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miércoles, 26 de junio de 2013

De tiovivos y tristezas




Dicen que no hay nada más triste que un tiovivo abandonado.

Pero son cosas que dice la gente que no sabe nada de nada. 
Nadie de los que dicen eso ha sido nunca un tiovivo abandonado.
Se me ocurren mil cosas más tristes que un tiovivo abandonado. 
Las enumeraría todas y saldrían más, 
pero no quiero entristecerme ahora que el tiovivo empieza a dar vueltas 
y las luces y los sonidos me hacen feliz.




El tiovivo gira con sus luces, caballitos y música de carrusel. 
Nadie está montado en él. 
A mí no me han dejado montar por exceso de peso, aunque sospecho que es porque el feriante que lo maneja me ha visto demasiado borracho. 

Nadie dice que no hay nada más asqueroso que un tiovivo donde sólo está montado un gordo borracho que se pone a vomitar al exterior como si fuera una fuente putrefacta de alcoholes y grasas saturadas.


Dicen que no hay nada más triste que un tiovivo abandonado 
Yo creo que no hay nada más triste que un tiovivo girando sin nadie montado en él.



B.S.O.: "Tio Vivo" (Piratas)




martes, 12 de febrero de 2013

Vacío de poder, primavera triste (Historia levemente basada en la proposición vaticana a cabezadeavestruz para que ocupe la Silla de San Pedro)






El teléfono atronó e hizo añicos el silencio de las 12:30 de la mañana, obligándome a saltar de la cama mucho antes de lo habitual. El orden estricto que acompaña mis rituales vitales en los últimos tiempos se altera con facilidad por cosas como esta. Refunfuñando cogí el teléfono con un sólo pensamiento: “Que no sea una compañía telefónica para ofrecerme algo, que no sea un acento sudamericano preguntándome si estoy contento con mi servicio de ADSL, que no sea mamá preguntándome cuándo voy a verla...”

La primera en la frente: Una voz con marcado acento sudamericano (ecuatoriano o boliviano, no sé, seguro que argentino no porque ese tonillo lo reconozco bien) pregunta, con marcado tono maternal, si tengo unos minutos que tiene algo importante que decirme.

Evidentemente, una vez fuera de la cama y con el teléfono en la mano, no pensaba colgar sin más. Una vez que me han sacado de mi cama debo volcar toda mi ira con esa persona (Quien no deja de ser un mandado sin culpa de ello) que ha interrumpido mi necesario y habitual descanso de escasas 14 horas diarias. Sí, últimamente duermo mal y poco, pero no puedo controlarlo todo. Ni siquiera las llamadas telefónicas intempestivas...





No me interesa nada de lo que vaya a ofrecerme, realmente no tengo teléfono – le dije con tono agresivamente cazallero por aquello de ser las primeras palabras de alguien que se despierta y se fuma más de dos paquetes de tabaco al día.
Creemos que sí le interesa. Y no tiene nada que ver con teléfonos. Déjeme que le explique.
Adelante, pero dese prisa. No tengo mucho tiempo, tengo una entrevista de trabajo en unos minutos.

Las risas de mi interlocutor atronaron en mi cabeza removiendo y agitando de mala manera el recuerdo y el rechinar de hielos de los escasos diez o doce cubatas que tomé la noche anterior.

De eso precisamente quería hablarle...

Me acojoné. Mucho. Muchísimo. ¿Querría ofrecerme un trabajo? ¿Un misil trabajo-aire amenazaba con alterar mi linea de flotación? Estuve a punto de colgar, pero rechazar trabajos alegando que cuentas con que está al caer la herencia de una de las mayores fortunas del occidente civilizado y no lo necesitas ni está a tu altura, es uno de mis placeres ocultos preferidos. 

Le haré una oferta que no podrá rechazar, me dijo mientras yo pensaba en lo despreciable que seré cuando tenga el dinero de la herencia familiar a mi disposición.
Diga, soy todo oídos. ¿De dónde me llama?
Del Vaticano. 
¿Eso es una nueva compañía de móviles?
Del Vaticano, Ciudad del Vaticano.
¡Ah! Perdone, diga, diga...
¿Supongo que está usted al día de las últimas noticias?
Umm... Sí, mentí mientras pensaba en la relación que podía haber entre El Vaticano y que los Lakers hubieran vuelto a perder o que haya empezado Gran Hermano 14.
Queremos que ocupe la vacante.
¿La vacante?
Queremos que sea el nuevo Papa. Confiamos en usted.

