Siguiendo las costumbres
de las películas hacía muchas cosas raras en su día a día. Harto
de ver cómo meten billetes en la ropa interior de las stripers se
dedicó a hacerlo con las chicas que veía y le gustaban en cualquier
bar. Como además era poco amante del verano y salía sólo cuando
hacía frío, y nunca fue un tío sobrado de dinero, convirtió esa
imagen en meter monedas en los bolsillos de los abrigos de las
mujeres que veía apetecibles en los bares. Como en los bares la
gente se quita el abrigo que lleva puesto cuando va por la calle,
podéis empezar a imaginar lo difícil y extraño que se hacía la
costumbre para él y para los que mirábamos de reojo. Porque era
cosa suya, no era un comportamiento que compartiera con el grupo.
Probablemente porque nadie se lo hubiéramos permitido. Podría
contar miles de anécdotas de esta práctica, algunas muy tristes y
no pocas curiosas y divertidas. Podría hacerlo, pero a mí lo que
más me llama la atención es el hecho en sí y la obsesión que
tenía con ello.
miércoles, 10 de junio de 2015
lunes, 1 de junio de 2015
Retratos ecuestres, ADSL, superpechos, llamadas telefónicas y demás dramas de la vida moderna
Dibujé un retrato ecuestre mientras
hablaba por teléfono con ella. Cuando colgué me di cuenta de que me
había salido algo parecido a una amazona con superpechos montada en
una rata gigante. Volví al teléfono y atendí más de lo
conveniente a un agente comercial de una compañía telefónica que
trataba de venderme algo. No están acostumbrados a que las llamadas
duren tiempo porque normalmente la gente cuelga de manera
desagradable con cierta urgencia. Yo tampoco estoy acostumbrado a
escucharlos ni quería que me vendieran nada. Pero pretendía hacer
un dibujo mientras hablaba y la venta de una nueva línea ADSL o el
cambio a unas mejores tarifas de móvil deberían ser lo
suficientemente poco atractivas pero bien detalladas para que
volviera a tratar de dibujar bien el retrato ecuestre que había
intentado mientras hablaba con ella antes. Me salió una tía con
unos pechos superlativos. Ni rastro del caballo. Las tarifas para
móvil eran realmente interesantes y últimamente el ADSL no me va
demasiado bien, pero ni aún así valoré analizarlas demasiado.
Colgué y recordé que ella no tiene unos pechos superlativos. No sé
dibujar pero me encantan las tetas desmesuradas. Y me encanta aún
más ella a pesar de ser bastante plana.
miércoles, 27 de mayo de 2015
Momentos
Momentos en los que recuerdas todo lo
que aprendiste en Historia del Arte sobre las columnas romanas y
griegas.
Esos momentos en los que lo recuerdas porque sientes como
todo tu mundo se viene abajo, como se desmorona.
No recuerdas bien
las columnas y entiendes que los pilares que te sustentan se están
derrumbando. Dórico, Jónico, Corintio; buscas en tu cabeza pero tus
recuerdos de conocimientos malamente adquiridos son sustituidos por
los más modernos canales de documentales e imágenes sobre
demoliciones de grandes edificios.
Solo te consuela esperar que pase
ese programa, llegue la noche y tras tres o cuatro copas sólo emitan
tarotistas, películas pseudoporno, chat eróticos y refritos
estúpidos que te vendrán mejor que sentir cómo el mundo se
abre
bajo tus pies.
miércoles, 20 de mayo de 2015
Todo da un poco igual, menos Central Park
![]() |
| (Foto: Sergey Semonov) |
Rufus Wainwright fue violado cuando era
adolescente en Central Park. Consiguió huir fingiendo un ataque
epiléptico cuando su agresor trató de estrangularlo. Debería estar
triste por todo ello pero versiona a Cohen haciendo las canciones de
Cohen ser más alegres. Mejor que el propio Cohen aunque Leonard no
deba escucharme decir esto nunca. Ni siquiera debería haberlo dicho.
Fingir un ataque epiléptico es muy útil para un montón de cosas,
pero está mal visto. Como versionar a Cohen o peor aún, decir que
te gusta más una versión que la canción original, sea o no sea
esta del propio Cohen. También está mal visto intentar violar a un
chavalín en Central Park o en cualquier otra parte de Nueva York.
