miércoles, 10 de junio de 2015

Costumbres






Siguiendo las costumbres de las películas hacía muchas cosas raras en su día a día. Harto de ver cómo meten billetes en la ropa interior de las stripers se dedicó a hacerlo con las chicas que veía y le gustaban en cualquier bar. Como además era poco amante del verano y salía sólo cuando hacía frío, y nunca fue un tío sobrado de dinero, convirtió esa imagen en meter monedas en los bolsillos de los abrigos de las mujeres que veía apetecibles en los bares. Como en los bares la gente se quita el abrigo que lleva puesto cuando va por la calle, podéis empezar a imaginar lo difícil y extraño que se hacía la costumbre para él y para los que mirábamos de reojo. Porque era cosa suya, no era un comportamiento que compartiera con el grupo. Probablemente porque nadie se lo hubiéramos permitido. Podría contar miles de anécdotas de esta práctica, algunas muy tristes y no pocas curiosas y divertidas. Podría hacerlo, pero a mí lo que más me llama la atención es el hecho en sí y la obsesión que tenía con ello.



lunes, 1 de junio de 2015

Retratos ecuestres, ADSL, superpechos, llamadas telefónicas y demás dramas de la vida moderna





Dibujé un retrato ecuestre mientras hablaba por teléfono con ella. Cuando colgué me di cuenta de que me había salido algo parecido a una amazona con superpechos montada en una rata gigante. Volví al teléfono y atendí más de lo conveniente a un agente comercial de una compañía telefónica que trataba de venderme algo. No están acostumbrados a que las llamadas duren tiempo porque normalmente la gente cuelga de manera desagradable con cierta urgencia. Yo tampoco estoy acostumbrado a escucharlos ni quería que me vendieran nada. Pero pretendía hacer un dibujo mientras hablaba y la venta de una nueva línea ADSL o el cambio a unas mejores tarifas de móvil deberían ser lo suficientemente poco atractivas pero bien detalladas para que volviera a tratar de dibujar bien el retrato ecuestre que había intentado mientras hablaba con ella antes. Me salió una tía con unos pechos superlativos. Ni rastro del caballo. Las tarifas para móvil eran realmente interesantes y últimamente el ADSL no me va demasiado bien, pero ni aún así valoré analizarlas demasiado. Colgué y recordé que ella no tiene unos pechos superlativos. No sé dibujar pero me encantan las tetas desmesuradas. Y me encanta aún más ella a pesar de ser bastante plana.



miércoles, 27 de mayo de 2015

Momentos






Momentos en los que recuerdas todo lo que aprendiste en Historia del Arte sobre las columnas romanas y griegas. 
Esos momentos en los que lo recuerdas porque sientes como todo tu mundo se viene abajo, como se desmorona. 
No recuerdas bien las columnas y entiendes que los pilares que te sustentan se están derrumbando. Dórico, Jónico, Corintio; buscas en tu cabeza pero tus recuerdos de conocimientos malamente adquiridos son sustituidos por los más modernos canales de documentales e imágenes sobre demoliciones de grandes edificios. 
Solo te consuela esperar que pase ese programa, llegue la noche y tras tres o cuatro copas sólo emitan tarotistas, películas pseudoporno, chat eróticos y refritos estúpidos que te vendrán mejor que sentir cómo el mundo se 
abre bajo tus pies.




miércoles, 20 de mayo de 2015

Todo da un poco igual, menos Central Park


(Foto: Sergey Semonov)


