasmar Goya en aquella pincelada en voz de un aspirante a artista convertido en guía bien parecido, a un grupo de bien parecidos memos que asienten moviendo la cabeza a cualquier cosa que les diga. 
Mejor así, te dices.
Pasas delante de todos los cuadros sin mirar. Son mentira. Todos te parecen falsos. Y de repente, levantas la mirada y te encuentras con él. 
Como siempre. 
Vigilándote desde que eras pequeño, posado en tus sueños, recordándote que tu creatividad se está yendo a pique desde que te conoces, o crees conocerte. Cosa que no deja de ser otra mentira más.
El Gran Masturbador.


El Gran Masturbador que pintó Dalí en 1929, cuando no eras ni siquiera un proyecto. 
Cuando ni siquiera te preocupaba perder la creatividad.
El Gran Masturbador para el gran masturbador de la creatividad perdida. 
Solos los dos. 
Como si fuera poca cosa.
Y, como en toda buena historia que se precie, de aquellas que imaginabas cuando no habías perdido la creatividad, de la nada, aparece ella… 

Y la miras con desdén y superioridad. 
A fin de cuentas, ella no sabe que tú has perdido la creatividad. 
A fin de cuentas, ella está allí porque tú lo quieres o porque ha perdido la creatividad también.
A fin de cuentas, no te interesa lo más mínimo porqué está allí. 
A fin de cuentas, no es más que otra mentira.
Ella mira en tu interior como si te conociera desde mucho tiempo atrás. 
Ella busca en ti una creatividad que no parece ser consciente que has perdido. 
Ella cree que sigues siendo un genio creativo. 
Ella te dice la verdad que todos los que mienten te dicen.
Y la deseas. 

Y ves cómo sus labios miran más que sus ojos. 
Y como sus ojos comen más que su boca. 
Y como su boca, delante de El Gran Masturbador (El cuadro de Dalí) te dice que lo que más le apetece en ese preciso momento es besarte. 
Y como crees que la verdad está sobrevalorada, le respondes pues eso sólo hay que pedirlo y la besas.

Y sientes falsamente que has recuperado la creatividad y que has encontrado la sinceridad. 
Y no piensas que ni estás siendo creativo, ni ella te mira de verdad.
Pero te llenas de ella. 
Y ella te llena de ti. 
Y os revolcáis contra El Gran Masturbador como si no hubiera nada más en que pensar. 

Una vez alguien dijo que había que estar cien por cien en cualquier momento como ése, y estar pensando en que te estás revolcando con aquella preciosidad sobre El Gran Masturbador, ya no es estar al cien por cien allí.
Y sientes tu espalda desgarrarse. 
Y sientes como te araña la rugosidad de la pintura. 
Y sientes como te araña y te desgarra aquella pequeña salvaje que un rato antes decía que lo que más le apetecía en el mundo era besarte.
Y piensas en los gemidos y los gritos. 
Y asumes que eres un privilegiado. 
Y entiendes que nadie sabe cómo suenan los gemidos y los gritos de la pasión en el silencio de un Museo del Prado vacío. En la inmensidad de una pinacoteca huérfana de gente y preñada de creatividad. En la enormidad de un museo donde sólo ella te dice la verdad.

Y así, desnudos, sudorosos, arañados, satisfechos, plenos… La miras a los ojos y ves una sonrisa sincera en ella. Buscas en su boca y sientes una mirada verdadera. Y sientes que no está mal que tu creatividad esté sobrevalorada, al igual que la verdad.
Y recuerdas que en El Prado no está El Gran Masturbador.
Y recuerdas que El Prado nunca está vacío.
Y recuerdas que nadie habla delante de un cuadro con interés sexual sin que salga mal.
Y recuerdas que El Gran Masturbador no es tan grande como para que los dos podáis revolcaros contra él, por mucho que os abracéis u os hagáis uno.
Y recuerdas que El Gran Masturbador no tiene textura que pueda desgarrarte ni arañarte la espalda.
Y recuerdas que el Reina Sofía dice que El Gran Masturbador está en su interior.
Y asumes que nunca has sido un tío con mucha creatividad.
Y asumes que todo esto no es más que una mentira, porque la verdad está sobrevalorada.

