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miércoles, 8 de octubre de 2014

Paseos en torno al abrazo mal usado




En ocasiones paseo esperando cruzarme con alguien. No lo reconozco en público, pero el rumbo que emprenden mis pies es dubitativo y cansino, y sólo buscan un encuentro inesperado. Aunque si van buscando algo y lo encuentran, eso no lo debería calificar de inesperado en el caso de ocurrir, sino de deseado, o algo así.

Cuando paseo pienso cosas absurdas mientras consigo cruzarme con alguien. Aquellos días me había dado por analizar qué sería de la vida de las perchas en verano. Cuando no tuvieran que estar en primera línea de armario vestidas con chaquetas y abrigos que ir sujetando y dejando de sujetar. Y recordé cuántos de mis abrigos no habían estado nunca entre mi piel y la tuya en algún abrazo de los que me dan la vida.



Dejé de pasear. Dejé de pensar. Recordé los abrazos. Y supe que no sabía qué eran.

También recordé el día en el que me propuse no usar tanto palabras como “recordé” en todo lo que cuento pero rápidamente sentí cómo lo olvidé. Y recordé cómo olvidé tiempo atrás uno de los proyectos más importantes que tuve en mi vida. Una de las cosas que le daban sentido y que de haberlas tenido presente no me hubieran llevado a pasear tanto sin rumbo esperando tener algún encuentro inesperado – fortuito – deseado con alguien. El proyecto que daría sentido a mi existencia y que cambiaría la historia de la humanidad para siempre. Aquello que olvidé mientras me recordaba no usar tanto palabras como “recordé”: La fórmula química que da sentido al abrazo. Conseguir el elixir definitivo que definiera para siempre cómo, cuándo y por qué tenía razón de ser y era un abrazo.

Aturullado por esos pensamientos no recordé que iba paseando sin rumbo como tantas otras veces y me abracé sin pensarlo mucho con la primera persona que se cruzó en mi camino. Un abrazo sostenido, sentido y casi mágico. De aquellos que quería sintetizar para siempre en alguna fórmula química que pudiera vender a alguna farmacéutica para hacerme asquerosamente rico y para cambiar la historia de la humanidad. Pero, sobre todo, para hacerme asquerosamente rico.

Una vez que me repuse de la patada en los huevos que me tiró al suelo y de las siguientes patadas en los riñones que me propinó ese desconocido que a gritos se zafó de mi maravilloso abrazo de aquella extraña y desmesurada manera, recordé que los verdaderos abrazos hay que medirlos y que no se pueden ir dando a cualquiera. Aproveché que en la refriega había conseguido robarle el móvil y desde él busqué en la wikipedia que todo lo sabe, la definición de abrazo. Por aquello de partir de una base. Porque en todo, como en las pizzas más sencillas, hay que partir de una base:

“El abrazo es una muestra de amor o saludo, realizado al rodear con los brazos (ya sea por encima del cuello o por debajo de las axilas) a la persona a la que es brindado dicho gesto, realizando una ligera presión o constricción con estos al acabar y siendo este de duración variable.
Generalmente, el abrazo indica afecto hacia la persona que lo recibe, aunque según qué contextos, puede tener un significado más parecido a la condolencia o consuelo.”
 


Usé el mismo móvil para llamarte sabiendo que al ser un número desconocido no tendrías la tentación de no contestar la llamada como hacías cuando en tu pantalla salía el mío memorizado.

- ¿Quién es?
- Soy yo.

Tras un silencio incómodo y unas penosas pero efectivas súplicas para que no colgaras te propuse que formaras parte de mi proyecto. Del único proyecto que ha tenido sentido en mi vida, más allá que quererte como a nada en este mundo, y complicarte la vida por no saber hacerlo, como nadie en tu mundo.

- ¿Qué es para ti un abrazo?
- ¿Estás tonto?
- No. Hablo completamente en serio. Quiero saber qué es para ti un abrazo.
- ¿Cómo crees que voy a poder decirte algo así como así?
- ¿Necesitas inspiración? ¿No recuerdas cómo eran nuestros abrazos?
- Siempre lo recordaré y lo sabes. Pero ese no es el caso.
- Espera. Quizás necesites algo de ambiente.

