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jueves, 21 de mayo de 2020

Cuentos de la cuarentena (Volumen 28): El cuento sin título, el que no fue ni será.





Érase una vez el amor en cuarentena.
Érasen una vez los abrazos rotos.
Érasen una vez los besos robados.
Érasen una vez los abrazos prohibidos.
Érase una vez el sexo aplazado.




Cuando todo sea la distancia adecuada.
Cuando todo sea la nostalgia del antes que ya no está.

Dónde están los besos que te debo, en una cajita.

Y vivieron felices y comieron saudade eterna...


B.S.O. 1: "La distancia adecuada" (Christina Rosenvinge).
B.S.O. 2: "A fuego" (Extremoduro).





miércoles, 22 de agosto de 2018

OOP: Oficina de Objetos Perdidos



Deberíamos empezar por follar.
No sé, por tener sexo.
Por acostarnos juntos.
Ver qué pasa.
Cómo somos de compatibles.
Pasar un buen rato y disfrutarnos.
Deberíamos tener sexo y, a partir de ahí, ver qué pasa.
En serio.
Piénsalo.
Piénsalo bien.



¿Por qué no empezamos por el sexo?
Podríamos follarnos mucho, con ansia, sin parar...
Y luego con el tiempo ver si acaba llegando el cariño y si llegamos a gustarnos.





B.S.O.: ¿Por qué no? (El hombre burbuja)



martes, 17 de noviembre de 2015

El sexo al ritmo de la Marcha Radetzky





Érase una vez, en un reino muy muy lejano, una chica que vivía con sueños y aspiraciones de princesa. Una princesita que quería cambiar todo lo que veía a su alrededor, pero que no conseguía cambiar siquiera a sí misma. Una preciosa damisela que añoraba con melancolía ser querida y amada como todas las amigas le decían que tenía que ser querida y amada.

Érase una vez, en un poblado muy muy cercano, una joven que moría por cumplir sus afanes y deseos. Una chica que quería cambiar todo lo que le hacía infeliz por cosas bellas que la hicieran sentir bien dichosa. Una chica que peleaba por ser más querida y amada de lo que todas sus amigas le decían que debía ser.

Érase una vez, en una discoteca de reggaeton muy cerca de nuestras protagonistas, un príncipe azul y engreído que sentía en su interior que era capaz de ser feliz, repartir alegría y hacer sentir bien junto a él a cualquier chica o cualquier princesa que anhelara una vida mejor. Un chico que follaba al compás de la Marcha Radetzky en las mañanas de resaca. Un principito que utilizaba la Marcha Radetzky para hacer sentirse únicas y especiales a cualquier chica que encontrara en su discoteca de reggaeton cuando después se la llevaba a casa.

Érase una vez, una mañana que no era la de Año Nuevo. Una mañana de resaca como otra cualquiera tras una noche de perreo, bailes sudorosos, y alcoholes de dudosa procedencia. Esa mañana, esa neblina de los restos de la noche anterior, una princesita, una chica y un príncipe azul engreído, se encontraron aún borrachos de mañaneo, en una cama conocida pero extraña. Aquella mañana se amaron y buscaron la felicidad al ritmo de la Marcha Radetzky. Encontraron orgasmos y cariños que les hicieron ser mucho más dichosos, verse más cerca de sus sueños, sentir que podían cambiar el mundo desde sí mismos, creer que la vida merecía la pena vivirla.



Érase una vez, después de todas estas cosas que os he contado de chicas, princesas y principitos azules, alguien que se masturba al compás de la marcha Radetzky en una mañana de vuelta de fiesta de una discoteca de reageton. Érase una vez, la misma persona. Érase una vez, unos armónicos cariños y orgasmos en mi cama.

Érase una vez, todas estas y muchas más cosas. Siendo la misma persona de diferentes formas. Sintiéndome bien conmigo mismo. Teniendo en mi cama, tras mucho alcohol, todo lo que necesito para ser feliz, una vez que, sin ser la mañana de Año Nuevo, pulso el play y suena la Marcha Radetzky.





miércoles, 11 de marzo de 2015

Microrrelatos sin pudor (Volumen 36): De amor, Meadow Soprano, sexo y nombres





A veces, hasta me dejaba cambiarle el nombre cuando hacíamos el amor. Era un acto de amor total. Algo que me daba pensando que sólo me lo podía dar ella. Y no. Ella me lo daba como un acto de amor. Como un acto de amor total. Pero muchas me lo daban simplemente porque sí, porque no les importaba lo más mínimo como las llamara con tal que yo me sintiera bien, pues suponían que si yo me sentía bien en la cama con ellas, ellas se sentirían mejor conmigo y la experiencia sería mucho mejor.

Estaban en lo cierto.