Incluso en mi pueblo, pero eso no viene a cuento. Además, en la
wikipedia dicen que Rufus fue violado en el Hide Park de Londres. El
Hide Park de Londres no tiene nada que ver con el Central Park de
Nueva York ni con mi pueblo. En mi pueblo había un epiléptico que
nos daba mucho miedo a todos cuando éramos niños. Pero nunca
intentó violarnos a ninguno. Creo que sí intentó estrangular a
alguno. Supongo que no sabe quién es Rufus Wainwright. Probablemente
tampoco sepa quién es Leonard Cohen. Da un poco igual todo. Rufus ha
concebido una niña con la hija de Leonard Cohen. Rufus es gay. Da un
poco igual todo.
B.S.O.: "Everybody knows" (Rufus Wainwright).
Temas Recurrentes (Lugares Comunes):
Central Park,
Epilepsia,
Estrangular,
Gay,
Hide Park,
Leonard Cohen,
Londres,
Nueva York,
Paternidad,
Pueblo,
Rufus Wainwright,
Tristeza,
Violación,
Wikipedia
viernes, 8 de mayo de 2015
Dorothy en la ciudad que a nadie gustaba
Érase una vez, una ciudad que a nadie
gustaba. Ese tipo de sitios en el que todo el mundo está, pero donde
nadie quiere realmente vivir. Y en esos lugares siempre hay tácticas
de escapismo para sentir que se está, pero que si se quiere, en el
momento menos esperado, cuando se necesita, se puede salir de allí.
En esa ciudad que a nadie gustaba,
habitaba una señorita que siempre tenía la sensación tan
recurrente de que estaba viviendo en el tiempo y el lugar que no le
correspondían. Así, esta señorita con ínfulas de princesa pero
carácter de lacaya, siempre imaginó que en aquella ciudad, con sólo
soñarlo, podría encontrar un camino de baldosas amarillas por el
que salir de allí cuando lo necesitara. Y así pasaba el tiempo y
era más o menos feliz.
Un buen día, empezó a hacer la
maleta. Para salir de aquella ciudad que a nadie gustaba. Quizás por
unos días, quizás para siempre. Y guardando cosas que iba a
necesitar en su nuevo destino se dio cuenta de que hacía mucho
tiempo que no limpiaba sus pertenencias más queridas. Esas que se
tienen por los estantes para que estén siempre a la vista pero que
no se suelen tocar, y mucho menos limpiar. Así, limpiando y
empaquetando, le vinieron extraños pensamientos a la cabeza sobre lo
fácil o difícil que es limpiar ciertas cosas.
Recordó las enseñanzas de sus
mayores. Aquello que decía siempre su madre: Las baldosas amarillas
son muy difíciles de limpiar por los servicios municipales.
Siguió con su maleta. Pensando en qué
camino de baldosas amarillas tomar si es que existía más de uno y
qué calzado llevar para la suciedad que se pudiera encontrar. Sin
preocuparse por nada más que eso. Olvidando que quería salir de
aquella ciudad que a nadie gustaba y teniendo muy en cuenta de que
las baldosas amarillas eran muy difíciles de limpiar por los
servicios municipales. Continuó. Con más ilusión que nunca. Porque
en aquella ciudad que a nadie gustaba ya no quedan servicios
municipales.
P.D.: NO veas esta imagen.
P.D. II: Te lo advertimos... Pero, sobre todo NO veas esta. Que NO es el Mago de Oz
(Algún día deberías hacer caso a lo que te recomiendan por internet. Al menos, cuando te dicen que NO)
miércoles, 11 de marzo de 2015
Microrrelatos sin pudor (Volumen 36): De amor, Meadow Soprano, sexo y nombres
A veces, hasta me dejaba cambiarle el nombre cuando hacíamos el amor. Era un acto de amor total. Algo que me daba pensando que sólo me lo podía dar ella. Y no. Ella me lo daba como un acto de amor. Como un acto de amor total. Pero muchas me lo daban simplemente porque sí, porque no les importaba lo más mínimo como las llamara con tal que yo me sintiera bien, pues suponían que si yo me sentía bien en la cama con ellas, ellas se sentirían mejor conmigo y la experiencia sería mucho mejor.
