martes, 9 de mayo de 2017

Escribes muy poco últimamente






Hola

¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo!

He leído una cosa y me he acordado de ti.

¿Sí?

Sí. Decía Galeano algo así como que “para qué escribe uno si no es para juntar sus pedazos”. ¿Lo conocías?

¿A Galeano? Sí, claro.

No, la frase.

Sí, también, claro. De hecho me ha perseguido mucho durante gran parte de mi vida.

¿Y eso?

Pues no sé, a Galeano lo conoce casi todo el mundo, ¿no?

No, lo de perseguirte durante gran parte de tu vida.

(Risas)

¿Y bien?

Sería una conversación muy larga y lo sabes.

Hace mucho que no hablamos mucho tú y yo.

Sí, hace mucho.

(Silencio)

¿Y entonces?

Nada, tienes razón, hace mucho que no hablamos mucho. Aunque suenen raros los dos “mucho” tan cerca el uno del otro.

¿Y por qué?

No sé, dímelo tú.

Yo esperaba que me lo dijeras tú.

¿Para eso me has hablado?

No.

¿Entonces?

Hace tiempo que no escribes nada.

Eso no es cierto.

(Risas y silencio y risas)

Hace tiempo que no tú no ves nada de lo que escribo, pero escribo más que nunca.

¿Y eso?

Pues no sé. Es lo que toca.

¿Recomponiendo pedazos?

No.

(Silencio)

¿Entonces hace tiempo que no veo nada de lo que escribes aunque escribas más que nunca?

Exactamente. Bueno, tampoco es que escriba más que nunca. Escribo bastante pero casi no lo enseño.

¿Y por qué?

Pues no lo sé. Quizás para que tuviéramos esta conversación.

(Risas)

No, en serio, que nos conocemos, ¿por qué?

(Silencio)

Para provocar esto.

Mientes.

(Risas y silencio)

Claro. Como cuando escribo. Pero te gusta más que te mienta por escrito que oralmente.

Tú, en cambio, siempre has sido mucho más de lo oral.

En casi todos los sentidos.

(Carcajadas)

¿Vas a escribir más entonces?

Estoy escribiendo mucho.

¿Me lo vas a enseñar?

¿El qué?

(Carcajadas y más carcajadas)

Esas risas nerviosas no me han gustado nada.

No eran risas, eran carcajadas.

Peor aún.

Carcajadas y más carcajadas.

Me lo pones muy mal.

Y tú cuando no escribes.

Escribo.

Cuando no me lo enseñas lo muestras.

¿Me echas de menos?

Sí. Y lo sabes de sobra.

Me gusta que lo digas.

Lo necesitas.

Lo necesito.

¿Cuándo vas a escribir más o a enseñar lo que escribes?

(Silencio)

¿Cuándo nos vemos?

(Silencio)








miércoles, 1 de marzo de 2017

Microrrelatos Sin Pudor (Volumen 44): De lametones y contradicciones.





Cuando aprendí a escribir soñaba con darte lametones con mis palabras.

Ahora me conformo con lamerte sin más.

Aún estoy aprendiendo a escribir.

Sigo siendo un experto en lametones por tu cuerpo.


