Mostrando entradas con la etiqueta Espalda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Espalda. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de septiembre de 2015

Declaración de intenciones: Enésimo volumen




Yo quiero ser de mayor algo chulo como buscador de errores en cuadros famosos.
Trabajar poco y ganar mucho.
Dedicar el resto del tiempo a dar besos a quien me apetezca,
ver cine en blanco y negro
y mirar por la ventana de una casa grande con vistas bonitas.





(Pintura: Mujer de espaldas, Delvaux)




viernes, 3 de agosto de 2012

200: Carta mojada



Mi querida BEATRIZ:

Sí, ya lo sé. Hace mucho que no te escribo. 

Créeme si te digo que no es del todo cierto. 

Hace mucho que no recibes cartas mías, pero no hace tanto que te escribo. Te escribo constantemente. No puedo evitarlo, deberías saberlo. Otra historia es que me leas o no…

Te remito las siguientes palabras para contarte algo. Intuyo que es un momento en el que te vendrá bien saber de mí, y aquí me tienes. En letras, signos de puntuación y espacios. 

Muchos espacios…



HOY he vuelto a cantar en la ducha. De repente, me he sentido bien, y tras enjabonarme el pecho, me he arrancado por Bowie. ¿Recuerdas cuántas duchas nos hemos dado juntas? ¿Recuerdas lo que te gustaba que te enjabonara la espalda? 

HOY he vuelto a ducharme pensando en ti. Lo hago muchas veces. Adoro ducharme pensando en ti. La prisa y la urgencia del día a día hacen que a menudo se me olvide y me duche de manera rutinaria y rápida. Pero sabes que siempre me ha encantado mandar a tomar por culo todas esas recomendaciones sobre el ahorro de agua y disfrutar de la limpieza de tu cuerpo en contacto con el mío bajo el chorro a la temperatura ideal que nos provoca tantas sensaciones. 

Aquel jabón con olor a lavanda. Aquel enjabonar nuestros pelos rebeldes con la parsimonia de la mejor peluquería mientras nuestros pechos se rozan tímidamente, sin prisa. Ese temblar de piernas cuando nos tocamos un poco más intensamente. Esa agua recorriendo nuestras espaldas. Esa cara de intimidad que nos salía.

HOY he vuelto a cantar en la ducha. De repente, me he sentido bien, y tras enjabonarme el pecho, he cantado Heroes. ¿Recuerdas cuántas duchas nos hemos dado juntas? ¿Recuerdas lo que te gustaba que te enjabonara la espalda? 

Te lo quería contar, porque me gusta recordar el día que me dijiste que de mampara para adentro, todo era nuestro y nadie podía quitarnos esos instantes. 

NUNCA.

¿Recuerdas cuando me decías al oído que podíamos ser héroes, sólo por un día?

HOY la he cantado sola en la ducha. No he sentido tu boca susurrando, pegada a mí, pero he notado que estabas aquí. Bajo el agua a nuestra temperatura ideal.

HOY he salido sucia de la ducha. Más sucia que nunca. Tú sabes bien por qué.



Besos, te quiere, SIEMPRE,

CHRIS




B.S.O.:  Heroes (David Bowie)

B.S.O. (Bonus track porque sí...): Querida Beatriz (Pablo Carbonell)

jueves, 8 de diciembre de 2011

Post urgente y acelerado




¿Dónde estuviste anoche?
¿Anoche? No tengo la menor idea. Hace demasiado tiempo
Y, ¿Qué harás esta noche?
No hago planes con tanta antelación
(Casablanca)


Érase una vez, en un mundo gris, una chica que iba acelerada a todos sitios...


“No hay tiempo” se decía al modo del conejo de Alicia sin que siquiera estuviera corriendo por un país de maravillas. 


Se había instalado en la prisa pensando que ella era diferente y nunca llevaba el mismo ritmo o el estrés de quienes le rodeaban y a quien tanto despreciaba.


Subía, bajaba… Iba, venía… Llegaba siempre a destiempo y se iba antes de lo deseado de todos los sitios…


“No hay tiempo” recordaba al conejo blanco, y ni siquiera recordaba lo que era tomar un té, más allá de las infusiones de hierbas medicinales que le había recomendado una amiga para que las tomara por las mañanas y pudiera ir bien al baño. Ni tiempo tenía para regular su tránsito intestinal…


Su trabajo era mortalmente absorbente, su vida social pasaba por meros encuentros puntuales y acelerados, y sus horas de sueño se limitaban a los momentos en los que, ya de noche, su cuerpo decía basta…





El metro era su hábitat natural. En él se veía diferente. Aunque corriera como todos. Subía y bajaba las escaleras en los transbordos entre líneas como si no fuera consciente de que pasaban metros cada poco, y que “perder” uno sólo le suponía esperar un par de minutos al siguiente.


