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jueves, 2 de abril de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 10): La aplicación de los abrazos.



M despertó con peor humor que de costumbre. N se dio cuenta y no quiso decir nada. Se limitó a un escueto y aséptico “buenos días”. Le preguntó si quería café. M le miró y, tras un beso de esos que se dan y parecen pedir perdón, le contestó:

- Sí, gracias, cariño.
- Te lo pongo, siéntate en la sala. Yo tampoco he desayunado aún, me acabo de levantar.

Mintió. Sabía que algo había pasado aquella noche. No tenía ni idea de qué era, pero algo había pasado que a M le había perturbado. Y cuando M se perturbaba y no dormía bien, N dormía peor aún. 

- He dormido fatal. Espero no haberte molestado.
- No, tranquila.

Mintió otra vez.

- ¿Ha pasado algo?
- No, no sé. He dormido muy mal. Pero no por nada. Un sueño muy extraño.
- ¿Me lo vas contar?
- He tenido miedo. He soñado algo raro. Nos despedíamos y no quedaba bien. No sé, muy raro todo.
- ¿Nos despedíamos mal?
- No, no mal. Nos despedíamos y faltaba algo. 
- ¿Algo? ¿Nos despedíamos para siempre?

La segunda pregunta le dio un poco de miedo. N se arrepintió de haberla hecho al instante. Conocía de sobra a M y sabía que poner demasiada intensidad en conversaciones abstractas no les llevaba a ningún sitio bueno. Nunca. 



- No, no sé. Era como si nos despidiéramos y no te pudiera abrazar.
- ¡Anda, tonta! Abrázame.

No se abrazaron. M miró y a N le dio miedo. 

- No, no seas tonto. Eran más cosas. ¿Tú qué tal?
- Yo he dormido bien.

Mintió, aliviado, por enésima vez aquella mañana.

- Me alegro.
- Fíjate que anoche tuve una idea maravillosa entre sueño y sueño. 
- ¿Sí?
- Sí. Pero de las chulas, chulas.
- Cuéntame.
- No puedo. He despertado a buscarla y no aparece. 
- Estará bien allí...

Ahora fue N la que mintió. Ella no podría soportar tener una idea maravillosa en sueños y no encontrarla al despertar. Por muchas veces que le ocurriera. No lo soportaba, sin más. Mucho menos creer que está mejor "allí". Fuera donde fuera ese "allí".

- Sí, supongo que estará mejor allí. Sea donde sea ese "allí".
- Ya aparecerá.
- Ha aparecido otra. Lo mismo ha sido por culpa de tu sueño.
- ¿Te has acordado porque te he contado mi sueño?
- No sé, puede ser.
- Pues no te he contado ni la cuarta parte.
- Tampoco te acuerdas de más, ¿verdad?
- Verdad.

N mintió. Esta vez diciendo “verdad”, lo que no deja de ser una cosa curiosa.

- He soñado con algo que, quizás, tiene que ver con tu sueño y el despedirse sin poder dar un abrazo.
- Cuéntame.
- Se me ha ocurrido una aplicación de WhatsApp.
- Creo que no puede haber algo más lejos de los abrazos que el WhatsApp.
- Sí, a priori sí. Pero, si no puedes dar un abrazo, ¿no puedes, al menos, paliarlo un poco con el WhatsApp?
- Sí, claro, sobre todo tú, con lo borde que eres por WhatsApp. Con lo que cuesta cogerte el punto a ti...
- Pues más a mi favor. ¿Cuántas veces no has terminado de hablar y, al tiempo, en los chats, ves esa conversación con una frase que no te gusta al terminar?
- No sé, chico, yo no me fijo en esas cosas, no le doy tanta importancia como tú.

Y N mintió por enésima vez aquella mañana. Estaban prácticamente a la par. Y los dos lo sabían.

- Una aplicación que deje siempre una frase que te guste como final a una conversación de WhatsApp.
- ¿Cómo?
- No sé, una frase de cierre bonita. Como un abrazo de despedida mecanizado. Que nunca se te olvide, que no se cierre la conversación en falso o con una frase rara por las circunstancias que sean...
- O sea, que vuelves a comparar lo de los abrazos con el WhatsApp, ¿no?
- Sí, quizás tenga algo que ver.
- No te entiendo. 
- Abrázame.
- Ahora no quiero.

