martes, 12 de febrero de 2013

Vacío de poder, primavera triste (Historia levemente basada en la proposición vaticana a cabezadeavestruz para que ocupe la Silla de San Pedro)






El teléfono atronó e hizo añicos el silencio de las 12:30 de la mañana, obligándome a saltar de la cama mucho antes de lo habitual. El orden estricto que acompaña mis rituales vitales en los últimos tiempos se altera con facilidad por cosas como esta. Refunfuñando cogí el teléfono con un sólo pensamiento: “Que no sea una compañía telefónica para ofrecerme algo, que no sea un acento sudamericano preguntándome si estoy contento con mi servicio de ADSL, que no sea mamá preguntándome cuándo voy a verla...”

La primera en la frente: Una voz con marcado acento sudamericano (ecuatoriano o boliviano, no sé, seguro que argentino no porque ese tonillo lo reconozco bien) pregunta, con marcado tono maternal, si tengo unos minutos que tiene algo importante que decirme.

Evidentemente, una vez fuera de la cama y con el teléfono en la mano, no pensaba colgar sin más. Una vez que me han sacado de mi cama debo volcar toda mi ira con esa persona (Quien no deja de ser un mandado sin culpa de ello) que ha interrumpido mi necesario y habitual descanso de escasas 14 horas diarias. Sí, últimamente duermo mal y poco, pero no puedo controlarlo todo. Ni siquiera las llamadas telefónicas intempestivas...





No me interesa nada de lo que vaya a ofrecerme, realmente no tengo teléfono – le dije con tono agresivamente cazallero por aquello de ser las primeras palabras de alguien que se despierta y se fuma más de dos paquetes de tabaco al día.
Creemos que sí le interesa. Y no tiene nada que ver con teléfonos. Déjeme que le explique.
Adelante, pero dese prisa. No tengo mucho tiempo, tengo una entrevista de trabajo en unos minutos.

Las risas de mi interlocutor atronaron en mi cabeza removiendo y agitando de mala manera el recuerdo y el rechinar de hielos de los escasos diez o doce cubatas que tomé la noche anterior.

De eso precisamente quería hablarle...

Me acojoné. Mucho. Muchísimo. ¿Querría ofrecerme un trabajo? ¿Un misil trabajo-aire amenazaba con alterar mi linea de flotación? Estuve a punto de colgar, pero rechazar trabajos alegando que cuentas con que está al caer la herencia de una de las mayores fortunas del occidente civilizado y no lo necesitas ni está a tu altura, es uno de mis placeres ocultos preferidos. 

Le haré una oferta que no podrá rechazar, me dijo mientras yo pensaba en lo despreciable que seré cuando tenga el dinero de la herencia familiar a mi disposición.
Diga, soy todo oídos. ¿De dónde me llama?
Del Vaticano. 
¿Eso es una nueva compañía de móviles?
Del Vaticano, Ciudad del Vaticano.
¡Ah! Perdone, diga, diga...
¿Supongo que está usted al día de las últimas noticias?
Umm... Sí, mentí mientras pensaba en la relación que podía haber entre El Vaticano y que los Lakers hubieran vuelto a perder o que haya empezado Gran Hermano 14.
Queremos que ocupe la vacante.
¿La vacante?
Queremos que sea el nuevo Papa. Confiamos en usted.

Tentador. Sin duda. Mentiría si digo que nunca he fantaseado con ser mandamás en la Iglesia Católica, pero aquello no tenía ni pies ni cabeza.


cabezadeavestruz en Ciudad del Vaticano, por cortesía de @Juanferrera


Perdone, pero tengo una pequeña duda...
Diga.
Lo de Papa que me cuenta es lo de Ratzinger, ¿No? ¿Lo de Benedicto XVI? Y al nombrar el 16 me vino a la cabeza Pau Gasol y me quedé pensando de nuevo en las derrotas de los Lakers.
Si. ¿Sabe que ha dimitido?
¿Eso se puede?
Ha pasado y queremos que sea usted el nuevo Papa.
Perdone, me acabo de despertar y creo que no proceso bien. ¿Han pensado ustedes en los inconvenientes de su propuesta?
No vemos ninguno, más bien al contrario.
¿Que yo sea mujer, negra y atea no supone problema?
Nada, menudeces para lo que estamos hablando...
¿Y tengo que contestar ya?
Tiene usted exactamente 30 segundos. Colgaré y volveremos a llamarla en 30 segundos y tendrá que dar una respuesta. Ciao, mi querida negrita descreída, contamos con usted.