Rufus Wainwright fue violado cuando era adolescente en Central Park. Consiguió huir fingiendo un ataque epiléptico cuando su agresor trató de estrangularlo. Debería estar triste por todo ello pero versiona a Cohen haciendo las canciones de Cohen ser más alegres. Mejor que el propio Cohen aunque Leonard no deba escucharme decir esto nunca. Ni siquiera debería haberlo dicho. Fingir un ataque epiléptico es muy útil para un montón de cosas, pero está mal visto. Como versionar a Cohen o peor aún, decir que te gusta más una versión que la canción original, sea o no sea esta del propio Cohen. También está mal visto intentar violar a un chavalín en Central Park o en cualquier otra parte de Nueva York. Incluso en mi pueblo, pero eso no viene a cuento. Además, en la wikipedia dicen que Rufus fue violado en el Hide Park de Londres. El Hide Park de Londres no tiene nada que ver con el Central Park de Nueva York ni con mi pueblo. En mi pueblo había un epiléptico que nos daba mucho miedo a todos cuando éramos niños. Pero nunca intentó violarnos a ninguno. Creo que sí intentó estrangular a alguno. Supongo que no sabe quién es Rufus Wainwright. Probablemente tampoco sepa quién es Leonard Cohen. Da un poco igual todo. Rufus ha concebido una niña con la hija de Leonard Cohen. Rufus es gay. Da un poco igual todo.





B.S.O.: "Everybody knows" (Rufus Wainwright).



viernes, 8 de mayo de 2015

Dorothy en la ciudad que a nadie gustaba




Érase una vez, una ciudad que a nadie gustaba. Ese tipo de sitios en el que todo el mundo está, pero donde nadie quiere realmente vivir. Y en esos lugares siempre hay tácticas de escapismo para sentir que se está, pero que si se quiere, en el momento menos esperado, cuando se necesita, se puede salir de allí.

En esa ciudad que a nadie gustaba, habitaba una señorita que siempre tenía la sensación tan recurrente de que estaba viviendo en el tiempo y el lugar que no le correspondían. Así, esta señorita con ínfulas de princesa pero carácter de lacaya, siempre imaginó que en aquella ciudad, con sólo soñarlo, podría encontrar un camino de baldosas amarillas por el que salir de allí cuando lo necesitara. Y así pasaba el tiempo y era más o menos feliz.





Un buen día, empezó a hacer la maleta. Para salir de aquella ciudad que a nadie gustaba. Quizás por unos días, quizás para siempre. Y guardando cosas que iba a necesitar en su nuevo destino se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no limpiaba sus pertenencias más queridas. Esas que se tienen por los estantes para que estén siempre a la vista pero que no se suelen tocar, y mucho menos limpiar. Así, limpiando y empaquetando, le vinieron extraños pensamientos a la cabeza sobre lo fácil o difícil que es limpiar ciertas cosas.
Recordó las enseñanzas de sus mayores. Aquello que decía siempre su madre: Las baldosas amarillas son muy difíciles de limpiar por los servicios municipales.

Siguió con su maleta. Pensando en qué camino de baldosas amarillas tomar si es que existía más de uno y qué calzado llevar para la suciedad que se pudiera encontrar. Sin preocuparse por nada más que eso. Olvidando que quería salir de aquella ciudad que a nadie gustaba y teniendo muy en cuenta de que las baldosas amarillas eran muy difíciles de limpiar por los servicios municipales. Continuó. Con más ilusión que nunca. Porque en aquella ciudad que a nadie gustaba ya no quedan servicios municipales.









P.D.: NO veas esta imagen.


P.D. II: Te lo advertimos... Pero, sobre todo NO veas esta. Que NO es el Mago de Oz




(Algún día deberías hacer caso a lo que te recomiendan por internet. Al menos, cuando te dicen que NO)



miércoles, 11 de marzo de 2015

Microrrelatos sin pudor (Volumen 36): De amor, Meadow Soprano, sexo y nombres





A veces, hasta me dejaba cambiarle el nombre cuando hacíamos el amor. Era un acto de amor total. Algo que me daba pensando que sólo me lo podía dar ella. Y no. Ella me lo daba como un acto de amor. Como un acto de amor total. Pero muchas me lo daban simplemente porque sí, porque no les importaba lo más mínimo como las llamara con tal que yo me sintiera bien, pues suponían que si yo me sentía bien en la cama con ellas, ellas se sentirían mejor conmigo y la experiencia sería mucho mejor.

Estaban en lo cierto.

