Anoche escribí una historia que no terminé. Cuando no terminas de escribir una historia quizás no se pueda llamar historia. Pero llamamos historias a cosas que nos están pasando, aunque no veamos cómo van a terminar. Yo estaba escribiendo una historia y sabía cómo iba a terminar. Era bonita. Creo. Nos empeñamos en pensar que las historias son bonitas cuando las estamos viviendo. Pero cuando terminan, nos cuesta reconocer su belleza. Quizás fuera muy bella porque no pude terminarla. Era una historia sobre las noches y tú. Todas las historias contigo son bonitas. Aunque algunas ni hayan empezado. Y las noches suelen ser preciosas. Cuando no hace tanto calor. No pude terminarla. Estaba sucediendo en la fotografía. Aunque fuéramos tú y yo. Narraba cosas que nos gustaban a los tres. A ti, a mí y a la noche que no es calurosa. Puse algo así como “llenaré de leche tus sueños”. Y tuve que dejarlo porque me parecía raro. Aunque, quizás, es lo que estabas esperando que te contara. Signifique lo que signifique. Y terminé la noche sin acabar la historia...
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jueves, 28 de mayo de 2020
sábado, 9 de mayo de 2020
Cuentos de la cuarentena (Volumen 24): Me verás en los carteles para hacerte irme detrás.
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| Foto: ‘Vivre sa Vie’ (Jean-Luc Godard, 1962). |
Y así, en una historia ideal, lo que debería ser nuestra historia perfecta, en unos años caminarás despistada por la calle y te cruzarás con una marquesina con publicidad, en la que verás el cartel publicitario de algo muy bonito en lo que yo soy protagonista.
Me reconocerás.
Te acordarás y lamentarás no haberte dado cuenta antes. No haberte dado cuenta hoy. Ni hace tiempo. Y en tu mano estará probar si aún no es tarde y salir a buscarme o lamentarte aún más fuerte.
Para siempre.
Hasta que me vuelvas a ver en otra foto.
O vuelvas a saber de mí...
B.S.O.: “Rock & Roll Star” (Loquillo).
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miércoles, 15 de noviembre de 2017
Más de mil historias desconocidas
-¿Ves eso? Ahí dentro. Más allá de
las ventanas.
-Hay cortinas y persianas. Las cortinas
y las persianas se inventaron para que no se pueda ver desde fuera lo
que hay dentro.
-No, estás equivocada. Las cortinas y
las ventanas no se crearon para eso. Yo soy partidario de pensar que
se hicieron para no ver desde dentro lo que hay fuera.
-Entonces nos perderíamos más de mil
historias, ¿verdad?
-¿Dónde hay más historias? ¿Fuera o
dentro?
-Fuera hay más mundo. Dentro hay más
mundos privados.
-Hay otros mundos, pero están en este.
-Muy bonita la frase, pero no sé qué
relación tiene.
-No sé. Deberíamos plantearnos que
las persianas y las cortinas no son típicas de todo el mundo.
-Hay
más zonas del mundo donde no las usan que lo contrario. Aunque tú
hayas nacido y vivido siempre en un país muy soleado y pienses que
es lo típico. Ahí tienes alguna explicación. Quizás las persianas
y las cortinas se hayan inventado para evitar el sol y la luz más
que para esconder o escondernos de las historias.
-Si no dejas entrar la luz no hay
historias que merezcan la pena.
-Las mejores historias se desarrollan
en la oscuridad.
-¿Ya estás otra vez intentando
acostarte conmigo?
-Siempre.
-No te vale que te cuente las mil
historias que hay allí dentro.
-No. Me gusta pero no me vale. Hay más
de mil historias desconocidas. Nunca es suficiente.
-¿Y acostarte conmigo sí? Me insulta
eso.
-Acostarme contigo puede tener más de
mil historias desconocidas detrás. Depende de ti.
-De nosotros.
-De nosotros.
B.S.O.: "Siempre hay una historia", Rosendo.
jueves, 22 de diciembre de 2016
Microrrelatos Sin Pudor (Volumen 43): Necesito dinero para comprarte algo por Navidad.
Acabo de llevar a una tienda de empeños
de Las Vegas la historia inconclusa de nuestro amor.
No puedo hacer
nada con ella.
Me piden un buen final o, al menos, que tú des la
aprobación a su venta.
No sé qué será más difícil de conseguir.
Ahora no tengo dinero para volver desde
allí.
Tampoco a dónde.
Pero me preocupa más el dinero.
