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martes, 14 de abril de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 15): Los pequeños detalles del principio o el final de algo.


Cada día es una suma de pequeños detalles. Detalles que deciden. Deciden si todo esto nos da la sensación de estar en medio del principio o del final de algo. Es una sensación generalizada, por lo que me cuentan desde fuera de mi cueva. No son más que detalles. Pequeños detalles. Pero nuestra vida es tal como es por esos pequeños detalles. Pequeños en general, pero grandes en lo particular. 



Como el pequeño detalle de que Lucía Lapiedra pasara a llamarse Míriam Sánchez. El pequeño detalle de un cambio de nombre, el gran detalle de la retirada de una estrella del porno. El pequeño detalle de poner una raya en un sitio u otro que condiciona la visión general de la obra. Con cuatro rayas Picasso dibuja un culo perfecto. Mal colocadas quedarían como el culo. No perfectas. Ni como un pequeño detalle. Como ese detalle que hizo que no acercara mis labios a los tuyos cuando tuve que hacerlo. Pequeños detalles que fueron el principio o el final de algo. Como cada día. Ahora nos hemos quedado perdidos en la mitad. 

La suma de los pequeños detalles que dan como resultado un culo perfecto, el final de una estrella del porno, los labios que no se acercaron cuando tuvieron que hacerlo, o la mitad del principio o el final de lo que estemos viviendo.





miércoles, 5 de agosto de 2015

Bebedora de absenta


Hace algunos años, en un juego estilo a aquello del “Si fuera” que hacía Raffaella Carrá en la tele, una amiga a la que admiraba y quería desde mi posición de adolescente tímido y apocado, me identificó con este cuadro. “Si fueras una obra de arte serías Bebedora de absenta de Picasso. Sabes cuál es, ¿Verdad?”

Sí, mentí vilmente. Mentí pero me hizo muchísima ilusión. Hay que recordar que en aquellos tiempos no existía la posibilidad de agarrar el móvil y con una rápida consulta al Señor Google (¿O será señora?) descubrir de qué se está hablando. Pero me fascinó. Me sentí honrado. Me gustó mucho. Como me gusta ahora la absenta. Pese a que esté prohibida. Aunque esto no viene al caso ni es relevante.



Hace algunos días, en una casualidad del destino de esas que no tienes planeadas (de ser así no serían casualidades del destino), me di de bruces con la Bebedora de absenta. No es que de fiesta me encontrara con algún ser cautivador que se diluye en la bohemia despertando mi interés, sino que entré en una exposición y allí estaba ella. De repente, como si nada. Siendo una rareza en las exposiciones que suelo ver porque es un caso extraño de lienzo que está pintado por las dos caras. Por detrás, tenía “Mujer en el palco”, pero de eso me di cuenta un buen tiempo después, tras mirar y remirar, embelesado, a Bebedora de absenta.

Mi historia de amor con la Bebedora de absenta desde aquel momento (desde hace años, no desde hace algunos días) llegó a su culmen (hace algunos días, no hace años) cuando me la encontré por sorpresa, altiva y desafiante en medio de una sala del Museo Reina Sofía. Una historia que siempre estuvo ahí y a la que no hice mucho caso porque me dejaba vivir en paz, sin tener que demostrar constantemente cuánto la quería. La historia, no el cuadro que pertenece a otro museo. Mi historia de amor hacia ella define la biografía sin escribir de mi menos interesante vida. Apareció sin venir a cuento, cuando yo no sabía qué quería ser de mayor pero confiaba con serlo todo, y se mostró ante mí cuando olvidé ser mayor porque creía serlo ya todo. Tanto tiempo estuve buscándola, que cuando el resto de mi vida estaba tan alicatada como para no pararme a pensar qué podía haber fuera de ella porque lo único que me pedía el cuerpo era vivirla desde dentro como estaba haciendo, que cuando apareció casi ni me di cuenta y por poco me paso de largo. Pero la encontré. Quizás fuera una señal de la que no me percaté en aquel instante, pero a partir de aquel momento, uno de tantos que agrupados hacían de mi vida algo por lo que no preocuparse cómo es la vida (que es sin duda uno de los signos más claros de que estás viviendo algo importante, no preocuparte qué es lo que estás viviendo ni pensarlo demasiado) y seguir cada día sintiendo qué bien se está cuando se está bien, marcó el principio del fin. Como si de un círculo vicioso (por aquello de la absenta no podría ser de otra manera) vital se tratara, días después de encontrármela, se llevó por delante todo lo que tenía. Sin yo quererlo, por supuesto. Sin esforzarme por ello. Pero todo se fue. Y me quedé con el recuerdo. Tal y como recuerdo cuando la Bebedora apareció en mi vida. Como con tantas otras cosas.