Acerqué mi móvil al auricular mientras reproducía “Hold me in your arms” de Helloween.
- ¿Estás ambientando la conversación con una balada heavy?
- Sí. Es la única canción de abrazos que tengo en el móvil.
- ¿No sabes que no me gusta el heavy?
- Sí, pero esto es una balada.
- Y ahora me vendrás con lo de que los heavys hacen las mejores baladas y alguna de esas cosas que repites como si fueran ciertas a todas horas cuando no se te ocurre nada interesante con lo que apoyar algún razonamiento.
- ¿Yo hago eso? ¿Con qué?
- Por ejemplo: Si alguien dice que no es derechas ni de izquierdas, es de derechas; las bebidas blancas dejan más resaca; cualquier película es peor que el libro; si a alguien le preguntas por su libro favorito y te dice Paulo Coelho o por su música favorita y te dice Queen, ni lee ni escucha música habitualmente... ¿Sigo?
- No. Es suficiente.

Busqué en el móvil ajeno que había conseguido tras el abrazo interrumpido por la paliza algo con lo que ambientar la conversación. Encontré un archivo de bandas sonoras de Alberto Iglesias. Me pareció lo ideal.

- ¿Así mejor?
- Lo que suena, ¿No es la banda sonora de “Los abrazos rotos”?

Metí la pata. Como tantas otras veces. Traté de acercarme al abrazo ideal creando ambiente con “Los abrazos rotos” después de haber comenzado por Helloween. Quizás fuera una señal.



Pensé qué era realmente un abrazo. Qué era para mí. Quizás así llegaría a sacar la fórmula mágica. ¿Qué son los abrazos? ¿Para qué sirven realmente?

Y me descubrí abrazándote para decir todas las cosas que de otra manera no dije.
Me encontré abrazándote para hacer las cosas que no hice.
Me vi abrazándote para atravesar mundos. Para romper paredes.

Siempre supe abrazar con tanta fuerza para que el dolor físico que se provoca al hacerlo haga olvidar cualquier otro que exista sin ese abrazo.

Abrazarse como círculo vicioso. Porque es un contenedor de sentimientos. Abrazar para que mi cuerpo diga lo que nunca supe decir con palabras.

Y hacerlo eterno. No terminarlo nunca. Para que cuando llegue el momento de separarse en el abrazo, ese momento en el que ninguno quiere desprenderse del otro por miedo a que todo haya acabado para siempre, sepamos que el miedo da valor a todo lo que ha transmitido y transmitirá para siempre ese abrazo.

Sonó el teléfono. El mío. Y era ella.

- ¿Dónde estabas? ¿Por qué has dejado la conversación a medias?
- Estaba equivocado. Los abrazos son míos. Y tuyos. Pero de nadie más. Nadie puede abrazar nunca como yo lo hago contigo.
- Muy bien, pero no es eso lo que quería escuchar.
- No te lo he dicho para que escucharas algo bonito. Es lo que siento y ahora sé. Aunque tú lo puedas ver de manera diferente.
- He encontrado la canción para que sigamos hablando de ello.
- ¿Cuál?
- “Abrázame”.
- ¿La de Julio Iglesias?
- La de Iván Ferreiro.
- Es la misma.
- Pues vale. No lo sabía.
- En cualquier caso, no sirven.
- ¿Por qué?
- Porque es una canción muy triste y desgarrada.
- ¿Seguro? “Abrázame, y no me digas nada, sólo abrázame...”
- “Me basta tu mirada para comprender
que tú te iras...”
- ¿Por qué ves siempre lo malo? “Abrázame como si fuera ahora la primera vez...”
- “Como si me quisieras hoy igual que ayer...”
- Siempre quieres ir más allá. Siempre tienes que mirar más allá. Relájate, quédate con el abrazo, no busques qué pasará después, quizás no lo tengas que escuchar.



Y descubrí que la composición química del abrazo era precisamente esa. No buscar más que el mismo abrazo. Y me quedé con ganas de gritar al teléfono lo que no podía hacer con un abrazo. Que abrazarte siempre será suficiente para que no tenga que mover mis labios y decir algo incorrecto que no estén diciendo nuestros cuerpos conectados de manera mágica. Que no tenga que moverlos más allá que para besar los tuyos y hacer que el abrazo sea único e inolvidable.





