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sábado, 30 de marzo de 2019

Esta noche pierdo la hora que gané cuando te vi aquella noche...




Esta noche pierdo la hora que gané cuando te vi aquella noche.

Cambian la hora. Cambiamos la hora. Dicen que nos quitan una. En las noticias avisan de que tenemos una hora menos para dormir. Mis amigos, en cambio, piensan que tenemos una hora menos para emborracharnos. Las redes sociales se inundan de gente que lamenta que esta noche van a perder una hora.

Yo no.

Creo que no voy a perder una hora porque no la he tenido nunca. Porque esa hora que desaparece, en realidad, no existe.

Yo no voy a perder una hora.

Sé que me gusta pensar que gané una hora en el cambio anterior. El bueno. El que la gente valora porque ganas una hora. Cuando dicen en los informativos que tenemos una hora más para dormir. En el que mis amigos dicen que nos vamos a emborrachar al nivel de una hora más. En octubre se inundaron las redes sociales de gente que celebraba que esa noche iban a ganar una hora.

Yo no gané nada.

Esta noche me gustaría recordar, si no quitaran la hora que desaparece, que aquella noche de octubre aprovechamos la hora que no existía para estar juntos sin que nadie se enterara.

Ni siquiera nosotras. Que no existimos ni nos conocemos.

Como esta noche.

Esta noche pierdo la hora que gané cuando te vi aquella noche...








jueves, 5 de julio de 2012

La historia breve de lo que ocurrió después de aquel día en el que se convenció de que masturbarse tanto era pecado y malo para su salud





Esta es una historia común. Esta es la historia de una persona normal, aunque ninguno sepamos qué demonios significa ser una persona normal.

Tenía dos piernas, dos ojos, dos orejas, dos brazos, dos manos. Y un solo miembro viril. Y entiéndase por miembro viril, aquello que se presenta más o menos majestuoso o independiente por encima de algo que también tenía en número par: dos testículos.

Esta es una historia común. La historia de una persona que se masturbaba como todas las personas que protagonizan historias comunes. ¿Os habéis parado a pensar alguna vez en ello? ¿Habéis mirado a vuestro alrededor en el vagón de metro, en la sala de espera del médico, mientras aguardáis para pagar en una caja del Mercadona o en cualquier otro sitio de vuestro día a día, que todos y todas que os rodean se masturban como vosotros? ¿Sois capaces de vivir con esa imagen en la cabeza? 

Probad a hacerlo: La señora de mediana edad, el joven adolescente de incipiente bigote mal disimulado, el obrero de mono azul, ese presentador de televisión que te está dando las noticias vestido con traje y corbata, la cajera del Mercadona… Todas y todos.

Esta es una historia común que pasó a ser extraordinaria. 






Es la historia de un tipo que llegó a comprender que se masturbaba excesivamente. ¿Cuánto es masturbarse excesivamente? Todos nos lo hemos preguntado alguna vez en la vida pero nadie tiene la respuesta correcta. Pero él se masturbaba desmesuradamente. A todas horas, en todo momento, en todo lugar. 

¿Es eso excesivo?

Sus amigos le dijeron que sí. Que tenía que moderar la frecuencia. Que la masturbación no es mala, y todos lo hacían, pero no tanto y que probablemente tendría consecuencias, una vez que decidió consultarle a sus amigos sobre ello.

El médico le dijo que sí. Que tenía que moderar la frecuencia. Que la masturbación no es mala per se, pero sí lo es si llega a inundar su vida de la manera que lo estaba haciendo y que probablemente tendría consecuencias físicas más allá de las psicológicas que ya tenía, una vez que decidió ir a un médico a consultar sobre ello.

El párroco le dijo que sí. Que tenía que eliminar la práctica. Que la masturbación es mala per se, y que si llega a inundar su vida de la manera que lo estaba haciendo probablemente tendría consecuencias físicas más allá de las psicológicas que ya tenía, que ardería en el infierno sin remisión, algo por lo que debía haberse preocupado una vez que decidió ir a un párroco a consultar sobre ello.

El psicólogo le dijo que sí. Que tenía que moderar la frecuencia. Que la masturbación es una práctica habitual y necesaria del ser humano, pero si llega a inundar su vida de la manera que lo estaba haciendo, probablemente tendría consecuencias físicas más allá de las psicológicas que ya tenía, una vez que decidió ir a un psicólogo a consultar sobre ello.

Por supuesto, después de cada consulta, se volvía a casa corriendo a hacerse una paja. No hay nada que le ayudara más a no pensar que eso. Y verse en el abismo de caer en el infierno, en la calvicie, en la sequedad de su médula espinal, en su aislamiento social, y de todo a la vez, le hacía pensar con miedo.

Esta era una historia extraordinaria. La historia de un tipo que no pensaba porque cada vez que iba a hacerlo se masturbaba para no caer en ello.

De tanto no pensar y de tanto masturbarse ora por no pensar, ora por ganas, ora por necesidad, ora por vicio, ora por rutina, ora por pensar en ello, descubrió que el instante pseudodepresivo posterior a cada paja se estaba intensificando de manera brutal hasta llegar a la categoría de tristeza post coitum. Y la tristeza postcoitum inundó su vida.