Hace algunos días dejé de pensar que todo estaba bien. Olvidé que mi vida era tan maravillosa como para encontrarme con la Bebedora de absenta en medio del Reina Sofía de casualidad y disfrutarlo. Se cerró el círculo. Sin absenta con la que evadirse. Y se cumplió el vaticinio de hace algunos años, cuando supe que todo iría bien, cada vez mejor, hasta que se rompiera por cualquier cosa. Giró la rueda. El círculo se cerró. Y la espiral me lleva de hace algunos días a hace algunos años. De no saber ahora mismo qué quiero ser de mayor como me pasaba en aquel entonces. De ser consciente de que la vida son tres días como lo era por aquellos tiempos, pero que esos tres días me los han dado a mí porque soy especial y diferente a las y los demás. Porque vivir con sensación de abismo permanente, como me sobrevino la existencia hace unos días, sólo requiere voluntad para transformar el vértigo en excitación. Me asomé al barranco obligado hace algunos días y tuve miedo de caer. Dejé de mirar abajo recordando hace algunos años y tuve placer de caer.

He vuelto a ser yo. Aquel que era cuando no sabía quién era ni qué quería ser de mayor.

He visto a la Bebedora de absenta...





viernes, 23 de abril de 2010

Asesinato por amor mutuo

1.Se despertó con resaca. No era nada extraño, ni siquiera recordaba la cantidad de alcohol que había bebido la noche antes. Era una sensación conocida, pero no por ello agradable. En días como aquel sólo tenía instintos asesinos. Sabía que cualquier abogado podría conseguir reducir su pena por considerar la absenta un atenuante. Pero ella nunca bebía absenta, le parecía snob y clasista. Realmente, ella nunca bebía, o eso quería creer…

Bebedora de Absenta (Pablo Picasso)

2.Había asumido desde hace mucho tiempo, que quien gusta de subir muy arriba, debe aprender a aceptar las caídas, que son terribles. No todo el mundo está preparado para tener unas bajadas tan fuertes, pero el placer que le producía la subida era suficiente para no dar importancia al descenso. Las tinieblas siempre esperan después de tocar el cielo. Creció escuchando de su madre aquello de más grande será la caída... Realmente, una vez que alcanzas la cima, sólo te queda el descenso.

Retrato de Ángel Fernández Soto. Bebedor de Absenta (Pablo Picasso)

1 y 2. Su amor era parte del paisaje de aquel bar. Yo sólo estaba en medio, enamorado de ella, enamorado de él. Se sentaban cada uno en su rincón. La miraba a ella y no paraba de beber absenta. Le miraba a él y no paraba de ser consumido por la absenta. Los dos tenían mucha clase, pero yo estaba en medio, como todo el mundo en aquel bar.


21. La absenta acabó con los dos. El hada verde inundó todo el local. Estuve a punto de ahogarme con ellos, pero siempre se me dio muy bien nadar. Aunque sea en absenta. Aunque estén muertos.


jueves, 12 de noviembre de 2009

Buscando la Gripe A me he quedado en dos días de fiebre.

(Crónica de una convalecencia desaprovechada)

¿Cómo se busca una enfermedad? Las enfermedades vienen y van, pero nunca están cuando se las necesita. No he necesitado demasiado la enfermedad en mi vida. Me vale con la pereza y la desidia, se bastan ellas solas. Pero la busco con la “necesidad” con la que te tomarías un cubata de vodka cuando eres whisky-adicta. La necesidad no existe, pero beberse un ron (ahora que parece que lo bebe tanta gente) por mimetizarse con el grupo, aunque seas whisky-adicta es una forma de ver mundo. Aunque sea en el fondo de un vaso. Aunque sea en el fondo de los ojos de quien comparte la copa contigo. Sobre todo si es en el fondo de los ojos de quien comparte la copa contigo.

