- ¿Cómo puedes hacer algo mientras
escuchas a Battiato en italiano? - Y tú, ¿Cómo puedes hablarme
sabiendo los deseos que despiertas en mí? - ¡Touché! - Follemos. - Tampoco es eso... - ¡Hagamos el amor! - Quita esa música y bailaré para
ti. - Quiero follar antes. - ¿Cómo puedes pensar en follar
mientras hablamos? - ¿Cómo podría no hacerlo? - Touché otra vez. - ¡Hagamos el amor! - Fóllame de una puta vez, que no
te enteras de nada.
Y follamos como si no hubiera un
mañana. Pero sí lo había. Y Battiato en italiano fue interrumpido
por el despertador que les dijo que ya estaba bien por esa noche.
Ninguno de los dos sabíamos quién lo había puesto, pero una vez
que sonó, nos cortó todo el rollo.
No volvimos a follar.
Nunca más.
Battiato no sabe nada del tema, pero
algún día lo mataré porque necesito echarle la culpa a alguien. O
follar con otra para olvidar cómo hacíamos el amor...
Me quisieron asesinar
cuando fui segunda en el concurso de Miss Universo. Quedé segunda y
con una amenaza de muerte. Una amenaza real, no como cuando alguien
te dice “te voy a matar” y luego nada. El mundo está lleno de
amenazas falsas. Hasta entre risas y cariños.
“Te voy a matar” le
dijo ella a él momentos antes de besarlo con todas sus fuerzas y
parar riéndose y mirándose cariñosos a los ojos.
A mí me quisieron matar
desde que se supo que soy la subcampeona del Certamen de Miss
Universo. Y no sé si podré seguir viviendo con ello. Si no puedo
seguir viviendo quizás la amenaza se quede en nada porque no llega a
cumplirse. Si yo amenazara realmente con matar a alguien, lo último
que querría es que se muriera antes de que cumpliera mi amenaza.
Algunos lo ven como un triunfo. A fin de cuentas, persiguen que esa
persona esté muerta. Pero eso no es así. Una amenaza no persigue la
muerte de una persona, si no que quiere matarla y disfruta el
trayecto hasta que la asesina. Más del trayecto que del asesinato.
Incluso mucho más de la amenaza que del fin. Como casi todo en esta
vida. El que se contenta con una muerte no provocada por él cuando
amenaza de muerte a alguien es como el barrendero que reza para que
venga el viento y se lleve lo que tiene que barrer. Se lo llevará,
pero para extenderlo más y hacer a la larga, más difícil su
trabajo. Un trabajo que persigue que aquello quede limpio. De polvo y
paja.
De paja que se hacen con
Miss Universo mientras sueñan con amenazar de muerte a la segunda
clasificada. A mí. Nadie se quiere hacer una paja conmigo.
De polvo por despecho.
Porque la campeona se cree ya demasiado buena como para follar con
cualquiera. Nadie quiere follar conmigo. Sobre todo porque no soy
merecedor del segundo puesto.
Te dije que caminaras, que te quería
hacer una foto.
No quisiste andar para mí. Quizás recordabas
aquello que te canté una vez al oído: “me gusta cómo andas, ponte
a salvo”.
Traté de intentar que recordaras que
era “me gusta cómo hueles, ponte a salvo” y que la cantaban Los Ilegales. Siempre fuiste muy legal conmigo. Pero no quisiste andar
para mí. Aquella foto se quedó vacía. Era un paisaje más. Con el
tiempo pasó a ser una naturaleza muerta. Y años después, el
facebook donde estaba colgada, la hizo estúpida con pretensiones
artísticas.
Frida Kahlo dijo aquello de “pies pa
qué los quiero si tengo alas para volar”. Yo te dije “no andes,
vuela” y desapareciste para siempre. Aunque sé que sigues ahí,
mirando desde ese sitio donde los demás no sabemos subir sin tu
ayuda.
Hoy me he despertado y todavía no he
pensado en ti. Debe ser una buena señal. Pero al pensar lo que no he
pensado, no he hecho otra cosa que pensar en ti otra vez. Y estoy
pensando que no he debido pensar que no he pensado en ti porque eso
es peor que pensar en ti de primeras.