Y no saber qué hacer con esta historia
que ni me quieren comprar...
jueves, 18 de junio de 2015
La foto de las 1001 historias. Historia Nº 6: El Canal Historia
Cuentan
que en el lugar donde se edificó este convento, hace mucho que
habitaba un pueblo que no sale en los libros de historia. Un pueblo
del que muy poco, o nada, se sabe. Tan poco como que muchos
historiadores importantes niegan su existencia.
- ¿Quiénes
eran, Hermana?
- ¿No
has escuchado eso de que muy poco, o nada, se sabe?
- No.
No he escuchado nada. Yo no estoy suscrita al Canal Historia como
usted.
- No
hace falta estar suscrita.
- ¿Me
está proponiendo que piratee la señal del canal?
- No
Hermana. Eso es robar. Y robar es pecado.
- ¿Entonces?
- Yo
tampoco estoy suscrita.
- No
lo entiendo.
- Yo
tampoco. No sé de qué estamos hablando.
- Si
no estamos suscritas a ningún canal, ¿Cómo has escuchado lo del
pueblo ese del que muy poco, o nada, se sabe?
- Yo
no he escuchado nada.
- Yo
tampoco.
- Pues
entonces será la introducción de la historia.
- ¿Y
quién hace la introducción de estas historias?
- No
lo sé.
- ¿Esa
mujer lo sabrá?
- ¿Qué
mujer?
- La
que está entrando en el convento.
- Esa
tampoco creo que sepa nada.
- ¿Le
cerramos la escalera entonces?
- No.
Vamos a esperar a que suba. A ver qué tiene que contarnos.
- ¿Y
si es parte de ese pueblo del que muy poco, o nada, se sabe?
- En
ocasiones me da usted miedo, Hermana.
Cuentan
que en el lugar donde antes estuvo este convento, había pasadizos
subterráneos que comunicaban todos los pueblos de la región en un
radio de 100 kilómetros a la redonda y que sólo unos pocos lo
conocían. Esos pocos no se atrevieron nunca a usar los pasadizos por
miedo a las leyendas que circulaban sobre lo que se encontraba en
ellos. Tan pocos, que esta historia no puede ser contada. A menos que
alguien se atreva a recorrer los pasadizos con valor para contarlo
después.
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Televisión
martes, 16 de junio de 2015
La foto de las 1001 historias. Historia Nº 5: La televisión es nutritiva.
- ¿Hermana?
...Me
estoy reconstruyendo con un buen telefilme...
- ¿Hermana?
...Dibujos
animados, que aniquilan el cine...
- ¡HERMANA!
- Dígame,
Hermana. Pero no me grite.
- Es
que no me escuchaba.
- Perdona,
tengo los cascos puestos.
- ¿Los
cascos? Creía que ya había dicho usted que no los iba a volver a
usar dentro del convento.
- Creía,
Hermana, creía. Pero, ¿Qué quiere?
- ¿Quién
es esa mujer que sube las escaleras?
- Pues
no tengo idea, la verdad. Yo estaba a mis cosas.
- Hermana,
usted no tiene remedio.
- Puedo
volver a ponerme los cascos o tiene que decirme algo más.
- Nada,
tranquila, ya preguntaré yo a la señora qué quiere.
- No.
Déjala que hable ella. A fin de cuentas es la que está entrando en
el convento y nosotras llevamos aquí toda la vida.
- ¡Hermana!
Usted lo que quiere es ponerse los cascos, seguir con su música y
olvidarse de todo.
- No.
Pero no entiendo las prisas que le han entrado ahora.
- Es
que está entrando una mujer en el convento.
- Déjela.
Será el técnico de televisión.
- ¿Tenemos
televisión en el convento?
- No
lo sé.
- Me
parece a mí que está usted un poco despistada con esto de la música
y los cascos. ¿Qué escucha?
- No
los conoce.
- Bueno,
pero me lo podrá decir.
Y
es lo que siempre digo
Y
es lo que siempre dicen
La
televisión es nutritiva.
- ¿Es
Aviador DRO?
- ¡Sí!
¿Cómo lo sabe? ¿No dice que usted nunca escucha música?
- Bueno.
Usted no sabe todo de mí.
- Ya,
Hermana, pero eso de la música...
- Le
estaba preguntando por la mujer que está subiendo, no me cambie de
tema.
- ¡Bah!
Será el técnico de televisión.
- Será.
- ¿Cómo
es que conoce a Aviador DRO?
- Es
una larga historia.
- Tenemos
tiempo. Y lo sabe.
- No
tanto. Mire: El técnico de televisión está entrando en el
convento.
Y
es lo que siempre digo
Y es lo que siempre dicen
La televisión
es nutritiva
B.S.O,: "La televisión es nutritiva" (Aviador DRO)
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lunes, 15 de junio de 2015
La foto de las 1001 historias. Historia Nº 4: Odio los Lunes
- ¿Dónde
va esa mujer?
