miércoles, 8 de octubre de 2014

Paseos en torno al abrazo mal usado




En ocasiones paseo esperando cruzarme con alguien. No lo reconozco en público, pero el rumbo que emprenden mis pies es dubitativo y cansino, y sólo buscan un encuentro inesperado. Aunque si van buscando algo y lo encuentran, eso no lo debería calificar de inesperado en el caso de ocurrir, sino de deseado, o algo así.

Cuando paseo pienso cosas absurdas mientras consigo cruzarme con alguien. Aquellos días me había dado por analizar qué sería de la vida de las perchas en verano. Cuando no tuvieran que estar en primera línea de armario vestidas con chaquetas y abrigos que ir sujetando y dejando de sujetar. Y recordé cuántos de mis abrigos no habían estado nunca entre mi piel y la tuya en algún abrazo de los que me dan la vida.



Dejé de pasear. Dejé de pensar. Recordé los abrazos. Y supe que no sabía qué eran.

También recordé el día en el que me propuse no usar tanto palabras como “recordé” en todo lo que cuento pero rápidamente sentí cómo lo olvidé. Y recordé cómo olvidé tiempo atrás uno de los proyectos más importantes que tuve en mi vida. Una de las cosas que le daban sentido y que de haberlas tenido presente no me hubieran llevado a pasear tanto sin rumbo esperando tener algún encuentro inesperado – fortuito – deseado con alguien. El proyecto que daría sentido a mi existencia y que cambiaría la historia de la humanidad para siempre. Aquello que olvidé mientras me recordaba no usar tanto palabras como “recordé”: La fórmula química que da sentido al abrazo. Conseguir el elixir definitivo que definiera para siempre cómo, cuándo y por qué tenía razón de ser y era un abrazo.

Aturullado por esos pensamientos no recordé que iba paseando sin rumbo como tantas otras veces y me abracé sin pensarlo mucho con la primera persona que se cruzó en mi camino. Un abrazo sostenido, sentido y casi mágico. De aquellos que quería sintetizar para siempre en alguna fórmula química que pudiera vender a alguna farmacéutica para hacerme asquerosamente rico y para cambiar la historia de la humanidad. Pero, sobre todo, para hacerme asquerosamente rico.

Una vez que me repuse de la patada en los huevos que me tiró al suelo y de las siguientes patadas en los riñones que me propinó ese desconocido que a gritos se zafó de mi maravilloso abrazo de aquella extraña y desmesurada manera, recordé que los verdaderos abrazos hay que medirlos y que no se pueden ir dando a cualquiera. Aproveché que en la refriega había conseguido robarle el móvil y desde él busqué en la wikipedia que todo lo sabe, la definición de abrazo. Por aquello de partir de una base. Porque en todo, como en las pizzas más sencillas, hay que partir de una base:

“El abrazo es una muestra de amor o saludo, realizado al rodear con los brazos (ya sea por encima del cuello o por debajo de las axilas) a la persona a la que es brindado dicho gesto, realizando una ligera presión o constricción con estos al acabar y siendo este de duración variable.
Generalmente, el abrazo indica afecto hacia la persona que lo recibe, aunque según qué contextos, puede tener un significado más parecido a la condolencia o consuelo.”
 


Usé el mismo móvil para llamarte sabiendo que al ser un número desconocido no tendrías la tentación de no contestar la llamada como hacías cuando en tu pantalla salía el mío memorizado.

- ¿Quién es?
- Soy yo.

Tras un silencio incómodo y unas penosas pero efectivas súplicas para que no colgaras te propuse que formaras parte de mi proyecto. Del único proyecto que ha tenido sentido en mi vida, más allá que quererte como a nada en este mundo, y complicarte la vida por no saber hacerlo, como nadie en tu mundo.

- ¿Qué es para ti un abrazo?
- ¿Estás tonto?
- No. Hablo completamente en serio. Quiero saber qué es para ti un abrazo.
- ¿Cómo crees que voy a poder decirte algo así como así?
- ¿Necesitas inspiración? ¿No recuerdas cómo eran nuestros abrazos?
- Siempre lo recordaré y lo sabes. Pero ese no es el caso.
- Espera. Quizás necesites algo de ambiente.

