jueves, 9 de abril de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 13): Me gustas con el pelo rizado.




- ¿Te he contado la historia de cuando decidí no creer en la primavera?
- No. Me acordaría. ¿Por qué decidiste no creer en la primavera?
- Entonces no te lo he contado.
- No.
- Ya te lo contaré algún día.
- ¿Por qué no ahora?
- Llueve.
- ¿Y qué? Tenemos paraguas.
- La humedad me riza el pelo.
- Me gustas con el pelo rizado.
- No te puedo contar la historia de cuando decidí no creer en la primavera con el pelo rizado.
- Lo dejaremos para otra estación.
- Lo dejaremos.
- No lo olvides.
- Nunca olvido nada. Creo...
- Crees...


B.S.O.: "Why Does It Always Rain On Me?" (Travis).




martes, 7 de abril de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 12): Precipítate, mézclate conmigo.



Sonó aquella canción.

Esta sí te gusta, ¿verdad?
Bueno, es de toda la vida.
Pero, ¿tú qué edad tienes?

Más que tú. Por supuesto. No te acerques tanto. No te pongas ahí. Claro que conozco la canción. Resulta que la hizo famosa Pedro Guerra pero la cantaron antes Ana Belén y Víctor Manuel. La cantó posteriormente Pedro, que no era conocido pero era el autor, y con ella abrió la puerta del gran público y se coló dentro. Luego la retomaron Ana Belén y Víctor Manuel. Contamíname. Pero ya la conocía casi todo el mundo. O algo así. No sé, siempre he creído que en esto de las historias alrededor de las canciones hay más leyenda que realidad. Mézclate conmigo. Y que te tienes que fiar de lo que te cuentan los implicados. No te acerques tanto, de verdad.



Mézclate conmigo.
Me vas a contaminar.
Es la idea. Mézclate.
¿Sabes que me estoy asomando peligrosamente a tu escote?
Lo he puesto aquí para eso, ¿no te habías dado cuenta?
Me lo había parecido.
Contamíname, méclate conmigo. ¿Te da miedo mi escote?
Francamente, sí.
Pero te excito.
...

Llevo excitado desde que tengo uso de razón. Quizás por eso, paradójicamente, me controlo más de lo debido. Porque llevo conviviendo con ello desde que soy persona. Lejos de sentir la excitación como algo por lo que dejarse llevar, lo considero algo intrínseco a mí. He creado tolerancia a la excitación como si de una droga cualquiera se tratara. Que lo es. Algunas personas buscan la excitación por ahí. Yo la tengo dentro como si me hubiera caído de pequeño a la marmita con la poción mágica del MDMA. 

Claro que me excitas.
Precipítate.

Sonó otra canción. No era de Pedro Guerra. Ni de Ana Belén y Victor Manuel. 

No recuerdo qué canción sonó. 


B.S.O.: "Contamíname" (Pedro Guerra, Victor Manuel y Ana Belén). 

lunes, 6 de abril de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 11): El conejo de la Bardot.


Érase una vez, cuando todo parecía diferente, un personaje ficticio (el que está contando esto) que se asomó a la entrepierna de una famosa. Cuando estaba en el cénit de su fama. La famosa, no yo, que  (como diría otro famoso por el que tengo más interés en su conjunto que en su entrepierna) partiendo de la nada he alcanzado las más altas cotas de la miseria. Y los que partimos de la nada, o de divisiones muy inferiores, siempre nos emocionamos al encontrarnos frente a entrepiernas famosas. Tanto, que no sabemos asimilarlo. Y con las aspiraciones claras de alcanzar las más altas cotas de la miseria, nos sentimos importantes y nos da por contarnos las cosas en tercera persona, como si quisiéramos ser más de lo que no somos. Aunque estemos mirando eso...






Sin darte demasiada cuenta dejas pasar las horas. Miras fijamente a algo pero no lo ves. Lo tienes delante y no está allí. Esas cosas que las ves y te preguntas dónde han estado siempre y cómo has vivido todo ese tiempo sin saber de su existencia. O de su presencia. No sé, creo que no me entiendes. Sí, seguro que entiendes lo que estoy contando, pero no es lo que quiero contar. Perdona, rectifico, no es que no me entiendas, es que no estoy contando lo que quiero que entiendas. Tampoco es que haya nada que entender. Ahí está el tema. Le estoy dando vueltas a algo que no tiene demasiada importancia y lo estoy contando como si estuviera poseído por el espíritu de un gurú espiritual o de un Paulo Coelho cualquiera. Sí, es cierto, lo he hecho a propósito. He diferenciado gurú espiritual de Paulo Coelho. No sé por qué estoy hablando del despreciable de metáfora-man. Sólo me he sentido con ganas de contar a alguien que el procesador de texto en el que trabajo tiene el idioma “Español (Argentina)” puesto y yo no he sido. Tan es así que cuando he vuelto a mirarlo tiene puesto el “Español (España, internacional)”. Ahora tiene menos gracia. El tema argentino debería hacérmelo mirar. Sin duda. Pero eso ya lo sabes. Como sabes que esto no tiene el menor sentido. Que no importancia. Eso sí. La importancia que das a todo lo que te cuento es quizás una de las cosas más importantes por las que merece la pena vivir. Sin darme demasiada cuenta dejando pasar las horas.