Y cuando la tristeza post coitum inunda tanto tu vida que hasta te planteas si merece la pena el pre coitum o el coitum en sí, y simplemente eres una persona que se masturba excesivamente (Se lo habían dicho el párroco, sus amigos, el médico y el psicólogo) la cosa empieza a estar muy jodida.

Ese es el día anterior a que esto (Que es una historia común) cambiara radicalmente. El día anterior, porque, evidentemente, decidió dedicarse un último día en exclusiva a él y a lo que más le gustaba del mundo: Masturbarse.

Sería como el último pico de un yonki, pero en cantidades de sobredosis para una matar a una comuna de heroinómanos de Las Barranquillas.

Y pasado el día, la historia que era común, pasó a ser extraordinaria. Y se despertó con ganas de masturbarse pero decidido a no hacerlo. Y pasaron los segundos a ritmo de horas, y las horas a ritmo de días, y no pasaron los días porque toda esta historia que de ser común pasó a ser extraordinaria se desató antes de que volviera a ponerse el sol.

El no masturbarse, por encima de millones de consecuencias que sería muy aburrido de explicar aquí, trajo consigo una realidad nunca antes prevista. El no masturbarse le hizo no tener las manos ocupadas. Sobre todo la derecha, su gran amor y cómplice a la que eventualmente era infiel con la misteriosa y poco conocida izquierda. Unas manos, sobre todo la derecha, huérfanas de miembro viril y de actividad que empezaron a sufrir un síndrome de abstinencia si cabe superior al que estaba mal llevando su dueño.

Ese dueño que empezó a escribir lo que sería la historia extraordinaria de un tipo de lo más normal que estaba inmerso en una historia completamente normal.

Ese dueño que no podía controlar sus manos, sobre todo la derecha, porque bastante tenía con controlar un cuerpo y una mente poco acostumbrados a estar ociosos, y que vio como sus manos, sobre todo la derecha, desamparadas de polla que masturbar, buscaron algo en qué entretenerse.

Y rebuscando en el arsenal de revistas, películas y utensilios destinados a la masturbación de su dueño, encontraron lo que siempre se suele encontrar en un arsenal: Armas de fuego.

Cogieron la más grande, acaso por el complejo de tantos años agarrando un miembro viril de tamaño medio tirando a bajo, la cargaron y llevaron a tirones a su dueño al balcón.

Y de aquella historia común, de aquella historia de una persona normal, surgió la mayor masacre que nunca se produjo en aquella ciudad. Empezaron a disparar a todo lo que se movía cerca. Aniquilaron a cuanta persona tuvo la mala suerte de pasar cerca de aquel balcón ese día. Ajusticiaron sin miramientos a toda la gente que andaba por allí. Mejor suerte hubieran corrido de haber estado masturbándose y no paseando por la calle...




La prensa, como de costumbre, se llenó de titulares impactantes por lo extraño del caso. Todo el vecindario habló de lo normal que era el chico, que siempre saludaba, que parecía un tipo majo, que no se lo podían explicar...

Nadie encontraba explicación a lo ocurrido.

Y todos los que hablaron con la prensa, todos los que habían estado cerca de aquel hombre que vivía una historia normal y que asesinó desde su balcón a todo lo que pasó por allí esa tarde, se volvieron a sus casas en silencio y se masturbaron.

Y lo que era una historia extraordinaria en un barrio hasta entonces tranquilo, pasó a ser una masturbación colectiva, oculta de puertas para dentro, de personas normales que siempre saludan cuando te cruzas con ellas en el portal…




B.S.O.: "Qué bien me lo paso" (Los Enemigos)






jueves, 16 de junio de 2011

Obsesiones y Parafilias (Volumen 11): La creatividad perdida es como la verdad, está sobrevalorada.



Revolcarse en el fango. 
Revolverse en la propia mierda. 
Retozar en la cochiquera.

Es pensar que eras un puto genio y ahora no eres mínimamente creativo.
No a un nivel aceptable.
No como te gustaría.
Y te revuelcas en el fango, te revuelves en tu propia mierda y retozas en tu cochiquera, feliz como un marrano, disfrutando del hedor que desprendes y creyendo que un día volverás a ser el tipo creativo, ingenioso y chispeante que todos te decían que eras.
Pero tanta peste, aunque sea propia, acaba cansando.
Te levantas sin la menor de las compasiones por tu vida de gorrino y te lanzas en busca de eso que crees que es la creatividad que has perdido.
Como vives al lado del Museo del Prado, decides que no hay mejor sitio para recuperarla que plantarte allí enfrente de alguna obra maestra que ya habrá acudido a tu rescate más de una vez.
Paseas como un alma en pena, mirándote los pies, sin levantar la cabeza, entre los pasillos vacíos de gente. 
¿Por qué no hay gente visitando El Prado hoy? 
¿Todo el mundo tiene creatividad menos tú? 
¿Son todos unos mentirosos? 
¿Eres tú una mentira danzante y maloliente?
Mejor así, te dices. 
Puedes elegir postrarte ante el cuadro que más te guste. No tendrás que aguantar una nube de japoneses tras la cual ponerte de puntillas para ver algo. No tendrás que aguantar miradas inquisitorias cuando mires demasiado cerca un cuadro o cuando pases más tiempo de la cuenta delante. No tendrás que aguantar explicaciones en italiano sobre lo que quiso plasmar Goya en aquella pincelada en voz de un aspirante a artista convertido en guía bien parecido, a un grupo de bien parecidos memos que asienten moviendo la cabeza a cualquier cosa que les diga. 
Mejor así, te dices.
Pasas delante de todos los cuadros sin mirar. Son mentira. Todos te parecen falsos. Y de repente, levantas la mirada y te encuentras con él. 
Como siempre. 
Vigilándote desde que eras pequeño, posado en tus sueños, recordándote que tu creatividad se está yendo a pique desde que te conoces, o crees conocerte. Cosa que no deja de ser otra mentira más.
El Gran Masturbador.


