martes, 8 de septiembre de 2015

Declaración de intenciones: Enésimo volumen




Yo quiero ser de mayor algo chulo como buscador de errores en cuadros famosos.
Trabajar poco y ganar mucho.
Dedicar el resto del tiempo a dar besos a quien me apetezca,
ver cine en blanco y negro
y mirar por la ventana de una casa grande con vistas bonitas.





(Pintura: Mujer de espaldas, Delvaux)




martes, 18 de agosto de 2015

El tiempo de las cer(T/V)ezas




Es muy corto el tiempo de las CEREZAS.
Casi más que el tiempo de las CERTEZAS.
Siempre envueltos en el tiempo de CERVEZAS.
Que suele durar una vida una vez que conseguimos superar su amargor.

Para comernos la cerveza de la vida amarga y mantenerla en la boca hasta que se acabe nuestro tiempo.

El de las CEREZAS.


El de las (no) CERTEZAS.

CENIZAS.


B.S.O.: "Días extraños" (Nacho Vegas y Enrique Bunbury)


miércoles, 12 de agosto de 2015

No quiero una media naranja, quiero un melón entero





Un melón de esos de piel amarilla. Melonas, creo que les llaman. Redondito a ser posible. De piel amarilla porque me parece más acogedora que la de los de piel de sapo, que es como denominan a los verdes. ¿Quién quiere tener algo relacionado con un batracio cerca? No. Los cuentos de princesas que besan sapos y se convierten en príncipes, nunca me los he creído. Menos aún cuando ni siquiera soy un príncipe, y mucho menos aspiro a una princesa que me bese para serlo.

Quiero un melón.

¿Quién en su sano juicio prefiere una media naranja a un melón entero? De piel amarilla y suavecita, pero consistente. Porque así te quiero de primeras. Aunque tu piel sea más dura y fuerte de lo que aparenta a la vista. Tu piel no es comestible, pero no me agrede. Que lo que me agredan sean tus semillas. Dentro, cuando te coma. Las pipas, como las llaman. Para que entren en mi boca y las expulse una a una, con disimulo. Porque no queda bien nadie escupiendo las pipas de un melón. Pero al menos es un melón. Un melón entero, no una media naranja.

Quiero un melón entero, no una media naranja. Y así cuando te canses de mí, siempre podré agujerearte y meterte treinta segundos en el microondas para luego hacer contigo todas esas guarradas que nunca quisiste porque deseabas ser una media naranja.





P.D.(Innecesaria como de costumbre): La foto no tiene medias naranjas ni melones. De lo que se deduce que no tiene mucho que ver con la historia. Es cierto. Se trata de una mítica escena de “Atlantic City” de Louis Malle, en la que una joven Susan Sarandon se lava con limones mientras el personaje del gángster, un anciano Burt Lancaster, le observa desde otra ventana. Ese personaje deseable, atractivo y joven, hace que el otro cansado y hastiado de todo, por el deseo recupere las ganas de vivir. Creo que tengo esa escena en la cabeza desde que era un niño y tenía muchas ganas de vivir. Ni siquiera sabía lo que eran las medias naranjas ni me hacían puñetera gracia los limones. Y por eso pongo otra foto tras la innecesaria postdata.





¡Limones y melones para tod@s por leer hasta aquí!



miércoles, 5 de agosto de 2015

Bebedora de absenta


Hace algunos años, en un juego estilo a aquello del “Si fuera” que hacía Raffaella Carrá en la tele, una amiga a la que admiraba y quería desde mi posición de adolescente tímido y apocado, me identificó con este cuadro. “Si fueras una obra de arte serías Bebedora de absenta de Picasso. Sabes cuál es, ¿Verdad?”

Sí, mentí vilmente. Mentí pero me hizo muchísima ilusión. Hay que recordar que en aquellos tiempos no existía la posibilidad de agarrar el móvil y con una rápida consulta al Señor Google (¿O será señora?) descubrir de qué se está hablando. Pero me fascinó. Me sentí honrado. Me gustó mucho. Como me gusta ahora la absenta. Pese a que esté prohibida. Aunque esto no viene al caso ni es relevante.



Hace algunos días, en una casualidad del destino de esas que no tienes planeadas (de ser así no serían casualidades del destino), me di de bruces con la Bebedora de absenta. No es que de fiesta me encontrara con algún ser cautivador que se diluye en la bohemia despertando mi interés, sino que entré en una exposición y allí estaba ella. De repente, como si nada. Siendo una rareza en las exposiciones que suelo ver porque es un caso extraño de lienzo que está pintado por las dos caras. Por detrás, tenía “Mujer en el palco”, pero de eso me di cuenta un buen tiempo después, tras mirar y remirar, embelesado, a Bebedora de absenta.