- No
sé Hermana, es Lunes.
- ¿Y
qué?
- Los
Lunes la gente está muy perdida.
- ¿Perdida?
Tendrán que estar muy cansadas, con ganas de nada, volviendo a la
rutina...
- Eso
no es así.
- ¿Ah no? ¿Por qué? ¿No odia la gente los lunes?
- Odiar
es una palabra muy fuerte, Hermana.
- Usted
me entiende.
- Sí.
Como aquel gato tan gracioso que odiaba los Lunes y amaba la lasaña.
- El
mundo es un lugar extraño. Miramos a esa mujer que está entrando en
el convento y hablamos de Garfield.
- El
mundo es un lugar muy bello, pero es lunes, Hermana.
Será
eso...
domingo, 14 de junio de 2015
La foto de las 1001 historias. Historia Nº 3: El tañido de campanas
El
habitual tañido de las campanas despertó a toda la congregación.
Horas después, las oyeron tañer otra vez. En esta ocasión
indicaban que faltaba media hora para la misa de doce, la dominical
en la que se permitía que entraran personas de fuera en la capilla del
convento. Era Domingo, el Día del Señor.
- ¿Se dice tañer o tañir?
- No sé Hermana. La que entró en el convento ya con estudios es usted.
- Pero nunca he sabido bien cómo se dice correctamente.
- Tañen las campanas, dice la canción.
- De las canciones no te puedes fiar, ya sabes.
- Voy por el diccionario.
Cuando
la Hermana iba a ir por el diccionario, de repente, como si al
terminar el tañido de las campanas fuera una señal para quedarse
inmóvil, se quedó parada sin poder moverse.
- Nada. No voy a ir a ningún sitio.
- ¿Por qué? ¿Ya no quiere saber cómo se dice?
- No me preocupa ahora mismo. Mira ahí: Alguien sube.
- Le podemos preguntar a ella.
- No. Mejor sigamos con la duda.
- ¿Vamos a misa?
- Obvio. Pero vamos por otro sitio, hágame usted el favor. Dese prisa.
El
tañer de las campanas había indicado a todo aquel que quisiera
darse por enterado que quedaba media hora para la misa de doce. Como
todos los domingos.
sábado, 13 de junio de 2015
La foto de las 1001 historias. Historia Nº 2: Música en el convento
“...Y
yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel
Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel...”
Y que tu dulce boca ruede por mi piel
Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel...”
- El hilo musical.
- ¿Desde cuándo tenemos hilo musical en el convento?
- No es del convento, sale de ahí abajo...
“...Y
yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel
Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel...”
Y que tu dulce boca ruede por mi piel
Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel...”
- Pero, esta canción... Es muy...
¿Cómo lo diría?
- Mala, Hermana, mala.
- Bueno, hay gustos para todo.
- Es muy mala, Hermana. Déjese de
caridad cristiana y demás. En confianza entre usted y yo: Es muy
muy mala.
- ¿Podemos apagarla?
- Debemos.
“...Y
yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel
Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel...”
Y que tu dulce boca ruede por mi piel
Y yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi piel...”
- ¿No daremos en la cabeza a esa
señora si cerramos para que no se oiga la música?
- ¿Qué música?
- ¡Hermana! Está usted muy
despistada últimamente. ¿De qué estamos hablando?
- ¡Ah! La canción esa... Es que
llamarla música...
- ¡Qué mala es usted, Hermana!
- Es que es una canción muy mala,
¿Cerramos?
- ¿Y si le damos en la cabeza con
la tapa a esa señora que sube?
- Los Caminos del Señor son
inescrutables...
“...Y
yo sigo aquí, esperándote
Y que tu dulce boca ruede por mi pielY yo sig... (SILENCIO)
Y que tu dulce boca ruede por mi pielY yo sig... (SILENCIO)
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La foto de las 1001 historias. Historia Nº 1: “Catacumbas”
- ¡Hermana! ¿Quién es esa que
sale de las catacumbas?
- ¿Quién?
- Esa que está subiendo.
- ¿De dónde?
- De las catacumbas.
- Ahí abajo no están las
catacumbas. Es la salida del metro de Iglesia.
- ¡Déjate de bromas, que se nos
cuelan en el convento!
- No bromeo. Ahora deja, que me
tengo que ir. He quedado en Cuatro Caminos.
- ¿Cómo vas?
- En metro. Bajo en cuanto salga esa
señora.
- Son solo dos paradas, ¿Por qué
no vas andando?