Mintió. 
Pero no se abrazaron. 

Años después, M bloqueó a N en WhatsApp. Aunque no le negara nunca un abrazo desde que se separaron, no quería que le mandara mensajes. No quería siquiera sospechar que pudieran estar mecanizados. Pero siempre echó de menos aquel abrazo. El que no dio en sueños y el que no se dieron aquella mañana. Decidió no volver a escatimarlos nunca. 

Aunque fueran por WhatsApp, pensó N sin saber lo que pensaba M al respecto. 

Que nunca jamás se me vuelva a perder un abrazo que deseo dar (pensaron los dos).



B.S.O.: Abrázame (Julio Iglesias, Iván Ferreiro y Doctor Deseo).



miércoles, 8 de octubre de 2014

Paseos en torno al abrazo mal usado




En ocasiones paseo esperando cruzarme con alguien. No lo reconozco en público, pero el rumbo que emprenden mis pies es dubitativo y cansino, y sólo buscan un encuentro inesperado. Aunque si van buscando algo y lo encuentran, eso no lo debería calificar de inesperado en el caso de ocurrir, sino de deseado, o algo así.

Cuando paseo pienso cosas absurdas mientras consigo cruzarme con alguien. Aquellos días me había dado por analizar qué sería de la vida de las perchas en verano. Cuando no tuvieran que estar en primera línea de armario vestidas con chaquetas y abrigos que ir sujetando y dejando de sujetar. Y recordé cuántos de mis abrigos no habían estado nunca entre mi piel y la tuya en algún abrazo de los que me dan la vida.



Dejé de pasear. Dejé de pensar. Recordé los abrazos. Y supe que no sabía qué eran.

También recordé el día en el que me propuse no usar tanto palabras como “recordé” en todo lo que cuento pero rápidamente sentí cómo lo olvidé. Y recordé cómo olvidé tiempo atrás uno de los proyectos más importantes que tuve en mi vida. Una de las cosas que le daban sentido y que de haberlas tenido presente no me hubieran llevado a pasear tanto sin rumbo esperando tener algún encuentro inesperado – fortuito – deseado con alguien. El proyecto que daría sentido a mi existencia y que cambiaría la historia de la humanidad para siempre. Aquello que olvidé mientras me recordaba no usar tanto palabras como “recordé”: La fórmula química que da sentido al abrazo. Conseguir el elixir definitivo que definiera para siempre cómo, cuándo y por qué tenía razón de ser y era un abrazo.

Aturullado por esos pensamientos no recordé que iba paseando sin rumbo como tantas otras veces y me abracé sin pensarlo mucho con la primera persona que se cruzó en mi camino. Un abrazo sostenido, sentido y casi mágico. De aquellos que quería sintetizar para siempre en alguna fórmula química que pudiera vender a alguna farmacéutica para hacerme asquerosamente rico y para cambiar la historia de la humanidad. Pero, sobre todo, para hacerme asquerosamente rico.

Una vez que me repuse de la patada en los huevos que me tiró al suelo y de las siguientes patadas en los riñones que me propinó ese desconocido que a gritos se zafó de mi maravilloso abrazo de aquella extraña y desmesurada manera, recordé que los verdaderos abrazos hay que medirlos y que no se pueden ir dando a cualquiera. Aproveché que en la refriega había conseguido robarle el móvil y desde él busqué en la wikipedia que todo lo sabe, la definición de abrazo. Por aquello de partir de una base. Porque en todo, como en las pizzas más sencillas, hay que partir de una base:

“El abrazo es una muestra de amor o saludo, realizado al rodear con los brazos (ya sea por encima del cuello o por debajo de las axilas) a la persona a la que es brindado dicho gesto, realizando una ligera presión o constricción con estos al acabar y siendo este de duración variable.
Generalmente, el abrazo indica afecto hacia la persona que lo recibe, aunque según qué contextos, puede tener un significado más parecido a la condolencia o consuelo.”
 