No soy un gran amante. Ni siquiera un amante del montón. Pero mi mente y mi espíritu compensan cualquier cosa que mi cuerpo no da. Aparente y normalmente. O sea que si yo estaba a gusto, ellas estaban mejor. A veces, hasta la llamaba Meadow. Pero esto sólo lo sabemos ella y yo. Para mí era Meadow Soprano porque a veces me dejaba cambiarle el nombre cuando hacíamos el amor.





viernes, 20 de febrero de 2015

Sarita y el maguey gigante


(Historia levemente basada en hechos reales)




Grabé en la penca de un maguey tu nombre
Unido al mío, entrelazados”


Hoy os voy a contar una bonita historia. Ese cuento que todos los que han paseado cerca de algún maguey han querido contar pero no saben darle la forma adecuada. La bella historia de Sarita, la que a todos se les viene a la mente en cuanto dan el segundo o el tercer sorbo del primer mezcal de cada velada, que siempre han querido contar pero que misteriosamente olvidan al cuarto o al quinto sorbo. Os la voy a contar porque yo estuve allí, y sé cuál es el cuento verdadero de Sarita y el maguey gigante.

Sarita era una niña como todas las demás. Quizás más simpática, probablemente mas pizpireta, seguramente más risueña, pero como todas las demás. Una niña con sueños y desvelos, con ganas de crecer pero con miedo a hacerse demasiado mayor. Como casi todas las niñas. En aquellos tiempos, Sarita gustaba de pasear conmigo. Con prisa pero con pausa, sin rumbo pero a bonitos sitios. Yo siempre le quería enseñar bellos lugares, seguramente para provocar esa sonrisa que tenía cuando le ilusionaba algo y que a mí tanto me gustaba. Pero aquel día nos perdimos. Supongo que nos pusimos a jugar a aquello tan nuestro de hacernos reír y reírnos de todo que cuando nos dimos cuenta, no sabía por dónde íbamos y empecé a notar que ella empezaba a sospechar algo. Para no intranquilizarla, porque ya tenía yo bastante con mi nerviosismo, y para que no se diera cuenta de nada, hice como otras veces, distraerla con todo lo que veíamos a nuestro alrededor. Mira aquellos de allí, observa esto de por aquí, no te pierdas eso de allá… Hasta que Sarita, como tantas veces en las que le pasaba algo por la cabeza y quería llamarme la atención, agarró mi mano un poco más fuerte de lo normal.





- ¿Quién es Brenda? - Me dijo
- ¿Brenda? No sé, ¿Brenda Walsh? - Le dije yo con mi extraña costumbre de volcar fuera de mi cabeza toda la basura televisiva acumulada tantos años.
- No, Brenda, la que pone ahí…
Me señaló un maguey pero no sabía a qué se refería. Hasta que la miopía me dejó ver cómo en una de las pencas de aquel maguey estaba marcado el nombre de Brenda.
- ¿Brenda? Debe ser alguien que ha decidido poner su nombre en el maguey porque no tenía nada mejor que hacer.
- ¿Nada mejor que hacer?
- Sí, la gente, a diferencia de nosotros, se aburre muchas veces y hace esas cosas.
- Pero, ¿Eso no le hace daño al maguey?
- Puede ser. Pero así su nombre queda grabado en el maguey y piensan que estará para siempre. ¿No conoces la canción?


Grabé en la penca de un maguey tu nombre
Unido al mío, entrelazados”


Pero ya no estaba escuchándome. Tenía hambre y se olvidó del maguey, de Brenda y hasta de mí. Así era Sarita cuando tenía hambre. Y le pasaba muchas veces al día…

Una vez que había saciado su apetito, volvimos a nuestras conversaciones. Como siempre. Con la diferencia que aquella vez yo sabía que Sarita no estaba en la conversación. Estaba en otro sitio. Estaba pensando en todas las pencas de todos los magueis que había podido ver en su vida y en todos los nombres que podían tener marcados. Hasta que no aguantó más y volvió al tema.