- No me fío. Sabes que no me gusta
ir andando por encima de las catacumbas.
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jueves, 13 de junio de 2013
La dificultad de pintar con acuarelas
¿Os he contado la historia de aquellos tiempos en los que creía que la acuarela era el mejor método que existía para expresar sentimientos?
Supongo que no. Estoy casi seguro de que no. Es algo que no he contado a nadie y que a nadie debería interesar. Pero hubo un tiempo en el que creía que todos mis sentimientos los podía expresar mediante acuarelas sobre un papel. Hasta llegué a coger el punto en el que la acuarela está lo necesariamente húmeda y licuada como para pintar bien y lo suficientemente seca como para que no se deshaga el papel. Sólo quien ha pintado alguna vez con acuarelas sabe realmente a qué me refiero. Pero esta no es la clave de la historia por la que os estoy preguntando.
Yo era un niño sencillo y feliz. Yo era un niño normal, de esos que sonríen si le hacen carantoñas y fruncen el ceño si les hacen cosas que no le gustan. Y como todos los niños normales, como todos los niños sencillos y felices, empecé a crecer. A crecer y a pensar más cosas que sonreír cuando algo me gustaba o fruncir el ceño cuando no.
Salí a la calle y empecé a hacerme mayor. Dejé las acuarelas en casa y decidí retomarlas cuando tuviera tiempo y ganas de expresar mis sentimientos, ya que es el mejor método que existe para hacerlo. Empecé a perder la sonrisa infantil que tanto gustaba y mi ensortijado pelo empezó a ser un quiero y no puedo de mechones mal puestos escondiendo el incipiente cartón. Así, de repente, me hice viejo aunque mi carnet dijera lo contrario.
Y empecé a vivir como una persona adulta. Y como todos los adultos, con reminiscencias de ser pequeño, tengo miedo de todo. Tanto, que utilizo el método preventivo de “gasear” las presencias detrás de mí para evitar robos inesperados. Me tiro pedos como prevención a quedarme sin cartera. No dejan de perseguirme y de pasarme cosas extrañas:
He intentado subir en ascensor, pero cuando se abrieron las puertas, vi dentro un oso pardo. Me gustan los osos panda y un poco los polares, los pardos me dan mucho miedo y no sé por qué.
Decidí subir a pie, pero cuando iba a acometer la ardua tarea de escalar el primer tramo de escalones vi sentada en el quinto peldaño a una vieja con bata de guata rosa y una bolsa de supermercado blanca puesta en la cabeza como si quisiera protegerse de la lluvia. Me dan mucho miedo las personas mayores. Sobre todo las de género femenino y las que se ponen bolsas de plástico en la cabeza cuando llueve. Y esas dos cosas juntas, más. Me dan tanto miedo casi como la gente que se pone caretas de goma de antiguos presidentes norteamericanos.
También me da muchísimo miedo el Estadio Santiago Bernabeu y todo lo que le rodea. Cuando sea mayor y rico, lo compraré y lo derribaré. Y en ese espacio construiré un parque de ocio al que pondré el nombre de Marcelino Camacho y en el que habrá un minigolf, un rocódromo, un estanque rodeado de máquinas que expenden pan para los patos y muchas cosas más. La entrada estará vetada a todo aquel que tenga en pelo más corto que un patrón de medida que decidiré con mis asesores, que son un muñeco tentetieso de Jack el de Pesadilla antes de Navidad, una Barbie Hawai y algún click sin brazo derecho.
Ayer me tiré desde un trampolín muy alto y no me dio miedo. Las chicas que estaban al borde de la piscina cuchicheaban entre ellas y me sonreían quizás agradadas por mi valor para hacerlo. Pensé acercarme y proponer una tarde de sexo con ellas pero me dio mucho miedo. Me da miedo el sexo porque llevo mucho tiempo sin practicarlo y más miedo aún acercarme a alguien para proponérselo. Aunque sea pagando mucho dinero y ella quiera.
Me gustan mucho las carreras en las medias ajenas y me da miedo ponérmelas yo por si me salen carreras. Me asusta que valoren de mí que no tengo tres carreras y que parezca que todo el mundo a día de hoy que pasa de los treinta y tantos no haga otra cosa que correr y apuntarse a carreras populares para mejorar sus prestaciones como atletas. Y más pavor aún a salir un día al parque y encontrarme que soy el único que no voy vestido de Decathlon.
Me da miedo mirar mi reflejo en un río y que algún día encuentre que lo que veo no es lo que esperaba ver. Por eso he roto los espejos de casa aunque traiga mala suerte. No me dan miedo ni las maldiciones de mala suerte ni los gatos negros, pero sí las chicas que tienen gatos a los que quieren más que a sus vidas. Me da miedo Luis Tosar. Me da miedo que algún día me confundan con un cerdo y me sacrifiquen en una matanza para comerse mi sangre y hacer embutidos con mis carnes.