Mi historia de amor con la Bebedora de absenta desde aquel momento (desde hace años, no desde hace algunos días) llegó a su culmen (hace algunos días, no hace años) cuando me la encontré por sorpresa, altiva y desafiante en medio de una sala del Museo Reina Sofía. Una historia que siempre estuvo ahí y a la que no hice mucho caso porque me dejaba vivir en paz, sin tener que demostrar constantemente cuánto la quería. La historia, no el cuadro que pertenece a otro museo. Mi historia de amor hacia ella define la biografía sin escribir de mi menos interesante vida. Apareció sin venir a cuento, cuando yo no sabía qué quería ser de mayor pero confiaba con serlo todo, y se mostró ante mí cuando olvidé ser mayor porque creía serlo ya todo. Tanto tiempo estuve buscándola, que cuando el resto de mi vida estaba tan alicatada como para no pararme a pensar qué podía haber fuera de ella porque lo único que me pedía el cuerpo era vivirla desde dentro como estaba haciendo, que cuando apareció casi ni me di cuenta y por poco me paso de largo. Pero la encontré. Quizás fuera una señal de la que no me percaté en aquel instante, pero a partir de aquel momento, uno de tantos que agrupados hacían de mi vida algo por lo que no preocuparse cómo es la vida (que es sin duda uno de los signos más claros de que estás viviendo algo importante, no preocuparte qué es lo que estás viviendo ni pensarlo demasiado) y seguir cada día sintiendo qué bien se está cuando se está bien, marcó el principio del fin. Como si de un círculo vicioso (por aquello de la absenta no podría ser de otra manera) vital se tratara, días después de encontrármela, se llevó por delante todo lo que tenía. Sin yo quererlo, por supuesto. Sin esforzarme por ello. Pero todo se fue. Y me quedé con el recuerdo. Tal y como recuerdo cuando la Bebedora apareció en mi vida. Como con tantas otras cosas.

Hace algunos días dejé de pensar que todo estaba bien. Olvidé que mi vida era tan maravillosa como para encontrarme con la Bebedora de absenta en medio del Reina Sofía de casualidad y disfrutarlo. Se cerró el círculo. Sin absenta con la que evadirse. Y se cumplió el vaticinio de hace algunos años, cuando supe que todo iría bien, cada vez mejor, hasta que se rompiera por cualquier cosa. Giró la rueda. El círculo se cerró. Y la espiral me lleva de hace algunos días a hace algunos años. De no saber ahora mismo qué quiero ser de mayor como me pasaba en aquel entonces. De ser consciente de que la vida son tres días como lo era por aquellos tiempos, pero que esos tres días me los han dado a mí porque soy especial y diferente a las y los demás. Porque vivir con sensación de abismo permanente, como me sobrevino la existencia hace unos días, sólo requiere voluntad para transformar el vértigo en excitación. Me asomé al barranco obligado hace algunos días y tuve miedo de caer. Dejé de mirar abajo recordando hace algunos años y tuve placer de caer.

He vuelto a ser yo. Aquel que era cuando no sabía quién era ni qué quería ser de mayor.

He visto a la Bebedora de absenta...





sábado, 25 de julio de 2015

Cadáveres por el río






Sueño con una imagen brutal, de ataúdes flotando y desapareciendo río abajo. Como la de los cadáveres en el río Tigris. ¿Tigris? No sé, un río en la India donde hay una ceremonia en la que los cadáveres van por ahí, río abajo y se ve todo desde la orilla, con pilas funerarias, hogueras… Cosas así. No estoy seguro, nunca he estado en la India, y tampoco es importante. Lo mío es un río en medio de un bosque. Un ambiente frío, con sombra, con aguas claras y muchos árboles en el borde del río. Ataúdes negros, caobas, blancos… De todos los tamaños. Incluso blancos pequeñitos de bebé. Siempre me ha intranquilizado muchísimo, me ha perturbado duramente la imagen de un ataúd blanco pequeñito, de esos de bebés. No sé si es por la injusticia que representa que un bebé muera, por el dolor que eso supone en su entorno o por la imagen en sí. Pero me duelen a la vista los ataúdes blancos pequeñitos. ¡El Ganges! El río es el Ganges. Lo acabo de mirar en Google. No sé yo por qué habré dicho el Tigris. Supongo que por aquello del Tigris y el Éufrates, que están por allí y siempre los veíamos juntos. El nombre, porque yo los ríos no los he visto. Acabo de recordar que un amigo estuvo por la India y yo le pregunté por lo de los cadáveres en el río –Ganges, río Ganges- y lo que me gustaría que me enseñara alguna foto de aquello. Pues, según me dijo, parece ser que no se podía. Vamos, que no está nada permitido hacer fotos allí. Tiene su lógica, porque, a fin de cuentas, es un lugar sagrado. Imagina que un entierro por aquí viéramos miles de turistas haciendo fotos cuando toda una familia y allegados está llorando una pérdida. Se monta una buena. Dice que eso de los cadáveres se hace porque no tienen dinero. Se supone que se hacen cremaciones, pero como la madera es muy cara para mucha gente en la India, los dejan que se vayan por el río. Y más abajo acaban devorando los cadáveres todo tipo de aves carroñeras. Las aves carroñeras que haya en la India, claro está. Yo no he estado nunca en la India, ni sé de pájaros tanto como para saber qué aves carroñeras hay por allí. 