Usé el mismo móvil para llamarte sabiendo que al ser un número desconocido no tendrías la tentación de no contestar la llamada como hacías cuando en tu pantalla salía el mío memorizado.

- ¿Quién es?
- Soy yo.

Tras un silencio incómodo y unas penosas pero efectivas súplicas para que no colgaras te propuse que formaras parte de mi proyecto. Del único proyecto que ha tenido sentido en mi vida, más allá que quererte como a nada en este mundo, y complicarte la vida por no saber hacerlo, como nadie en tu mundo.

- ¿Qué es para ti un abrazo?
- ¿Estás tonto?
- No. Hablo completamente en serio. Quiero saber qué es para ti un abrazo.
- ¿Cómo crees que voy a poder decirte algo así como así?
- ¿Necesitas inspiración? ¿No recuerdas cómo eran nuestros abrazos?
- Siempre lo recordaré y lo sabes. Pero ese no es el caso.
- Espera. Quizás necesites algo de ambiente.

Acerqué mi móvil al auricular mientras reproducía “Hold me in your arms” de Helloween.
- ¿Estás ambientando la conversación con una balada heavy?
- Sí. Es la única canción de abrazos que tengo en el móvil.
- ¿No sabes que no me gusta el heavy?
- Sí, pero esto es una balada.
- Y ahora me vendrás con lo de que los heavys hacen las mejores baladas y alguna de esas cosas que repites como si fueran ciertas a todas horas cuando no se te ocurre nada interesante con lo que apoyar algún razonamiento.
- ¿Yo hago eso? ¿Con qué?
- Por ejemplo: Si alguien dice que no es derechas ni de izquierdas, es de derechas; las bebidas blancas dejan más resaca; cualquier película es peor que el libro; si a alguien le preguntas por su libro favorito y te dice Paulo Coelho o por su música favorita y te dice Queen, ni lee ni escucha música habitualmente... ¿Sigo?
- No. Es suficiente.

Busqué en el móvil ajeno que había conseguido tras el abrazo interrumpido por la paliza algo con lo que ambientar la conversación. Encontré un archivo de bandas sonoras de Alberto Iglesias. Me pareció lo ideal.

- ¿Así mejor?
- Lo que suena, ¿No es la banda sonora de “Los abrazos rotos”?

Metí la pata. Como tantas otras veces. Traté de acercarme al abrazo ideal creando ambiente con “Los abrazos rotos” después de haber comenzado por Helloween. Quizás fuera una señal.



Pensé qué era realmente un abrazo. Qué era para mí. Quizás así llegaría a sacar la fórmula mágica. ¿Qué son los abrazos? ¿Para qué sirven realmente?

Y me descubrí abrazándote para decir todas las cosas que de otra manera no dije.
Me encontré abrazándote para hacer las cosas que no hice.
Me vi abrazándote para atravesar mundos. Para romper paredes.

Siempre supe abrazar con tanta fuerza para que el dolor físico que se provoca al hacerlo haga olvidar cualquier otro que exista sin ese abrazo.

Abrazarse como círculo vicioso. Porque es un contenedor de sentimientos. Abrazar para que mi cuerpo diga lo que nunca supe decir con palabras.

Y hacerlo eterno. No terminarlo nunca. Para que cuando llegue el momento de separarse en el abrazo, ese momento en el que ninguno quiere desprenderse del otro por miedo a que todo haya acabado para siempre, sepamos que el miedo da valor a todo lo que ha transmitido y transmitirá para siempre ese abrazo.

Sonó el teléfono. El mío. Y era ella.