No soy un gran amante. Ni siquiera un amante del montón. Pero mi mente y mi espíritu compensan cualquier cosa que mi cuerpo no da. Aparente y normalmente. O sea que si yo estaba a gusto, ellas estaban mejor. A veces, hasta la llamaba Meadow. Pero esto sólo lo sabemos ella y yo. Para mí era Meadow Soprano porque a veces me dejaba cambiarle el nombre cuando hacíamos el amor.





domingo, 14 de diciembre de 2014

Tercer final alternativo




Llegó el momento de sacar la versión de su vida en DVD con extras y montaje del director. Intentó incluir sus mejores y más atinados comentarios para acompañar las más inexplicables y crípticas escenas de su existencia. Pero tras meses de preparación, de selección de mejores escenas, de tomas falsas y planos desechados, descubrió que el problema iba a llegar con la duda de si mostrar o no los diversos finales que iba a poner en su vida que deberían ir incluidos en el DVD. Incluso en el Blue Ray, pero eso ya no le quitaba tanto el sueño.

En el tercer final alternativo el protagonista viaja en el tiempo hasta el momento de su nacimiento, y una vez dentro del vientre de su madre se suicida estrangulándose a sí mismo con su propio cordón umbilical, antes incluso de llegar a este mundo.





Toda su película, si incluía este final alternativo, dejaría de tener sentido. Y por ende (No Michael) su vida habría sido una farsa inexistente. Sobre todo inexistente. Tan inexistente como lo era en aquel momento en el que nadie se acordaba de él, Y él sabía, siempre lo había sabido, incluso en los mejores tiempos ya muy lejanos, que si nadie se acuerda de uno es como si ese uno no existiera.

Olvidó todo aquello y después de asomarse una vez mas a la ventana de su habitación que no daba a ninguna parte salvo cuando intentaba dormir que se convertía en un palco no insonorizado de un circuito de carreras de Fórmula 1, sacó su viejo bloc de notas y se puso a escribir una reseña de su momento actual que pudiera definir lo que había sido la película de su vida. 



“Abandono el sexo compartido por la masturbación. Aunque fantasee constantemente en conquistas y orgías. El mero hecho de pensar en entablar una relación con alguien me provoca el mayor de los fracasos amorosos conmigo mismo. No me acerco a las chicas aunque piense –e incluso esté seguro- que están esperando a alguien como yo. El mundo sería un lugar más sano si nadie esperara a nadie como yo. Me masturbo incluso después de rechazar una buena proposición de sexo compartido. El mero hecho de masturbarme me hunde una y otra vez en mí interior. Hasta se podría pensar que eyaculo para dentro si no fuera porque uno de los pocos rasgos que presento de ser humano es que aún me corro -casi- a voluntad. Llegará el día en que ni eso lo controle y descubriré que estoy finalmente seco. Seco y podrido. Podrido de malestar. De estar mal sin hacer nada por siquiera estar. La necesidad de desaparecer me lleva hacia los demonios, y ni ellos me hacen reaccionar. Veo pasar los días como las horas. Y las horas hace algún tiempo me empezaron a parecer bastante más cortas que veintitantos minutos. Los minutos no existen. Basta con ver que un reloj pone que faltan trece minutos para las dos cuando en el de la muñeca faltan quince y en el despertador diez. Ese intervalo de minutos está perdido. Después de mirar la hora del despertador, ya nunca volverán a falta trece minutos para las dos. Es imposible, cuando hay algún sitio en el que sólo faltan diez y mi mente ya se va a menos cinco.”
 


Arrancó la hoja y cerró el bloc de notas. Mascó con desgana un chicle que, según leyó en el envase, debía saber a fresa ácida. Cuando su mandíbula empezó a dar muestras de rebeldía laboral y su mente se había cansado ya responder a los estímulos de sus papilas gustativas con un NO rotundo a la pretensión de que aquel inexistente sabor fuera fresa ácida, se sacó el chicle de la boca y con él pegó en la pared la hoja.




Se sintió satisfecho. Casi tanto como cuando se acordaban de él. Tanto, que se masturbó una vez más reafirmando su felicidad por lo acertado de su idea de abandonar el sexo compartido. Pero recordó que todo aquello no tenía mucho sentido si el final de todo regresaba al presente porque no hay nada que hacer cuando la vida te recuerda que has hecho mal su montaje.

En el tercer final alternativo el protagonista viaja en el tiempo hasta el momento de su nacimiento, y una vez dentro del vientre de su madre se suicida estrangulándose a sí mismo con su propio cordón umbilical, antes incluso de llegar a este mundo.
 







jueves, 3 de julio de 2014

Lo peor de no usar corbata habitualmente es no poder usarla para atar tus manos cuando quiero follarte


Mi vida está llena de frustraciones. Algunas reversibles cual camisetas de tres al cuarto. Otras irremediables como las limitaciones físicas derivadas de la edad o estados carenciales del organismo. Pero las más duras, por lo estúpido de su explicación o lo anormal de su causalidad, son las que provienen de cuestiones estéticas. El no follar por no gustar. El no ser nadie por no tener un cuerpo diez. El ser despreciado por vestir diferente. El no poder atar tus manos con una corbata para follarte porque nunca uso corbata.