¿Hace frío en esta época en las orillas del Ganges?




B.S.O.: "El río" (Miguel Ríos)


jueves, 18 de junio de 2015

La foto de las 1001 historias. Historia Nº 6: El Canal Historia







Cuentan que en el lugar donde se edificó este convento, hace mucho que habitaba un pueblo que no sale en los libros de historia. Un pueblo del que muy poco, o nada, se sabe. Tan poco como que muchos historiadores importantes niegan su existencia.

- ¿Quiénes eran, Hermana?
- ¿No has escuchado eso de que muy poco, o nada, se sabe?
- No. No he escuchado nada. Yo no estoy suscrita al Canal Historia como usted.
- No hace falta estar suscrita.
- ¿Me está proponiendo que piratee la señal del canal?
- No Hermana. Eso es robar. Y robar es pecado.
- ¿Entonces?
- Yo tampoco estoy suscrita.
- No lo entiendo.
- Yo tampoco. No sé de qué estamos hablando.
- Si no estamos suscritas a ningún canal, ¿Cómo has escuchado lo del pueblo ese del que muy poco, o nada, se sabe?
- Yo no he escuchado nada.
- Yo tampoco.
- Pues entonces será la introducción de la historia.
- ¿Y quién hace la introducción de estas historias?
- No lo sé.
- ¿Esa mujer lo sabrá?
- ¿Qué mujer?
- La que está entrando en el convento.
- Esa tampoco creo que sepa nada.
- ¿Le cerramos la escalera entonces?
- No. Vamos a esperar a que suba. A ver qué tiene que contarnos.
- ¿Y si es parte de ese pueblo del que muy poco, o nada, se sabe?
- En ocasiones me da usted miedo, Hermana.

Cuentan que en el lugar donde antes estuvo este convento, había pasadizos subterráneos que comunicaban todos los pueblos de la región en un radio de 100 kilómetros a la redonda y que sólo unos pocos lo conocían. Esos pocos no se atrevieron nunca a usar los pasadizos por miedo a las leyendas que circulaban sobre lo que se encontraba en ellos. Tan pocos, que esta historia no puede ser contada. A menos que alguien se atreva a recorrer los pasadizos con valor para contarlo después.




martes, 16 de junio de 2015

La foto de las 1001 historias. Historia Nº 5: La televisión es nutritiva.





- ¿Hermana?

...Me estoy reconstruyendo con un buen telefilme...

- ¿Hermana?

...Dibujos animados, que aniquilan el cine...

- ¡HERMANA!
- Dígame, Hermana. Pero no me grite.
- Es que no me escuchaba.
- Perdona, tengo los cascos puestos.
- ¿Los cascos? Creía que ya había dicho usted que no los iba a volver a usar dentro del convento.
- Creía, Hermana, creía. Pero, ¿Qué quiere?
- ¿Quién es esa mujer que sube las escaleras?
- Pues no tengo idea, la verdad. Yo estaba a mis cosas.
- Hermana, usted no tiene remedio.
- Puedo volver a ponerme los cascos o tiene que decirme algo más.
- Nada, tranquila, ya preguntaré yo a la señora qué quiere.
- No. Déjala que hable ella. A fin de cuentas es la que está entrando en el convento y nosotras llevamos aquí toda la vida.
- ¡Hermana! Usted lo que quiere es ponerse los cascos, seguir con su música y olvidarse de todo.
- No. Pero no entiendo las prisas que le han entrado ahora.
- Es que está entrando una mujer en el convento.
- Déjela. Será el técnico de televisión.
- ¿Tenemos televisión en el convento?
- No lo sé.
- Me parece a mí que está usted un poco despistada con esto de la música y los cascos. ¿Qué escucha?
- No los conoce.
- Bueno, pero me lo podrá decir.