El mundo es así de contradictorio…




martes, 31 de enero de 2017

Enero es el peor mes para conocer a alguien




Nos conocimos en enero, que es el peor mes para conocer a alguien. Pese a ello, llegado marzo seguíamos juntos y cada vez estábamos más unidos. Tanto que decidimos pasar el día del padre en pareja. Para ella era especial porque hacía poco que había perdido al suyo. Para mí también, aunque un poco menos, porque yo hacía tiempo que había decidido no querer al mío. Lo celebramos como mejor se celebran las cosas en pareja, bajo una manta en el sofá viendo películas. Ella era más de series pero me concedió ese gusto a cambio de que yo me responsabilizara de elegir las películas. Y responsabilizarse de elegir las películas cuando estás con ella es mucho responsabilizarse. Elegí un abanico de varias que nos podrían valer a los dos, aunque todas ellas eran parte de mi altar de los afectos por el cine más grande que podía tener. El Padrino II, La gran belleza, Lolita y Remando al viento. Sí, ya sé que no tiene ninguna lógica la elección, pero en aquel momento me pareció adecuada. Y le sumé Eyes wide shut por aquello de introducir algo subido de tono por si podía después introducirme yo en ella. Aún estábamos en esa fase en la que la prioridad al quedarnos solos era el sexo. Y no sólo para mí. Empezamos a ver Eyes wide shut y aquello desembocó en polvo salvaje en el sofá. Salvaje pero cuidadoso porque hacía frío en aquella casa cada vez que alguna parte de nuestros cuerpos se salía más tiempo de la cuenta de debajo de la manta por muy calientes que anduviéramos. Tanto andábamos que se nos fue de las manos e hicimos ruido como si de nuestros gemidos y gritos fuera a llegar más placer. He estado con alguna que otra chica que así lo pensaba, pero esa es otra historia. Nuestros gritos molestaron a los vecinos de abajo, muy amigos de su difunto padre como supe tiempo después, y de la molestia pasaron a la indignación. Aporrearon el suelo seguramente con una escoba o algo así para que nos diéramos por avisados pero lejos de eso nos entró más hambre sexual. Luego, cansados de escuchar nuestra lujuria, gritaron pidiendo un poco de respeto para el vecindario. Hasta que, hartos de todo, subieron y empezaron a aporrear al puerta. Ella decidió que por mucho que nos molestara tenía que abrir y salir de aquello lo más dignamente que fuera posible, si había manera. Un señor mayor, con indudables maneras y aspecto de guardia civil retirado, entró en la casa buscando la orgía que suponía que teníamos montada. Tras no ver más que un arrecido personaje con el pelo revuelto que estaba tapado por una manta que no le cubría entero y era yo, miró la mesa y cogió el montón de las películas como si de un censor que se tratara. Pues vaya, dijo, tampoco tenéis mal gusto. Eso podría haber relajado el ambiente pero mi erección y lo extraño de la situación hacía que el gustoso debate cinéfilo que siempre me gusta tener fuera la más lejana de las opciones de lo que quería hacer en aquel momento. Bajé la cabeza y vi como se alejó musitando algo así como que él no se quería meter en nuestra vida pero que a su padre no le gustaría eso que estábamos haciendo y mucho menos que todo el vecindario se enterara por el escándalo que estábamos montando. Contó ya en la puerta que en el mismo sofá que estábamos mancillando él debe confesar que vio junto al padre de mi chica alguna película prohibida antes de que nosotros hubiéramos nacido, pero que eso no lo sabe ninguna de sus parejas. ¡Cómo hecho de menos a tu padre y aquellos ratos de cine! dijo y le dio dos besos, cuídate y no seáis malos, y se fue con las películas escaleras abajo. Mi chica volvió al sofá pero ya no se quitó más la bata que se había puesto para abrir la puerta. No retomamos la película. Ni el sexo, que fue lo peor. Se acurrucó sobre mí con evidente melancolía y tristeza. Pero en mi cuerpo desnudo su roce hizo que se me levantara y eso a ella le molestó y se lo tomó como un insulto. Me invitó a irme y yo obedecí avergonzado por la dureza de mi polla. Cuando iba por la calle me di cuenta de lo raro de una situación que había hecho que alguien me hubiera quitado alguna de mis películas preferidas en mis propias narices. Al llegar a casa me masturbé mucho. Aunque eso no tenga importancia. Dejé que se enfriara todo un poco y no me atreví a decirle nada. Pasó el día y ella tampoco me dijo nada. Ni un mensaje ni nada. Dos días, tres, cuatro... 



Sin saber cómo, se nos fue la intimidad y no nos volvimos a ver ni a hablar por un tiempo. Hasta que un día, un par de años después, nos encontramos en la filmoteca. Ponían una versión del director de Eyes wide shut y al estar los dos solos en la fila para entrar no encontramos excusa para no sentarnos juntos a verla. No hablamos mucho, como ambos sabemos que hay que hacer en una sala de cine, y al salir teníamos los dos una -sospecho- falsa excusa de prisa para no poder seguir hablando más allá de la despedida. Tengo que devolverte las películas, me dijo. ¿Las recuperaste? le pregunté extrañado. No, pero tengo que devolvértelas. Da igual, no te preocupes, para ti. Si algún día recuperas Lolita sí me gustaría tenerla porque no la encuentro, pero no te preocupes por lo demás. Te la recuperaré y así quedamos cuando te la dé para hablar un rato, ¿vale?
Los dos sabíamos que no valía. Meses después encontré en mi buzón un DVD de la Lolita de 1997, de Adrian Lyne con una nota que decía "Te lo debía. No tengo fuerzas para quedar contigo y hablar pero espero que siempre me recuerdes como yo lo hago, como algo bonito y feliz y deseándote lo mejor. Siempre."
Reconozco que me emocionó. Y no he vuelto a saber de ella. Ahora, todos los días del padre su recuerdo vuelve a mi mente y mi alma se pone un poco dura y sonrío. Siempre la tendré en el altar de mis amores vitales. Pero, sobre todo, siempre recordaré que me devolvió la Lolita que no era. La que llevé a su casa era la versión de Stanley Kubrick de 1962.

Enero es el peor mes para conocer a alguien, sin duda.



jueves, 19 de enero de 2017

Llorar mola mucho y no me había dado cuenta hasta ahora.

Mola llorar.
Mucho.
De emoción, no de rabia ni de pena.
Emocionarse y dejarse llorar.



(No sé si es correcta la expresión "dejarse llorar" pero es así).

Lo he descubierto hace poco y lo hago cada vez que puedo.
Me carga de energía, me hace pensar que las cosas merecen la pena, me acerca al mundo.

Hay que llorar de emoción.
Hay que emocionarse.
Y que la emoción sea física.
Eso es llorar.
Creo.
Soy muy novato en esto, quizás sólo sea la emoción del principiante.

Como cuando descubres el sexo...







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