Ya vienen los Reyes Magos, ya vienen
los Reyes Magos...
Oyó cantar a la chavalería por el rellano de la
escalera mientras se intentaba relajar en aquella destartalada
mecedora. ¿De dónde habría salido aquella mecedora y por qué era
tan incómoda? Quizás debería tirarla un día de estos, se dijo a
sí misma mientras sus manos bajo la manta que le cubría paseaban
entre sus piernas. ¡Qué bonita es la palabra chavalería y qué
coñazo es su concepto!
Hoy no estoy para nadie, pensó
mientras se intentaba convencer de que aquello no era vida. Pasar las
tardes en aquella desvencijada y ruidosa mecedora bajo una manta no
era un síntoma de que su vida fuera por buen camino. Fuera llovía a
mares. Es lo que toca en estas fechas, se dijo con actitud de tópico
insustancial mientras oyó de nuevo la canción de los Reyes Magos un
poco más cerca. Ahora no era la chavalería, sino una voz adulta que
le resultaba familiar, la que le llegaba del descansillo de la
escalera. ¡Qué bonita es la palabra descansillo y qué inquietante
es cuando se vive en una casa sin vecinos!
Debería levantase de la mecedora y
hacer algo útil. Debería. Debería hacer tantas cosas que el
tonillo de aquella voz que cantaba que ya vienen los Reyes Magos y
que estaba empezando a reconocer, le estaba causando un miedo
impropio en ella. Un miedo terrible hacia algo que venía de un
descansillo de una escalera inexistente, en una tarde lluviosa
meciéndose en un sitio incomodísimo bajo una manta que debería
tener tantos años como ella. ¡Debería cambiar de vida! Se dijo en
voz alta como si estuviera loca, con la única pretensión de que la
persona que cantaba en el inexistente descansillo de la escalera y
que cada vez identificaba mejor y sentía más cerca, le oyera.
Como con tantas cosas en su vida, lo
habitual sería dar la espalda, levantarse de la mecedora y asomarse
por la ventana para ver cómo llueve. Afortunadamente, tampoco había
ventanas en aquella casa baja y eso le libró de la cansada tesitura
de sacar las manos de debajo de la manta y levantarse de la mecedora.
Debería tener una buena ventana para
ver cómo llueve fuera, se dijo voz en grito. Ahora no pretendía que
le escuchara la voz que cantaba lo de los Reyes Magos y que ya había
identificado como un antiguo amor que no funcionó y que seguía
persiguiéndola por muy rápido que intentara caminar. Claro que la
persecución era bastante irreal ya que no huía sino que penaba con
sus manos bajo la vieja manta sentada en la cochambrosa mecedora.
La canción de los Reyes Magos cesó
por un instante. Cesó como cesan de llegar los regalos cuando te
haces mayor.
¡Has perdido la cabeza! - se oyó
decir a la voz de su antiguo amor desde fuera.
Estoy tirando mi vida a la basura,
pensó ella en voz alta y sin ganas de contestar a nadie. Porque
seguramente, nadie había.
Ya vienen los Reyes Magos, ya vienen
los Reyes Magos...
Hay tanta
sabiduría ahí fuera a la que nunca podremos aspirar que no sé cómo
conseguimos conciliar el sueño. Puedes pensar lo que quieras, puedes
criticar sin descanso, puedes tener los mejores argumentos a tu favor
y la razón inequívoca de tu lado pero recuerda siempre que “los
fascistas del futuro se llamarán a sí mismo antifascistas”
(Winston Churchill).
Sir Winston
-sí, yo también me he reído de pequeño relacionando un Sir con
una marca de tabaco aunque siempre se le viera fumando puros- se
removería en su tumba si tuviera conocimiento de cuánto se ponen en
su boca ciertas palabras. “Los fascistas del futuro se llamarán a
sí mismo antifascistas”. Así, sin anestesia. Como un mantra tipo
“Sólo sé que todo es relativo” (¿Albert Einstein?).