- ¿Por qué la gente graba sus nombre en las pencas de los magueis?
- Pues no sé. Supongo que para que queden ahí para siempre.
- Pero, si queda ahí para siempre, ¿Qué le pasa al maguey? Ya no es el mismo que cuando no está marcado, ¿No?
- Seguro. Los magueis crecen. Como tú. Se van haciendo mayores y luego sirven para hacer mezcal.
- ¿Qué es el mezcal?

Y ahí creo que la vida de Sarita cambió para siempre. Su inocencia infantil se contaminó del proceso de elaboración del mezcal. Le hablé de la selección y el corte del ágave, del horneado o cocimiento de la piña del mismo, de la molienda o machacado, de la fermentación natural y de la destilación. Su mirada se iluminó. Como se suelen iluminar las miradas de todos al tomar un par de tragos de mezcal. Pero lo que realmente dio luz a su mirada para siempre, fue probarlo.

Un buen tiempo después, Sarita ya era mayor, le gustaba mucho el mezcal, y bastante menos yo. Ya no paseábamos tanto pero compartíamos mezcales de cuando en cuando. Ella era una auténtica entendida en el tema y los tiempos en los que me preguntaba ávida y curiosa se cambiaron por darme autenticas lecciones de todo lo que yo, más inexperto y cansado, menos entendido en casi todas las materias, necesitaba saber y ella quería contarme. Sobre todo de mezcal, magueis y demás.

- ¿Sabes? Este mezcal es muy bueno. Quería que lo probaras.
- Está rico, sí – Dije sin dar mucha importancia a aquello que estaba tomando que me estaba pareciendo el mejor mezcal que había probado jamás.
- Es el que tomo yo. Me encanta y quería que lo probaras.
En aquel momento me di cuenta de que no sabía si aquel mezcal era tan maravilloso o la situación de tomármelo con ella, y que Sarita fuera la que lo quisiera compartir conmigo era lo que lo hacía tan mágico.
- ¿Qué tiene de especial? -Pregunté ingenuo como tantas otras veces que hablaba con ella desde que dejó atrás sus años infantiles en los que nos conocimos.
- ¿De verdad quieres saberlo?
- ¡Claro!
- ¿Puedo confiar en ti?
- ¿Cuándo no? ¿Lo dudas?
- Es un mezcal especial.
- Ya lo noto.
- No. Cuando digo “especial” no es una palabra sin fondo, algo dicho sin más. Es realmente ESPECIAL.Y tú tienes mucho que ver en ello.

Me sentí alagado. Creí que lo especial sería por lo mismo que creía que me estaba sabiendo tan rico: por beberlo acompañados el uno de la otra. Pero no. Con Sarita no todo puede explicarse y nada es lo que parece. Y entonces empezó a contarme aquella historia. Esa que todo el mundo quiere contar sin saber bien por qué al segundo o tercer sorbo del primer mezcal de cada velada.

Sarita desde bien pequeña, desde aquel día que vimos a Brenda en la penca de ese lejano maguey, empezó a mirar por todas partes buscando nombres en las pencas de los magueys. Vio de todo, según me contó. Hasta algún corazón que destrozaba completamente la penca porque eliminaba un trozo para hacerse visible y dejar mirar por él. Como si alguien hiciera un hueco en el tronco de un árbol por el que poder mirar para marcar un corazón en él. Y de tanto mirar, tuvo una idea. Una de esas ideas de niña inquieta que tantas veces han podido cambiar el mundo. Porque, eso no os lo he dicho todavía, Sarita aunque no lo dice porque probablemente ni siquiera ella lo sabe, quiere cambiar el mundo. Pensó que todos esos nombre que están en las pencas de los magueis tenían que valer para algo. Para algo más de quedar constancia de una persona, un amor o una circunstancia. Para llegar a algún sitio, para significar algo más. Y cayó en la cuenta de que si grababa su nombre en la penca de un maguey que luego iba a convertirse en mezcal, su nombre iría en la bebida.