La ausencia de corbata en mi modo de vestir da un toque desenfadado a mi estilo. Proporciona libertad a mi cuello y mi garganta. Me impide trabajar en ciertas empresas, despachos e incluso en organismos oficiales. Pero lo más duro de no usarla es no poder atarte las manos para follar contigo.
   




A pesar de ello, me levanto de la cama y le digo “buen día” al mundo con la ilusión de que antes de llegar la noche todas estas cosas que me pasan por no llevar corbata sean intrascendentes y consiga que te abalances sobre mí en cualquier momento y me asfixies con lo primero que tengas a mano. Y la ilusión me llega hasta que en la noche cierro los ojos buscando un nuevo día sintiendo el agobio extraño en la garganta que me oprime como si usara corbata a la manera en la que alguien siente como le pica un miembro amputado. A pesar de ello, el “buen día” deposita todas sus esperanzas en la noche, que es cuando más cerca estamos la una del otro, porque es el momento en el que más posibilidades hay de caer juntos y desnudos en la cama. Cuando ya no importen las corbatas y el silencio de lo que nos rodee se haya convertido en oscuridad cómplice.

En ocasiones creo que lo pienso todo demasiado y eso hace que te vayas de mi lado sin ni siquiera dar importancia a que lo peor de no usar corbata habitualmente sea no poder usarla para atarte las manos cuando quiero follarte.

En el fondo no es más que una más de mis imposturas estéticas. Solo quiero despertar y tras el “buen día” ver que una vez más los periódicos mienten sobre mí: "Él no era una persona normal ni saludaba siempre a todos sus vecinos".

 Llevara o no llevara corbata...





miércoles, 13 de noviembre de 2013

Otra noche sin dormir (Volumen 22): Tirarme a Eva Braun


En ocasiones siento la necesidad de soñar cosas perturbadoras. Y sentir esa necesidad, me quita el sueño y me impide soñar. 

Cuando uno tiene la necesidad de soñar cosas perturbadoras tiene un mundo de frustraciones por delante, al alcance de su mano.




Siempre anduve frustrado porque mi mayor anhelo en este mundo era tirarme a Eva Braun.

Es algo que mi cabeza soñadora me dice que he hecho porque siempre lo he deseado. Nada extraño en ello. Nada extraño ni fuera de lo normal. Lo fuera de lo normal o extraño es sentir a flor de piel cómo era el orgasmo de Eva Braun entre mis brazos, encima mía, cabalgándome o recibiendo a cuatro patas. 

Sé que me tiré a Eva Braun y que hasta ese momento no había nada en el mundo que deseara más. Fue una obsesión colmada. Colmada con creces.

Pero colmar una obsesión no sirve más que para que surjan más obsesiones o frustraciones por haberla colmado. Así no puedo dormir. No me quito de la cabeza la cara de Eva Braun diciéndome que no ha disfrutado lo suficiente, que soy un amante pésimo y que lo ha hecho por pena. Como tantas otras veces.

En ocasiones ligo y me doy cuenta de que todas las personas que se acuestan conmigo son trabajadoras sociales. Soy consciente de que me utilizan para convalidar créditos de las prácticas de su carrera o como estudio de campo.

Sentir la necesidad de soñar cosas perturbadoras, me quita el sueño y me impide soñar. Y que Eva Braun te haga consciente de que ha tenido mejores amantes que tú, te frustra y te vuelve a dejar otra noche sin dormir...





jueves, 13 de junio de 2013

La dificultad de pintar con acuarelas



¿Os he contado la historia de aquellos tiempos en los que creía que la acuarela era el mejor método que existía para expresar sentimientos?

Supongo que no. Estoy casi seguro de que no. Es algo que no he contado a nadie y que a nadie debería interesar. Pero hubo un tiempo en el que creía que todos mis sentimientos los podía expresar mediante acuarelas sobre un papel. Hasta llegué a coger el punto en el que la acuarela está lo necesariamente húmeda y licuada como para pintar bien y lo suficientemente seca como para que no se deshaga el papel. Sólo quien ha pintado alguna vez con acuarelas sabe realmente a qué me refiero. Pero esta no es la clave de la historia por la que os estoy preguntando. 

Yo era un niño sencillo y feliz. Yo era un niño normal, de esos que sonríen si le hacen carantoñas y fruncen el ceño si les hacen cosas que no le gustan. Y como todos los niños normales, como todos los niños sencillos y felices, empecé a crecer. A crecer y a pensar más cosas que sonreír cuando algo me gustaba o fruncir el ceño cuando no.

Salí a la calle y empecé a hacerme mayor. Dejé las acuarelas en casa y decidí retomarlas cuando tuviera tiempo y ganas de expresar mis sentimientos, ya que es el mejor método que existe para hacerlo. Empecé a perder la sonrisa infantil que tanto gustaba y mi ensortijado pelo empezó a ser un quiero y no puedo de mechones mal puestos escondiendo el incipiente cartón. Así, de repente, me hice viejo aunque mi carnet dijera lo contrario. 

