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lunes, 1 de febrero de 2021

Enero es el peor mes para conocer a alguien




Nos conocimos en enero, que es el peor mes para conocer a alguien. Pese a ello, llegado marzo seguíamos juntos y cada vez estábamos más unidos. Tanto que decidimos pasar el día del padre en pareja. Para ella era especial porque hacía poco que había perdido al suyo. Para mí también, aunque un poco menos, porque yo hacía tiempo que había decidido no querer al mío. Lo celebramos como mejor se celebran las cosas en pareja, bajo una manta en el sofá viendo películas. Ella era más de series pero me concedió ese gusto a cambio de que yo me responsabilizara de elegir las películas. Y responsabilizarse de elegir las películas cuando estás con ella es mucho responsabilizarse. Elegí un abanico de varias que nos podrían valer a los dos, aunque todas ellas eran parte de mi altar de los afectos por el cine más grande que podía tener. El Padrino II, La gran belleza, Lolita y Remando al viento. Sí, ya sé que no tiene ninguna lógica la elección, pero en aquel momento me pareció adecuada. Y le sumé Eyes wide shut por aquello de introducir algo subido de tono por si podía después introducirme yo en ella. Aún estábamos en esa fase en la que la prioridad al quedarnos solos era el sexo. Y no sólo para mí. Empezamos a ver Eyes wide shut y aquello desembocó en polvo salvaje en el sofá. Salvaje pero cuidadoso porque hacía frío en aquella casa cada vez que alguna parte de nuestros cuerpos se salía más tiempo de la cuenta de debajo de la manta por muy calientes que anduviéramos. Tanto andábamos que se nos fue de las manos e hicimos ruido como si de nuestros gemidos y gritos fuera a llegar más placer. He estado con alguna que otra chica que así lo pensaba, pero esa es otra historia. Nuestros gritos molestaron a los vecinos de abajo, muy amigos de su difunto padre como supe tiempo después, y de la molestia pasaron a la indignación. Aporrearon el suelo seguramente con una escoba o algo así para que nos diéramos por avisados pero lejos de eso nos entró más hambre sexual. Luego, cansados de escuchar nuestra lujuria, gritaron pidiendo un poco de respeto para el vecindario. Hasta que, hartos de todo, subieron y empezaron a aporrear al puerta. Ella decidió que por mucho que nos molestara tenía que abrir y salir de aquello lo más dignamente que fuera posible, si había manera. Un señor mayor, con indudables maneras y aspecto de guardia civil retirado, entró en la casa buscando la orgía que suponía que teníamos montada. Tras no ver más que un arrecido personaje con el pelo revuelto que estaba tapado por una manta que no le cubría entero y era yo, miró la mesa y cogió el montón de las películas como si de un censor que se tratara. Pues vaya, dijo, tampoco tenéis mal gusto. Eso podría haber relajado el ambiente pero mi erección y lo extraño de la situación hacía que el gustoso debate cinéfilo que siempre me gusta tener fuera la más lejana de las opciones de lo que quería hacer en aquel momento. Bajé la cabeza y vi como se alejó musitando algo así como que él no se quería meter en nuestra vida pero que a su padre no le gustaría eso que estábamos haciendo y mucho menos que todo el vecindario se enterara por el escándalo que estábamos montando. Contó ya en la puerta que en el mismo sofá que estábamos mancillando él debe confesar que vio junto al padre de mi chica alguna película prohibida antes de que nosotros hubiéramos nacido, pero que eso no lo sabe ninguna de sus parejas. ¡Cómo hecho de menos a tu padre y aquellos ratos de cine! dijo y le dio dos besos, cuídate y no seáis malos, y se fue con las películas escaleras abajo. Mi chica volvió al sofá pero ya no se quitó más la bata que se había puesto para abrir la puerta. No retomamos la película. Ni el sexo, que fue lo peor. Se acurrucó sobre mí con evidente melancolía y tristeza. Pero en mi cuerpo desnudo su roce hizo que se me levantara y eso a ella le molestó y se lo tomó como un insulto. Me invitó a irme y yo obedecí avergonzado por la dureza de mi polla. Cuando iba por la calle me di cuenta de lo raro de una situación que había hecho que alguien me hubiera quitado alguna de mis películas preferidas en mis propias narices. Al llegar a casa me masturbé mucho. Aunque eso no tenga importancia. Dejé que se enfriara todo un poco y no me atreví a decirle nada. Pasó el día y ella tampoco me dijo nada. Ni un mensaje ni nada. Dos días, tres, cuatro... 