Empezó a colarse en campos de maguey a marcar las pencas con su nombre y luego con el tiempo a comprar mezcal allí. Para beberse. Para sentir que algo de ella le volvía con cada sorbo de mezcal.

Pero, inquieta e inconformista, pensó que podía ir un poco más allá. Y vaya si lo hizo. Consiguió dinero para pagar a una cuadrilla que pusiera su nombre en todas las pencas de todos los magueis del campo donde salía el mezcal que más le gustaba. Así se aseguraba, pensó, que toda aquella producción de mezcal llevaría su esencia. Todos beberían algo de Sarita porque así, marcadas, venían todas las pencas de los magueis utilizados.

Empezó a obsesionarse con ello. Ya no le bastaba con controlar con su nombre una producción puntual de un tipo de mezcal. Cuando se vive la realidad de estar en el paladar de todos, una quiere más. Quiere controlar el mezcal. Porque si controla el mezcal, controlas el mundo. Al menos eso pensaba. Al menos en México. Comenzó a dedicar todo su tiempo a ello. ¿Recuerdas ese tiempo que no nos veíamos nunca y que no sabías por qué? Pues estaba de campo a campo de maguey, sin parar. Estaba realmente obsesionada con ello. No dije nada. Sarita siguió contando como aquello empezaba a terminar con su vida. Como de tanto esfuerzo y enfermiza obsesión, ni ganas de mezcal tenía después.

Y ahí es donde se dio cuenta de que nunca una niña como ella podría controlar algo tan grande. Me empecé a asustar con el relato e incluso los últimos tragos de mezcal que tomé mientras la escuchaba me estaban quemando demasiado al pasar y estaban haciéndome un nudo en la garganta. No te preocupes. Fue un impulso. Un impulso que duró demasiado quizás, pero como todos los impulsos, pasó. Lo dejé enseguida y con el tiempo me dediqué a mi propia y modesta producción de mezcal, que es el que estamos tomando ahora. No acabó de sonarme del todo bien. No ya. Los tragos, a diferencia de los que siempre compartía con ella, me estaban resultando muy difíciles de tragar.

- ¿Me estás contando que olvidaste tus intenciones de dominación mundial por medio del mezcal y “modestamente” te has decantado por una pequeña producción propia?
- Algo así.
- No sé si creerte.
- Nunca te he mentido.
- Me da miedo.
- No tienes nada que temer ya.
- ¿Por qué compartes esto conmigo ahora?
- Ya te lo he dicho. Quien bebe este mezcal, bebe de mí. Y ahora yo decido quién bebe conmigo porque es a quién doy mi mezcal. El mezcal que salió de aquellos ágaves que tenían una penca con mi nombre. Es una forma de comunión más perfecta que cualquiera.

No respondí. No le había preguntado eso. Le había preguntado que por qué me contaba la historia. Que por qué no se limitaba a compartir el mezcal sin contar nada. Que por qué me lo contaba ahora precisamente. Pero no le dije nada. Le agradecí que quisiera tomar conmigo y que fuera tan importante para ella. Sin duda para mí también era algo mágico, casi místico. Estaba tomando mezcal que venía de un campo de magueis con pencas en las que ponía Sarita. Y eso era fascinante.

Días después la invité a salir un rato. Cuando llegó, le tenía una cerveza preparada. ¡Toma! le dije.

- ¿Hoy no quieres mezcal?
- No. Hoy invito yo. Esta cerveza en muy especial.
- ¿Especial?
- Si. Cuando digo “especial” no es una palabra sin fondo, algo dicho sin más. Es realmente ESPECIAL.Y tú tienes mucho que ver en ello.
- ¿Yo?
- Sí. Tú. Esta cerveza la compartimos los dos.