Acerqué mi móvil al auricular mientras reproducía “Hold me in your arms” de Helloween.
- ¿Estás ambientando la conversación con una balada heavy?
- Sí. Es la única canción de abrazos que tengo en el móvil.
- ¿No sabes que no me gusta el heavy?
- Sí, pero esto es una balada.
- Y ahora me vendrás con lo de que los heavys hacen las mejores baladas y alguna de esas cosas que repites como si fueran ciertas a todas horas cuando no se te ocurre nada interesante con lo que apoyar algún razonamiento.
- ¿Yo hago eso? ¿Con qué?
- Por ejemplo: Si alguien dice que no es derechas ni de izquierdas, es de derechas; las bebidas blancas dejan más resaca; cualquier película es peor que el libro; si a alguien le preguntas por su libro favorito y te dice Paulo Coelho o por su música favorita y te dice Queen, ni lee ni escucha música habitualmente... ¿Sigo?
- No. Es suficiente.

Busqué en el móvil ajeno que había conseguido tras el abrazo interrumpido por la paliza algo con lo que ambientar la conversación. Encontré un archivo de bandas sonoras de Alberto Iglesias. Me pareció lo ideal.

- ¿Así mejor?
- Lo que suena, ¿No es la banda sonora de “Los abrazos rotos”?

Metí la pata. Como tantas otras veces. Traté de acercarme al abrazo ideal creando ambiente con “Los abrazos rotos” después de haber comenzado por Helloween. Quizás fuera una señal.



Pensé qué era realmente un abrazo. Qué era para mí. Quizás así llegaría a sacar la fórmula mágica. ¿Qué son los abrazos? ¿Para qué sirven realmente?

Y me descubrí abrazándote para decir todas las cosas que de otra manera no dije.
Me encontré abrazándote para hacer las cosas que no hice.
Me vi abrazándote para atravesar mundos. Para romper paredes.

Siempre supe abrazar con tanta fuerza para que el dolor físico que se provoca al hacerlo haga olvidar cualquier otro que exista sin ese abrazo.

Abrazarse como círculo vicioso. Porque es un contenedor de sentimientos. Abrazar para que mi cuerpo diga lo que nunca supe decir con palabras.

Y hacerlo eterno. No terminarlo nunca. Para que cuando llegue el momento de separarse en el abrazo, ese momento en el que ninguno quiere desprenderse del otro por miedo a que todo haya acabado para siempre, sepamos que el miedo da valor a todo lo que ha transmitido y transmitirá para siempre ese abrazo.

Sonó el teléfono. El mío. Y era ella.

- ¿Dónde estabas? ¿Por qué has dejado la conversación a medias?
- Estaba equivocado. Los abrazos son míos. Y tuyos. Pero de nadie más. Nadie puede abrazar nunca como yo lo hago contigo.
- Muy bien, pero no es eso lo que quería escuchar.
- No te lo he dicho para que escucharas algo bonito. Es lo que siento y ahora sé. Aunque tú lo puedas ver de manera diferente.
- He encontrado la canción para que sigamos hablando de ello.
- ¿Cuál?
- “Abrázame”.
- ¿La de Julio Iglesias?
- La de Iván Ferreiro.
- Es la misma.
- Pues vale. No lo sabía.
- En cualquier caso, no sirven.
- ¿Por qué?
- Porque es una canción muy triste y desgarrada.
- ¿Seguro? “Abrázame, y no me digas nada, sólo abrázame...”
- “Me basta tu mirada para comprender
que tú te iras...”
- ¿Por qué ves siempre lo malo? “Abrázame como si fuera ahora la primera vez...”
- “Como si me quisieras hoy igual que ayer...”
- Siempre quieres ir más allá. Siempre tienes que mirar más allá. Relájate, quédate con el abrazo, no busques qué pasará después, quizás no lo tengas que escuchar.



Y descubrí que la composición química del abrazo era precisamente esa. No buscar más que el mismo abrazo. Y me quedé con ganas de gritar al teléfono lo que no podía hacer con un abrazo. Que abrazarte siempre será suficiente para que no tenga que mover mis labios y decir algo incorrecto que no estén diciendo nuestros cuerpos conectados de manera mágica. Que no tenga que moverlos más allá que para besar los tuyos y hacer que el abrazo sea único e inolvidable.