El Gran Masturbador que pintó Dalí en 1929, cuando no eras ni siquiera un proyecto. 
Cuando ni siquiera te preocupaba perder la creatividad.
El Gran Masturbador para el gran masturbador de la creatividad perdida. 
Solos los dos. 
Como si fuera poca cosa.
Y, como en toda buena historia que se precie, de aquellas que imaginabas cuando no habías perdido la creatividad, de la nada, aparece ella… 

Y la miras con desdén y superioridad. 
A fin de cuentas, ella no sabe que tú has perdido la creatividad. 
A fin de cuentas, ella está allí porque tú lo quieres o porque ha perdido la creatividad también.
A fin de cuentas, no te interesa lo más mínimo porqué está allí. 
A fin de cuentas, no es más que otra mentira.
Ella mira en tu interior como si te conociera desde mucho tiempo atrás. 
Ella busca en ti una creatividad que no parece ser consciente que has perdido. 
Ella cree que sigues siendo un genio creativo. 
Ella te dice la verdad que todos los que mienten te dicen.
Y la deseas. 

Y ves cómo sus labios miran más que sus ojos. 
Y como sus ojos comen más que su boca. 
Y como su boca, delante de El Gran Masturbador (El cuadro de Dalí) te dice que lo que más le apetece en ese preciso momento es besarte. 
Y como crees que la verdad está sobrevalorada, le respondes pues eso sólo hay que pedirlo y la besas.

Y sientes falsamente que has recuperado la creatividad y que has encontrado la sinceridad. 
Y no piensas que ni estás siendo creativo, ni ella te mira de verdad.
Pero te llenas de ella. 
Y ella te llena de ti. 
Y os revolcáis contra El Gran Masturbador como si no hubiera nada más en que pensar. 

Una vez alguien dijo que había que estar cien por cien en cualquier momento como ése, y estar pensando en que te estás revolcando con aquella preciosidad sobre El Gran Masturbador, ya no es estar al cien por cien allí.
Y sientes tu espalda desgarrarse. 
Y sientes como te araña la rugosidad de la pintura. 
Y sientes como te araña y te desgarra aquella pequeña salvaje que un rato antes decía que lo que más le apetecía en el mundo era besarte.
Y piensas en los gemidos y los gritos. 
Y asumes que eres un privilegiado. 
Y entiendes que nadie sabe cómo suenan los gemidos y los gritos de la pasión en el silencio de un Museo del Prado vacío. En la inmensidad de una pinacoteca huérfana de gente y preñada de creatividad. En la enormidad de un museo donde sólo ella te dice la verdad.

Y así, desnudos, sudorosos, arañados, satisfechos, plenos… La miras a los ojos y ves una sonrisa sincera en ella. Buscas en su boca y sientes una mirada verdadera. Y sientes que no está mal que tu creatividad esté sobrevalorada, al igual que la verdad.
Y recuerdas que en El Prado no está El Gran Masturbador.
Y recuerdas que El Prado nunca está vacío.
Y recuerdas que nadie habla delante de un cuadro con interés sexual sin que salga mal.
Y recuerdas que El Gran Masturbador no es tan grande como para que los dos podáis revolcaros contra él, por mucho que os abracéis u os hagáis uno.
Y recuerdas que El Gran Masturbador no tiene textura que pueda desgarrarte ni arañarte la espalda.
Y recuerdas que el Reina Sofía dice que El Gran Masturbador está en su interior.
Y asumes que nunca has sido un tío con mucha creatividad.
Y asumes que todo esto no es más que una mentira, porque la verdad está sobrevalorada.

Pero recuerdas que ella te dijo que lo que más le apetecía en aquel momento era que os besarais. 
Y os besáis.

Y rebuscas en tu vida y descubres que El Gran Masturbador siempre estuvo allí. 
Y encuentras la creatividad en ella. 
Y ves la verdad en su boca y en sus ojos.
Y te masturbas pensando que eres muy grande, digan lo que digan… 

Y sabes que eso es lo más creativo y más verdad que te vas a encontrar nunca.


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