Sin saber cómo, se nos fue la intimidad y no nos volvimos a ver ni a hablar por un tiempo. Hasta que un día, un par de años después, nos encontramos en la filmoteca. Ponían una versión del director de Eyes wide shut y al estar los dos solos en la fila para entrar no encontramos excusa para no sentarnos juntos a verla. No hablamos mucho, como ambos sabemos que hay que hacer en una sala de cine, y al salir teníamos los dos una -sospecho- falsa excusa de prisa para no poder seguir hablando más allá de la despedida. Tengo que devolverte las películas, me dijo. ¿Las recuperaste? le pregunté extrañado. No, pero tengo que devolvértelas. Da igual, no te preocupes, para ti. Si algún día recuperas Lolita sí me gustaría tenerla porque no la encuentro, pero no te preocupes por lo demás. Te la recuperaré y así quedamos cuando te la dé para hablar un rato, ¿vale?
Los dos sabíamos que no valía. Meses después encontré en mi buzón un DVD de la Lolita de 1997, de Adrian Lyne con una nota que decía "Te lo debía. No tengo fuerzas para quedar contigo y hablar pero espero que siempre me recuerdes como yo lo hago, como algo bonito y feliz y deseándote lo mejor. Siempre."
Reconozco que me emocionó. Y no he vuelto a saber de ella. Ahora, todos los días del padre su recuerdo vuelve a mi mente y mi alma se pone un poco dura y sonrío. Siempre la tendré en el altar de mis amores vitales. Pero, sobre todo, siempre recordaré que me devolvió la Lolita que no era. La que llevé a su casa era la versión de Stanley Kubrick de 1962.

Enero es el peor mes para conocer a alguien, sin duda.



jueves, 31 de enero de 2013

Método para dejar de fumar al estilo de Jeremy Irons.







Franky siempre había sido una persona muy peculiar. Peculiar es una palabra sencilla y no puede abarcar todo lo que podríamos decir de Franky como persona, pero las palabras, como para tantas otras cosas, se quedan cortas para expresar certeramente lo que siempre había sido Franky.

Peculiar y pintoresco. Dogmático y creativo. Raro. Pero con mucha personalidad. Tanta como para pasarse media vida estableciendo teorías que a todos nos parecen más o menos descabelladas, cuando no absurdas, y hacerlas ley de vida. O para crear comportamientos y rutinas en base a su peculiar (¿Otra vez peculiar? ¿No hay otra palabra?) manera de enfrentarse al mundo.

Recuerdo bien cuando le dio por dejar de fumar. Sin decírselo a nadie, a su bola, sin que se notara demasiado. Sin que se notara más que por una cosa: Se iba mimetizando progresivamente con el Jeremy Irons atormentado y enfermizo de sus mejores películas.

Recuerdo que mi padre, analfabeto funcional para el cine, siempre reconocía a Jeremy Irons en cuanto salía en la pantalla de la televisión y decía aquello de “Este hombre ya va a empezar a pasarlo mal” refiriéndose al que él llamaba “El que hizo Kafka, y estaba fabuloso el tío”.

Mi padre era así, en muchos aspectos como Franky ¿Peculiar? Algún día tendré que mirar seriamente lo de apuntarme a un cursillo de incremento vocabulario o meterme de lleno en el acopio y estudio de palabras polisémicas que palíen ciertas carencias tan peculiares como esta que me abruma ahora mismo. Como no poder encontrar el término adecuado para definir a Franky en el aspecto que estoy contando y que la única palabra que me cuadre, cuadre perfectamente con un padre cuasi analfabeto cinematográficamente que a pesar de ello conoce a Jeremy Irons aunque lo llame “El que hizo Kafka, y estaba fabuloso el tío” y que en todas sus apariciones vaya a sufrir, a pasarlo muy mal y, sobre todo, a arrastrar una existencia atormentada y apesadumbrada en la película de turno.

Quizás debería compatibilizar mi curso de vocabulario con una visionado intensivo de la filmografía de Jeremy Irons, porque todo lo que me viene a la mente cumple a rajatabla con la teoría de mi cinematográficamente analfabeto padre: Kafka, Herida (Damage), Madame Buterfly, La casa de los Espíritus, Belleza Robada, Lolita... 

Jeremy el atormentado, sin duda. 

Algún día alguien le tendrá que hacer un homenaje en tonos grises, con música barroca de fondo, tipo “El Atormentado Jeremy Irons y sus tribulaciones”.




- He inventado el método definitivo para “dejar” de fumar.
- ¿Sí o qué? ¿Y cómo es el asunto? ¿Y por qué dices el “dejar” entre comillas?

Se creó un silencio incómodo entre los dos. ¿Cómo era posible que yo viera las comillas de “dejar” si estábamos hablando? Quizás, así, escrito todo parece una tontería sin importancia, pero estas letras son reflejo de una situación hablada, donde las comillas no salen. El silencio amenazaba con explotarnos en la cara y el fantasma de la atormentada presencia de Jeremy Irons planeaba por encima de nosotros con cara de no entender nada de lo que estábamos hablando, de las comillas de “dejar” y de que su vida fuera una tortura psicológica que amenazaba con derrotarlo. ¿Debía romperlo yo de alguna manera? ¿Proponer sexo en ese momento era adecuado aunque los dos supiéramos que era una mera excusa para romper el silencio incómodo?