Y empecé a vivir como una persona adulta. Y como todos los adultos, con reminiscencias de ser pequeño, tengo miedo de todo. Tanto, que utilizo el método preventivo de “gasear” las presencias detrás de mí para evitar robos inesperados. Me tiro pedos como prevención a quedarme sin cartera. No dejan de perseguirme y de pasarme cosas extrañas:

He intentado subir en ascensor, pero cuando se abrieron las puertas, vi dentro un oso pardo. Me gustan los osos panda y un poco los polares, los pardos me dan mucho miedo y no sé por qué. 
Decidí subir a pie, pero cuando iba a acometer la ardua tarea de escalar el primer tramo de escalones vi sentada en el quinto peldaño a una vieja con bata de guata rosa y una bolsa de supermercado blanca puesta en la cabeza como si quisiera protegerse de la lluvia. Me dan mucho miedo las personas mayores. Sobre todo las de género femenino y las que se ponen bolsas de plástico en la cabeza cuando llueve. Y esas dos cosas juntas, más. Me dan tanto miedo casi como la gente que se pone caretas de goma de antiguos presidentes norteamericanos.




También me da muchísimo miedo el Estadio Santiago Bernabeu y todo lo que le rodea. Cuando sea mayor y rico, lo compraré y lo derribaré. Y en ese espacio construiré un parque de ocio al que pondré el nombre de Marcelino Camacho y en el que habrá un minigolf, un rocódromo, un estanque rodeado de máquinas que expenden pan para los patos y muchas cosas más. La entrada estará vetada a todo aquel que tenga en pelo más corto que un patrón de medida que decidiré con mis asesores, que son un muñeco tentetieso de Jack el de Pesadilla antes de Navidad, una Barbie Hawai y algún click sin brazo derecho.

Ayer me tiré desde un trampolín muy alto y no me dio miedo. Las chicas que estaban al borde de la piscina cuchicheaban entre ellas y me sonreían quizás agradadas por mi valor para hacerlo. Pensé acercarme y proponer una tarde de sexo con ellas pero me dio mucho miedo. Me da miedo el sexo porque llevo mucho tiempo sin practicarlo y más miedo aún acercarme a alguien para proponérselo. Aunque sea pagando mucho dinero y ella quiera.

Me gustan mucho las carreras en las medias ajenas y me da miedo ponérmelas yo por si me salen carreras. Me asusta que valoren de mí que no tengo tres carreras y que parezca que todo el mundo a día de hoy que pasa de los treinta y tantos no haga otra cosa que correr y apuntarse a carreras populares para mejorar sus prestaciones como atletas. Y más pavor aún a salir un día al parque y encontrarme que soy el único que no voy vestido de Decathlon.

Me da miedo mirar mi reflejo en un río y que algún día encuentre que lo que veo no es lo que esperaba ver. Por eso he roto los espejos de casa aunque traiga mala suerte. No me dan miedo ni las maldiciones de mala suerte ni los gatos negros, pero sí las chicas que tienen gatos a los que quieren más que a sus vidas. Me da miedo Luis Tosar. Me da miedo que algún día me confundan con un cerdo y me sacrifiquen en una matanza para comerse mi sangre y hacer embutidos con mis carnes.
Me gusta contar los déjà vu que tengo y que a quien se lo cuente le dé miedo.

Sigo arrastrando muchos miedos que no me dejan dormir: ¿Por qué tengo que dejarle el coche a un agente secreto que lo necesite para una persecución? ¿Quién me lo devuelve después? ¿En qué estado? Sin tener coche, es algo que no deja de atormentarme.

Cuando era era un niño sencillo y feliz, un niño normal, de esos que sonríen si le hacen carantoñas y fruncen el ceño si les hacen cosas que no le gustan, soñaba con tener coche. Hasta recuerdo que pintaba coches con acuarela. Pero como todos los niños normales, como todos los niños sencillos y felices, empecé a crecer. A crecer y a pensar más cosas que sonreír cuando algo me gustaba o fruncir el ceño cuando no.

A no conseguir pintar con acuarelas. 
A descubrir que los papeles donde pinto se arrugan por la humedad.
A humedecer con mis lágrimas todos los coches que siendo niño pintaba pensando tenerlos cuando fuera mayor.
A ser mayor sin recordar cómo era ser un niño.
A no poder expresar los sentimientos de manera adecuada.


¿Os he contado la historia de aquellos tiempos en los que creía que la acuarela era el mejor método que existía para expresar sentimientos? Pues recordarme que lo tengo pendiente. Voy a ver si recuerdo cómo era eso de pintar con acuarelas...




B.S.O.: "Aquarela" (Toquinho)

martes, 28 de mayo de 2013

De Silvios Rodríguez, papeles manchados y abstinencias sexuales






Afronto el día harto de falsos poetas. Hace tiempo que supe desterrar de mis pensamientos y mi vida a los falsos profetas, pero hoy ha llegado el momento de empezar a desenmascarar a los falsos poetas. Me pongo demasiado intenso y decido masturbarme. Sólo para que se me pase el disgusto...