Un día como otro cualquiera, subiendo unas escaleras como loca, sufrió un parón inesperado. Una inmensa espalda masculina le frenaba y no le permitía seguir su camino al ritmo habitual:



- Perdona: ¿Me dejas?
- Te dejo, te dejo… ¿Llevas prisa?
- Claro… Todos llevamos prisa
- Yo no
- ¿Me dejas? Me importa poco que tú no lleves prisa
- Si vas tan rápido a todos los sitios, te vas a perder muchas cosas por el camino
- Si no voy tan rápido, lo que voy a perder es el trabajo
- Tú sabrás. Pero estás perdiendo un tiempo precioso hablando conmigo
- Lo sé: ¿Me dejas pasar de una puta vez?
- Te dejo: Te he dejado siempre. Podrías haber pasado a mi derecha o a mi izquierda y no lo has hecho



Se paró a mirar. Se dio cuenta de que estaba en medio de unas escaleras donde ya no quedaba casi nadie, y podía pasar por cualquier lado. Estaba parada hablando con aquella preciosa espalda como si no llevara prisa. Como si no pasara el conejito blanco de Alicia diciendo que ya no le queda tiempo.



- No sé qué hago parada detrás de ti
- Estás delante
- Me voy
- No quieres irte
- Lo sé, pero tengo que irme
- Si hubieras seguido corriendo como siempre, no me hubieras conocido…
- Tampoco te estoy conociendo ahora mismo
- Eso tiene fácil solución: ¿Tienes tiempo para un café?



Miró a su alrededor. No vio Alicias, ni conejos blancos, ni despertadores irrespetuosos. Se vio a sí misma y agarró la mano de la preciosa desconocida espalda masculina que la había hecho parar en las escaleras del metro en su trasbordo habitual de todas las mañanas entre la línea 3 y 2 del suburbano.


Miró a su alrededor y se vio a sí misma corriendo a la derecha de ellos dos. Y luego a la izquierda. Y arriba, y abajo… En un instante vio su vida pasando por allí sin fijarse en ella misma al menos cuatro o cinco veces. Y no pudo hacer nada para llamarse la atención.


Miró a su alrededor. Sin prisas. Apretó la mano de la preciosa desconocida espalda masculina que la había hecho parar y se dejó guiar a la superficie.


Hacía sol. 


No recordaba cuánto tiempo hacía que no veía la luz del sol en Diciembre.


Se olvidó de sus prisas y se recordó a sí misma. 


Le besó como si estuviera besando todo el tiempo perdido.





Érase una vez, en un mundo multicolor, una chica que iba sonriendo a todos sitios...






miércoles, 11 de mayo de 2011

Otra noche sin dormir (Volumen 10): Sangre.


Cada vez son más las noches que paso en vela. Llevaba un tiempo de tranquilidad, de sueño más o menos estable, pero se acabó. Hoy me he vuelto a despertar nerviosa en mitad de la noche. Me he vuelto a despertar nerviosa, alterada y no he vuelto a poder conciliar el sueño de nuevo.

Sin ninguna razón. 
Sin ningún motivo. 
 
El calor, tu ausencia, mi inestabilidad emocional, los problemas de salud de mis seres queridos, el ruido de los vecinos follando como perros en celo… Muchas pueden ser las causas, pero ninguna me convence del todo. 
 
Como siempre.
 
Traté de incorporarme y afrontar valientemente otra noche en vela. Hace mucho que me acostumbré a usar el insomnio para algo útil, aunque nunca sepa muy bien para qué. Apoyé la mano en la cama para incorporarme y cuando la levanté vi cinco putos puntos rojos sobre las sábanas blancas.
 
Hay quien dice que el blanco no es el mejor color para dormir. También hay quien dice que debo fumar menos si quiero dormir mejor. No puedo hacer caso de todo lo que me dicen. Los cinco putos puntos rojos me dicen algo, pero no sé qué es.
 
Cinco putos puntos rojos en las sábanas blancas.
 
Cojo la sábana para mirarlos más de cerca, y aparecen más putos puntos rojos: Mis dedos.
 