El que
fuera primer
ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial, tiene una
fundación con una web en la que no aparece entre las muchas frases
célebres que se recogen del político. Pero quizás eso dé un poco
igual a la hora de reuitear algo o discutir con alguien que nos afea
la conducta o las ideas. Y más igual dará que existan teorías que
adjudiquen la frase –y
ni siquiera textualmente- a un tal Huey Long, gobernador de Louisiana
alrededor de 1930. Sí, yo tampoco lo conocía hasta que me he puesto
a buscar. Pero lo he encontrado, ¿Eh?. Y creo que todos tenemos el
mismo google: “When
Fascism comes to America, it will (be in the name of/come under the
guise of/be called) anti-Fascism!”
Todo estas
cosas (con muchas más, no soy tan frívolo) hacen que emitamos ese
deseo de cansancio de “Paren el mundo que me quiero bajar”. Pocos
personajes tienen tan pocos detractores y tantos admiradores o
personas que le siguen como la genial Mafalda. A todos nos gusta y el
que más o la que menos tiene algún libro suyo o alguna viñeta que
conoce y le encanta. Mafalda es de todas y todos. Poco malo se puede
decir de ella. No se me ocurren muchos más personajes que sean tan
unánimemente queridos como la genial niña que creó Quino. Pero si
nos escuchara, seguramente se querría bajar del mundo en cuanto se
parara. Nunca lo dijo. Da igual. Esto no lo leerá nadie, pero por si
acaso, su creador lo explicó y razonó varias veces.
Pero esta
historia no estaría completa sin que fuéramos a lo que realmente
importa. A lo que hace que nos merezcamos todo lo malo que nos pase.
El uso y ¿disfrute? De las citas del Señor Paulo Coelho.
Si algo
malo han traído las redes sociales ha sido sin duda el tener que
encontrar día sí y día también las pretendidas y maravillosas
enseñanzas y consejos de metaforaman. Del hombre que llegó de
Brasil para enseñarnos a todas y todos cómo vivir mientras hacemos
que él viva cada vez mejor. Desde un punto de vista espiritual,
claro está. Porque él lo hace por nuestro bien. Y nosotros, tan
listos e instruidos, no hacemos más que mejorar su trabajo, poniendo
en su boca cualquier cosa que suene pseudotrascendente y haciendo
gala de ello por las redes sociales para que nuestros amiguitos y
amiguitas vean lo profundo y trascendentales que somos.
Yo no soy
así. Yo cada vez que veo una frase de Paulo Coelho, dudo.
Y si mi
duda no es razonable o me siento flaquear, me planteo que no hay que
dar por verdad nada a priori, o que una frase de alguien célebre no
tiene por qué cargar de más razón nada. O sea, que no por haberlo
dicho alguien conocido antes, algo es más verdad o haya que tomarlo
en serio. Háganme caso. No lo digo yo, lo dice el tito Abe:
Quizás
todo se resuma a que “Solo sé que no sé nada” (Socrates).
Aunque me encantaría tomarme unas cañas con quien le ha dado la
vuelta y ha dicho aquello de “Solo sé que no sé nada y ni
siquiera de eso estoy seguro”.
¿Conoces la historia del
que quiso volver a sentir el placer de aprender a hacer algo vital
por primera vez y se amputó los pies para poder aprender a andar de
nuevo?
Yo era de esos chicos que
revisaba la discoteca, cuando iba a alguna casa, momentos previos a
acostarme con alguien, y decidía si hacerlo o no en base a ello...
Ella no tenía discoteca, pero era un encanto.
Ya había decidido
traicionarme, olvidar mis principios y convertirme en su Maestro Yoda
musical porque ella me gustaba mucho. Muchísimo.
- ¿Keith Richards?
- ¿Quién?
Me enamoré para siempre.
Puse “Like a Rolling Stone” para acompañarnos haciendo el amor,
porque después, le iba a descubrir todo el rock de la historia y yo
me cortaría los pies para acompañarla, para sentir lo que es darse
cuenta de que estamos aprendiendo a caminar de nuevo. Juntos.