Estaban en lo cierto.
No soy un gran amante. Ni siquiera un amante del montón. Pero mi mente y mi espíritu compensan cualquier cosa que mi cuerpo no da. Aparente y normalmente. O sea que si yo estaba a gusto, ellas estaban mejor. A veces, hasta la llamaba Meadow. Pero esto sólo lo sabemos ella y yo. Para mí era Meadow Soprano porque a veces me dejaba cambiarle el nombre cuando hacíamos el amor.
viernes, 20 de febrero de 2015
Sarita y el maguey gigante
(Historia levemente basada en hechos reales)
“Grabé
en la penca de un maguey tu nombre
Unido
al mío, entrelazados”
Hoy
os voy a contar una bonita historia. Ese cuento que todos los que han
paseado cerca de algún maguey han querido contar pero no saben darle
la forma adecuada. La bella historia de Sarita, la que a todos se les
viene a la mente en cuanto dan el segundo o el tercer sorbo del
primer mezcal de cada velada, que siempre han querido contar pero que
misteriosamente olvidan al cuarto o al quinto sorbo. Os la voy a
contar porque yo estuve allí, y sé cuál es el cuento verdadero de
Sarita y el maguey gigante.
Sarita
era una niña como todas las demás. Quizás más simpática,
probablemente mas pizpireta, seguramente más risueña, pero como
todas las demás. Una niña con sueños y desvelos, con ganas de
crecer pero con miedo a hacerse demasiado mayor. Como casi todas las
niñas. En aquellos tiempos, Sarita gustaba de pasear conmigo. Con
prisa pero con pausa, sin rumbo pero a bonitos sitios. Yo siempre le
quería enseñar bellos lugares, seguramente para provocar esa
sonrisa que tenía cuando le ilusionaba algo y que a mí tanto me
gustaba. Pero aquel día nos perdimos. Supongo que nos pusimos a
jugar a aquello tan nuestro de hacernos reír y reírnos de todo que
cuando nos dimos cuenta, no sabía por dónde íbamos y empecé a
notar que ella empezaba a sospechar algo. Para no intranquilizarla,
porque ya tenía yo bastante con mi nerviosismo, y para que no se
diera cuenta de nada, hice como otras veces, distraerla con todo lo
que veíamos a nuestro alrededor. Mira aquellos de allí, observa
esto de por aquí, no te pierdas eso de allá… Hasta
que Sarita, como tantas veces en las que le pasaba algo por la cabeza
y quería llamarme la atención, agarró mi mano un poco más fuerte
de lo normal.
-
¿Quién es Brenda? -
Me dijo
-
¿Brenda? No sé, ¿Brenda Walsh? -
Le dije yo con mi extraña costumbre de volcar fuera de mi cabeza
toda la basura televisiva acumulada tantos años.
-
No, Brenda, la que pone ahí…
Me señaló un maguey pero no sabía a qué se refería. Hasta que la
miopía me dejó ver cómo en una de las pencas de aquel maguey
estaba marcado el nombre de Brenda.
- ¿Brenda? Debe ser alguien que ha decidido poner su nombre en el
maguey porque no tenía nada mejor que hacer.
-
¿Nada mejor que hacer?
-
Sí, la gente, a diferencia de nosotros, se aburre muchas veces y
hace esas cosas.
-
Pero, ¿Eso no le hace daño al maguey?
-
Puede ser. Pero así su nombre queda grabado en el maguey y piensan
que estará para siempre. ¿No conoces la canción?
“Grabé
en la penca de un maguey tu nombre
Unido
al mío, entrelazados”
Pero ya no estaba escuchándome. Tenía hambre y se olvidó del
maguey, de Brenda y hasta de mí. Así era Sarita cuando tenía
hambre. Y le pasaba muchas veces al día…
Una vez que había saciado su apetito, volvimos a nuestras
conversaciones. Como siempre. Con la diferencia que aquella vez yo
sabía que Sarita no estaba en la conversación. Estaba en otro
sitio. Estaba pensando en todas las pencas de todos los magueis que
había podido ver en su vida y en todos los nombres que podían tener
marcados. Hasta que no aguantó más y volvió al tema.