¿Cómo se persigue una enfermedad? Una de moda, no la peste, ni cosas de esas que ya casi ni quedan… Una gripe A, H1N1, de esas para las que te prescriben Tamiflu y que te dejan quedarte en casa aislada una semana como una apestada. Apestadamente a gusto, sin visitas (malditas y cobardes amigas), sin obligaciones (más allá de zapear enfermizamente entre la tremebunda programación matutina), recibiendo condolencias lastimeras por el móvil o por internet, descontando aterrada los días que quedan hasta volver al trabajo (por lo rápido que pasan y lo pronto que llega el final).

Me he abierto al mundo. He abierto mis putrefactos y negros pulmones al aire del mundo buscando la gripe A y he encontrado la fiebre. Ilusionada me he tomado la temperatura cada media hora viendo cómo mis constantes febriles seguían evolucionando a buen ritmo: 37’5, 38, 38’5, 39, 39’5… Y ahí he empezado a preocuparme. No es que me preocupe tener fiebres de 39 o 39’5 (para una chica de mi tamaño siempre han estado a la orden del día desde que tengo uso de razón), lo terrible es no encontrar más síntomas acompañando tan maravillosa e importante fiebre. Ahí es cuando se empieza a ser consciente de que algo raro pasa y no es la gripe A: Fiebre. Fiebre sin más. Fiebre y nada más. Fiebre al fin y al cabo.

No es que desprecie la fiebre, pero me sentí igual que en la mayor parte de mi adolescencia, cuando salías por la noche, echabas el ojo a la chica guapa del fondo de la barra, divina y maravillosa, y acababas haciéndole un favor a la pesada que se ha tirado toda la velada piropeándote y a la que no hiciste caso hasta que el bar se empezó a vaciar y viste frente a tí la terrible perspectiva de volver a casa sola. ¿Dónde se ha ido H1N1? ¿Por qué las mejores se van siempre con los demás? Con gente que no muestra el menor interés en ella. Con gente que sólo se acerca a ella porque está de moda…

No es que desprecie la fiebre. Siempre ha sido una buena amante. Pero no te sorprende. Ya no. Puede que las primeras veces te hiciera ver las estrellas o te arrastrara a insondables paraísos de locura, pero ya no. Me he acostumbrado a ella. Aunque siempre tenga la esperanza de que me sorprenda, me coja desprevenida, remueva mis entrañas, descoloque mis sentidos…

Según se cuenta, Kafka escribió más de una de sus famosas cartas bajo la influencia de un importante estado febril. Para que Lewis Carroll se adentrara en el mundo de su Alicia más conocida también tuvieron una importancia capital las fiebres. Pero estamos hablando de seres que podrían haber escrito millones de cosas sin recurrir a los delirios febriles.

Siempre que la fiebre llama a mi puerta, la recibo con ilusión. Pero podría venir 4 ó 5 días a la semana el resto de mi vida, y aún así no conseguiría escribir ninguna obra maestra. Lo asumo. Me pesa, pero lo asumo. Lo que no asumo es ser incapaz de escribir ninguna línea que verdaderamente merezca la pena y vea a la fiebre irse sin siquiera despedirse, como la aduladora ultimorecurso del bar de turno… Sin dejar poso, sin dejar por lo menos, algunos versos precisos (que no preciosos) que llevarme a la boca.

Algún día debería dejar de escudarme en todo lo que ocurre a mí alrededor, para recibir como Dios manda a mi amiga fiebre la próxima vez que tenga a bien visitarme. Dijo Picasso que
“las musas existen, pero tienen que encontrarte trabajando”, y yo no soy quién como para discutir a Don Pablo.

Pero, desgraciadamente, siempre me gusta ir a la contra…
¡Qué contrariedad!

Nota del Traductor:
Estas líneas no han sido escritas bajo el influjo de ningún estado febril. Tampoco consta que el Tamiflu haya tenido nada que ver. Cualquier contraindicación pueden reflejarla en los comentarios, abiertos siempre a cualquier aficionado (o no) a los medicamentos.


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