Tentador. Sin duda. Mentiría si digo que nunca he fantaseado con ser mandamás en la Iglesia Católica, pero aquello no tenía ni pies ni cabeza.


cabezadeavestruz en Ciudad del Vaticano, por cortesía de @Juanferrera


Perdone, pero tengo una pequeña duda...
Diga.
Lo de Papa que me cuenta es lo de Ratzinger, ¿No? ¿Lo de Benedicto XVI? Y al nombrar el 16 me vino a la cabeza Pau Gasol y me quedé pensando de nuevo en las derrotas de los Lakers.
Si. ¿Sabe que ha dimitido?
¿Eso se puede?
Ha pasado y queremos que sea usted el nuevo Papa.
Perdone, me acabo de despertar y creo que no proceso bien. ¿Han pensado ustedes en los inconvenientes de su propuesta?
No vemos ninguno, más bien al contrario.
¿Que yo sea mujer, negra y atea no supone problema?
Nada, menudeces para lo que estamos hablando...
¿Y tengo que contestar ya?
Tiene usted exactamente 30 segundos. Colgaré y volveremos a llamarla en 30 segundos y tendrá que dar una respuesta. Ciao, mi querida negrita descreída, contamos con usted.

Me quedé perpleja con el teléfono en la mano. “Contamos con usted”. ¡Hacía tanto que no me decían algo tan bonito! 

Reaccioné rápido y marqué su número. Sí, SU NÚMERO. Hacía mucho tiempo que no hablaba con ella, pero tenía que hacerlo en ese preciso momento.

Hola, soy yo.
Ya, lo sé. Sale tu número. No lo he llegado a borrar nunca. Ni creo que lo haga. ¿Qué quieres? ¿Por qué me llamas ahora?

Me emocioné. Hacía tanto que no hablaba con ella que me desarmó un poco. Pero quedaba poco tiempo, tenía que reaccionar y los 30 segundos se agotaban.



Déjame hablar. Tardaré menos de 30 segundos y colgaré. No te puedo explicar más.
¿Ya estás con tus gilipolleces? ¿Después de tanto tiempo me vas a venir con cosas raras? Dime, te escucho...
Te quiero. Te quiero como siempre te he querido. Me voy. Tengo que hacerlo. Pero volveré a por ti. No sé cuándo ahora mismo, pero volveré cuando todo esto se acabe. Cuando todo esto acabe, seguirán existiendo chicas a las que las sandalias le sientan de maravilla con sus vestidos rojos, gente que devora kebabs como actos rutinarios de su ser social, cubos de cerveza para compartir que siempre se quedan escasos, bares con baños donde no funcione el pestillo, copas de garrafón, cigarrillos de liar y Bob Dylan. Seguiremos confiando en que la traición afila los rasgos y que a cada cerdo le llega su San Martín, y que familia no hay más que una y a ti te encontré en la calle. Y que la calle fue nuestra porque pensamos que podía serlo, mientras otros llenaban los salones de sus casas criticando lo que salía por sus televisores. Después de todo esto, seguiré pensando que te quedaría de vicio un piercing en tu ombligo pero no me importará mucho que te lo hagas o no, y que las sardinas saben mejor en ciudades con ríos que desembocan al mar y hechas al carbón. Al final, no serán más las canciones que queremos conocer que las que conocemos, y todo lo que me cantaste una vez nunca será parecido a lo que te queda por cantarme. Prince seguirá siendo un genio aunque no sepamos dónde está, y el francés será el idioma más sensual jamás utilizado para cantar algo romántico. 

¡Mil besos, amor! - y colgué.

Me quedé vacío pero no no me dio tiempo a pensar mucho en ello. El teléfono volvió a interrumpir mis pensamientos.

¿Tiene una respuesta?
Si.
¿Contamos con usted?
No puedo.
¿Por qué?

Y no supe que responder. Había gastado todos mis principios y mi sabiduría interna hablando con ella. Tuve que buscar una excusa rápida para quedar bien con El Vaticano.

¿Le gustan Los Simpsons?
¿Perdone? 
Que si le gustan Los Simpsons.
No sé de qué me habla...

Colgué convencida ya. Me preocupa que lleve tanto tiempo oliendo mal en Dinamarca y nadie haya hecho nada por remediarlo. Nadie.

Me preocupa que haya necesitado una excusa como la dimisión de Ratzinger para volver a hablar con ella. 

Y, sobre todo, pienso que hay que desconfiar profundamente de cualquier persona que no vea Los Simpsons.

Volví a llamarla.

Pero esa ya, amigas y amigos, es otra historia...







martes, 13 de noviembre de 2012

Microrrelatos sin pudor (Volumen 29): La historia de un tipo triste cualquiera



Érase una vez un tipo triste cualquiera.

Un tipo como tú o como ese en el que estás pensando. 
Como tantos otros. 

Aparentemente, su vida era buena y habitual. 
Su deambular por el mundo era intachable y nadie se atrevería a decirle lo contrario. 

Pero este tipo triste cualquiera, vivía una típica vida triste cualquiera que le hacía comprar pecados en los Todo a 100 chinos porque los de las grandes superficies le parecían muy caros y elegantes.