Pero recuerdas que ella te dijo que lo que más le apetecía en aquel momento era que os besarais. 
Y os besáis.

Y rebuscas en tu vida y descubres que El Gran Masturbador siempre estuvo allí. 
Y encuentras la creatividad en ella. 
Y ves la verdad en su boca y en sus ojos.
Y te masturbas pensando que eres muy grande, digan lo que digan… 

Y sabes que eso es lo más creativo y más verdad que te vas a encontrar nunca.


domingo, 12 de junio de 2011

Microrrelatos sin pudor (Volumen 17): Empeines grandes y Domingos para ir a misa.

Los zapatos le apretaban un poco. Tenía demasiado empeine.

- ¿Qué día es hoy?
- Domingo
- No, el número
- 12
 
Faltaban bastantes días para cobrar y poder comprar unos zapatos más cómodos. Es duro tener tanto empeine. Recordó con pesar, que era Domingo y no había ido a misa. Lo que es duro, realmente, es vivir al día con un sueldo mísero y tener el empeine grande, vayas o no vayas a misa.
 
- ¿Qué hora tienes?
 
Le quedaba poco tiempo para ir a misa. No podía andar rápido porque los zapatos le apretaban un poco. Es difícil calzarse bien con un empeine tan grande.
 
 
 
- Si me doy prisa, llegaré. Tengo que llegar.
 
En la puerta de la Parroquia se encontró con una cara familiar. El mendigo de turno (Porque todas las parroquias tienen un mendigo de turno u oficial) resultó ser un antiguo compañero de clase. Hizo como si no lo hubiera visto o reconocido y entró apresurado al templo. La misa acaba de empezar.
 
El calor había llegado a la ciudad. Su empeine seguía siendo igual de grande que siempre. Las parroquias seguían teniendo un mendigo de turno u oficial en sus puertas. Aquel Domingo había conseguido llegar a tiempo a misa. 
 
Afortunadamente, los zapatos seguían apretándole un poco.

Desafortunadamente, mirar para otro lado siempre fue su actitud vital preferida...

martes, 7 de junio de 2011

El Baúl de las Miserias Perdidas (Capítulo 5): Noches de sabor a fresa

Rescato del baúl de mis miserias más escondidas otro texto presentado a un Concurso de Relatos Eróticos, donde había que hacer presente el uso del preservativo. Huelga decir que, evidentemente, tampoco ganó nada, como puede deducirse tras una somera lectura. Vuelvo a aprovechar el preservativo protagonista (aunque no sea recomendable reciclar) para prevenir profilácticamente del cariz guarrete del texto y su inconveniencia para menores y personas bienpensantes...



NOCHES DE SABOR A FRESA


¡Cómo me asustaba aquello! Nunca pensé que pudiera tener algo como eso entre las piernas. Era de esperar. Para un chico tan grande y tan bien puesto lo anormal sería tenerla del tamaño de un cacahuete. Usualmente el ser humano es un ser proporcionado, pero, ¡Joder!, aquello era demasiado.

Era bonita, ¡Dios, era preciosa! No podía menos que acojonarme pensando dónde iba a meterme todo eso. Otras veces me hubiera lanzado con la boca abierta como una loca y lo hubiera llevado al séptimo cielo, pero esto era demasiado.

Tardé quince segundos, que se hicieron eternos, en recuperar la consciencia y echar mano a mi bolso en busca de la goma de fresa. Chocolate, limón, whisky, menta… Una vez decidida a usarlo, el sabor era lo de menos.

Él no se inmutaba y yo me imaginaba con cara de gilipollas cayéndoseme la baba.