Me gusta contar los déjà vu que tengo y que a quien se lo cuente le dé miedo.
Sigo arrastrando muchos miedos que no me dejan dormir: ¿Por qué tengo que dejarle el coche a un agente secreto que lo necesite para una persecución? ¿Quién me lo devuelve después? ¿En qué estado? Sin tener coche, es algo que no deja de atormentarme.
Cuando era era un niño sencillo y feliz, un niño normal, de esos que sonríen si le hacen carantoñas y fruncen el ceño si les hacen cosas que no le gustan, soñaba con tener coche. Hasta recuerdo que pintaba coches con acuarela. Pero como todos los niños normales, como todos los niños sencillos y felices, empecé a crecer. A crecer y a pensar más cosas que sonreír cuando algo me gustaba o fruncir el ceño cuando no.
A no conseguir pintar con acuarelas.
A descubrir que los papeles donde pinto se arrugan por la humedad.
A humedecer con mis lágrimas todos los coches que siendo niño pintaba pensando tenerlos cuando fuera mayor.
A ser mayor sin recordar cómo era ser un niño.
A no poder expresar los sentimientos de manera adecuada.
¿Os he contado la historia de aquellos tiempos en los que creía que la acuarela era el mejor método que existía para expresar sentimientos? Pues recordarme que lo tengo pendiente. Voy a ver si recuerdo cómo era eso de pintar con acuarelas...
B.S.O.: "Aquarela" (Toquinho)
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martes, 21 de mayo de 2013
La increíble y aterradora historia del día que decidió escribir un relato sin utilizar ni un solo adverbio acabado en -MENTE
Decidió escribir algo que no contuviera palabras terminadas en -MENTE.
Le aterraba ver que todas las cartas que le enviaba estaban llenas de -MENTE.
Lo intentó y desterró la MENTE de lo que escribía.
Lo consiguió y acabó escribiendo algo sin MENTE.
Nadie lo entendió y desde entonces, ni escribe, ni tiene MENTE.
Precuela de la historia:
Escribía relatos.
No le importaba lo que escribía,
sólo lo hacía para conseguir
que todas se enamoran de él por sus letras.
Buscaba que leyeran sus historias
para que todas perdieran la MENTE al hacerlo
y follaran con él.
No lo conseguía.
No tenía suficiente MENTE para hacerlo.
Bonus track de la historia:
Le acabó explotando la MENTE.
(Pero lo hizo sin recurrir a los adverbios terminados en MENTE )
miércoles, 6 de marzo de 2013
Historia para un miércoles
Quiero saber cómo son tus martes.
Todos tus martes.
Es lo único que te pido sólo para mí.
Nadie te lo ha pedido nunca y nadie te lo va a pedir.
Es algo que puedes darme y lo quiero.
Quiero saber cómo son tus martes.
Todos tus martes.
Hasta que no tengas nada que contarme.
Cuando no tengas nada que contarme, dejarán de interesarme tus martes.
Y quizás en ese momento, todo lo demás me dé exactamente igual.
Y podrás olvidar todo esto.
Pero, hasta que llegue ese momento, quiero saber cómo son tus martes.
Lo quiero sólo para mí.
Porque sé que puede ser mío y nadie más lo va a querer tener.
B.S.O.: "Hoy es domingo" (Los Toreros Muertos)
martes, 13 de noviembre de 2012
Microrrelatos sin pudor (Volumen 29): La historia de un tipo triste cualquiera
Érase una vez un tipo triste cualquiera.
Un tipo como tú o como ese en el que estás pensando.
Como tantos otros.
Aparentemente, su vida era buena y habitual.
Su deambular por el mundo era intachable y nadie se atrevería a decirle lo contrario.
Pero este tipo triste cualquiera, vivía una típica vida triste cualquiera que le hacía comprar pecados en los Todo a 100 chinos porque los de las grandes superficies le parecían muy caros y elegantes.
Día a día, el tipo triste cualquiera se creía feliz con su vida de saldo, porque comprar pecados en los Todo a 100 chinos no estaba mal, y casi todo el mundo lo hacía aunque nadie lo contaba.
Mes a mes, año a año, el tipo triste cualquiera vivía su aparente vida buena y habitual.
Hasta que llegó un buen día que fue a comprar su pecadillo habitual al Todo a 100 chino de debajo de su casa y se enteró que ya no quedaban y que no los iban a traer mal.