B.S.O. I: Hold me in your arms (Helloween)
B.S.O. II: Los Abrazos Rotos (Alberto Iglesias)
B.S.O. III: Abrázame (Julio Iglesias)
B.S.O. IV: Abrázame (Iván Ferreiro)



miércoles, 3 de septiembre de 2014

Microrrelatos sin pudor (Volumen 35): De sueños y de ti




Se me caen los párpados, dijo él mientras emitía un bostezo digno del mejor espectador de Bergman.

Será que tienes sueño, dijo ella mientras le tomaba la cara entre sus manos y pensaba que quizás se aburría a su lado.

No creo. He dormido mucho. Seguramente tenga ganas de soñar.
¿Con qué?
Contigo
Para eso no necesitas dormir.

Y tras decir eso, se fundieron en somnoliento y soñador abrazo. El sonrió y en su cara la luna se hizo con la forma de alegría de su boca. Ella quiso besarlo y se meció en el cuarto creciente.
Durmieron como nunca y soñaron como siempre.





jueves, 3 de julio de 2014

Lo peor de no usar corbata habitualmente es no poder usarla para atar tus manos cuando quiero follarte


Mi vida está llena de frustraciones. Algunas reversibles cual camisetas de tres al cuarto. Otras irremediables como las limitaciones físicas derivadas de la edad o estados carenciales del organismo. Pero las más duras, por lo estúpido de su explicación o lo anormal de su causalidad, son las que provienen de cuestiones estéticas. El no follar por no gustar. El no ser nadie por no tener un cuerpo diez. El ser despreciado por vestir diferente. El no poder atar tus manos con una corbata para follarte porque nunca uso corbata.

La ausencia de corbata en mi modo de vestir da un toque desenfadado a mi estilo. Proporciona libertad a mi cuello y mi garganta. Me impide trabajar en ciertas empresas, despachos e incluso en organismos oficiales. Pero lo más duro de no usarla es no poder atarte las manos para follar contigo.
   




A pesar de ello, me levanto de la cama y le digo “buen día” al mundo con la ilusión de que antes de llegar la noche todas estas cosas que me pasan por no llevar corbata sean intrascendentes y consiga que te abalances sobre mí en cualquier momento y me asfixies con lo primero que tengas a mano. Y la ilusión me llega hasta que en la noche cierro los ojos buscando un nuevo día sintiendo el agobio extraño en la garganta que me oprime como si usara corbata a la manera en la que alguien siente como le pica un miembro amputado. A pesar de ello, el “buen día” deposita todas sus esperanzas en la noche, que es cuando más cerca estamos la una del otro, porque es el momento en el que más posibilidades hay de caer juntos y desnudos en la cama. Cuando ya no importen las corbatas y el silencio de lo que nos rodee se haya convertido en oscuridad cómplice.

En ocasiones creo que lo pienso todo demasiado y eso hace que te vayas de mi lado sin ni siquiera dar importancia a que lo peor de no usar corbata habitualmente sea no poder usarla para atarte las manos cuando quiero follarte.

En el fondo no es más que una más de mis imposturas estéticas. Solo quiero despertar y tras el “buen día” ver que una vez más los periódicos mienten sobre mí: "Él no era una persona normal ni saludaba siempre a todos sus vecinos".

 Llevara o no llevara corbata...





jueves, 19 de junio de 2014

Tener derecho a soñar



No tienes derecho. No te has hecho merecedor de ellos. Creo que Octavio Paz dijo algo al respecto, pero soy muy malo para las citas. Vendría al pelo ahora mismo porque era algo como lo que te estoy intentando decir sólo que en boca de un Premio Nobel. No tienes derecho a tus sueños, tienes que ganártelos. Nadie tiene derecho a soñar lo que quiere, tiene que merecerlo. Y tú nunca has merecido ni la cuarta parte de lo que sueñas desde que te conozco. Merece lo que sueñas.