Todo lo que te cuento es para contármelo a mí. Claro que eso ya lo sabes. En ocasiones dudo de que siquiera estés ahí. Me sorprendía tanto cuando estabas que ahora que sé fehacientemente que no estás ni siquiera lo valoro. Hasta que me pongo a contarte algo. Vuelvo aquí porque he sentido que llevo un rato fuera. He vuelto y ahora, que estoy siendo consciente de que he vuelto, me doy cuenta de lo poco que me doy cuenta. Necesitaba volver pero, sin saber bien si he vuelto o no, ya empieza a dar un poco igual. Seguramente lo de volver sea algo que es muy relevante para mí porque un mi banda sonora original vital siempre ha estado aquello de “ya siento que estoy radiante por volver” que canta Calamaro en  “No tan Buenos Aires”. Han existido momentos en mi vida en los que he estado convencido de que es la canción más importante de mi vida. La más grande. Otro día te contaré (porque me servirá para hacer la lista para mí) cuáles son las canciones que componen mi banda sonora. Alguna playlist he hecho con ellas. Nunca está del todo bien hecha. Normalmente faltan canciones y no sé cuáles son. Esporádicamente sobra alguna y me doy cuenta al volver a la lista. “No tan Buenos Aires” siempre está. O debería estar. Nunca he estado físicamente en Buenos Aires. Con el paso del tiempo me doy cuenta de que si no me llevas tú lo mismo no estaré nunca. Aunque siempre sienta que hay muchísimos momentos en los que estoy radiante por volver. Ir a Buenos Aires es uno de mis sueños y no sé si en ese sueño está implícito ir contigo. Sospecho que no tengo interés en ir contigo a Buenos Aires. Que mi sueño no está marcado con una compañía como la tuya. Que ir a Buenos Aires es algo que no debería compartir con nadie que conozca o ya haya conocido a día de hoy. Pero creo que me costará mucho hacerlo si tú no me llevas. No sé, ya me conoces. Es una de esas cosas, que por más vueltas que le dé, menos claro tengo. Como esto de no escribir BBAA en lugar de Buenos Aires. Con lo aficionado que soy a las abreviaturas cuando algo abreviable es varias veces repetido.

Me gustaría repetir en esta entrepierna una y mil veces. Pero no lo voy a decir muy alto porque sé que no es mi sitio. Esos sitios que te fascinan tanto porque te sientes en ellos un intruso. Visto desde fuera te pueden convencer de que no es así pero tú lo sientes. Tanto que se despistó de quién estaba allí. 

Y colorín colorado, esa entrepierna se ha cerrado...


B.S.O.: “No tan Buenos Aires” (Andrés Calamaro).




jueves, 2 de abril de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 10): La aplicación de los abrazos.



M despertó con peor humor que de costumbre. N se dio cuenta y no quiso decir nada. Se limitó a un escueto y aséptico “buenos días”. Le preguntó si quería café. M le miró y, tras un beso de esos que se dan y parecen pedir perdón, le contestó:

- Sí, gracias, cariño.
- Te lo pongo, siéntate en la sala. Yo tampoco he desayunado aún, me acabo de levantar.

Mintió. Sabía que algo había pasado aquella noche. No tenía ni idea de qué era, pero algo había pasado que a M le había perturbado. Y cuando M se perturbaba y no dormía bien, N dormía peor aún. 

- He dormido fatal. Espero no haberte molestado.
- No, tranquila.

Mintió otra vez.

- ¿Ha pasado algo?
- No, no sé. He dormido muy mal. Pero no por nada. Un sueño muy extraño.
- ¿Me lo vas contar?
- He tenido miedo. He soñado algo raro. Nos despedíamos y no quedaba bien. No sé, muy raro todo.
- ¿Nos despedíamos mal?
- No, no mal. Nos despedíamos y faltaba algo. 
- ¿Algo? ¿Nos despedíamos para siempre?