Asustado se marchó y se dio cuenta que ya era tarde para todo y que no volvería a pecar.
Ni siquiera de saldo.
Y pensó que daba igual.
A fin de cuentas, él solo era un tipo triste cualquiera.
B.S.O.: “Oh, qué raro soy” (Siniestro Total)
Temas Recurrentes (Lugares Comunes):
Chinos,
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Siniestro Total,
Todo a 100,
Triste,
Vida
jueves, 5 de julio de 2012
La historia breve de lo que ocurrió después de aquel día en el que se convenció de que masturbarse tanto era pecado y malo para su salud
Esta es una historia común. Esta es la historia de una persona normal, aunque ninguno sepamos qué demonios significa ser una persona normal.
Tenía dos piernas, dos ojos, dos orejas, dos brazos, dos manos. Y un solo miembro viril. Y entiéndase por miembro viril, aquello que se presenta más o menos majestuoso o independiente por encima de algo que también tenía en número par: dos testículos.
Esta es una historia común. La historia de una persona que se masturbaba como todas las personas que protagonizan historias comunes. ¿Os habéis parado a pensar alguna vez en ello? ¿Habéis mirado a vuestro alrededor en el vagón de metro, en la sala de espera del médico, mientras aguardáis para pagar en una caja del Mercadona o en cualquier otro sitio de vuestro día a día, que todos y todas que os rodean se masturban como vosotros? ¿Sois capaces de vivir con esa imagen en la cabeza?
Probad a hacerlo: La señora de mediana edad, el joven adolescente de incipiente bigote mal disimulado, el obrero de mono azul, ese presentador de televisión que te está dando las noticias vestido con traje y corbata, la cajera del Mercadona… Todas y todos.
Esta es una historia común que pasó a ser extraordinaria.
Es la historia de un tipo que llegó a comprender que se masturbaba excesivamente. ¿Cuánto es masturbarse excesivamente? Todos nos lo hemos preguntado alguna vez en la vida pero nadie tiene la respuesta correcta. Pero él se masturbaba desmesuradamente. A todas horas, en todo momento, en todo lugar.
¿Es eso excesivo?
Sus amigos le dijeron que sí. Que tenía que moderar la frecuencia. Que la masturbación no es mala, y todos lo hacían, pero no tanto y que probablemente tendría consecuencias, una vez que decidió consultarle a sus amigos sobre ello.
El médico le dijo que sí. Que tenía que moderar la frecuencia. Que la masturbación no es mala per se, pero sí lo es si llega a inundar su vida de la manera que lo estaba haciendo y que probablemente tendría consecuencias físicas más allá de las psicológicas que ya tenía, una vez que decidió ir a un médico a consultar sobre ello.
El párroco le dijo que sí. Que tenía que eliminar la práctica. Que la masturbación es mala per se, y que si llega a inundar su vida de la manera que lo estaba haciendo probablemente tendría consecuencias físicas más allá de las psicológicas que ya tenía, que ardería en el infierno sin remisión, algo por lo que debía haberse preocupado una vez que decidió ir a un párroco a consultar sobre ello.
El psicólogo le dijo que sí. Que tenía que moderar la frecuencia. Que la masturbación es una práctica habitual y necesaria del ser humano, pero si llega a inundar su vida de la manera que lo estaba haciendo, probablemente tendría consecuencias físicas más allá de las psicológicas que ya tenía, una vez que decidió ir a un psicólogo a consultar sobre ello.
Por supuesto, después de cada consulta, se volvía a casa corriendo a hacerse una paja. No hay nada que le ayudara más a no pensar que eso. Y verse en el abismo de caer en el infierno, en la calvicie, en la sequedad de su médula espinal, en su aislamiento social, y de todo a la vez, le hacía pensar con miedo.
Esta era una historia extraordinaria. La historia de un tipo que no pensaba porque cada vez que iba a hacerlo se masturbaba para no caer en ello.
De tanto no pensar y de tanto masturbarse ora por no pensar, ora por ganas, ora por necesidad, ora por vicio, ora por rutina, ora por pensar en ello, descubrió que el instante pseudodepresivo posterior a cada paja se estaba intensificando de manera brutal hasta llegar a la categoría de tristeza post coitum. Y la tristeza postcoitum inundó su vida.
Y cuando la tristeza post coitum inunda tanto tu vida que hasta te planteas si merece la pena el pre coitum o el coitum en sí, y simplemente eres una persona que se masturba excesivamente (Se lo habían dicho el párroco, sus amigos, el médico y el psicólogo) la cosa empieza a estar muy jodida.