- ¿Por qué la gente graba sus nombre en las pencas de los
magueis?
-
Pues no sé. Supongo que para que queden ahí para siempre.
-
Pero, si queda ahí para siempre, ¿Qué le pasa al maguey? Ya no es
el mismo que cuando no está marcado, ¿No?
-
Seguro. Los magueis crecen. Como tú. Se van haciendo mayores y luego
sirven para hacer mezcal.
-
¿Qué es el mezcal?
Y ahí creo que la vida de Sarita cambió para siempre. Su inocencia
infantil se contaminó del proceso de elaboración del mezcal. Le
hablé de la selección y el corte del ágave, del horneado o
cocimiento de la piña del mismo, de la molienda o machacado, de la
fermentación natural y de la destilación. Su mirada se iluminó.
Como se suelen iluminar las miradas de todos al tomar un par de
tragos de mezcal. Pero lo que realmente dio luz a su mirada para
siempre, fue probarlo.
Un buen tiempo después, Sarita ya era mayor, le gustaba mucho el
mezcal, y bastante menos yo. Ya no paseábamos tanto pero
compartíamos mezcales de cuando en cuando. Ella era una auténtica
entendida en el tema y los tiempos en los que me preguntaba ávida y
curiosa se cambiaron por darme autenticas lecciones de todo lo que
yo, más inexperto y cansado, menos entendido en casi todas las
materias, necesitaba saber y ella quería contarme. Sobre todo de
mezcal, magueis y demás.
- ¿Sabes? Este mezcal es muy bueno. Quería que lo probaras.
- Está rico, sí – Dije sin dar mucha importancia a aquello
que estaba tomando que me estaba pareciendo el mejor mezcal que había
probado jamás.
- Es el que tomo yo. Me encanta y quería que lo probaras.
En aquel momento me di cuenta de que no sabía si aquel mezcal era
tan maravilloso o la situación de tomármelo con ella, y que Sarita
fuera la que lo quisiera compartir conmigo era lo que lo hacía tan
mágico.
- ¿Qué tiene de especial? -Pregunté ingenuo como tantas
otras veces que hablaba con ella desde que dejó atrás sus años
infantiles en los que nos conocimos.
- ¿De verdad quieres saberlo?
-
¡Claro!
-
¿Puedo confiar en ti?
-
¿Cuándo no? ¿Lo dudas?
-
Es un mezcal especial.
-
Ya lo noto.
-
No. Cuando digo “especial” no es una palabra sin fondo, algo
dicho sin más. Es realmente ESPECIAL.Y tú tienes mucho que ver en
ello.
Me sentí alagado. Creí que lo especial sería por lo mismo que
creía que me estaba sabiendo tan rico: por beberlo acompañados el
uno de la otra. Pero no. Con Sarita no todo puede explicarse y nada
es lo que parece. Y entonces empezó a contarme aquella historia. Esa
que todo el mundo quiere contar sin saber bien por qué al segundo o
tercer sorbo del primer mezcal de cada velada.
Sarita desde bien pequeña, desde aquel día que vimos a Brenda en la
penca de ese lejano maguey, empezó a mirar por todas partes buscando
nombres en las pencas de los magueys. Vio de todo, según me contó.
Hasta algún corazón que destrozaba completamente la penca porque
eliminaba un trozo para hacerse visible y dejar mirar por él. Como
si alguien hiciera un hueco en el tronco de un árbol por el que
poder mirar para marcar un corazón en él. Y de tanto mirar, tuvo
una idea. Una de esas ideas de niña inquieta que tantas veces han
podido cambiar el mundo. Porque, eso no os lo he dicho todavía,
Sarita aunque no lo dice porque probablemente ni siquiera ella lo
sabe, quiere cambiar el mundo. Pensó que todos esos nombre que están
en las pencas de los magueis tenían que valer para algo. Para algo
más de quedar constancia de una persona, un amor o una
circunstancia. Para llegar a algún sitio, para significar algo más.
Y cayó en la cuenta de que si grababa su nombre en la penca de un
maguey que luego iba a convertirse en mezcal, su nombre iría en la
bebida.
Empezó a colarse en campos de maguey a marcar las pencas con su
nombre y luego con el tiempo a comprar mezcal allí. Para beberse.