La segunda pregunta le dio un poco de miedo. N se arrepintió de haberla hecho al instante. Conocía de sobra a M y sabía que poner demasiada intensidad en conversaciones abstractas no les llevaba a ningún sitio bueno. Nunca. 



- No, no sé. Era como si nos despidiéramos y no te pudiera abrazar.
- ¡Anda, tonta! Abrázame.

No se abrazaron. M miró y a N le dio miedo. 

- No, no seas tonto. Eran más cosas. ¿Tú qué tal?
- Yo he dormido bien.

Mintió, aliviado, por enésima vez aquella mañana.

- Me alegro.
- Fíjate que anoche tuve una idea maravillosa entre sueño y sueño. 
- ¿Sí?
- Sí. Pero de las chulas, chulas.
- Cuéntame.
- No puedo. He despertado a buscarla y no aparece. 
- Estará bien allí...

Ahora fue N la que mintió. Ella no podría soportar tener una idea maravillosa en sueños y no encontrarla al despertar. Por muchas veces que le ocurriera. No lo soportaba, sin más. Mucho menos creer que está mejor "allí". Fuera donde fuera ese "allí".

- Sí, supongo que estará mejor allí. Sea donde sea ese "allí".
- Ya aparecerá.
- Ha aparecido otra. Lo mismo ha sido por culpa de tu sueño.
- ¿Te has acordado porque te he contado mi sueño?
- No sé, puede ser.
- Pues no te he contado ni la cuarta parte.
- Tampoco te acuerdas de más, ¿verdad?
- Verdad.

N mintió. Esta vez diciendo “verdad”, lo que no deja de ser una cosa curiosa.

- He soñado con algo que, quizás, tiene que ver con tu sueño y el despedirse sin poder dar un abrazo.
- Cuéntame.
- Se me ha ocurrido una aplicación de WhatsApp.
- Creo que no puede haber algo más lejos de los abrazos que el WhatsApp.
- Sí, a priori sí. Pero, si no puedes dar un abrazo, ¿no puedes, al menos, paliarlo un poco con el WhatsApp?
- Sí, claro, sobre todo tú, con lo borde que eres por WhatsApp. Con lo que cuesta cogerte el punto a ti...
- Pues más a mi favor. ¿Cuántas veces no has terminado de hablar y, al tiempo, en los chats, ves esa conversación con una frase que no te gusta al terminar?
- No sé, chico, yo no me fijo en esas cosas, no le doy tanta importancia como tú.

Y N mintió por enésima vez aquella mañana. Estaban prácticamente a la par. Y los dos lo sabían.

- Una aplicación que deje siempre una frase que te guste como final a una conversación de WhatsApp.
- ¿Cómo?
- No sé, una frase de cierre bonita. Como un abrazo de despedida mecanizado. Que nunca se te olvide, que no se cierre la conversación en falso o con una frase rara por las circunstancias que sean...
- O sea, que vuelves a comparar lo de los abrazos con el WhatsApp, ¿no?
- Sí, quizás tenga algo que ver.
- No te entiendo. 
- Abrázame.
- Ahora no quiero.

Mintió. 
Pero no se abrazaron. 

Años después, M bloqueó a N en WhatsApp. Aunque no le negara nunca un abrazo desde que se separaron, no quería que le mandara mensajes. No quería siquiera sospechar que pudieran estar mecanizados. Pero siempre echó de menos aquel abrazo. El que no dio en sueños y el que no se dieron aquella mañana. Decidió no volver a escatimarlos nunca. 

Aunque fueran por WhatsApp, pensó N sin saber lo que pensaba M al respecto. 

Que nunca jamás se me vuelva a perder un abrazo que deseo dar (pensaron los dos).



B.S.O.: Abrázame (Julio Iglesias, Iván Ferreiro y Doctor Deseo).



miércoles, 1 de abril de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 9): Cuéntame algo que no sepa (tenía tantas ganas como miedo).


Se besaron. 
Se besaron de esa manera que se besan dos personas que llevan mucho tiempo esperando hacerlo. Con ansia y deseo, pero con miedo. Porque llevaban mucho tiempo esperándose. Esperando los besos.

Se separaron para respirar un poco.

- ¡Uf! ¡Qué ganas tenía!
- Pues aquí estamos.
- Tenía tantas ganas como miedo.
- ¿Te doy miedo?