P.D.: En ocasiones mando cosas a concursos. Rara vez gano, pero luego me queda material para publicarlo aquí o para dejar que maduren y si son microrrelatos, que crezcan, o si son más grandes, quedarme con lo esencial. Esto era para un concurso de microrrelatos de rock. Evidentemente, no me sacó de pobre...
El día que vuelvas a quererme QUIZÁS
yo solo desee volver a desayunar todas las mañanas contigo en estas
tazas.
Porque lo más importante de querernos,
lo mejor de las historias, son los desayunos.
Todo empieza con un poema.
Todo empieza con una canción.
Todo empieza con una historia.
Todo acaba cuando llega el BESO.
Lo nuestro empezó con un BESO.
Después del BESO empezó la historia.
Y la historia arrancó con una canción.
Y terminó con un poema.
Un poema que nunca te escribí.
Como aquel cuento.
Siempre fuimos diferentes. Aunque
también tengamos nuestro BESO, nuestra historia, nuestra canción y,
por supuesto, teóricamente (solo teóricamente) nuestro poema. Y
aquel cuento que nunca te escribí.
Ya tengo las tazas para desayunar
juntos el resto de las mañanas que deseemos. Cuando vuelvas a
quererme. Del poema y el cuento ya hablaremos cuando tengamos el café
caliente...
P.D. I: Las tazas las venden aquí: http://bag-apart.com/producto/pack-anniealvy/ Que vuelvas a quererme y desayunemos juntas en ellas no vale 19 €. P.D. II: Escribir en reglones cortos no hace poesía.
Érase una vez, en un reino muy muy
lejano, una chica que vivía con sueños y aspiraciones de princesa.
Una princesita que quería cambiar todo lo que veía a su alrededor,
pero que no conseguía cambiar siquiera a sí misma. Una preciosa
damisela que añoraba con melancolía ser querida y amada como todas
las amigas le decían que tenía que ser querida y amada.
Érase una vez, en un poblado muy muy
cercano, una joven que moría por cumplir sus afanes y deseos. Una
chica que quería cambiar todo lo que le hacía infeliz por cosas
bellas que la hicieran sentir bien dichosa. Una chica que peleaba por
ser más querida y amada de lo que todas sus amigas le decían que
debía ser.
Érase una vez, en una discoteca de
reggaeton muy cerca de nuestras protagonistas, un príncipe azul y
engreído que sentía en su interior que era capaz de ser feliz,
repartir alegría y hacer sentir bien junto a él a cualquier chica o
cualquier princesa que anhelara una vida mejor. Un chico que follaba
al compás de la Marcha Radetzky en las mañanas de resaca. Un
principito que utilizaba la Marcha Radetzky para hacer sentirse
únicas y especiales a cualquier chica que encontrara en su discoteca
de reggaeton cuando después se la llevaba a casa.
Érase una vez, una mañana que no era
la de Año Nuevo. Una mañana de resaca como otra cualquiera tras una
noche de perreo, bailes sudorosos, y alcoholes de dudosa procedencia.
Esa mañana, esa neblina de los restos de la noche anterior, una
princesita, una chica y un príncipe azul engreído, se encontraron
aún borrachos de mañaneo, en una cama conocida pero extraña.
Aquella mañana se amaron y buscaron la felicidad al ritmo de la
Marcha Radetzky. Encontraron orgasmos y cariños que les hicieron ser
mucho más dichosos, verse más cerca de sus sueños, sentir que
podían cambiar el mundo desde sí mismos, creer que la vida merecía
la pena vivirla.
Érase una vez, después de todas estas
cosas que os he contado de chicas, princesas y principitos azules,
alguien que se masturba al compás de la marcha Radetzky en una
mañana de vuelta de fiesta de una discoteca de reageton. Érase una
vez, la misma persona. Érase una vez, unos armónicos cariños y
orgasmos en mi cama.
Érase una vez, todas estas y muchas más
cosas. Siendo la misma persona de diferentes formas. Sintiéndome
bien conmigo mismo. Teniendo en mi cama, tras mucho alcohol, todo lo
que necesito para ser feliz, una vez que, sin ser la mañana de Año
Nuevo, pulso el play y suena la Marcha Radetzky.