- El “dejar” entre comillas es porque realmente no quiero dejar de fumar.
- Entonces, ¿Para qué un método para dejar de fumar?
- “Dejar” de fumar, perdona.
- Vale, “dejar” de fumar, ¿Para qué?
- Yo no quiero dejar de fumar. Yo sólo quiero “dejar” de fumar sin más. Quiero volver a los tiempos donde fumar tenía sentido. No excederme en el fumar porque sí. No fumar sin más. Quiero “dejar” de fumar, y para ello, no hay mejor método que fumar siempre con un sentido y un por qué.
- ¿Porque "te gusta" no vale?
- No. Sabes que acabo fumando como un condenado y no recuerdo si me gusta o no, sólo fumo. Como tú.
- Tienes razón. Dime.
- Sólo fumar cuando se hace algo bien. Cuando se cumple.
- ¿Cómo?
- Solamente fumar tras una razón clara. Sólo fumar cuando me haya “ganado” el cigarro. Convertir el acto de fumar en una recompensa.
- O sea, a ver si lo entiendo: ¿Sólo vas a fumar cuando hagas algo bien? ¿Cuando te digan que está bien hecho? ¿Cuando pienses que te lo mereces? ¿Cuando consigas algo?
- No, no... Esto es válido para todo el mundo. Piensa: ¿Cuál es el cigarro que más apetece? ¿Cuál es el cigarro al que más le cuesta renunciar todo el mundo que quiere dejar de fumar?
- ¿El de después de comer?
- Exacto. El de después de comer, el de después del sexo, el de después de cagar, el de después de hacer algo placentero...
- ¿El de después de cagar? Tengo que decirte que para mucha gente es al contrario, por la mañana temprano...
- Bueno, eso son detalles.
- Y uno de mis mejores amigos no perdona el cagar con el cigarro, ni antes ni después.
- Olvídame. Tú casi no fumas y no quieres “dejarlo”...

Y tras su evidente enfado, se dispuso a contarme, con todo lujo de detalles su maquiavélico plan que cambiaría el mundo del tabaco y de nuestras relaciones con él. Todo el mundo hace algo. Algo que merece la pena. Y si no lo hace, para qué plantearse “dejar” de fumar o nada. Cada cual debe coger su tarea principal, su desarrollo personal y ponerlo antes del cigarro. Así se podría provocar una simbiosis importantísima entre el fumar y el desarrollo personal. Fumar sólo al terminar de enlazar los cuatro acordes principales de la canción que estás escribiendo, un cigarro tras terminar de grabar la toma adecuada de lo que estás creando, el pitillo de después del punto que cierra ese párrafo maravilloso...



Fumar así haría que forzáramos nuestra creatividad aunque fuera por la necesidad de fumar. Nos obligaríamos a trabajar en lo que nos hayamos metido aunque sea simplemente por las ganas de echarnos un cigarro.

El cigarro de después nos llevaría a multiplicar el antes de manera brutal.

Sólo fumar tras hacer algo bien o tras el sexo.

- ¿Cuánto llevas sin follar? -le dije sin pensarlo demasiado.
- ¿Es una proposición?
- No, es curiosidad.
- Ni me acuerdo...
- Pero, ¿Estás llevando a cabo tu método para “dejar” de fumar?
- Claro. Me va genial.
- Hace siglos que no escribes nada bueno...
- Más hace que no follo.
- Entonces casi ni fumarás. Eso es bueno.
- Qué va, fumo un montón más que antes.
- ¿Y eso?
- Me masturbo compulsivamente...

Se creó un silencio incómodo que estuve a punto de romper agarrándole el paquete y proponiéndole sexo por compasión, pero no hubiera estado bien.

- Pero... ¿Tanto?
- Más

Empecé a hilar todo. Su progresiva mimetización en Jeremy Irons tenía un porqué.

- ¿Fumas más que antes?
- Mucho más. Me la pelo constantemente.
- Pero...
- Tranquila... Puedo “dejarlo” cuando quiera.

Volvieron las comillas. Esta vez las acompañó con unos dedos que hicieron el típico gesto de entrecomillar pero que a mí sólo me transmitieron una frenética actividad en su entrepierna.

- Hablando de Jeremy Irons: ¿Qué cara pondría en una cena romántica, a la luz de las velas, con Amaia Montero cantándole eso de “Te voy a escribir la canción más bonita del mundo”? No sé, acabo de pensarlo...

Franky era así. ¿Peculiar?

Y se hacía muchas pajas últimamente (No le quedaba otra)




B.S.O.: "Qué bien me lo paso" (Los Enemigos)



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