Y es lo que siempre digo
Y es lo que siempre dicen
La televisión es nutritiva.


- ¿Es Aviador DRO?
- ¡Sí! ¿Cómo lo sabe? ¿No dice que usted nunca escucha música?
- Bueno. Usted no sabe todo de mí.
- Ya, Hermana, pero eso de la música...
- Le estaba preguntando por la mujer que está subiendo, no me cambie de tema.
- ¡Bah! Será el técnico de televisión.
- Será.
- ¿Cómo es que conoce a Aviador DRO?
- Es una larga historia.
- Tenemos tiempo. Y lo sabe.
- No tanto. Mire: El técnico de televisión está entrando en el convento.

Y es lo que siempre digo
Y es lo que siempre dicen
La televisión es nutritiva





B.S.O,: "La televisión es nutritiva" (Aviador DRO)








lunes, 15 de junio de 2015

La foto de las 1001 historias. Historia Nº 4: Odio los Lunes





- ¿Dónde va esa mujer?
- No sé Hermana, es Lunes.
- ¿Y qué?
- Los Lunes la gente está muy perdida.
- ¿Perdida? Tendrán que estar muy cansadas, con ganas de nada, volviendo a la rutina...
- Eso no es así.
- ¿Ah no? ¿Por qué? ¿No odia la gente los lunes?
- Odiar es una palabra muy fuerte, Hermana.
- Usted me entiende.
- El mundo es un lugar extraño. Miramos a esa mujer que está entrando en el convento y hablamos de Garfield.
- El mundo es un lugar muy bello, pero es lunes, Hermana.
Será eso...






domingo, 14 de junio de 2015

La foto de las 1001 historias. Historia Nº 3: El tañido de campanas






El habitual tañido de las campanas despertó a toda la congregación. Horas después, las oyeron tañer otra vez. En esta ocasión indicaban que faltaba media hora para la misa de doce, la dominical en la que se permitía que entraran personas de fuera en la capilla del convento. Era Domingo, el Día del Señor.


. Hermana, ¡Qué bonito es el verbo tañer!
- ¿Se dice tañer o tañir?
- No sé Hermana. La que entró en el convento ya con estudios es usted.
- Pero nunca he sabido bien cómo se dice correctamente.
- Tañen las campanas, dice la canción.
- De las canciones no te puedes fiar, ya sabes.
- Voy por el diccionario.


Cuando la Hermana iba a ir por el diccionario, de repente, como si al terminar el tañido de las campanas fuera una señal para quedarse inmóvil, se quedó parada sin poder moverse.


- ¿Qué pasó Hermana?
- Nada. No voy a ir a ningún sitio.
- ¿Por qué? ¿Ya no quiere saber cómo se dice?
- No me preocupa ahora mismo. Mira ahí: Alguien sube.
- Le podemos preguntar a ella.
- No. Mejor sigamos con la duda.
- ¿Vamos a misa?
- Obvio. Pero vamos por otro sitio, hágame usted el favor. Dese prisa.


El tañer de las campanas había indicado a todo aquel que quisiera darse por enterado que quedaba media hora para la misa de doce. Como todos los domingos.




sábado, 13 de junio de 2015

La foto de las 1001 historias. Historia Nº 2: Música en el convento







“...Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel
Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel...”


- ¡Hermana! ¿Qué es eso que suena?
- El hilo musical.
- ¿Desde cuándo tenemos hilo musical en el convento?
- No es del convento, sale de ahí abajo...


“...Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel
Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel...”


- Pero, esta canción... Es muy... ¿Cómo lo diría?
- Mala, Hermana, mala.
- Bueno, hay gustos para todo.
- Es muy mala, Hermana. Déjese de caridad cristiana y demás. En confianza entre usted y yo: Es muy muy mala.
- ¿Podemos apagarla?
- Debemos.


“...Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel
Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel...”


- ¿No daremos en la cabeza a esa señora si cerramos para que no se oiga la música?
- ¿Qué música?
- ¡Hermana! Está usted muy despistada últimamente. ¿De qué estamos hablando?
- ¡Ah! La canción esa... Es que llamarla música...
- ¡Qué mala es usted, Hermana!
- Es que es una canción muy mala, ¿Cerramos?
- ¿Y si le damos en la cabeza con la tapa a esa señora que sube?
- Los Caminos del Señor son inescrutables...


“...Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel
Y yo sig... (SILENCIO)






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