Ese es el día anterior a que esto (Que es una historia común) cambiara radicalmente. El día anterior, porque, evidentemente, decidió dedicarse un último día en exclusiva a él y a lo que más le gustaba del mundo: Masturbarse.
Sería como el último pico de un yonki, pero en cantidades de sobredosis para una matar a una comuna de heroinómanos de Las Barranquillas.
Y pasado el día, la historia que era común, pasó a ser extraordinaria. Y se despertó con ganas de masturbarse pero decidido a no hacerlo. Y pasaron los segundos a ritmo de horas, y las horas a ritmo de días, y no pasaron los días porque toda esta historia que de ser común pasó a ser extraordinaria se desató antes de que volviera a ponerse el sol.
El no masturbarse, por encima de millones de consecuencias que sería muy aburrido de explicar aquí, trajo consigo una realidad nunca antes prevista. El no masturbarse le hizo no tener las manos ocupadas. Sobre todo la derecha, su gran amor y cómplice a la que eventualmente era infiel con la misteriosa y poco conocida izquierda. Unas manos, sobre todo la derecha, huérfanas de miembro viril y de actividad que empezaron a sufrir un síndrome de abstinencia si cabe superior al que estaba mal llevando su dueño.
Ese dueño que empezó a escribir lo que sería la historia extraordinaria de un tipo de lo más normal que estaba inmerso en una historia completamente normal.
Ese dueño que no podía controlar sus manos, sobre todo la derecha, porque bastante tenía con controlar un cuerpo y una mente poco acostumbrados a estar ociosos, y que vio como sus manos, sobre todo la derecha, desamparadas de polla que masturbar, buscaron algo en qué entretenerse.
Y rebuscando en el arsenal de revistas, películas y utensilios destinados a la masturbación de su dueño, encontraron lo que siempre se suele encontrar en un arsenal: Armas de fuego.
Cogieron la más grande, acaso por el complejo de tantos años agarrando un miembro viril de tamaño medio tirando a bajo, la cargaron y llevaron a tirones a su dueño al balcón.
Y de aquella historia común, de aquella historia de una persona normal, surgió la mayor masacre que nunca se produjo en aquella ciudad. Empezaron a disparar a todo lo que se movía cerca. Aniquilaron a cuanta persona tuvo la mala suerte de pasar cerca de aquel balcón ese día. Ajusticiaron sin miramientos a toda la gente que andaba por allí. Mejor suerte hubieran corrido de haber estado masturbándose y no paseando por la calle...
La prensa, como de costumbre, se llenó de titulares impactantes por lo extraño del caso. Todo el vecindario habló de lo normal que era el chico, que siempre saludaba, que parecía un tipo majo, que no se lo podían explicar...
Nadie encontraba explicación a lo ocurrido.
Y todos los que hablaron con la prensa, todos los que habían estado cerca de aquel hombre que vivía una historia normal y que asesinó desde su balcón a todo lo que pasó por allí esa tarde, se volvieron a sus casas en silencio y se masturbaron.
Y lo que era una historia extraordinaria en un barrio hasta entonces tranquilo, pasó a ser una masturbación colectiva, oculta de puertas para dentro, de personas normales que siempre saludan cuando te cruzas con ellas en el portal…
B.S.O.: "Qué bien me lo paso" (Los Enemigos)
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martes, 27 de diciembre de 2011
La historia que no leerá nadie excepto TÚ
Publicar algo en estas fechas es un ejercicio inútil ya que la audiencia potencial se reduce a su mínima expresión.
Publicar algo interesante, además de ser una quimera por aquello de lo habitual del sitio, sería un desperdicio porque nunca lo leerías con la puntualidad necesaria que requieren mis historias.
Todas estas reflexiones pasaban por mi cabeza, y convencida estaba de no publicar nada hasta que pasaran las celebraciones, cuando en medio de esos pensamientos tropecé con algo que me hizo dar la vuelta a todo, como suele pasarme cada vez que pienso en ti.
Esta vez no estaba pensando en ti, lo reconozco. Estaba –como ya he dicho- pensando en no publicar nada hasta que pasaran las fiestas, y te encontré agazapada tras una de mis neuronas escondidas, una de las que están y que no suelo mirar porque no quiero que se ruboricen y que lo pasen mal, no vaya a ser que no funcionen bien bajo presión.
¿Qué haces ahí?
Siempre estoy aquí, tan a gusto…
Mi cabeza no es el sitio adecuado para que te instales en ella.
¿Porqué no? Esta parte estaba vacía… Una vez que conseguí llegar, tras pasar los atascos, la zona atestada de civilización inhumana, los fantasmas, tus miserias y traumas, los asesinos a sueldo, el bosque de tus prejuicios, los archivos porno, los conocimientos desordenados y las orgías multitudinarias, me he encontrado este remanso de paz tras esta neurona.