Tengo que aprender a dejar un poco que me lleven a mí y no dejarme llevar por mi hiperactividad. Habitualmente soy más rápida actuando que sintiendo. Será por eso que gusto tanto a los tíos. En momentos como este son en los que echo de menos no tener un termostato sensitivo menos moderno. En lugar de microondas, me gustaría ser de vez en cuando horno de leña, aunque el microondas sea más práctico y rápido, el horno de leña acaba dejando la comida más sabrosa.

Me lanzo a su entrepierna con mi gomita en la mano. Mira con cara de extrañeza mi mano derecha. Sí, quizás le sorprende lo “especial” de mi gomita, pero yo no la veo tan rara, hoy en día están un poco desfasadas ya las caperucitas de sabores y colores.
Parece que reacciona y se percata de qué es aunque sigue resultándole extraña.

-    ¿Qué es?, susurra en mi teta derecha mientras acerca su mano al látex.
-    Un condón, un preservativo, una gomita, un anti-baby, un previenemalosrollos… Como lo quieras llamar.

Me mira con cara de decirme ya lo sé tontina y le dice a mi teta izquierda:

-    Ya lo sé tontina… Pero… -Se incorpora de mis pechos, me mira desde las alturas (no más arriba de la altura de mis ojos, pero hacía tiempo que no cruzaba mi visión con esos grandes y preciosos círculos negros) y mira mi mano- Pero, qué raro es, ¿no?...
-    Sabor a fresa…-Muy aplicada yo- Pero si no te gusta tengo de limón, menta o chocolate, creo… ¡Joder!, parezco un catálogo erótico.

No me gusta su cara en este momento. Distráete: mira a su amigüita…

-    Pareces una profesional

Lo sabía. Si se le veía un poco cateto… ¡Dios! A mí que me parecen ya desfasados los de sabores y él me ve como una señorita de Avignon decimonónica y bebedora de absenta… En momentos como éste sólo hay un par de caminos que tomar: O lo mando a freír gárgaras y me voy a casa caliente como nunca, o ignoro todo como si no hubieran existido estos últimos segundos y me lanzo al ataque… como nunca.

Como suele ser habitual, el efecto microondas vence al estúpido orgullo de “soy una niña bien, no me vayas a tomar por lo que no soy porque te suelto una bofetada” y abro con cuidado el condón, lo saco de su envoltorio y me lanzo a colocárselo en la punta (¡Joder!, ahora parezco una sexóloga) cuando me agarra las manos. Vuelvo a alejar la maravillosa visión de mi mirada y la dirijo a la que hasta hace unos instantes era igual o más maravillosa visión de sus ojos.

-    Deja, te ayudo…

¡Qué sonrisa! No recordaba ya entre tanta microonda y tanta brasa ardiendo lo que me había llevado hasta allí…

-    Deja, me gusta hacerlo a mí sola… Si quieres…

Sonríe y echa su cabeza hacia atrás… Su torso cae en el sofá y nos encontramos con una bonita caperucita roja vestida de largo en cuestión de segundos. Me relajo un poco, abro la boca y allá voy: Muerdo y muerdo todo lo que encuentro cerca de mis labios.

Fascinante. Es fascinante la entrepierna de un hombre. Y no me refiero a lo que todo el mundo entiende por entrepierna cuando usa esa palabra eufemísticamente para no mentar otra políticamente más incorrecta.

Esa parte interior de las piernas que va desde las rodillas a la ingle, incluyendo esta, esa parte interna de los muslos, más y más adentro del chico, allí donde desaparece misteriosamente el vello y la piel tiene un tacto y una sensibilidad especial.

Pero claro, no puedo olvidarme de ese centro del cuerpo, ese agujero en el que te introduces por medio de tu lengua, ese ombligo… Mis amigas no me entienden, pero detesto los vientres masculinos excesivamente planos y musculados donde un ombligo pasa por ser algo así como un estorbo imperfecto… No, no me van… Adoro el vientre mullidito, sin pasarse, con un ombligo con recorrido interior.