Abro el facebook y veo mi muro infectado de frases pseudopaulocoelhistas (por llamarlas de alguna manera) y de aspirantes a poner un anuncio en los periódicos que diga “Método infalible para mejorar su vida y para que todo le vaya bien. Pregúnteme cómo, tengo todas las respuestas. Y si no las encontramos, miramos en mi facebook”. Y ya que estoy en el facebook, me relajo un poco, miro tus fotos y decido masturbarme. Sólo para emplear el tiempo...


Escribo cartas de amor por dinero. Soy así de sucio. Vendo un sentimiento a cambio de unas monedas que me permitan comer y seguir dedicándome a mis vicios. Pienso que masturbarme sigue siendo gratis y decido hacerlo. Sólo por aprovechar la oferta...


Como por placer, pero cuando tengo que comer por la única razón de alimentarme, se convierte en un trámite pesado y engorroso. En esos momentos sueño con manjares que me motivan y me recuerdan que hay tiempos mejores, en los que comer por placer nubla cualquier almuerzo frugal de compromiso con mi propio cuerpo. Soñar con ciertos placeres me pone cachondo y decido masturbarme. Sólo para aplacar mi excitación...


(Christina Hendricks...)


Enciendo mi televisión. La mantengo encendida casi todo el día y una gran parte de la noche. Pero no veo tele porque está de moda despreciarla. Sólo veo series que bajo de internet. En ellas Betty Draper mata las palomas de su vecino con un rifle y Tony Soprano llora por sus patos huidos. Betty Draper me pone muy bruto, pero me gusta mucho más Joan Holloway, el personaje que interpreta Christina Hendricks. La imagino diciéndome cosas al oído mientras me tomo una copa en el Bada Bing y no me queda otra que masturbarme. Sólo porque es Christina...


Pienso en salir de casa. Descarto la idea porque temo encontrarme en medio de alguna conversación extraña en la que no tenga ganas de aportar nada porque no posea nivel suficiente para hacerlo. Como la vez que tuve que discutir contigo sobre el sentido de “Te doy una canción” de Silvio Rodríguez. A ti te parecía una canción preciosa que un poeta como Silvio Rodríguez le canta a su amada. A mí, mientras te miraba las tetas, me parecía una canción que usaban mis amigos en los campamentos para ligar con las chicas. Me susurraste aquello de “Cómo gasto papeles recordándote” al oído con intención de cantármela al oído y te dije que aquellos papeles que se gastan recordando son los kleenex del que se masturba pensando en ti. Te aterraste y tuve que justificar que llevo todo el año en curso sin acostarme con nadie por lo que todo me lleva a la masturbación, tus tetas y los papeles que gasto recordándote...


Me vuelvo a casa apesadumbrado por el tiempo que hace que no me acuesto con nadie y veo el paquete de kleenex encima de la mesa. No me queda otra que masturbarme. 

Sólo por gastar papeles recordando cómo era hacerlo contigo...




B.S.O. I: "Te doy una canción" (Silvio Rodríguez)

B.S.O. II: "Ay poetas" (La Cabra Mecánica)




martes, 5 de febrero de 2013

La inquietante conexión entre el “Te quiero” mal dicho y el polvo mal echado.





Te quiero porque creo que entiendes como soy. 
Te quiero porque a ti te puedo contar lo que a nadie le puedo contar. 
Porque puedo sentir que mi vida a tu lado cobrará sentido y dejará de ser vacía. 
Te quiero porque me preguntaste cuántos años tenía cuando murió mi padre 
y eso nadie me lo había preguntado jamás. 
Te quiero tanto que me gustaría…”

(“Tu vida en 65'”, María Ripoll, basada en la obra de teatro homónima de Albert Espinosa, 2006)




      4.35 AM. Interior Noche.


He tenido que dejar de mandar mails porque me aterraba el momento en el que, después de desarrollar todo el mensaje, de escribir todo lo que tenía pensado decir, revisarlo y quedar más o menos conforme (nunca se queda conforme uno), le daba a enviar y me avisaba que el mensaje no tenía asunto. Nunca supe qué asunto poner en los mails. He optado por tomar la decisión menos dolorosa: Dejar de escribir mails para no tener que pensar un asunto que ponerles. Etiquetar o titular el mensaje es más de lo que podría asumir nunca, y es lo que me pedía el servidor de correo cuando le daba a enviar. Su mensaje no tiene asunto ¿Quiere ponerlo ahora? También podría haber optado por seguir mandando mails sin asunto, pero ¿Quién los leería? ¿Leerías tú un mail que no llevara asunto?


Creo que no


Soy la única persona que conozco que consume porno adyacente. Lo consumo compulsivamente. Tengo un archivo ingente de porno. Soy la única persona que conozco que consume porno adyacente. El porno que está entre las escenas que todo el mundo ve. La conversación forzada, la situación extrañamente patética o ridícula que conduce al mete y saca, las palabras previas a la mamada de turno, la excusa que termina en trío... Consumo vorazmente la parte de las películas porno que todo el mundo pasa adelante para llegar a lo que les interesa realmente. Yo lo hago al contrario. Alguna vez reviso las escenas sexuales por si hay algún tipo de comentario u ocurre algo más allá del folleteo. Así soy de adyacente. Así me gusta el porno. Así voy tirando.