- ¿Dónde estabas? ¿Por qué has dejado la conversación a medias?
- Estaba equivocado. Los abrazos son míos. Y tuyos. Pero de nadie más. Nadie puede abrazar nunca como yo lo hago contigo.
- Muy bien, pero no es eso lo que quería escuchar.
- No te lo he dicho para que escucharas algo bonito. Es lo que siento y ahora sé. Aunque tú lo puedas ver de manera diferente.
- He encontrado la canción para que sigamos hablando de ello.
- ¿Cuál?
- “Abrázame”.
- ¿La de Julio Iglesias?
- La de Iván Ferreiro.
- Es la misma.
- Pues vale. No lo sabía.
- En cualquier caso, no sirven.
- ¿Por qué?
- Porque es una canción muy triste y desgarrada.
- ¿Seguro? “Abrázame, y no me digas nada, sólo abrázame...”
- “Me basta tu mirada para comprender
que tú te iras...”
- ¿Por qué ves siempre lo malo? “Abrázame como si fuera ahora la primera vez...”
- “Como si me quisieras hoy igual que ayer...”
- Siempre quieres ir más allá. Siempre tienes que mirar más allá. Relájate, quédate con el abrazo, no busques qué pasará después, quizás no lo tengas que escuchar.



Y descubrí que la composición química del abrazo era precisamente esa. No buscar más que el mismo abrazo. Y me quedé con ganas de gritar al teléfono lo que no podía hacer con un abrazo. Que abrazarte siempre será suficiente para que no tenga que mover mis labios y decir algo incorrecto que no estén diciendo nuestros cuerpos conectados de manera mágica. Que no tenga que moverlos más allá que para besar los tuyos y hacer que el abrazo sea único e inolvidable.





B.S.O. I: Hold me in your arms (Helloween)
B.S.O. II: Los Abrazos Rotos (Alberto Iglesias)
B.S.O. III: Abrázame (Julio Iglesias)
B.S.O. IV: Abrázame (Iván Ferreiro)



lunes, 19 de marzo de 2012

He echado mi currículum en el Zara (Cuentos de la vida moderna, por y para evitar el olvido en la distancia)


(Un cuento para @BeAfricanita, con cariño, envidia, respeto y admiración)


Esto era una vez que yo sabía un cuento pero se me quedó dentro y no me acuerdo, voy a ver si me sale otra vez... 

"Dicen que hace un tiempo, desde la sala de armas uno de sus castillos preferidos en tierras del noroeste de la Península Ibérica, un tal Amancio Ortega (En lo sucesivo, A.O.), sentado en su sofá orejero de cuero morado, con una copa de whisky de malta en la mano, escuchó hablar de un currículum que se decía que había ido a parar a una de sus posesiones en un extraño giro del destino.

Como en él era habitual, discreta pero incansablemente, se puso manos a la obra para descubrir qué era lo que había detrás de aquel currículum, ya que su olfato de reconocido prestigio internacional detectaba algo que le intranquilizaba y no le dejaba conciliar bien el sueño sobre su montón de billetes de diferentes monedas de todo el mundo donde acostumbraba a dormir un poco menos mullido desde que se divorció de la mujer con la que compartía el imperio que había forjado de la nada tiempo atrás.

Las cámaras de seguridad de una de sus posesiones en la calle Fuencarral de Madrid, cerca de la Glorieta de Bilbao, le dieron la primera pista. Ahí descubrió una conversación, a ojos profanos banal, que sería el hilo de donde podría empezar a tirar.

("Chica Corazón" by @BeAfricanita)



Paseaban descuidados, disimulando preocupaciones y fingiendo felicidad (Como casi todo el mundo que pasea por las calles de una gran ciudad) unas personas aparentemente despreocupadas cuando una afirmación que superficialmente no venía a cuento y que no iba más allá, parece que desencadenó todos los acontecimientos posteriores.

¿Te he contado que he echado mi currículum en el Zara? 

Quién pronunció ingenuo esas palabras tenía en mente otros pensamientos añadidos. Las cámaras del grupo Inditex, aunque poca gente lo sabe, son capaces de captar esos pensamientos y procesarlos hasta hacerlos inteligibles para el paroxismo comercial (de ahí su éxito around the world):

Esas son las pequeñas cosas que te hacen grande. El hacer que yo crezca, aunque sea laboralmente. En este mundo en el que vivimos, somos lo que hacemos, y lo que hacemos por obligación es trabajar. ¿Qué mejor sitio que un Zara? 
Te reíste pensando que yo no encajaría allí.
Me reí pensando que no me conocías lo suficiente. Que no sabías cuán maleable puedo llegar a ser (Por dúctil, por fácil de convencer, no por malote…)
Nos reímos nuevamente. Lo hacíamos mucho. Eso no nos lo quitará nunca nadie. Aunque a algunos no les gustara.