Pero tampoco me engaño: Estoy educada de una manera típica y tópica dentro de esta sociedad falocrática y es difícil encontrar un partenaire que soporte todo este festín sin que pase de vez en cuando por el que rige sus destinos. Además, con él era poco menos que una difícil tarea por aquello de su tamaño, aunque no parecía muy ansioso porque se la devorara.
A pesar de ello, me resultó imposible e imperdonable no repostar periódicamente, durante mi viaje de placer, en su surtidor rojo.

Pasamos así bastante tiempo. No puedo decir que fuera una felación al uso, es más, creo que llegué a olvidar que sabía a fresa.

A horcajadas le poseí. Él no decía nada. Me manoseaba torpemente los pechos y me pellizcaba las nalgas con la mano abierta. Le clavaba mis uñas en su pecho alternativamente bien cuando sentía corrientes eléctricas dentro que me abrumaban y me nublaban los sentidos, bien cuando me molestaban sus tactos torpes.

Terminó.

Por más que quise dominarlo y adecuarlo a mis necesidades, terminó. Resignada me apeé de mi montura y vi como al caballo se le quedaba una sonrisa de dibujo animado japonés que para más inri coronaba con dos “amorosos” platos de porcelana por ojos.

No me gusta mirarles a la cara cuando no he quedado del todo satisfecha. Tengo una terrible tendencia a multiplicar el ligero desprecio que puedo sentir rápidamente y no es justo que pueda llegar a tomar forma y hacerse demasiado grande, por una cosa tan común como la rapidez o la falta de sincronía.

Seguí jugando con caperucita.

-    ¿Te ha gustado?  Me decía con un beso en el hombro.
-    Sí. Mentía mirándole el “tubo de escape”.
-    ¿Quieres más?

No sé si tomármelo como una fanfarronada o como una deferencia, quizás no deba tomármelo ni de una ni de otra.

-    Tú mismo, aquí me tienes

Y me separo de su pecho recostándome sobre la espalda esperando una más que improbable embestida mezcla de ternura y brutalidad que enerve mis sentidos.

Esbozando una petulante sonrisa cayó –porque no hay otra manera de definirlo- encima mía y con una terrible habilidad separó mis piernas colocando las suyas por allí. ¿No sería capaz? ¿No sería capaz, literalmente hablando?

Pues parece que sí…

-    ¿Dónde vas? Le pellizqué la espalda
-    Quiero volver a sentirme dentro de ti. -No, si encima me va a salir cursi- Me he quedado con ganas de más, te lo decía en serio… ¿Tú no?

Pues claro que sí… pero a este cualquiera se lo dice. Se va a poner de un ancho que no va a salir por la puerta. Como siempre que me encuentro sin recursos y mi boca no puede decir ni hacer nada más productivo por la situación, le besé… Nos besamos. Y claro que tenía ganas ¡Dios, qué ganas tengo!

Enfoco mi pelvis hacia su entrepierna cuando se produce el fogonazo… Parecía como si un paparazzi acabara de entrar en la habitación y nos hubiera tirado una foto. Pero, no. No, eso no podía ser. Ninguno de los dos éramos tan importantes. Yo desde luego no lo era. El paparazzi no existía, pero el flash sí.

Volvía a bajar de la nube. ¿Qué es eso? Esos roces flácidos, plásticos y húmedos en mi ya de por sí flácida, no plástica pero sí húmeda (con grave amenaza de sequía instantánea) entrepierna. Seguía con la goma puesta pero su erección había desaparecido. Estaba en uno de esos momentos delicados que nunca han sido mi especialidad.

No soy precisamente una persona reflexiva ni tengo mucha capacidad de empatía con lo que nunca he llevado bien este tipo de etapas en las que la delicadeza debe ser el disfraz que camufle lo que realmente pienso o todas mis intenciones.