5.32 AM.  Interior. Primeras luces del alba.


Te juro que es la primera vez que me pasa

¿El qué? 
¿Que no se te levanta 
o que me has dicho “te quiero” 
sin que tuvieras que decírmelo?
 No me importa, no te preocupes


¿El qué? 
¿Que no se me levante
 o que te he dicho “te quiero” 
sin que tú quieras que te lo diga?


No me quieres, déjalo...


No se me levanta, déjalo...




Fin del capítulo






"Y esos hombres que tú admiras
que parecen visigodos
mucho músculo, poco cerebro
y luego lloran como todos
(Te quiero, Siniestro Total)




B.S.O. I: Sexo Chungo (Siniestro Total)
B.S.O. II: Sexo Chungo II (Siniestro Total)
B.S.O. III: Te quiero (Siniestro Total)




jueves, 31 de enero de 2013

Método para dejar de fumar al estilo de Jeremy Irons.







Franky siempre había sido una persona muy peculiar. Peculiar es una palabra sencilla y no puede abarcar todo lo que podríamos decir de Franky como persona, pero las palabras, como para tantas otras cosas, se quedan cortas para expresar certeramente lo que siempre había sido Franky.

Peculiar y pintoresco. Dogmático y creativo. Raro. Pero con mucha personalidad. Tanta como para pasarse media vida estableciendo teorías que a todos nos parecen más o menos descabelladas, cuando no absurdas, y hacerlas ley de vida. O para crear comportamientos y rutinas en base a su peculiar (¿Otra vez peculiar? ¿No hay otra palabra?) manera de enfrentarse al mundo.

Recuerdo bien cuando le dio por dejar de fumar. Sin decírselo a nadie, a su bola, sin que se notara demasiado. Sin que se notara más que por una cosa: Se iba mimetizando progresivamente con el Jeremy Irons atormentado y enfermizo de sus mejores películas.

Recuerdo que mi padre, analfabeto funcional para el cine, siempre reconocía a Jeremy Irons en cuanto salía en la pantalla de la televisión y decía aquello de “Este hombre ya va a empezar a pasarlo mal” refiriéndose al que él llamaba “El que hizo Kafka, y estaba fabuloso el tío”.

Mi padre era así, en muchos aspectos como Franky ¿Peculiar? Algún día tendré que mirar seriamente lo de apuntarme a un cursillo de incremento vocabulario o meterme de lleno en el acopio y estudio de palabras polisémicas que palíen ciertas carencias tan peculiares como esta que me abruma ahora mismo. Como no poder encontrar el término adecuado para definir a Franky en el aspecto que estoy contando y que la única palabra que me cuadre, cuadre perfectamente con un padre cuasi analfabeto cinematográficamente que a pesar de ello conoce a Jeremy Irons aunque lo llame “El que hizo Kafka, y estaba fabuloso el tío” y que en todas sus apariciones vaya a sufrir, a pasarlo muy mal y, sobre todo, a arrastrar una existencia atormentada y apesadumbrada en la película de turno.

Quizás debería compatibilizar mi curso de vocabulario con una visionado intensivo de la filmografía de Jeremy Irons, porque todo lo que me viene a la mente cumple a rajatabla con la teoría de mi cinematográficamente analfabeto padre: Kafka, Herida (Damage), Madame Buterfly, La casa de los Espíritus, Belleza Robada, Lolita... 

Jeremy el atormentado, sin duda. 

Algún día alguien le tendrá que hacer un homenaje en tonos grises, con música barroca de fondo, tipo “El Atormentado Jeremy Irons y sus tribulaciones”.




- He inventado el método definitivo para “dejar” de fumar.
- ¿Sí o qué? ¿Y cómo es el asunto? ¿Y por qué dices el “dejar” entre comillas?

Se creó un silencio incómodo entre los dos. ¿Cómo era posible que yo viera las comillas de “dejar” si estábamos hablando? Quizás, así, escrito todo parece una tontería sin importancia, pero estas letras son reflejo de una situación hablada, donde las comillas no salen. El silencio amenazaba con explotarnos en la cara y el fantasma de la atormentada presencia de Jeremy Irons planeaba por encima de nosotros con cara de no entender nada de lo que estábamos hablando, de las comillas de “dejar” y de que su vida fuera una tortura psicológica que amenazaba con derrotarlo. ¿Debía romperlo yo de alguna manera? ¿Proponer sexo en ese momento era adecuado aunque los dos supiéramos que era una mera excusa para romper el silencio incómodo?