Y en esas cosas estaba cuando me lo crucé por la calle. Era un chico transparente. Al menos, a mí así me lo parecía. Tanto que podía ver con claridad lo que pensaba en cada momento. Como ese rollo de los sueños y tener o no derecho a ellos. Igual que aquel día en el que paseamos por los grandes almacenes y no podía evitar comparar mi escote con el de todas y cada una las dependientas que nos salían al paso, y sentirse culpable por ello. En momentos así, sólo lo miro y disfruto. Él sabe que yo puedo ver sus pensamientos pero sospecho que no lo hablamos para poder seguir actuando como si yo no lo viera y así poder decirme cosas que no se atreve a expresar en voz alta. Incluso cuando no piensa en nada, está pensando en algo que me parece muy interesante. 




Pensaba en estampas de santos con restos de cocaína. Pensó que el mundo sería un lugar mejor si él no hubiera existido, pero en ese momento lo besé para que se le pasara rápidamente. Pensamientos como pollas en películas de porno alemán de los setenta por doquier, o espárragos y setas tras la temporada de lluvia. Pensaba en si serían sensuales mis movimientos acariciando la pared para encontrar el interruptor de la luz al entrar en casa a oscuras. Pensaba en todo cuando tocaba nada, y en nada cuando todo estaba por pensar. Pero, sobre todo, pensó en mí. Una vez más. El momento de los sueños y el derecho a soñar.

- ¿En qué piensas que me miras muy serio? -le pregunté aún sabiendo que no me respondería con sinceridad. 
- En poca cosa, tengo la cabeza en las oposiciones. 


Me gustó la ocurrencia y decidí seguirle el juego para ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar y porque adoraba su capacidad para mentirme. Es raro que alguien pueda adorar que alguien le mienta, pero es tanto lo que me gustaba, que asumía la mentira como parte de nuestra relación. Y porque, por supuesto, sabía lo que pensaba en cada momento y así las mentiras pierden importancia aunque las detectes con mayor facilidad.


 -Tú no has estudiado en tu vida, pero si es lo que quieres que crea... 

- No me vas a creer diga lo que diga. 
- Prueba. 
- No quiero. Tengo la cabeza loca con las oposiciones. 
- ¡Vete a la mierda! 



Reí fuerte. Demasiado fuerte quizás. Y no le gustó nada. Vi como pensaba que le estaba cortando la cabeza con una katana japonesa con la cara desencajada de furia al sentirme engañada. Y decidió dejar de pensar más.

Me dio tanto miedo que me compré una katana y dejé de mirarle a los ojos cuando quería mentirle. Y desde entonces, nuestro mundo es un lugar peor. Yo me oculto de sus pensamientos y él sigue convencido de que no merezco soñar. Somos un matrimonio despreciablemente feliz y normal.



jueves, 15 de mayo de 2014

Epílogos que prologan

 



- Por fin me coges el teléfono. ¿No quieres hablar conmigo?
- Después de aquello… No mucho, la verdad.
- ¿No vas a olvidarlo nunca?
- Es imposible. Lo que hiciste no se puede olvidar nunca. No quiero hablar ¡Sal de mi vida! Dime lo que quieras, te escucho y no vuelves a llamar, ¿Entendido?
- Te llamo para… Hazte las pruebas.
- ¿Qué coño dices? ¿Sigues empeñado?
- Hazte las pruebas, por favor, no me hagas sentir así.
- ¡Déjalo ya!
- Luego no me hables más, me olvidas si quieres… Pero tienes que hacerte las pruebas, por favor.
- Voy a colgar. Que te quede claro: Yo NUNCA me he acostado contigo. ¡Olvídalo ya!




Ella colgó el teléfono. 

Él se quedó unos segundos confuso con el auricular en la oreja. Después colgó también y pensó que quizás era el momento de contratar otra compañía telefónica que le diera menos problemas.



B.S.O.: "I just called to say i love you" (Stevie Wonder)

lunes, 5 de mayo de 2014

Crónicas del aftersun (O el enésimo sueño en el que vi cómo Mario Benedetti ponía aftersun a Nacho Vegas)




“Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo, ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos”

Mario Benedetti)


No soy un buen deportista. 

Mi cuerpo, del que tanto hablas a veces y al que tanto te aferras cuando estamos cerca, puede dar buena fe de ello. No me gusta perder. Ni siquiera sé comportarme en las victorias. Supongo que soy un simple jugador, pero quiero que el juego siga reglas que no tengo escritas. Soy un jugador al que le gusta cambiar las reglas a su antojo cuando sospecha que el desarrollo del juego no le convence del todo, o siente la amenaza de la derrota o de un final no esperado. Aquello de “en mi casa jugamos así”, pero fascinado por el tablero de juego que representa tu cuerpo. Me aterra pensar que disfruto tanto tu presencia porque siento pavor y un miedo infinito con tus ausencias.