El hilo musical de la tienda se coló en la interpretación de los pensamientos. Pasaba a menudo. El imperio Inditex tenía algún que otro fallo. A fin de cuentas era tecnología gallega…  “Con las ganas” de Zahara se coló en los pensamientos de aquel momento que desencadenaba toda la historia del currículum dejado en el Zara. "Me moriré de ganas de decirte que te voy a echar de menos… Y las palabras se me apartan, me vacían las entrañas..."

A. O. dio un respingo. Llamó inmediatamente a uno de sus sirvientes y sin disimular su enfado pidió que hiciera lo posible para que despidieran al responsable de todo el circuito de televisión de sus tiendas en la capital de España.  

Buscó un analista de lenguaje corporal que, mirando lo grabado en todas las cámaras de las tiendas de la zona, le diera alguna clave más de lo que pasaba por la mente de aquel chico desgarbado, algo pasado de peso y alto que había hecho esa afirmación frente la puerta de una sus tiendas…  

Según parece, era un tipo extraño, con unos pensamientos interiores que no se intuían con facilidad en su aspecto exterior o en sus gestos habituales. 

Descubrieron algún que otro penar en su interior: 
Te reprocharé siempre que sepas emular la voz del moreno de Los Pecos, infinitamente mejor que yo la del rubio. Pero asumo que hay millones de cosas que sabes hacer mejor que yo, y te quiero por hacerme pensar siempre que es al contrario o, cuanto menos, que no tiene importancia.

A.O. Puso en marcha su ejército de vigilantes del decoro en los Karaokes del mundo en pos de alguna pista que recondujera aquello. 

El informe de su equipo le indicó que el 78 % de las prendas que se ven en los Karaokes de España provienen del Grupo Inditex. Aquello no le satisfizo. A.O. pensó que era un mal porcentaje. También pensaba que los karaokes eran un invento del diablo, aunque tenía más de una docena de aquellos aparatos, regalo de familiares en fechas señaladas, guardados bajo llave en las bodegas de uno de sus castillos de verano. A.O. supo que aquello era complicado, más si se dispersaba en datos inútiles para su propósito. Siguió buscando en los deslavazados e inconexos pensamientos internos (¿Los hay externos?) de nuestro protagonista curricular.

Apretamos y comprimimos nuestra afición por la soledad del día antes, sin darnos cuenta de que añoramos y necesitamos la compañía del día después. Es esa estamos. En esa seguiremos mucho tiempo. Hasta que inevitablemente volvamos a encontrarnos. Y nos agarremos de la mano para cantar matando a todos de envidia cuando nos contemplen.

De nuevo las canciones, pensó A.O., habría que seguir la pista melódica. Quizás en la cabeza de aquella persona había más música que aptitudes para trabajar en alguna de sus tiendas. Buscó la última pista de reproducción que pasaba por aquella cabeza mal pensante y encontró algo extraño. ¿Cómo has tenido valor de hacer una canción de amor? De nuevo Zahara. 

-¡Que me la traigan inmediatamente! –gritó en la inmensidad de su castillo.

Nadie le escuchó (Como sospechaba que pasaba últimamente a pesar del irresistible crecimiento de su grupo empresarial) y una sirvienta que pasaba por allí le indicó que aquella canción podría ser “Adios” de Zahara. De nuevo Zahara, confirmado. 

-¿Por qué? –gritó A.O. al oído de la aterrada sirviente que salió huyendo escaleras abajo cómodamente ayudada porque ese día vestía unos leggins de oferta de Berskha.

Arrojó la copa de whisky a la chimenea. Siempre gustó de representar escenas cinematográficas como aquella. Incluso llevaba tiempo tentado en invertir en cine. Pero sólo tenía ofertas de cine español y él no tenía ningún interés en un cine que no incluyera grandes señores en sus castillos, planos fijos en la mirada de un señor omnipotente oteando sus posesiones mientras se intuye un pensamiento interior de persona justa hasta en la adversidad, películas de época, o un remake de "El Golpe", su película preferida de siempre.