Día a día, el tipo triste cualquiera se creía feliz con su vida de saldo, porque comprar pecados en los Todo a 100 chinos no estaba mal, y casi todo el mundo lo hacía aunque nadie lo contaba. 

Mes a mes, año a año, el tipo triste cualquiera vivía su aparente vida buena y habitual.

Hasta que llegó un buen día que fue a comprar su pecadillo habitual al Todo a 100 chino de debajo de su casa y se enteró que ya no quedaban y que no los iban a traer mal.

Asustado se marchó y se dio cuenta que ya era tarde para todo y que no volvería a pecar.
Ni siquiera de saldo.
Y pensó que daba igual.

A fin de cuentas, él solo era un tipo triste cualquiera. 







B.S.O.:Oh, qué raro soy” (Siniestro Total)

miércoles, 30 de mayo de 2012

La chica triste que no tuvo una bici BH cuando era pequeña



B.S.O.: Bicycle Race (Queen)



Yo conocía a la chica triste que no tuvo una bici BH cuando era pequeña. Era una chica triste que de mayor quiso olvidar que no podía volver a ser pequeña. 

En lugar de aquella bici BH que siempre quiso, le regalaron un botón rojo con el que apagar el mundo cuando quisiera. Cuando fue una niña alegre, antes de ser la chica triste que no tuvo una bici BH cuando era pequeña, no sabía para qué valdría un botón rojo con el que apagar en mundo cuando quisiera.

Creció con el botón rojo en el bolsillo de su vestido sin acordarse más que de lo triste que le parecía crecer sin haber tenido una bici BH cuando fue pequeña.

El día que nos conocimos yo jugueteaba con un reloj calculadora al que le faltaba el número 7 y la función multiplicadora. Me preguntó qué hacía y no supe qué contestar. Me preguntó si yo había tenido una bici BH de pequeña y le dije que no recordaba. 

Se fue apenada porque creyó que era peor no recordar si se ha tenido una bici BH de pequeña que no haberla tenido. Y se indignó porque no dejé de mirar mi reloj calculadora al que le faltaba el número 7 y la función multiplicadora en todo nuestro primer encuentro.




Años después me confesó que aquel fue mi primer y mi peor error. Que no merecía haber tenido una bici BH de pequeña, aunque no lo recordara, y que mi reloj calculadora al que le faltaba el número 7 y la función multiplicadora, se había vuelto a poner de moda.

Le pregunté si había tenido algún reloj calculadora cuando era pequeña y quería tener una bici BH y me confesó que no recordaba bien. Que lo único que se trajo de la infancia fue el botón rojo que siempre llevaba encima.

Quise saber para qué servía, si le faltaba el número 7 y la función multiplicadora, o si destruiría el mundo con él por no haber tenido una bici BH cuando era pequeña. 

Me dijo que si era imbécil.

Cuando era una niña alegre creía que el mundo nunca habría que apagarlo. Aunque ahora fuera esa la chica triste que no tuvo una bici BH cuando era pequeña.

Años después me volvió a preguntar si yo había tenido una bici BH de pequeña y le volví a decir que no recordaba. Me preguntó qué había sido de mi reloj calculadora al que le faltaba el número 7 y la función multiplicadora y le confesé que lo había vendido en E-Bay para comprarme un botón rojo como el suyo. Asustada se preguntó para que valía mi botón rojo y no supe qué responder.

Me volvió a decir que si era imbécil.

La última vez que nos vimos me felicitó las fiestas aunque estábamos en verano. Me volvió a preguntar si yo había tenido una bici BH de pequeña y le volví a decir que no recordaba. Me preguntó si había averiguado para qué servía el botón rojo que había comprado con lo que saqué de vender por E-Bay mi reloj calculadora al que le faltaba el número 7 y la función multiplicadora y le confesé que no me había atrevido a averiguarlo.

Me dijo por última vez que si era imbécil mientras me felicitaba las fiestas nuevamente como despedida.

Me fui pensando en lo extraño que era que una persona como aquella siempre dijera Feliz Navidad y cosas por el estilo en pleno verano viviendo en el Hemisferio Norte.

Lo último que supe de la chica triste que no tuvo una bici BH cuando era pequeña fue que la encerraron en un centro psiquiátrico porque dedicó el último verano a amenazar a todo el que se cruzaba con pulsar un botón rojo que paraba el mundo si no le felicitaban las navidades.

Era una chica triste que de mayor quiso olvidar que no podía volver a ser pequeña. 

Nunca apretó el botón. 

Yo tampoco me he atrevido a hacerlo y no recuerdo si tuve una bici BH cuando era pequeña.

Todavía…

¡Feliz Navidad!






Cuantos más nos vean, más felices somos tod@s... ¡COMPARTE!