Sí, a él le daba miedo ella. Miedo de acercarse demasiado. Miedo a que se lo comiera entero. Porque, sin duda, ella era de esas. O eso parecía. Y ahora tenía más miedo aún. Se habían besado -por fin- y estaba a punto de cagarla por hablar demasiado. Tenía tantas ganas como miedo, era evidente. Tenía que besarla de nuevo, no le iba bien seguir conversando.



- Yo también te tenía muchas ganas.
- ¿Y por qué no me lo has dicho nunca?
- ¿Cómo te lo voy a decir? 
- ¿Por qué no?
- No me has contestado a lo de si te doy miedo.

Mierda, pensó él. Ella había vuelto a ponerse encima. Con lo que le había costado retomar la situación. 

- Tenía tantas ganas como miedo.
- Eso ya lo has dicho. Contéstame a lo que te pregunto o dime, al menos, algo que no sepa.
- ¿Seguro?
- ¡Sorpréndeme!
- Pero bésame otra vez.
- Claro...

Se besaron. Mucho. Él intentó alargar ese beso como si fuera el segundo. El primer beso se da para romper las hostilidades. El segundo siempre es mejor, más largo, más intenso... Intentaba volver a él y ella lo notaba. Tampoco a ella le disgustaba. Ella también tenía tantas ganas como miedo, pero no se lo iba a decir. Le gustaba verle inseguro con ella. Era la mejor manera de esconder su inseguridad: ponerla encima de la suya.



- ¿Y bien?
- Seguro que no sabes que en algunas zonas del ártico y Groenlandia, los esquimales tienen como tradición prestar a su pareja, para pasar la noche a quien llega de visita. 
- ¡Joder! Eso sí que no me lo esperaba. 
- Pues te iba a soltar otra peor.
- ¿Seguro?
- Sí. Pero ya da igual.
- No. Supondrás que, ahora, vas a tener que decírmela o volvemos a lo de que te doy miedo.
- En algunas tribus de Papúa Nueva Guinea, los jóvenes deben practicar sexo oral a los ancianos y beberse el semen para poder tener relaciones con las mujeres. 
- Pero, ¿a ti qué te pasa? ¿Te acabas de leer un National Geographic de costumbres sexuales por el mundo.
- No. Lo mismo luego te cuento por qué sé todo eso.
- No sé si quiero saberlo.
- Mejor.

De repente, con la tontería, la situación había dado un vuelco espectacular. En aquel momento ella empezó a mostrar su miedo y él, sin saber cómo, se empezó a sentir más fuerte. Todo era irreal porque los dos seguían teniendo tantas ganas como miedo, pero cambiaron sus posiciones.

- Después de esto ya no sé de qué más podemos hablar.
- Pues no hablamos. Tenemos la boca ocupada.
- Eso queda muy feo decirlo, lo sabes, ¿verdad?
- Sí, me he dado cuenta.
- Pero tienes razón. Aunque no me importaría que...
- Las mujeres kung del desierto del Kalahari tienen relaciones sexuales entre ellas antes de mantener sexo con los hombres.
- ¡Pero, tío! 
- Es broma...
- ¿Es broma? ¿Te lo acabas de inventar?
- No, el dato es cierto. Lo que es broma es habértelo dicho.
- Pues, no sé...
- Si quieres lo remato.
- No sé si quiero.
- Mejor.
- No, venga, ahora remata...
- Los semai, en Malasia, no pueden rechazar el sexo cuando se lo ofrecen. Es motivo de mala suerte decir que no a un coito.

Y todo cuadró. 
Sin saber muy bien cómo, los dos entendieron que podía dar mala suerte renunciar a acostarse juntos. Como si fueran semais. Los dos querían y los dos se ofrecían. Se dieron cuenta de que mejor no lo podrían hacer y que cualquier cosa que se dijeran podría joder el coito que tanto ansiaban. Que tantas ganas como miedo tenían de hacerlo los dos.



Cuando llegaron a la cama recuperaron el ansia y el fulgor del segundo beso. Se desnudaban torpemente. Como dos adolescentes que lo hacen por primera vez. A fin de cuentas, era la primera vez que se encontraban los dos, que se tenían tantas ganas como miedo. Hasta que llegaron a los calcetines. Entonces, ella, que no se había dado cuenta de las ganas que tenía -aparte de follar con él- de devolverle algún dato, no se pudo aguantar y se lo soltó.

- Seguro que no sabes que, es un hecho constatado científicamente, eres más propicio a experimentar un orgasmo si tienes los pies calientes.
- Lo sé. Pero soy incapaz de meterme en una cama con los calcetines puestos.