Me quedé perpleja con el teléfono en la mano. “Contamos con usted”. ¡Hacía tanto que no me decían algo tan bonito! 

Reaccioné rápido y marqué su número. Sí, SU NÚMERO. Hacía mucho tiempo que no hablaba con ella, pero tenía que hacerlo en ese preciso momento.

Hola, soy yo.
Ya, lo sé. Sale tu número. No lo he llegado a borrar nunca. Ni creo que lo haga. ¿Qué quieres? ¿Por qué me llamas ahora?

Me emocioné. Hacía tanto que no hablaba con ella que me desarmó un poco. Pero quedaba poco tiempo, tenía que reaccionar y los 30 segundos se agotaban.



Déjame hablar. Tardaré menos de 30 segundos y colgaré. No te puedo explicar más.
¿Ya estás con tus gilipolleces? ¿Después de tanto tiempo me vas a venir con cosas raras? Dime, te escucho...
Te quiero. Te quiero como siempre te he querido. Me voy. Tengo que hacerlo. Pero volveré a por ti. No sé cuándo ahora mismo, pero volveré cuando todo esto se acabe. Cuando todo esto acabe, seguirán existiendo chicas a las que las sandalias le sientan de maravilla con sus vestidos rojos, gente que devora kebabs como actos rutinarios de su ser social, cubos de cerveza para compartir que siempre se quedan escasos, bares con baños donde no funcione el pestillo, copas de garrafón, cigarrillos de liar y Bob Dylan. Seguiremos confiando en que la traición afila los rasgos y que a cada cerdo le llega su San Martín, y que familia no hay más que una y a ti te encontré en la calle. Y que la calle fue nuestra porque pensamos que podía serlo, mientras otros llenaban los salones de sus casas criticando lo que salía por sus televisores. Después de todo esto, seguiré pensando que te quedaría de vicio un piercing en tu ombligo pero no me importará mucho que te lo hagas o no, y que las sardinas saben mejor en ciudades con ríos que desembocan al mar y hechas al carbón. Al final, no serán más las canciones que queremos conocer que las que conocemos, y todo lo que me cantaste una vez nunca será parecido a lo que te queda por cantarme. Prince seguirá siendo un genio aunque no sepamos dónde está, y el francés será el idioma más sensual jamás utilizado para cantar algo romántico. 

¡Mil besos, amor! - y colgué.

Me quedé vacío pero no no me dio tiempo a pensar mucho en ello. El teléfono volvió a interrumpir mis pensamientos.

¿Tiene una respuesta?
Si.
¿Contamos con usted?
No puedo.
¿Por qué?

Y no supe que responder. Había gastado todos mis principios y mi sabiduría interna hablando con ella. Tuve que buscar una excusa rápida para quedar bien con El Vaticano.

¿Le gustan Los Simpsons?
¿Perdone? 
Que si le gustan Los Simpsons.
No sé de qué me habla...

Colgué convencida ya. Me preocupa que lleve tanto tiempo oliendo mal en Dinamarca y nadie haya hecho nada por remediarlo. Nadie.

Me preocupa que haya necesitado una excusa como la dimisión de Ratzinger para volver a hablar con ella. 

Y, sobre todo, pienso que hay que desconfiar profundamente de cualquier persona que no vea Los Simpsons.

Volví a llamarla.