Hoy Sarita sonríe como sólo ella sabe hacerlo cuando tomamos esa cerveza o aquel mezcal. Sarita ya sabe que da igual que marque su nombre en la penca del maguey o no. Que ese mezcal o esta cerveza sabe a ella, sabe a mí, y es la mejor que podemos tomar porque la bebida no tiene importancia en sí. Podría tomar con quien quisiera y conseguir lo que trataba de hacer marcando aquellas pencas con su nombre. Porque con quien tomara sentiría lo que ella quería que sintiera por tomar juntos. Lo que rodea a esas bebidas es lo realmente importante. Y lo importante en ese preciso y precioso instante seremos ella y yo. Y quizás algún día volveremos a grabar en la penca de un maguey nuestros nombres...


No sé si creas las extrañas cosas
Que ven mis ojos, tal vez te asombres
Las pencas nuevas que al maguey le brotan
Vienen marcadas con nuestros nombres.”





B.S.O.: "La Ley del Monte" (Vicente Fernández)

P.D.I: Desde la redacción de este blog se recuerda a cualquier persona que pase por aquí y lea esto, que Sarita es un nombre utilizado con fines narrativos en esta historia y que no debe ser pronunciado nunca de viva voz. Si alguien pretende referirse a la protagonista y mentora de esta historia, que ha tenido a bien dejar que la hiciéramos pública por aquí, deberá hacerlo como Sara y con el mayor de los respetos (a menos que se le indique lo contrario). 

¡GRACIAS, SARA!

P.D. II: En la elaboración de esta historia no ha sufrido daño ningún animal ni ningún maguey.








viernes, 30 de enero de 2015

Olores







Mi ropa sigue oliendo a ti. 
He probado docenas de detergentes y suavizantes diferentes, pero sigue oliendo a ti. 
Incluso he probado detergentes con suavizantes incorporados, de esos que no necesitas comprar las dos cosas porque ya te vienen en uno solo. 
El mundo sigue siendo un lugar estúpido en el que nos acostumbramos a comprar cosas de dos en dos, cosas que son necesarias la una para la otra y que, de repente, se innova y alguien las comercializa juntas, la una incorporada a la otra. 

Lo que hacía tu cama con nuestros cuerpos. 
Lo que hacía mi mente con la tuya. 
Oliendo a ti constantemente. 
Como este puñetero armario lleno de aromas y recuerdos. 
¿Dónde están las polillas y el alcanfor cuando se les necesitan? 

No quiero dejar de oler a ti.









miércoles, 14 de enero de 2015

Conversaciones postcoitum




¿Hasta que punto se puede decir
que la mirada de un ser humano es algo físico?”
(“El túnel”, Ernesto Sábato)




- ¿En qué momento estos ojos que parten de ser posteriores al sexo pasan a ser de nuevo anteriores?
- ¿Eso es que quieres repetir?
- Claro, pero lo pregunto porque si eso que dices es cierto, supongo que hay un momento en que mis ojos post cambian y pasan a ser pre si en mi interior algo dice que vamos a hacerlo otra vez.
- Los ojos post no desaparecen. Hasta que te duermes a mi lado. Y en ese momento aparecen de nuevo en los sueños. Luego ya la mañana es otra cosa.

En aquellos momentos ya lo sabía. Aunque creo que siempre lo supe. Tenía unos ojos preciosos. Unos ojos que inspirarían a toda una generación literaria o a un movimiento cultural completo. Unos ojos de esos que siempre transmiten cansancio, pero que de cansados que los ves, te enamoras de ellos, te inspiran una ternura inigualable. Una ternura que hace que no puedas menos que fascinarte e inevitablemente, enamorarte perdidamente de ellos para siempre. Porque unos ojos cansados, nunca dejan de estar cansados. Y por tanto, nunca dejan de tenerte atrapado. Y en momentos como aquellos, era más consciente que nunca.