Le agarré la flácida y repulsiva caperucita roja (cada vez menos “ita”) que amenazaba por meter su cabeza en la boca de mi león.

-    ¿Dónde vas con eso? ¿Le has cogido cariño y no te vas a quitar el condón? Y eso que antes no te hacía mucha gracia….
-    Si claro, como quieras…

El brillo de sus ojos y su instantánea y acelerada disposición a cumplir mis deseos me mosqueaban. Se quitó velozmente el preservativo convertido ahora en una especie de chicle de fresa y nata remarcado y lo lanzó lejos, en el mismo movimiento con el que se lanzó sobre mí.

Sin saber cómo, al instante lo tenía poniendo el muñequito flácido a la altura de mi barbilla. Tal vez era la posición, que si hubiera estado con él medianamente erecto, su cabeza estaría entre mis cejas, pero no, no era así: Enfrente tenía un dátil, tamaño King Size, eso sí, arrugado y con muy mal aspecto.

“No me voy a comer eso”, masculle para mis adentros, pero parece que lo mascullé demasiado alto e ininteligible porque él entendió algo así como te la voy a devorar de un mordisco y con una prontitud pasmosa, impasible el ademán, redujo los escasos milímetros que separaban mi boca de su entrepierna.

-    No te la voy a comer -dije ahora alto y claro
-    ¿Cómo? No te entiendo
-    No comer, no eat, ne manger pas…¡NO!  ¿Cómo te lo tengo que decir? No pienso meterme en mi boca esa cosa sucia y maloliente…
-    ¿Porqué? ¿Sólo sabes comer con gomitas de sabores?...
Esto se estaba poniendo cada vez peor. Es más, creo que ya no tenía arreglo. El horno se había apagado definitivamente.

-    También se comer con cuchillo y tenedor, pero no creo que te haga mucha gracia
-    No te hagas la graciosilla… ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué te haga yo antes un trabajillo? ¿Qué me ponga un condón de tutti-frutti? ¿Qué te la meta directamente?...

Su dátil era ya casi una pasa… ¡Cómo puede llegar a variar el mercado de valores! Mi horno ya era un congelador. Llegados a este momento no quedaba más que desenchufar. Me incorporé bruscamente, cogí de un bolso las cuatro o cinco gomas que tenía, las tiré a la cama y me empecé a vestir…

-    Tutti- Frutti no, pero creo que quedan de menta, chocolate, whisky y alguno más… Tú mismo… Disfrútalos, si te llegas… Si no, siempre los puedes mascar

Me vestí con una rapidez propia del superman de la cabina telefónica y me despedí con un beso en la mejilla.

-    Buenas noches

Por un momento estuve tentada de decir lo siento, pero afortunadamente no lo hice, no había por qué.

Él me contestó con un  "Buenas noches… Lo siento…"

No le di tiempo a que pudiera reaccionar más… No me convenía. Hubiera sido peligroso. Me podía haber suavizado y ahora mismo todavía estaríamos metidos en la cama, pero ya estaba en el portal. ¿Y por qué coño le he tirado los condones? ¿No me podría haber cabreado sin más y haber salido por la puerta…? Como si regalaran las gomas de sabores… Visto así, casi las podría haber utilizado… Pero ya era tarde. Mejor dicho, ya era temprano.

Un señor en chándal con periódicos bajo un brazo y una cadena terminada en perro en la otra mano, entró por la puerta del portal:

-    Buenos días
-    Buenos días, respondí sin mucho entusiasmo -Realmente no lo son.

Salí a la calle y realmente no lo era. Me estoy acostumbrando demasiado a terminar mal todas mis historias. Y ésta, no iba a ser una excepción.

¡BUENOS DÍAS!



Cuantos más nos vean, más felices somos tod@s... ¡COMPARTE!