Y no volvieron a hablar más. 
Los dos tenían tantas ganas como miedo...





lunes, 30 de marzo de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 8): Cuando todo esto acabe, quiero que me invites a dormir contigo.


Hoy he despertado antes de tiempo. 
Sin querer. 
No lo he sabido hasta que he sido muy consciente de haber despertado, esto es, la certeza de que estás despierto y ya no vas a poder dormir más, y he mirado el reloj del móvil. 
He despertado porque he estornudado varias veces. 
No sabía yo que se podía estornudar estando dormido. A lo mejor no se puede y cuando he estornudado me he despertado al instante. Es difícil de comprobar, como saber si la luz de la nevera está encendida en secreto cuando cierras la puerta y no apagada, como nos intenta hacer creer. 
Todo muy Schrodinger, muy felino. 
Me gusta contar que estornudo por alergia a los gatos. 
Pero no tengo gatos. 
No recuerdo tenerlos desde que era pequeñito y eran gatos familiares. Yo personalmente no he tenido ninguno. 



Me he acostado con muchas chicas que tenían. Es lo más común. Llegados a mi edad, acostarse con alguien es más fácil si tiene gato. Ellas mismas lo dicen. Las chicas que tienen gato suelen estar más locas. 
Pero, no. 
No tengo alergia a los gatos. 
Ni siquiera he utilizado con ninguna de ellas lo de contar que tengo alergia a los gatos para salir huyendo de su cama si siento que sus locuras empiezan a pasar de ser arrebatadoramente atractivas a ser relativamente peligrosas. 
Me resulta muy sucio. 
Como despertarme antes de tiempo sin tener necesidad. 
He despertado por mi alergia falsa a los gatos y ya no he podido dormir. Como siempre me pasa.
Onicofagia es la palabra que da nombre a lo de morderse las uñas. 
Creo que nunca que he despertado antes de tiempo, sin tener que hacerlo, he ocupado ese tiempo en morderme las uñas. No sé si me he dejado llevar por la onicofagia. Pero he despertado antes de tiempo y he pensado en mi falsa alergia a los gatos y en la onicofagia. Que es real. La onicofagia, no la alergia a los gatos. 
Qué sería de mi vida sexual sin las chicas de cierta edad que viven solas con sus gatos. Lo único que me faltaba es tener realmente alegría a los gatos. Lo que me cuesta dormirme en la cama de ciertas chicas y lo mucho que me despierto antes de tiempo en la mía. 
No sé qué es más molesto. 
Aunque las dos cosas suelo saber llevarlas. 
Quizás le esté dando demasiada importancia. 
Como a lo despertar estornudando sin parar, sin tener un gato cerca, ni alergia a los gatos (real). 
Hoy he despertado antes de tiempo. 

Quizás PIENSO demasiado en tu gato y en TI. 

Y no te lo haya dicho porque no he dormido contigo aún. 

Ya queda menos...


sábado, 28 de marzo de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 7): El día de la Mariposa Tecknicolor, Nabokov, Fito Páez y Vera



“Todas las mañanas que viví
Todas las calles donde me escondí
El encantamiento de un amor...”

Hoy, 28 de marzo, es el Día Internacional de la Mariposa Tecknicolor. Aprovechando este día, que hace años que lo celebro como se debe, y que es para mí lo que para otros es su cumpleaños, os voy a contar la bella historia de la mariposa que dio origen a este nombre y esta celebración. Una mariposa que, con su existencia, da lugar a un club muy exclusivo, con representantes en todo el mundo, al que tengo el honor de pertenecer y ser parte activa.



Antes de contar la historia tengo que indicar, como salvedad importante, varios aspectos que hacen, de este cuento, algo más que un cuento normal:

Yo, como toda persona de bien, tengo a Cecilia Roth en el altar de mis afectos. 
En el de mis libros preferidos de la historia, “Lolita” de Nabokov. 
Vera, el nombre de la mujer de Vladimir, es el de tres niñas, de edad similar, que son mi sobrina y otras dos sobrinas “adoptadas”, hijas de dos de las personas más importantes en mi vida. 
Creo que la palabra “crisálida” es una de las más bellas que existe en nuestro idioma.
En el altar de mis ambiciones perdidas está el desear ser un estrella del rock argentino. Si bien siempre estuvo delante Calamaro, Ceratti, Charly o Spinetta, tampoco me hubiera importado ser Fito Páez. Sobre todo en la época en la que fue pareja de Cecilia Roth.
Y, sobre todo, como cualquier niño de mi generación, dediqué un importante tiempo de mi vida a recoger hojas de morera y a “cultivar” gusanos de seda para que acabaran convirtiéndose en mariposas.