- Me encanta mirarte. Sobre todo en estos momentos.
- Y a mí.
- Es impresionante lo que cambia el Franky anterior del Franky posterior.
- Sigo siendo yo.
- Tus ojos no son los mismos.
- Porque soy un tío raro y miro. Y porque me siento a gusto así, contigo, y me apetece estar pegado a ti y mirarte.
- Tienes razón, eres un tío raro. No sólo por esto, pero sí, eres un tío raro.
- La mayoría de los tíos con los que te has acostado ya estarían vistiéndose con cualquier excusa. Franky no, Diana. Franky está aquí, aunque nadie lo crea.
- Pues tengo experiencias de todo tipo.
- A mí me gusta estar así contigo. No creo que te haya pasado con muchos.
- ¿De verdad quieres que hablemos de eso ahora?
- No, quiero que te sientas bien y que hables de lo que quieras que hablemos.
- Hablemos de lo que quieras, me siento muy bien.
- Yo también.

Y todo era maravilloso. Aunque siempre, mi cabeza se fuera a sitios inconvenientes: ¿Conoces alguna pareja que sea feliz? ¿Realmente feliz? Fantaseaba diciéndome cosas que nunca me consideré capaz de decir en voz alta: Creo que no deberíamos acostarnos. Creo que no deberíamos acostarnos los dos solos ¿Nunca más?. Pero recordaba otros momentos, otras camas. Otras personas, otros cuerpos. Como el tiempo en el que cuando terminábamos de follar, algunas siempre miraban hacia arriba y me preguntaban si había pensado en pintar el techo…

- Se nota.
- ¿Se me nota?
- Se nota.
- Será porque estoy a gusto. Porque estoy muy bien.
- Echaba de menos esos ojos.
- Te miran muy a menudo. Nunca se han ido.
- Estos ojos no. Hacía mucho que no los veía.
- Aquí están, mirándote.
- Me encanta como me miras después.
- Después.
- Después.
- ¿Y antes? ¿No te gustan?
- Es diferente.

Y preguntas en mi interior. Sin poder controlarlas y sin saber si quería plantearlas fuera de mí, compartirlas con ella, con alguien: ¿Conoces la historia del que quiso volver a sentir el placer de aprender a hacer algo importante y vital por primera vez y se amputó los pies para tener que aprender a andar de nuevo? Cuando los demonios que la dirigen abandonen mi cabeza, quizás me convierta en algo aún peor de lo que soy ahora mismo y te resulte aún más insoportable…

 

- ¿No te gustan?
- Me gustan, pero ya te he dicho que es increíble como cambia tu mirada de antes a después.
- ¿Y durante?
- Durante hay de todo.

Sería tan bonito que me escribieras una canción...

martes, 6 de enero de 2015

Cabinas de teléfono







El otro día me dio por preguntar por ahí si recordaban cómo era antes de tener móviles. Nadie se acordaba. No le daban importancia a ese recuerdo o no lo tenían. No encontraban la razón de por qué yo preguntaba eso. Quizás eran demasiado jóvenes. Busqué desesperado una cabina de teléfono de esas que había por doquier antes de que existieran los móviles. Ahora ya casi no quedan. Antes servían para llamar y eran necesarias. Y también para que se cambiaran súper héroes dentro, para hacer bromas a amigos, para besarse, para buscar dinero suelto, para hacerse fotos estúpidas... 




Ahora casi no quedan, y menos que funcionen. Pero encontré una desde la que pude llamar. Marqué números al azar y a todo el mundo le pregunté si recordaba cuando no teníamos móviles. Casi todos me colgaron. Seguramente no querían aumentar su riesgo de cáncer echando un rato de conversación sobre el tema con el móvil al lado de su oreja. Yo no tenía riesgo porque estaba en una cabina. Hasta que me cogiste el teléfono tú y me reconociste. Pero también dijiste que no te acordabas. Ni de cómo era antes de tener móviles ni de mí. Y lloré porque me quedé sin batería. O eso me lleva pareciendo hace bastante tiempo. Si a día de hoy es un milagro encontrar una cabina de teléfono, con lo útil que aún pueden llegar a ser, no quiero ni imaginar lo que sería buscar un cargador de yo. Seguramente ni exista.




Bonus track: Obviamente, todo me acaba llevando a "La Cabina" de Mercero.







Cuantos más nos vean, más felices somos tod@s... ¡COMPARTE!