B.S.O. I: Hold me in your arms (Helloween)
B.S.O. II: Los Abrazos Rotos (Alberto Iglesias)
B.S.O. III: Abrázame (Julio Iglesias)
B.S.O. IV: Abrázame (Iván Ferreiro)



miércoles, 30 de mayo de 2012

La chica triste que no tuvo una bici BH cuando era pequeña



B.S.O.: Bicycle Race (Queen)



Yo conocía a la chica triste que no tuvo una bici BH cuando era pequeña. Era una chica triste que de mayor quiso olvidar que no podía volver a ser pequeña. 

En lugar de aquella bici BH que siempre quiso, le regalaron un botón rojo con el que apagar el mundo cuando quisiera. Cuando fue una niña alegre, antes de ser la chica triste que no tuvo una bici BH cuando era pequeña, no sabía para qué valdría un botón rojo con el que apagar en mundo cuando quisiera.

Creció con el botón rojo en el bolsillo de su vestido sin acordarse más que de lo triste que le parecía crecer sin haber tenido una bici BH cuando fue pequeña.

El día que nos conocimos yo jugueteaba con un reloj calculadora al que le faltaba el número 7 y la función multiplicadora. Me preguntó qué hacía y no supe qué contestar. Me preguntó si yo había tenido una bici BH de pequeña y le dije que no recordaba. 

Se fue apenada porque creyó que era peor no recordar si se ha tenido una bici BH de pequeña que no haberla tenido. Y se indignó porque no dejé de mirar mi reloj calculadora al que le faltaba el número 7 y la función multiplicadora en todo nuestro primer encuentro.




Años después me confesó que aquel fue mi primer y mi peor error. Que no merecía haber tenido una bici BH de pequeña, aunque no lo recordara, y que mi reloj calculadora al que le faltaba el número 7 y la función multiplicadora, se había vuelto a poner de moda.

Le pregunté si había tenido algún reloj calculadora cuando era pequeña y quería tener una bici BH y me confesó que no recordaba bien. Que lo único que se trajo de la infancia fue el botón rojo que siempre llevaba encima.

Quise saber para qué servía, si le faltaba el número 7 y la función multiplicadora, o si destruiría el mundo con él por no haber tenido una bici BH cuando era pequeña. 

Me dijo que si era imbécil.

Cuando era una niña alegre creía que el mundo nunca habría que apagarlo. Aunque ahora fuera esa la chica triste que no tuvo una bici BH cuando era pequeña.

Años después me volvió a preguntar si yo había tenido una bici BH de pequeña y le volví a decir que no recordaba. Me preguntó qué había sido de mi reloj calculadora al que le faltaba el número 7 y la función multiplicadora y le confesé que lo había vendido en E-Bay para comprarme un botón rojo como el suyo. Asustada se preguntó para que valía mi botón rojo y no supe qué responder.

Me volvió a decir que si era imbécil.

La última vez que nos vimos me felicitó las fiestas aunque estábamos en verano. Me volvió a preguntar si yo había tenido una bici BH de pequeña y le volví a decir que no recordaba. Me preguntó si había averiguado para qué servía el botón rojo que había comprado con lo que saqué de vender por E-Bay mi reloj calculadora al que le faltaba el número 7 y la función multiplicadora y le confesé que no me había atrevido a averiguarlo.

Me dijo por última vez que si era imbécil mientras me felicitaba las fiestas nuevamente como despedida.

Me fui pensando en lo extraño que era que una persona como aquella siempre dijera Feliz Navidad y cosas por el estilo en pleno verano viviendo en el Hemisferio Norte.

Lo último que supe de la chica triste que no tuvo una bici BH cuando era pequeña fue que la encerraron en un centro psiquiátrico porque dedicó el último verano a amenazar a todo el que se cruzaba con pulsar un botón rojo que paraba el mundo si no le felicitaban las navidades.

Era una chica triste que de mayor quiso olvidar que no podía volver a ser pequeña. 

Nunca apretó el botón. 

Yo tampoco me he atrevido a hacerlo y no recuerdo si tuve una bici BH cuando era pequeña.

Todavía…

¡Feliz Navidad!






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