- El “dejar” entre comillas es porque realmente no quiero dejar de fumar.
- Entonces, ¿Para qué un método para dejar de fumar?
- “Dejar” de fumar, perdona.
- Vale, “dejar” de fumar, ¿Para qué?
- Yo no quiero dejar de fumar. Yo sólo quiero “dejar” de fumar sin más. Quiero volver a los tiempos donde fumar tenía sentido. No excederme en el fumar porque sí. No fumar sin más. Quiero “dejar” de fumar, y para ello, no hay mejor método que fumar siempre con un sentido y un por qué.
- ¿Porque "te gusta" no vale?
- No. Sabes que acabo fumando como un condenado y no recuerdo si me gusta o no, sólo fumo. Como tú.
- Tienes razón. Dime.
- Sólo fumar cuando se hace algo bien. Cuando se cumple.
- ¿Cómo?
- Solamente fumar tras una razón clara. Sólo fumar cuando me haya “ganado” el cigarro. Convertir el acto de fumar en una recompensa.
- O sea, a ver si lo entiendo: ¿Sólo vas a fumar cuando hagas algo bien? ¿Cuando te digan que está bien hecho? ¿Cuando pienses que te lo mereces? ¿Cuando consigas algo?
- No, no... Esto es válido para todo el mundo. Piensa: ¿Cuál es el cigarro que más apetece? ¿Cuál es el cigarro al que más le cuesta renunciar todo el mundo que quiere dejar de fumar?
- ¿El de después de comer?
- Exacto. El de después de comer, el de después del sexo, el de después de cagar, el de después de hacer algo placentero...
- ¿El de después de cagar? Tengo que decirte que para mucha gente es al contrario, por la mañana temprano...
- Bueno, eso son detalles.
- Y uno de mis mejores amigos no perdona el cagar con el cigarro, ni antes ni después.
- Olvídame. Tú casi no fumas y no quieres “dejarlo”...

Y tras su evidente enfado, se dispuso a contarme, con todo lujo de detalles su maquiavélico plan que cambiaría el mundo del tabaco y de nuestras relaciones con él. Todo el mundo hace algo. Algo que merece la pena. Y si no lo hace, para qué plantearse “dejar” de fumar o nada. Cada cual debe coger su tarea principal, su desarrollo personal y ponerlo antes del cigarro. Así se podría provocar una simbiosis importantísima entre el fumar y el desarrollo personal. Fumar sólo al terminar de enlazar los cuatro acordes principales de la canción que estás escribiendo, un cigarro tras terminar de grabar la toma adecuada de lo que estás creando, el pitillo de después del punto que cierra ese párrafo maravilloso...



Fumar así haría que forzáramos nuestra creatividad aunque fuera por la necesidad de fumar. Nos obligaríamos a trabajar en lo que nos hayamos metido aunque sea simplemente por las ganas de echarnos un cigarro.

El cigarro de después nos llevaría a multiplicar el antes de manera brutal.

Sólo fumar tras hacer algo bien o tras el sexo.

- ¿Cuánto llevas sin follar? -le dije sin pensarlo demasiado.
- ¿Es una proposición?
- No, es curiosidad.
- Ni me acuerdo...
- Pero, ¿Estás llevando a cabo tu método para “dejar” de fumar?
- Claro. Me va genial.
- Hace siglos que no escribes nada bueno...
- Más hace que no follo.
- Entonces casi ni fumarás. Eso es bueno.
- Qué va, fumo un montón más que antes.
- ¿Y eso?
- Me masturbo compulsivamente...

Se creó un silencio incómodo que estuve a punto de romper agarrándole el paquete y proponiéndole sexo por compasión, pero no hubiera estado bien.

- Pero... ¿Tanto?
- Más

Empecé a hilar todo. Su progresiva mimetización en Jeremy Irons tenía un porqué.

- ¿Fumas más que antes?
- Mucho más. Me la pelo constantemente.
- Pero...
- Tranquila... Puedo “dejarlo” cuando quiera.

Volvieron las comillas. Esta vez las acompañó con unos dedos que hicieron el típico gesto de entrecomillar pero que a mí sólo me transmitieron una frenética actividad en su entrepierna.

- Hablando de Jeremy Irons: ¿Qué cara pondría en una cena romántica, a la luz de las velas, con Amaia Montero cantándole eso de “Te voy a escribir la canción más bonita del mundo”? No sé, acabo de pensarlo...

Franky era así. ¿Peculiar?

Y se hacía muchas pajas últimamente (No le quedaba otra)




B.S.O.: "Qué bien me lo paso" (Los Enemigos)



viernes, 14 de septiembre de 2012

El cuento de la chica que tenía un amante que se parecía a Lenin.


Érase que se era, cuando todo parecía distinto y tú y yo ya no éramos iguales, una chica que tenía un amante que se parecía a Lenin.

Era igualito. 

Un tipo mayor, con la misma cara de un Lenin redivivo. Era la viva imagen del Lenin iconográfico que todos conocemos. El de las estatuas. Con mejor color, pero igualito a Lenin, a cualquier busto conocido de Lenin. Más rosado y humano. Más vivo. Menos gris que la roca de los bustos de Lenin de los que era calcado.



Tenía un amante que se parecía a Lenin y que sabía tocar el piano.