Aquello le recordó algo. Revisó la transcripción del último video de los pensamientos del personaje del currículum. Había oído algo de cartas o de juego. Allí estaba…

- ¡Para ahí! ¡Justo ahí! ¡Vuelve atrás¡ ¡Amplíalo! ¿Qué es eso?

Dicen que en el póker sólo te puedes descartar una vez. Dicen que el póker es como la vida. Solo puedes cambiar cartas una vez en el póker y en la vida. Yo soy más de hacer trampas y siempre me ha gustado mucho jugar con ventaja. Creo que siempre he tenido buenas cartas, pero de no ser así, me las invento. Tú me has enseñado cómo un 4 de rombos puede ser tan bueno como la Reina de Picas si lo coges en el momento adecuado. Siempre me gustó jugar con ventaja. Y siempre quise tener cerca a una reina. Gracias por saber que cuando repartieron la segunda mano, tú y yo, juntos ya éramos una pareja de Reinas. Y con una pareja de Reinas ya se puede jugar. Y, además, siempre guardo un as bajo la manga… Como tú…

Una línea de ropa basada en los tiempos de "El Golpe". Unos motivos inspirados en la baraja francesa. Una línea con vistas a que vendiera mucho con estética de los grandes casinos de Las Vegas. ¡Dios! ¡Qué creativo podía llegar a ser! Era normal que dominara el mundo textil. Si algún día a los chinos les diera por dejar el tema ya no tendría rival y podría descansar tranquilo sabiéndose el rey del mundo de las telas que cubren las pieles de todo el mundo conocido. Se mesó los cabellos blancos que cada vez escaseaban más y recordó que debía centrarse nuevamente en aquello que le había hecho tirar el vaso de whisky contra la hoguera de manera cinematográfica.

Uno de nuestros últimos días pensé en regalarte un supercoco azul de peluche, pero pensé que era algo que no nos decía nada a ninguno de los dos. Lo volví a pensar y acepté que quizás era un buen regalo porque tú y yo no nos hemos dicho nada aunque lo hemos sabido casi todo. Al rato lo volví a dejar en el estante y salí por la puerta de la tienda con la idea en la mente de que lo que no nos dijimos nos distingue y lo que nos conocimos nos engrandece.

Vivirás todo una hora antes por tu geografía, pero lo cierto es que yo siempre anduve una hora después, hasta cuando compartíamos uso horario. 

¡Busquen en las tiendas insulares! –Gritó sin que nadie pudiera escucharlo- ¿Vendemos peluches en alguna tienda? El eco de su voz en su inmenso castillo se volvió contra él como las bofetadas que le daban aquellas chicas a las que cortejaba cuando era un adolescente humilde. Hoy A. O. era tan poderoso que aspira realmente a que todo el mundo conocido se uniforme bajo su criterio estético, desde la más rica al más pobre, desde el más moderno a la más clásica. Y bien que lo había trabajado desde muy temprana edad. Incluso dejando al lado cortejar a aquellas chicas que le gustaban por tener un futuro mejor, un presente de gloria hoy día, un futuro aterrador para cualquier empresario textil que pensara destacar. Recordó todo lo que le había costado, así sin venir a cuento. Y se puso triste. Y el hilo musical entró, ahora en su cabeza, desplazando sus pensamientos…

y aún repaso las lecciones una a una 
cada día 
yo no puedo aconsejarte 
ya es muy duro lo que llevo 
dejemos que corra el aire 
y digámonos adiós…"

Eso era de por allí. Era gallego, lo sabía. No estaba muy al tanto de la música moderna. Su último referente fue Juan Pardo y hace tiempo que no se sabe nada de él. A Julio Iglesias, también gallego, le retiró el saludo cuando no quiso hacer publicidad de él en Miami por mucho dinero que le ofreció. Juan Pardo no era así, pero hacía tiempo que no sabía de él. Además no era gallego. Qué lejos quedaban los tiempos de Juan y Junior o de Los Brincos. Pero aquellas tonadillas eran de otro gallego. Moderno y bajito, como quería pensar de sí mismo aunque viera a viejas sesentonas comprando ropa en sus outlets decantándose por las únicas prendas que había ideado él. 