¿Quién iba a sospechar que, aquellas actividades infantiles que muchos tuvimos, de recoger hojas de morera para criar gusanos de seda, nos iba a llevar a algunos a esto? A esto tan grande e importante.

A pesar de que le llamábamos gusano de seda, no era más que una oruga que formaba parte del proceso como parte del desarrollo por el que pasa la vida. El círculo comenzaba cogiendo las hojas y depositándolas en una caja. Se ponían los huevos de las mariposas en las hojas de morera, y eso daría lugar a la oruga, la larva. Esa oruga se convertiría en crisálida, de la que emerge, haciéndose adulto el gusano ya metamorfoseado en mariposa. Una mariposa que acabará poniendo huevos cerrando y, a la vez, abriendo el círculo. Uno de los círculos más perfectos y continuos de la vida en este mundo. El primer contacto que tuvimos, de niño, con la metamorfosis.

El gusano de seda es considerado el animal que más come del reino animal con respecto a su tamaño y tiempo de vida. Esto se debe a que durante su letargo en el capullo, sueños de muda y etapa adulta no se alimentan y, además, tienen que dejar las reservas suficientes a su prole para que sobreviva en el huevo. La larva emplea el almidón de las hojas que ha consumido, transformado en dextrina por su metabolismo, para producir el hilo de seda. El material, líquido en el interior del cuerpo, se solidifica en contacto con el aire. Girando sobre sí misma, fabrica alrededor de su cuerpo durante unos cuatro días, una envoltura oval (el capullo) formada por un único hilo de hasta novecientos metros de largo. Capullo es una palabra, que como adjetivo, también ha estado muy presente en mi vida. Pero más en mi etapa adulta que en aquellos juegos de ser Dios que tenía de pequeño. Dentro del capullo mudarán dos veces más. Tras estas mudas, el color de la oruga aparecerá “sucio”, y su piel arrugada y algo húmeda que se secará y alisará transcurridas unas horas. Al eclosionar de la crisálida, tras unos veinte días en condiciones normales, la mariposa rompe el capullo con una secreción ácida que separa los hilos de seda y sale al exterior. La mariposa vivirá de tres a siete días y no se alimentará, tan sólo buscará pareja para que las hembras puedan efectuar una puesta. Los machos son de un tamaño ligeramente menor, abdómenes más estilizados y alas más grandes, y se mueven mucho más que las hembras. Estas mariposas miden unos tres centímetros de envergadura de alas, son de color blanquecino o gris pálido, con marcas amarillentas en las alas y antenas plumosas de color negruzco. Tras el apareamiento, las hembras comienzan la puesta de unos cuatrocientos huevos en las ramas y hojas de morera, y mueren poco después. El tiempo para disfrutar de ver en vida a estas mariposas, como a las tecknicolor es, por tanto, muy limitado. Belleza efímera, como tantas cosas en esta vida. De ahí de lo difícil que es admirarlas. O capturarlas, a la manera de Nabokov, para después dedicarse a su estudio y contemplación.

“Todos yiran y yiran
Todos bajo el sol
Se proyecta la vida
Mariposa tecknicolor
Cada vez que me miras
Cada sensación
Se proyecta la vida
Mariposa tecknicolor...”

Vladimir Nabokov (1899-1977) fue el hijo mayor de Vladimir Dmitrievich Nabokov y Yelena Ivanovna Rukavishnikova. Nació en un ambiente rico y aristocrático. Nada comparable a los gusanos de mis cajas de zapato infantiles. En su casa se hablaba ruso, inglés y francés, por lo que fue trilingüe a muy corta edad. En 1919, Nabokov y su familia se exiliaron a Crimea con el Ejército Blanco y luego a Alemania huyendo del bolchevismo ruso. Fue autor de diez novelas en cirílico y ocho en inglés. Entre ellas, “Ada o el ardor”, “Pnin”, “Pálido fuego” o la imprescindible “Lolita”. Su afición por cazar, dibujar y catalogar mariposas le llevó a recorrer gran parte del mundo con sus pantalones cortos, su gorra a cuadros y un gigantesco cazamariposas. Se cuenta que cuando su padre fue detenido por sus actividades políticas, el pequeño Vladimir, con ocho años, le llevó a la cárcel uno de estos lepidópteros como regalo. Llegó a trabajar para el Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard. Fue el primero en clasificar las mariposas azules de América, y dio nombre a una veintena de especies. Entre ellas, la “Cyllopsis pertepida dorothea”, que llamó así en honor a Dorothy Leuthold, joven a la que daba clases de ruso y de la que no haremos más mención en esta historia. En sus memorias relata cómo, en una ocasión, creyó haber cazado un espécimen desconocido, cuya descripción envió a la publicación “The Entomologist”. Pero, tras hacer las comprobaciones, resultó que ya había sido descubierto años antes por un tal Kretschmar. Como venganza, Nabokov bautizó así a un personaje de vida poco afortunada en una de sus historias. 