Para sentir que algo de ella le volvía con cada sorbo de mezcal.
Pero, inquieta e inconformista, pensó que podía ir un poco más
allá. Y vaya si lo hizo. Consiguió dinero para pagar a una
cuadrilla que pusiera su nombre en todas las pencas de todos los
magueis del campo donde salía el mezcal que más le gustaba. Así se
aseguraba, pensó, que toda aquella producción de mezcal llevaría
su esencia. Todos beberían algo de Sarita porque así, marcadas,
venían todas las pencas de los magueis utilizados.
Empezó a obsesionarse con ello. Ya no le bastaba con controlar con
su nombre una producción puntual de un tipo de mezcal. Cuando se
vive la realidad de estar en el paladar de todos, una quiere más.
Quiere controlar el mezcal. Porque si controla el mezcal, controlas
el mundo. Al menos eso pensaba. Al menos en México. Comenzó a
dedicar todo su tiempo a ello. ¿Recuerdas ese tiempo que no nos
veíamos nunca y que no sabías por qué? Pues estaba de campo a
campo de maguey, sin parar. Estaba realmente obsesionada con ello. No
dije nada. Sarita siguió contando como aquello empezaba a terminar
con su vida. Como de tanto esfuerzo y enfermiza obsesión, ni ganas
de mezcal tenía después.
Y ahí es donde se dio cuenta de que nunca una niña como ella podría
controlar algo tan grande. Me empecé a asustar con el relato e
incluso los últimos tragos de mezcal que tomé mientras la escuchaba me estaban quemando demasiado al pasar y estaban haciéndome un nudo
en la garganta. No te preocupes. Fue un impulso. Un impulso que
duró demasiado quizás, pero como todos los impulsos, pasó. Lo dejé
enseguida y con el tiempo me dediqué a mi propia y modesta
producción de mezcal, que es el que estamos tomando ahora. No
acabó de sonarme del todo bien. No ya. Los tragos, a diferencia de
los que siempre compartía con ella, me estaban resultando muy
difíciles de tragar.
- ¿Me estás contando que olvidaste tus intenciones de dominación
mundial por medio del mezcal y “modestamente” te has decantado
por una pequeña producción propia?
- Algo así.
- No sé si creerte.
- Nunca te he mentido.
- Me da miedo.
- No tienes nada que temer ya.
- ¿Por qué compartes esto conmigo ahora?
- Ya te lo he dicho. Quien bebe este mezcal, bebe de mí. Y ahora yo
decido quién bebe conmigo porque es a quién doy mi mezcal. El
mezcal que salió de aquellos ágaves que tenían una penca con mi
nombre. Es una forma de comunión más perfecta que cualquiera.
No respondí. No le había preguntado eso. Le había preguntado que
por qué me contaba la historia. Que por qué no se limitaba a
compartir el mezcal sin contar nada. Que por qué me lo contaba ahora
precisamente. Pero no le dije nada. Le agradecí que quisiera tomar
conmigo y que fuera tan importante para ella. Sin duda para mí
también era algo mágico, casi místico. Estaba tomando mezcal que
venía de un campo de magueis con pencas en las que ponía Sarita. Y
eso era fascinante.
Días después la invité a salir un rato. Cuando llegó, le tenía
una cerveza preparada. ¡Toma! le dije.
- ¿Hoy no quieres mezcal?
-
No. Hoy invito yo. Esta cerveza en muy especial.
-
¿Especial?
- Si. Cuando digo “especial” no es una palabra sin
fondo, algo dicho sin más. Es realmente ESPECIAL.Y tú tienes mucho
que ver en ello.
- ¿Yo?
-
Sí. Tú. Esta cerveza la compartimos los dos.
Hoy Sarita sonríe como sólo ella sabe hacerlo cuando tomamos esa
cerveza o aquel mezcal. Sarita ya sabe que da igual que marque su
nombre en la penca del maguey o no. Que ese mezcal o esta cerveza
sabe a ella, sabe a mí, y es la mejor que podemos tomar porque la
bebida no tiene importancia en sí. Podría tomar con quien quisiera
y conseguir lo que trataba de hacer marcando aquellas pencas con su
nombre. Porque con quien tomara sentiría lo que ella quería que
sintiera por tomar juntos. Lo que rodea a esas bebidas es lo
realmente importante. Y lo importante en ese preciso y precioso
instante seremos ella y yo. Y quizás algún día volveremos a grabar
en la penca de un maguey nuestros nombres...