Buscó en su agenda algún teléfono que le pudiera llevar a aquel gallego que cantaba lo de estudié mientras dormía, y llamó a un amigo de la TVG por si podía ayudarle. Sabía que ese amigo de juventud controlaba mucho el tema musical en Galicia porque produjo un par de programas con actuaciones en la tele que él pagaba como todos los gallegos. Marcó y esperó los tonos de llamada. Al otro lado sonó cómo descolgaban el teléfono. Pero se coló algo que no esperaba oír. Eran de nuevo  los pensamientos del chico del currículum:

Empujamos la luna aquella tarde, porque la luna no puede salir a esas horas. Y detrás descubrí aquella estrella. Aquella cosa luminosa que me enseñó por dónde pasear y hacia dónde ir cuando no se sabe bien ni dónde se está ni hacia dónde se va.




Si algo de todo lo que he aprendido de ti, quisiera que supieras y te sintieras responsable, sin duda sería ese extraño efecto que causabas en mí, cuando cada vez que hablábamos, me hacías pensar que era 2 de Enero, ya pasada la resaca, y podía plantearme renovar todas las ilusiones y proyectos nuevos que esos días todos nos sentimos capaces de emprender. Gracias por hacer que, tras todas nuestras conversaciones, me sintiera en un permanente 2 de Enero. Que anulara mi cuota del gimnasio más tarde, o que dejara de seguir aquel coleccionable, son ya cosas mías de las que no tienes un ápice de responsabilidad. En cualquier caso. Al tomar la esquina volvía a ser 2 de Enero. Ahora sólo quiero que sigas dándome muchos 2 de Enero en la distancia, con mayor intensidad aunque con inevitable menor frecuencia. Los necesito para seguir, sabes que odio el verano perpetuo al que tú te vas…

Tiró el teléfono al suelo y las piezas volaron por toda la estancia. Otra escena muy cinematográfica, pensó consolándose e intentando disimular la frustración. 

Se sirvió nervioso otro whisky de malta (escocés, off course) y pensó que últimamente bebía más de la cuenta. Su divorcio le había sumido en cierto aburrimiento y el aburrimiento le llevó a pensar demasiado. Pensando demasiado se aficionó a beber a solas y a solas llegó al escocés de malta. De ahí a pensar que últimamente perdía el tiempo con muchas tonterías había un paso.

El paso lo dio cuando se dedicó a vigilar más de lo debido sus tiendas. Su inabarcable red de negocios repartidos por todo el mundo. Desde su sofá orejero de cuero morado. En la soledad de su castillo del noroeste. Pensó que quizás así no llegaría a ser nunca tan feliz como cuando abrió su primera tienda y lo celebró con todos los que le habían acompañado en su aventura. Supo que el chico del currículum era un farsante que quizás había hecho ese comentario sin darle mayor importancia y que no debía quitarle el sueño. Entendió que trabajar demasiado no merece la pena si no disfrutas de la gente que tienes a tu alrededor. Quiso conquistar el mundo, pero el mundo es más pequeño que todas sus tiendas. Envidió a aquel cínico chaval que dijo “He echado mi currículum en el Zara” cuando quería decir que echará mucho de menos a la persona que iba a su lado.  Echó un último vistazo a las cintas de seguridad. Como punto final esta vez. Y lo vio todo claro:

Quizás algún día, después de confesarte todo esto, te decidas a cantarme aquella canción tan bonita…

“Trabajas en Inditex,
el mundo está a tus pies”

Todo se reducía a eso. 

Y a querer a la gente, aunque se diga cada vez menos. 

Y sentir el mundo a mis pies…"


Y colorín colorado, este cuento aún no se ha acabado... 

Cuantos más nos vean, más felices somos tod@s... ¡COMPARTE!