No quiero vivir con miedo. Aunque ese miedo sea irracional. Ese miedo que te empeñas en convencerme de que no existe. Pero que es inevitable que lo sufra. Está en mi naturaleza, pero sobre todo es por la tuya.





“Yo me pregunté a mí mismo,
sólo a un paso del abismo,
cómo voy a vivir
cuando te canses de mí”

Nacho Vegas)


Miedo a que te olvides de mí. Miedo de que me cambies por algo. Por una fascinación. Por un amor de verano. Por un calentón estival.
Por alguien que te comprenda mejor que yo (Aunque sabes que eso no existe).
Por algo que tenga una polla más grande que la mía (Aunque sabes que eso no es tan importante).
Por alguien que huela mejor que yo (Aunque sabes que mi olor es mío y los sucedáneos sólo son eso, sucedáneos).
Por alguien que folle mejor que yo (Aunque sabes que yo follo como tú quieres que te folle).
Por alguien que te recuerde que eres tú (Aunque sabes que conmigo puedes ser más tú que con nadie).
Por algo que ni siquiera tú te explicas (Aunque las explicaciones a mí siempre me han parecido excusas condescendientes).
Por algo que es lo que tú necesitas (Aunque nunca sepas lo que necesitas, sólo lo que no necesitas y que a veces se mezclan sin pudor, para discriminarlo en la resaca del día siguiente).
Por no estar en el momento adecuado en el sitio adecuado (Aunque nunca sepas dónde vas a estar al minuto siguiente).


(Storm Thorgerson)


Entiendo que no soy lo mejor que puedes encontrar. Pero sí lo seré siempre. Soy un corredor de fondo. Cuando todos se cansan, allí sigo yo, a mi ritmo. Al ritmo que tú me marcaste aunque ahora te canse mi falta de reprís. Te fascinan y te fascinarán siempre todos los velocistas pero, por mucho que te engañes, no llegarán al segundo kilómetro siendo los mismos. Están concebidos para brillar en la distancia corta, para fascinar con sus relámpagos de velocidad, con su imponente planta de pasada fugaz. Y ese es tu punto flaco. Los ves una y otra vez y siempre piensas que van a ser los maratonianos que esperas. Que esa chispa y explosión se puede mantener toda la distancia que tu quieres. Pero cuando pasan 400, 800 o 1500 metros ya no son así. Pero vuelves a caer una y otra vez. Los ves en los tacos de salida tan musculosos y bien formados. Tan perfectamente esculpidos para tus antojos. Tan máquinas engrasadas... Que crees que son así siempre. 

Y lo piensas una y otra vez. Y vuelves a caer cuando la carrera se alarga. Y miras atrás y allí sigo yo, corriendo a mi ritmo. Como el corredor de fondo que disimula sus carencias como atleta.

No soy un atleta. No soy un velocista. No soy siquiera un deportista. Pero puedo correr (o por lo menos andar) mundos por ti. Aunque tú te alejes de cuando en cuando en los brazos de fascinantes atletas musculados que seguramente hagan más trampas que yo… 

Aunque tú todavía no lo sabes…
Y cuando lo sabes, miras atrás…
Y encuentras al que se come mundos por ti…





B.S.O.: Cuando te canses de mí (Nacho Vegas)




martes, 15 de abril de 2014

Terminará el domingo...


- Terminará el domingo y yo seguiré esperando la canción que me habías prometido.

- No sé hacer canciones.

- No hace falta saber. Ponle música a lo que ven tus ojos.




Hice el movimiento de taparme los ojos con las manos y sonreí. Cuando volví a la normalidad y recuperé la visión, ella ya no estaba allí. Me asusté. Me asusté como hacía mucho tiempo que no me asustaba. Me asusté y me sentí estúpida por estar siempre jodiendo las cosas con mis bromas. Y estuve asustada hasta que sentí sus labios en mi espalda.


- ¿Por qué no me quieres más?