“No
sé si creas las extrañas cosas
Que ven mis ojos, tal vez te asombres
Las pencas nuevas que al maguey le brotan
Vienen marcadas con nuestros nombres.”
Que ven mis ojos, tal vez te asombres
Las pencas nuevas que al maguey le brotan
Vienen marcadas con nuestros nombres.”
B.S.O.: "La Ley del Monte" (Vicente Fernández)
P.D.I: Desde la redacción de este blog se recuerda a cualquier persona que pase por aquí y lea esto, que Sarita es un nombre utilizado con fines narrativos en esta historia y que no debe ser pronunciado nunca de viva voz. Si alguien pretende referirse a la protagonista y mentora de esta historia, que ha tenido a bien dejar que la hiciéramos pública por aquí, deberá hacerlo como Sara y con el mayor de los respetos (a menos que se le indique lo contrario).
¡GRACIAS, SARA!
P.D. II: En la elaboración de esta historia no ha sufrido daño ningún animal ni ningún maguey.
viernes, 30 de enero de 2015
Olores
Mi ropa sigue oliendo a ti.
He probado docenas de detergentes y suavizantes diferentes, pero sigue oliendo a ti.
Incluso he probado detergentes con suavizantes incorporados, de esos que no necesitas comprar las dos cosas porque ya te vienen en uno solo.
El mundo sigue siendo un lugar estúpido en el que nos acostumbramos a comprar cosas de dos en dos, cosas que son necesarias la una para la otra y que, de repente, se innova y alguien las comercializa juntas, la una incorporada a la otra.
Lo que hacía tu cama con nuestros cuerpos.
Lo que hacía mi mente con la tuya.
Oliendo a ti constantemente.
Como este puñetero armario lleno de aromas y recuerdos.
¿Dónde están las polillas y el alcanfor cuando se les necesitan?
No quiero dejar de oler a ti.
Temas Recurrentes (Lugares Comunes):
Alcanfor,
Cama. Recuerdos,
Detergente,
Mente,
Olores,
Ropa,
Suavizante
miércoles, 14 de enero de 2015
Conversaciones postcoitum
“¿Hasta que punto se puede decir
que la mirada de un ser humano es algo físico?”
(“El túnel”, Ernesto Sábato)
- ¿En qué momento estos ojos que parten de ser posteriores al sexo pasan a ser de nuevo anteriores?
- ¿Eso es que quieres repetir?
- Claro, pero lo pregunto porque si eso que dices es cierto, supongo que hay un momento en que mis ojos post cambian y pasan a ser pre si en mi interior algo dice que vamos a hacerlo otra vez.
- Los ojos post no desaparecen. Hasta que te duermes a mi lado. Y en ese momento aparecen de nuevo en los sueños. Luego ya la mañana es otra cosa.
En aquellos momentos ya lo sabía. Aunque creo que siempre lo supe. Tenía unos ojos preciosos. Unos ojos que inspirarían a toda una generación literaria o a un movimiento cultural completo. Unos ojos de esos que siempre transmiten cansancio, pero que de cansados que los ves, te enamoras de ellos, te inspiran una ternura inigualable. Una ternura que hace que no puedas menos que fascinarte e inevitablemente, enamorarte perdidamente de ellos para siempre. Porque unos ojos cansados, nunca dejan de estar cansados. Y por tanto, nunca dejan de tenerte atrapado. Y en momentos como aquellos, era más consciente que nunca.
- Me encanta mirarte. Sobre todo en estos momentos.
- Y a mí.
- Es impresionante lo que cambia el Franky anterior del Franky posterior.
- Sigo siendo yo.
- Tus ojos no son los mismos.
- Porque soy un tío raro y miro. Y porque me siento a gusto así, contigo, y me apetece estar pegado a ti y mirarte.
- Tienes razón, eres un tío raro. No sólo por esto, pero sí, eres un tío raro.