Es un remanso de paz privado, ¡Aléjate de ahí!
Si ni siquiera sabías que estaba aquí.
Ahora lo sé, y no podré vivir con ello.
Sí puedes: Siempre he estado aquí y nunca te he estorbado.
No te conozco hace tanto...
He tenido otras formas, pero siempre he sido yo...
Me callé.
No supe que responder. Además, la dependienta ecuatoriana del Lidl me miraba con cara de estar pensando que si como si no tuviera bastante con trabajar en estas fechas, encima le iban a tocar todas las colgadas del barrio.
- Buenas tardes: ¿Quiere bolsa?
No. Evidentemente no quiero bolsa, pero ella está preparada mecánicamente para preguntarlo cada vez que alguien se acerca a pagar a su caja sin llevar ninguna bolsa en las manos que aparentemente vaya a ser usada para evitar pagar los céntimos que te cobran por las bolsas del supermercado que otrora eran gratis. La verdad es que no recuerdo que en el Lidl fueran gratis alguna vez, pero soy joven para saber si esto es un hecho o un recuerdo borroso. No tiene importancia. Tengo prisa por llegar a casa. En estas fechas es donde mejor puedes estar si no quieres correr el riesgo de que te pongan un gorrito ridículo en la cabeza, y un collar hawaino en el cuello.
Corrí como alma que lleva el diablo (¿Cómo demonios un alma llevando un diablo va a ser tan rápida como para convertirse en frase hecha que indica velocidad y urgencia?) porque tenía algo que hacer. No sabía bien qué era, pero tenía que hacerlo. Las dos botellas de horchata que llevaba en cada mano no me facilitaron ir rápido. Debí comprar una bolsa cuando me la ofreció la simpática boliviana del Lidl (¿O era ecuatoriana?) pero estaba con la mente en otras cosas.
Pensé en ir a la puerta de tu trabajo a darte una sorpresa. Quizás me sonreirías al verme por allí.
¿A qué has venido?
¿Pasabas por aquí?
Sí, siempre paso por aquí, cuando apareces dentro de mi cabeza y te veo agazapada detrás de aquella neurona.
¿Qué dices? Anda, vete, que salgo en un rato y si quieres nos tomamos un café, pero no empieces a decir cosas raras… Si no, me voy.
Pero… Bueno, creo que te voy a esperar un rato…
No lo hice.
Me fui a casa corriendo.
Tenía que escribir la canción más bonita del mundo. Me la estabas dictando desde detrás de aquella neurona donde pasas el tiempo agazapada dentro de mi cabeza.
Tenía que escribir la canción que te prometí cuando era poeta. Retumbaba en mi cabeza y sabía que lo estabas recitando tú.
Tenía que escribirte aquel cuento que te debo. Resonaba dentro de mí y eras tú quien lo estaba narrando.
Pero sabía que no era el día. No resulta interesante publicar nada en estas fechas.
Pese a ello, tus voces dentro de mi cabeza eran más fuertes que cualquier otro pensamiento.
Abrí la libreta y dejé que la pluma volara sobre el papel:
“Ella era una chica parecida a todas las demás. Sus esfuerzos por estar en el mundo, por ser una más, eran duros: No conseguía identificarse plenamente con nadie, todos parecían diferentes a ella. Se pasaba la vida buscando algo que le explicara porqué. Su vida consistía en perseguir desesperadamente ser la chica que todo el mundo le decía que tenía que ser, pero no lo conseguía. Aquella chica, nunca supo realmente quién era, porque su cabeza estaba ocupada por la que le robó el corazón incluso antes de conocerse, y una chica sin corazón nunca puede estar completa. Por muy bien organizada que tenga su cabeza.”
Encendí el ordenador y me dispuse a publicar la historia. Pensé que me había quedado muy corta, pero estaba segura de que era lo más sincero y profundo que había escrito nunca y eso daría mayor tamaño al texto. Pero sospechaba que yo no lo había escrito y eso me daba miedo. Nunca había publicado nada ajeno en cabezadeavestruz. En un giro inesperado de los acontecimientos, mi cabeza me llevó por los derroteros habituales de estas fiestas y recordó que publicar algo en estas fiestas es un tremendo desperdicio porque implica que la audiencia potencial se reduce a su mínima expresión.
Nunca lo leerías.
Aunque lo hubieras escrito tú.
Esto no lo he publicado: No lo estás leyendo.
Felices fiestas, cerebro de mi corazón
¿O era corazón de mi cerebro?
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