Al final de su existencia, recibió el reconocimiento de los entomólogos. Incluso hay un par de especies que llevan su apellido: el doguillo de Nabokov, Eupithecia nabokovi, y la Nabokovia cuzquenha, una polilla de color marrón oscuro que dibujaba, a menudo, en sus dedicatorias.



Cuentan que Nabokov, ya en su lecho de muerte, lloró al ver una mariposa volando tras la ventana. Aquellas fueron, según parece, sus últimas lágrimas. 

“La melancolía de morir en este mundo
Y de vivir sin una estúpida razón...”

“Mariposa Tecknicolor” es una de las canciones más difundidas en las radios y de la carrera del rosarino Fito Páez, y una de las más celebradas en la década de 1990. Compuesta e interpretada por él, el propio Fito Páez explicó parte de la génesis de la Mariposa. En este vídeo se puede ver una versión censurada de la explicación. Fue editada por primera vez como segundo tema de su octavo disco (“Circo Beat”). En 1994. De las lágrimas de Nabokov, al ver una mariposa tras los cristales de la ventana, en su lecho de muerte en 1977, hasta la fecha de la primera publicación de “Mariposa Tecknicolor”, pasan diecisiete años. Como diecisiete segundos son los arrebatados al vídeo de Fito explicando la conexión de su canción con Nabokov. La experiencia que todo lo explica y que hace que hoy, 28 de marzo, algunas personas, no habilitadas para poder contar la historia al completo, celebremos el Día Mundial de la Mariposa Tecknicolor. Con diecisiete besos (este año desde la ventana) a las diecisiete primeras personas que creamos merecedoras de este arrebato de felicidad que es la Mariposa Tecknicolor. 

Diecisiete es la edad que tiene Ariel Rot cuando muere Nabokov. Ariel, como hermano de Cecilia (Roth, con “hache”, no como su hermano que no la lleva, cosas de artistas) fue cuñado de Fito durante muchos años, lógicamente. Como músicos argentinos, han colaborado en multitud de ocasiones, pero no consta en ningún sitio que Ariel haya cantado nunca “Mariposa Tecknicolor”. Aunque estuvo cerca, en el disco de Fito grabado en directo en Madrid (“No sé si es BA o Madrid”). En ese disco colabora en “Giros”. Un disco en el que, por supuesto, está la Mariposa y que se inicia con “11 y 6”. Diecisiete.

Cecilia Roth se instaló en España cuando su hermano tenía diecisiete años. Llegó a España a tiempo de vivir intensamente la movida madrileña, de participar en películas de Almodóvar y de acoger a su hermano Ariel, que daría lugar a Tequila y Los Rodríguez. 



Y todo esto, como os lo cuento, forma una crisálida que sólo es comprensible bajo los acordes y la melodía de "Mariposa Tecknicolor". Una canción que cantamos gente de todo el mundo como un himno a la alegría. Que dejan, para la esperanza, unos versos de cierre que, indefectiblemente, son los que tienen que cerrar este cuento:

“Llevo un destino errante
Llevo tus marcas en mi piel
Y hoy sólo te vuelvo a ver”.





P.D.: Todo este cuento es falso y tramposo. Salvo la gran mayoría de los datos que en él se mencionan. Tampoco creo que sea muy relevante. Sólo era una excusa para contar algo sobre una de las canciones más bellas que se han compuesto jamás en castellano y mandar los diecisiete besos que hoy no puedo dar en persona. 
Uno es tuyo. 
Con todo mi amor.


viernes, 27 de marzo de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 6): Madurar con un trapo para limpiar el polvo en la mano


Aquel viernes, se acercó a la ventana. Estaban a punto de ser las 19:58. Ya lo había tomado como costumbre. Pasaban los días y cada vez aplaudía más gente. Al principio se sentía más raro, siendo casi el único del bloque que lo hacía. Pero ahora era un ejercicio comunitario, se oía a mucha gente aplaudir. Más cada día que pasaba.

También acercó el altavoz del equipo de música. Lo puso hacia afuera, con la clara intención de poner música para que la escucharan en la calle.