- Te quiero más de lo que podemos soportar las dos.

- Yo puedo soportar todo. Hasta el peso de tus tetas.

- Yo no puedo soportar que bromees con mis tetas cuando estás echándome en cara que va a terminar el domingo y sigues esperando la canción que dices que te había prometido.

- Me lo habías prometido.

- Me confundes con otra.

- Nunca.


Lloré de impotencia porque sabía que me estaba mintiendo. Lloré esperando que terminara el domingo y que se olvidara de todo aquello. Lloré porque no creo en las canciones. Lloré porque no creo en la poesía. Lloré porque tengo motivos de sobra para haber perdido la fe.


- No creo en la poesía ni en las canciones.

- ¿Por qué? Eso es muy duro. Tú no eres así.

- Tú no sabes como soy.

- Te quiero y eso implica saber cómo eres.

- Te gustan mis tetas y eso implica creer que me quieres y que sabes cómo soy.

- Eres una cínica.

- Tengo mis motivos.

- Dime alguno.

- Podría enumerártelos pero llegaríamos al domingo que viene.

- Dime dos o tres.


Recordé cómo un día le pregunté a mi librero por qué todas las hojas de los libros que vendía estaban arrugadas y amarillentas y me confesó que sólo compra y vende libros que hacen llorar y que dejan poso de lágrimas y tristeza en sus páginas. Lloré y recordé que no quise hacerle ver que regentaba una librería erótica porque seguramente él ya lo sabía.


- Rimbaud acabó vendiendo armas en África hastiado de escribir.

- Vale, dime otra.

- Sidnead O´Connor acabó poniendo anuncios para follar con hombres peludos.

- ¿Quién es Sidnead O´Connor?

- Un buen día, Mark David Chapman compró un ejemplar de “El Guardián Entre el Centeno”, escribió en él "Esta es mi declaración" y firmó como "Holden Caulfield", mató de cuatro tiros a John Lennon, y se quedó leyéndolo hasta que le detuvo la policía.

- Me gustó mucho ese libro.

- Es un libro para adolescentes.

- ¿Alguna vez piensas en mí de verdad?

- Constantemente, y eso me impide hacer más cosas, como aprender a tocar la guitarra para hacerte una canción.

- ¿Alguna vez piensas?

- Terminará el domingo y yo seguiré masturbándome envuelta en sudores y calurosas preguntas.

- Terminará el domingo...


(Just Reading by Lust for Leica)



Recordé a mi librero. Lo recordé y supe que lo último que los dos querríamos ser en este mundo era gente de ciencias. Gente que supiera explicar por qué huele tan bien una librería vieja. Por qué tienen un olor tan embriagador los libros antiguos. Nos gustaría seguir siendo de esa clase de personas que lo primero que hace al agarrar un libro es olerlo, sin saber muy bien a qué se debe ese aroma tan maravilloso que percibimos en ese momento. Siempre, sin pensarlo demasiado, deducimos que el olor de los libros se da por sus componentes, entre ellos, entre ellos la tinta y el papel. 

Lo terrorífico fue conocer que el papel está conformado por una cierta cantidad de lignina, el polímero orgánico más abundante en el mundo vegetal, del que nunca antes habíamos oído hablar. Una lignina cuya función principal es darle firmeza a la madera de los troncos para que los árboles permanezcan erguidos y puedan crecer y no se conviertan en comida para microorganismos o enzimas. Por ello el papel, al venir de los árboles, tiene cierto nivel de lignina, lo que lo hace tener cierta resistencia y dureza. Pero al pasar el tiempo, la lignina se oxida. Esa oxidación es la que hace al papel ponerse amarillo, por eso los libros antiguos son así. Pero lo fundamental en este asunto es que cuando se oxida la lignina desprende más olor. Y la lignina, como todo en este mundo, tiene familia. Una familia en la que tiene un vínculo muy especial con la vainilla. Primas hermanas. El olor a vainilla entonces se suma a matices que llegan de los compuestos químicos empleados en la confección del libro, como el pegamento o la tinta. Y ahí viene el olor. Y eso es lo que no deberíamos conocer ni mi librero ni yo. Porque no somos gente de ciencia.