- La mayoría de los tíos con los que te has acostado ya estarían vistiéndose con cualquier excusa. Franky no, Diana. Franky está aquí, aunque nadie lo crea.
- Pues tengo experiencias de todo tipo.
- A mí me gusta estar así contigo. No creo que te haya pasado con muchos.
- ¿De verdad quieres que hablemos de eso ahora?
- No, quiero que te sientas bien y que hables de lo que quieras que hablemos.
- Hablemos de lo que quieras, me siento muy bien.
- Yo también.
Y todo era maravilloso. Aunque siempre, mi cabeza se fuera a sitios inconvenientes: ¿Conoces alguna pareja que sea feliz? ¿Realmente feliz? Fantaseaba diciéndome cosas que nunca me consideré capaz de decir en voz alta: Creo que no deberíamos acostarnos. Creo que no deberíamos acostarnos los dos solos ¿Nunca más?. Pero recordaba otros momentos, otras camas. Otras personas, otros cuerpos. Como el tiempo en el que cuando terminábamos de follar, algunas siempre miraban hacia arriba y me preguntaban si había pensado en pintar el techo…
- Se nota.
- ¿Se me nota?
- Se nota.
- Será porque estoy a gusto. Porque estoy muy bien.
- Echaba de menos esos ojos.
- Te miran muy a menudo. Nunca se han ido.
- Estos ojos no. Hacía mucho que no los veía.
- Aquí están, mirándote.
- Me encanta como me miras después.
- Después.
- Después.
- ¿Y antes? ¿No te gustan?
- Es diferente.
Y preguntas en mi interior. Sin poder controlarlas y sin saber si quería plantearlas fuera de mí, compartirlas con ella, con alguien: ¿Conoces la historia del que quiso volver a sentir el placer de aprender a hacer algo importante y vital por primera vez y se amputó los pies para tener que aprender a andar de nuevo? Cuando los demonios que la dirigen abandonen mi cabeza, quizás me convierta en algo aún peor de lo que soy ahora mismo y te resulte aún más insoportable…
- ¿No te gustan?
- Me gustan, pero ya te he dicho que es increíble como cambia tu mirada de antes a después.
- ¿Y durante?
- Durante hay de todo.
Sería tan bonito que me escribieras una canción...
Temas Recurrentes (Lugares Comunes):
conversaciones,
Diana,
El Túnel,
Ernesto Sábato,
Felicidad,
Follar,
Franky,
Miradas,
Ojos,
postcoitum,
Raro
martes, 6 de enero de 2015
Cabinas de teléfono
El otro día me dio por preguntar por ahí si recordaban cómo era antes de tener móviles. Nadie se acordaba. No le daban importancia a ese recuerdo o no lo tenían. No encontraban la razón de por qué yo preguntaba eso. Quizás eran demasiado jóvenes. Busqué desesperado una cabina de teléfono de esas que había por doquier antes de que existieran los móviles. Ahora ya casi no quedan. Antes servían para llamar y eran necesarias. Y también para que se cambiaran súper héroes dentro, para hacer bromas a amigos, para besarse, para buscar dinero suelto, para hacerse fotos estúpidas...
Ahora casi no quedan, y menos que funcionen. Pero encontré una desde la que pude llamar. Marqué números al azar y a todo el mundo le pregunté si recordaba cuando no teníamos móviles. Casi todos me colgaron. Seguramente no querían aumentar su riesgo de cáncer echando un rato de conversación sobre el tema con el móvil al lado de su oreja. Yo no tenía riesgo porque estaba en una cabina. Hasta que me cogiste el teléfono tú y me reconociste. Pero también dijiste que no te acordabas. Ni de cómo era antes de tener móviles ni de mí. Y lloré porque me quedé sin batería. O eso me lleva pareciendo hace bastante tiempo. Si a día de hoy es un milagro encontrar una cabina de teléfono, con lo útil que aún pueden llegar a ser, no quiero ni imaginar lo que sería buscar un cargador de yo. Seguramente ni exista.
Bonus track: Obviamente, todo me acaba llevando a "La Cabina" de Mercero.
Temas Recurrentes (Lugares Comunes):
Antonio Mercero,
Batería,
Cabina,
Cargador,
Juventud,
Llamada. Añoranza,
Móviles,
Teléfono
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