- ¿Qué haces?
- Voy a poner música.
- ¿Qué música?
- Una de Sonia y Selena.
- ¿En serio? Venga, dime qué vas a poner de verdad.
- La de “cuando llega el amor, los chicos se enamoran”, de Sonia y Selena.
- Pero, ¿por qué? ¿Estás colgado?
- ¿Y por qué no?
- ¿Cuándo vas a madurar?




Y ahí se paró. Iba a contestar pero el sonido de los aplausos inundó la casa. Se dio la vuelta y se volvió a asomar a la ventana. Se puso a aplaudir, como todos los días desde que aquello empezó. Pero lo hizo pensando en otra cosa. Sin poder quitarse de la cabeza lo de madurar.

Pensó que madurar es comprender, de una vez en la vida, que la limpieza es infinita. Aquella mañana había vuelto a limpiar toda la casa. Y la limpieza, pensó, es infinita. Limpiar no se acaba nunca. Comprendió que todo ensucia y que cuando has parado de limpiar ya está empezando a ensuciarse de nuevo. Porque limpiar es un acto continuo del que no puedes salir nunca. Hasta que asumes que la limpieza es infinita y actúas en consecuencia. Entonces eres mayor. O maduras. En la limpieza constante está la madurez. O algo así debe ser.  



- Mañana tenemos que limpiar la cocina a fondo.
- Otra vez.
- Sí, otra vez.
- Hemos limpiado esta mañana.
- Otra vez, a ver si maduras...

Sí. Quizás madurar no sea más que asumir que la limpieza es infinita. Pero no le dijo nada más. Terminaron los aplausos y se retiró dentro de la casa. Desde fuera empezaron a llegar las primeras notas de una canción que sonaba desde el inmueble de enfrente. Era la de “cuando llega el calor los chicos se enamoran”, de Sonia y Selena...



B.S.O.: "Yo quiero bailar" (Sonia y Selena).




jueves, 26 de marzo de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 5): El poeta que no llevo dentro y Carmina Ordóñez (La Divina)



Esto que te cuento sucedió en un tiempo, tan lejano, que casi no me acuerdo.



Había escrito un poema sobre la adicción a las drogas y caída a los infiernos, televisada hasta su muerte, de Carmina Ordóñez. Aquel poema había gustado mucho y hasta fue seleccionado como uno de los finalistas del concurso de un pueblo, de cuyo nombre no puedo (o quiero) acordarme, donde valoraron mi "desgarradora visión de la luz que se apaga en la naturaleza del sur de España”. 



Eso hizo volver a plantearme, aquella vez con tremenda razón, que o bien no sabía ni iba a saber escribir poesía nunca, o bien que estaba como un puñetero cencerro y todavía el mundo ni siquiera se había dado cuenta. Con el paso del tiempo, ya consciente de que la primera posibilidad la había ido constatado tras años de intentos y de fracasos, aposté a que la segunda opción empezaba a ir brotando al mundo, altanera y resentida, por haber estado más o menos oculta tanto tiempo. 



Entonces me acordé de que tú querías que te escribiera un poema. Y que me creías capaz de hacerlo. Pero, como sigue pasando el tiempo, y cada vez me lo dices menos, me estoy empezando a olvidar. Así es que no sé si puedo decirte que seremos felices, si comeremos perdices, de postre bizcocho y a mí me van a dar con un tomate pocho.





miércoles, 25 de marzo de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 4): Aquella almohada





Nunca sabrás lo que es la melancolía si no duermes con ella. 
Yo dormí con ella una vez. 
En aquel hotel. 
Eran tiempos maravillosos. 
Desde entonces no hago más que gastarme todo mi sueldo comprando almohadas. 
No consigo encontrar ninguna como la compartimos aquella noche. 
Ya no duermo. 
Todas me molestan. 
Me acuesto porque hay noches que no encuentro motivo para no hacerlo. 
Pero me sienta muy mal. 
A veces me dejan el cuello hecho polvo y, en otras ocasiones, me impiden echar un buen polvo porque la posición de mi cabeza me distrae de la persona que tengo encima. 
No. 
Nunca sabréis lo que es pasar la vida en una permanente búsqueda porque ya no puedo vivir sin volver a encontrar la almohada de aquel hotel donde nos amamos aquella vez. 
Tendremos que probar. 
A amarnos. 
Sin melancolía. 
Esa puta que nos separa. 
No te la pienso presentar.
Nos debemos una noche.
Sin ella...




Cuantos más nos vean, más felices somos tod@s... ¡COMPARTE!