El problema es que este olor tan romántico, tan embriagador, también es un síntoma inequívoco de que el libro se está destruyendo. Como cuando cae el sol y empiezas a pensar que terminará el domingo...





jueves, 3 de abril de 2014

Taras infantiles






El otro día conocí a alguien muy extraño. A quien todo el mundo se acercaba con cierto recelo porque le consideraban un raro peligroso o un inadaptado. A mí me fascinó y acabé con él la noche haciendo cosas que muchos considerarían locuras. Eso me hizo pensar.

Me hizo pensar en la aparente inadaptación de muchas personas. Solo aparente. De dónde se viene y a dónde se va. Y encontré respuesta en las taras infantiles. Aquellas cosas que te marcaron cuando eras niño. Lo viviste consciente o inconscientemente, lo que te hicieron, lo que hiciste y sobre todo, lo que dejaste de hacer. Eso que arrastras toda la vida aunque no lo sepas.

A día de hoy todos mis males los he descubierto en forma de taras infantiles. El principal es el que me lleva al fracaso una y otra vez. Fracaso al intentar ahorcarme porque no presté la suficiente atención al taller de nudos cuando era scout.

Y eso es lo peor de todo, aunque los que me rodean me vean normal o adaptado. No puedo ahorcarme porque no presté la suficiente atención en aquel taller de cabullería cuando era niño en los scouts.




miércoles, 12 de marzo de 2014

Fotos que me gustaría haber hecho a mí (Volumen 14): “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”



La frase es de Casablanca. La destrucción del mundo es de todos. Y si el mundo desaparece y se derrumba, también perderemos Casablanca. La ciudad y la película.

Disturbios en Vancouver, 2011 (Rich Lam)


En ocasiones me debato entre lo bueno que tiene no darse cuenta de nada porque tu cara nubla todo lo que nos rodea y ser consciente de todo lo que está pasando a nuestro alrededor aunque me mires y me beses como nunca nadie lo ha hecho.

Los alemanes vestían de gris y tú de azul.

Cuando nos besamos como sólo tú y yo sabemos hacerlo, lo último en lo que pienso es en lo que llevas puesto, porque me sobra cada segundo que pasa más. El mundo se derrumba y quiero que nos encuentre desnudas. En cualquier sitio. Aunque sea fuera del mundo. Para no derrumbarnos con todos los demás.

Hace tiempo fantaseé con el fin del mundo. Ahora miro la foto y pienso en lo bonito que hubiera sido enamorarnos antes de que el mundo empezara a derrumbarse.

Desgraciadamente, el mundo se está derrumbando desde que lo conozco. Incluso antes de conocerte a ti...




P.D.: Aunque la realidad siempre tiene algo más que decirnos, por mucho que miremos y miremos si se acaba el mundo...




lunes, 27 de enero de 2014

El cuento de Yurima, la Princesa que se atasca



Oda a Carlota Casiraghi

"Un día, cuando aún era bien pequeña,
Carlota me dijo que no hay mayor fidelidad
que la que hay que tener a los propios sentires.


Miré sus ojos y supe que yo ya no tenía escapatoria,
por mucho tiempo que pasara,
por mucho que cambiara al crecer,
por más que lo más fiel que hubiera existido en mi vida
fuera Carolina, su madre."






Erase una vez, un tiempo en el que todos los cuentos debían empezar con “Érase una vez”:

En aquellos tiempos, las tardes de los domingos en invierno tenían su encanto especial. A muchos les deprimían porque no eran capaces de disfrutarlas pensando en el inevitable lunes posterior. A otros les mataba porque la oscuridad invernal hacía que el fin del domingo y del fin de semana llegara antes al teñirse la tarde de noche mucho más temprano de lo deseado.

Pero luego estábamos los demás. Los que llevábamos gafas de sol perpetuas y pensábamos que cualquier oscuridad nos beneficiaba aunque asumiéramos que había personas que brillaban más al sol. Éramos los taciturnos, los amantes de lo diferente, los que no dábamos un domingo por perdido, aunque fuera de invierno.