No tenían buen sexo, pero se parecía a Lenin. Como sabía tocar el piano, era muy habilidoso con sus dedos, pese a todo.



Su día a día estaba lleno de chicas de derechas. De aseadas, peripuestas, educadas y elegantes chicas de derechas.

Y era feliz.

Feliz con sus chicas de derechas y su amante que se parecía a Lenin, tocaba el piano y con el que no tenía buen sexo.




Pero hete aquí que, como en todos los cuentos, apareció una bruja mala que intentó robar su felicidad y la expulsó de su paraíso de chicas de derechas y la alejó de su amante que se parecía a Lenin con un hechizo de esos tan tremendos como injustos, pero sin los cuales no habría cuentos que contar y las brujas malas perderían totalmente su función por lo que se tendrían que dedicar a otra cosa. Y todas sabemos que las brujas sólo saben ser brujas, o en algún caso víboras o malas pécoras, pero que son de muy difícil reciclaje para otras funciones.

Y la bruja mala, de pura maldad que traía de serie, como todos los coches traen elevalunas eléctrico y algunos, aire acondicionado, impuso a nuestra protagonista la maldición de vivir en un lejano territorio alejada de sus chicas de derechas y de su amante que se parecía a Lenin y sabía tocar el piano, a la espera de que un príncipe azul la liberara de la prisión de su destierro.

Y lloró y lloró a la espera de un príncipe azul que la liberara de aquella maldición.

Y pasaron los días, y las semanas, y los meses, y los años… Y el príncipe azul no llegaba.

Y como los tiempos de los cuentos habían cambiado de tanto tiempo que pasó, recordó que tenía un amante que se parecía a Lenin y tocaba el piano, con el que no tenía buen sexo pero era hábil de dedos pese a todo, y decidió mirar en su Facebook.

Y cuando descubrió que el amante que tenía que se parecía a Lenin se acostaba con sus chicas de derechas, decidió no llorar más, convertirse en sapo y buscar a una princesa a la que liberar de aquel penar que tanto la oprimía en su destierro.

Y nunca más se supo.


De ella, que siempre fue Trotskista…



martes, 24 de enero de 2012

Aquella noche que quise ser Marlon Brando...




Aquella noche que quise ser Marlon Brando...
... no tenía máquina de escribir. 

Y tú lo recuerdas constantemente, como si fuera culpa tuya…

(Y no me gustó)





Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… recordé que no te gustaba nada porque lo conociste en el ocaso de su carrera, gordo y demacrado. Yo muero por tener un ocaso así si eso me diera su gloria anterior. 

Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… me bebí cuatro botellas de bourbon mientras tú te desnudabas para mí. No pasó nada. Ni me emborraché ni pudimos follar. Creo que me apetecía más follarte que emborracharme, pero cuatro botellas de bourbon barato no ayudan.

Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… decidí escribirte una carta de amor porque nunca antes lo había hecho. Pero me dijiste que ya era demasiado tarde. Ni yo era Marlon Brando, ni el tiempo jugaba a mi favor.

Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… descubrí que estabas empeñada en convertir mis inviernos en primaveras y me obcequé en pensar que el Otoño se ha inventado para quedarse siempre en mí.

Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… supe que mi cabeza no iba a ser un trofeo en la pared de tus conquistas. Porque Marlon Brando es más importante que cualquiera de tus conquistas, aunque tú no lo creas. 

Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… volví a sentir el sexo contigo, aunque nunca más quieras volver a acostarte conmigo. Volviste a descubrir que lo que significo entre tus sábanas, no lo conseguirá significar nadie. Y sales a la calle corriendo, con la sábana sujeta tapando tu desnudez a la manera de un manido cliché de película americana taquillera tratando de llegar a la estación para llegar justo en el momento en el que ves mi tren partir desde un andén que no te entiende. Como no te entendía yo antes de irme.

Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… te traté mejor que nunca. Quise ser un canalla pero me salió el perfecto caballero. Quise ser dulce y te excitaste por mi mal carácter. Quise besarte y me dejé comer por tus labios. Quise hacerte sentir una puta despechada y fui el amante más tierno del mundo. Todo salió perfectamente al revés. Como siempre nos gustó.

Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… llamé a tu puerta y entré aunque estabas ocupada.

Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… dejé atrás todas las ciudades en las que habíamos vivido para llegar a la playa montañosa que siempre nos prometíamos en sueños. Y metí mis pies en el agua mientras miraba las cumbres nevadas. 

Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… vi que en nosotros el sol brilla con la fuerza de la mejor y más soñadora luna que nunca alumbró mis noches.

Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… te llamé por tu nombre


(Y todo te gustó)



Aquella noche que quise ser Marlon Brando...
... no tenía máquina de escribir. 

Y tú lo recuerdas constantemente, como si fuera culpa tuya…

(Y no te gustó)






Aquella noche que quise ser Marlon Brando…
… realmente quería ser Johnny Deep para poder haber sido amigo de Marlon Brando. 

Pero nunca te lo dije...

(Y no me gustó)


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