 

 
 
Tengo las yemas de los dedos llenas de sangre. Tengo las yemas de los dedos de las dos manos con heridas sangrantes. Seguramente esté dormida y todo esto no sea más que otra de mis pesadillas simbólicas. No tengo ni idea qué querrá decir esta pesadilla, pero me da mucho miedo porque estoy despierta, veo putos puntos rojos en las sábanas y tengo heridas en las yemas de los dedos.
 
¿Qué coño es esto?
 
Pensé en llamar a urgencias, pero teniendo los dedos como los tenía, hubiera dejado el teléfono hecho una mierda. Además, me di cuenta de que me empezaban a doler un poco. Y el miedo hizo que me olvidara de la estética del teléfono –cuando una está asustada, lo último en lo que piensa es en la estética, a no ser que seas una princesita presumida y no es el caso- y como tantas otras noches de ausencia de sueño la llamé. A mi confidente, a mi ángel, a la única que vigilaba mis sueños y podría comprenderme y ayudarme.
 
-Necesito verte…
-¿Qué pasa?
-¿Por qué tiene que pasar algo?

Un silencio que se me hizo eterno precedió a sus siguientes palabras.
 
-Porque sólo me llamas cuando necesitas algo
-Eso no es verdad
-Bueno, no es verdad… Sólo me llamas cuando te pasa algo y sólo yo te puedo ayudar.
-Necesito verte…
-¿Qué te pasa? ¿Me lo vas a decir de una puta vez? –Los tacos en su boca resonaban más fuerte que en cualquier otra boca. Cuando ella decía “puta” parecía que las trompetas del apocalipsis abrieran el cielo… Y eso, me ponía muchísimo- No tengo toda la noche. ¿Sabes qué hora es?
-No tengo ni idea, pero necesito verte…

Estuvimos así más de veinte minutos. O dos horas y media, realmente no lo sé. Ella tenía la capacidad de hacer que el concepto “tiempo” perdiera cualquier sentido y rigor para mí. Sólo sé que dijo, enojada, más de tres o cuatro veces “puta” a lo largo de la conversación. Y eso me pone mucho. Y cuando me pongo, el tiempo pierde aún más importancia de la que ya no tiene cuando hablo con ella.

Le conté el incidente. Le conté lo de los cinco putos puntos rojos en las sábanas blancas. Nunca he sabido si la palabra “putos” en mi boca a ella le pone. Le conté lo de las heridas en las yemas de mis dedos. Le conté que de nuevo estaba pasando otra noche sin dormir. Le conté tantas cosas que casi me olvidé de lo esencial, aunque hasta ese momento no hubiera sabido qué era: “Necesito verte”.
 
-Tú lo que necesitas es dejar de tocar el piano en sueños
-Yo no toco el piano en sueños… Es más, sabes que ni siquiera sueño… Sólo cuando tú apareces.
-Todo el mundo sueña, lo que pasa es que tú no recuerdas los sueños. Sólo te acuerdas de mí.
-Y tú, ¿No eres un sueño?
-Soy real, imbécil. Pero sólo te acuerdas de mí cuando te pasa algo.
-Necesito verte…
 
Llevaba un tiempo soñando con su espalda, pero no quería confesarlo. Mis dedos recorrían su espalda en sueños de lunar en lunar, de peca en peca, como una experta exploradora. No recuerdo perseguir las teclas de ningún piano, por más que ella se empeñe. No recuerdo creerme Franz Liszt, Jerry Lee Lewis ni siquiera Pablo Sebastián, pero conozco su espalda como siempre hubiera vivido en ella. Aún con la luz apagada, aún en sueños.
 
-Deja de tocar el piano. Te estás haciendo polvo los dedos.
-Necesito verte
-Deja de llamarme cada vez que no puedas dormir. Pero, sobre todo, deja el piano. Te estás haciendo mucho daño. Y vas a dejar todo perdido con las putas heridas que te haces en las yemas de los dedos cuando te pasas toda la noche tocando…
-Sangre o no, necesito verte.
 
Colgó el teléfono. Seguía sin poder dormir. Cogí el mando de la tele y pulsé un botón al azar, como tantas otras veces. Una señorita con los pechos muy grandes trataba de venderme una trituradora de verduras. Yo sólo quiero volver a dormir y necesito verla.
 
En medio del mando ha salido un puto punto rojo. No me pone la palabra “puto” cuando la digo yo.

No sé tocar el piano. Nunca lo he intentado. Ni siquiera tengo piano en casa: No cabe… ¡Puta escasez de espacio!



Cuantos más nos vean, más felices somos tod@s... ¡COMPARTE!