Una de esas tardes conocí a Yurima. Me llevaron a su morada M&M. Luego resultó que, como sucede con todas las princesas, tampoco era su morada, sino que estaba de prestada. A M&M los conocí una noche de sábado. O quizás de viernes. Se apiadaron de mí y de mi tristeza porque supieron reconocer rápidamente en mi cara la pena del que está de fiesta en los momentos que todo el mundo está de fiesta, justo cuando a algunos nos resulta más difícil. Sobre todo a los que somos de Domingos por la tarde. Los que somos de todos los días. Los que padecemos la maldición gitana, de beber el lunes y ya tener que beber toda la semana. Nos caímos bien. Incluso nos caímos bailando. O quizás fui yo el que caí. No recuerdo bien aquello, lo cual siempre es una buena señal. Si sé que les confesé que soy del tipo de personas que guarda mecheros que no funcionan por todos los cajones. Y no les pareció mal. Ahí empezamos a entendernos. Todo antes de conocer a Yurima.

Yurima era la princesa que se atasca. Nunca aprendí zapoteco para saber si tenía sentido lo que me decía. Tampoco tenía mucho sentido que me dijera que era una princesa virgen. Sólo sé que era una princesa en un mundo de sapos por besar y eso me hizo alejarme del lugar. Como tantas veces. Empecé a repasar en mi mente aquellos años en los que era digno de una princesa. Prometí escribirle un cuento, como a todas las princesas que conocí cuando era digno de ellas. Pero M&M seguían cuidando de mí y no me dejaban olvidar que los domingos se han hecho para beber y ser bebidos. Entonces se me ocurrió aquel cuento que me quedó reducido a pequeño intento lírico:



Oda a Carlota Casiraghi.

"Eres la hija que siempre quise tener con tu madre.
Eres la madre que añoro que críe a mis hijos.
Eres la niña inalcanzable que se convierte en mujer inaccesible
sin solución de continuidad ni mirarme siquiera un instante.

Soy un anhelo por querer ser mejor si tú me lo pides.
Soy el que no conoces y nunca conocerás.
Soy un secreto que no te interesa."


Ni Yurima, convertida ya en la Princesa Tarasca, ni M&M, embriagados ya de mi verborrea de anfibio principesco, entendían nada. Por eso optamos por seguir hablando. Hablamos mucho. De amor y revolución. Quizás sea lo mismo y tengamos que levantarnos en armas una y otra vez porque no lo entendemos todavía. Les confesé que de un tiempo a esta parte, antes de que nos conocíeramos, había decidido tener conversaciones para vivir. Que mi vida cambió cuando decidí buscar en las conversaciones motivos que me hicieran vivir. Y, sobre todo, que tenía miedo a no encontrarlos, pero que pensaba hablar mucho para conseguirlos. Era la última oportunidad que le daba a la vida. A mi vida que pedía encontrarla en las conversaciones, ya que llevaba años fuera de palacio. Años infiltrado en movimientos revolucionarios demandando ante los prostíbulos una distribución más justa del amor.

Pero, sobre todo, bebimos. Como se debería hacer todos los domingos por la tarde. Beber y beber hasta que te hartes. O hasta que se harten de ti.

Entonces todo se enredó. No sabría decir si fueron mis ademanes de sapo con ínfulas de príncipe, o mis ínfulas simplemente, que no sé bien qué significa pero me parece una bella palabra y un bonito motivo para que todo se enrede. Me dijeron que ya era suficiente. O mejor dicho, yo lo noté. Les prometí que iba a escribir un cuento sobre ella, pero a ella le daba igual. A ellos les gustó la idea, pero querían irse a casa. Yo no pude faltar a mi promesa, pero seguí bebiendo aquella noche hasta encontrar una boca que no fue la de Yurima, porque sé que en aquella boca, esa boca de aquella princesa, me hubiera atascado. Aunque no sepa qué significa tarasca... De la princesa que se atasca.





"Carlota es la madre de los niños
que nunca tendré
Y con eso seré feliz
aunque no aprenda nunca francés"


Erase una vez, un tiempo en el que todos los cuentos debían empezar con “Érase una vez”:

En aquellos tiempos, las tardes de los domingos en invierno tenían su encanto especial. A muchos les deprimían porque no eran capaces de disfrutarlas pensando en el inevitable lunes posterior. A otros les mataba porque la oscuridad invernal hacía que el fin del domingo y del fin de semana llegara antes al teñirse la tarde de noche mucho más temprano de lo deseado.

Y luego estábamos los demás...


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