Pero esa ya, amigas y amigos, es otra historia...







viernes, 8 de febrero de 2013

Me sobra Carnaval





“Y mira desde aquí,
se parecen a ti.
Dime, ¿desde allí todos 
también se parecen a mí?”
(Me sobra Carnaval, Los Enemigos)



Un año perdido. Mirando atrás, seguro que serían muchos años perdidos. Perdidos en la impostura, en ser quien nunca he sido. Soy el único que lo sabe, pero perdí el tiempo disfrazado de cosas que no era, viviendo un Carnaval autoimpuesto que no coincidía con ninguna fecha de mi calendario. Y mucho menos de mi santoral.

Hoy me he disfrazado de ti. Me he embutido en tu piel porque sé que es la que mejor me sienta y he salido a celebrar la impostura. Con la actitud de disfrute y paraíso en mi cuerpo, que era el tuyo epidérmicamente. Hoy me he disfrazado de ti.



Hoy he triunfado con mi disfraz de ti. Estoy preciosa y la gente que sale con el espíritu loco de la fiesta del ser lo que no se es me ha mirado con deseo. Me he sentido deseada aunque he sabido que realmente te desean a ti.

Mi disfraz de ti me ha durado un rato.

Pasada la ilusión inicial de sentirme en tu piel, me he dado cuenta que me tira la sisa. La capacidad de movimientos es nula dentro de ti y creo sospechar que se ha descosido algo en el culo cuando me he agachado. No puedo levantar los brazos ni acercarlos para abrazar a nadie porque están demasiado pegados a mi piel. Me hace tripa. Para colmo, creo que me está saliendo urticaria porque vaya usted a saber de qué material está hecho tu piel y qué reacción provoca en mi cuerpo.

Como un loco me he metido en el baño de aquel bar para desprenderme de tu piel y poder disfrutar la noche sin tanto agobio encima. Con rabia y angustia, destrozándola. Exhausta mirando al espejo me he dado cuenta que vuelvo a ser yo fuera del disfraz de tu piel y me he sonreído pensando que la noche de Carnaval empezaba en ese momento. En cuanto cruzara la puerta del baño y volviera a la barra.

Las miradas en mi retorno con todo lo que me cruzaba no me gustó mucho. A primera vista, pero quién soy yo para valorar las miradas. Nunca fueron mi fuerte. Nunca miré de frente y soy miope. Y las miradas en Carnaval están, como mínimo, llenas de purpurina, o sea que no hay quien se fíe.

Pedí otra copa desconcertada. La camarera, tan solícita y seductora en Carnaval como el resto del año me miró de arriba a abajo y puso una mueca extraña. Algo así como el emoticono del Whatsapp que tiene la boca en forma de S tumbada y no supe muy bien qué pensar. Nunca sé qué pensar cuando me mandan ese emoticono, pero lo de la camarera era otra cosa. Quizás le puse cara de emoticono yo también porque se vio obligada a decirme lo que pasaba:

Te sentaba muy bien el disfraz. Estabas mejor antes, así sólo eres tú...



Así sólo soy yo - pensé, mientras un escalofrío me recorrió la columna y pillaba el primer antifaz abandonado que encontré encima de la barra para dejar de serlo...




"Dime, ¿Desde allí todos también se parecen a mí?"




B.S.O.: Me sobra carnaval (Los Enemigos)

martes, 5 de febrero de 2013

La inquietante conexión entre el “Te quiero” mal dicho y el polvo mal echado.





“Te quiero porque creo que entiendes como soy. 
Te quiero porque a ti te puedo contar lo que a nadie le puedo contar. 
Porque puedo sentir que mi vida a tu lado cobrará sentido y dejará de ser vacía. 
Te quiero porque me preguntaste cuántos años tenía cuando murió mi padre 
y eso nadie me lo había preguntado jamás. 
Te quiero tanto que me gustaría…”

(“Tu vida en 65'”, María Ripoll, basada en la obra de teatro homónima de Albert Espinosa, 2006)




      4.35 AM. Interior Noche.


He tenido que dejar de mandar mails porque me aterraba el momento en el que, después de desarrollar todo el mensaje, de escribir todo lo que tenía pensado decir, revisarlo y quedar más o menos conforme (nunca se queda conforme uno), le daba a enviar y me avisaba que el mensaje no tenía asunto. Nunca supe qué asunto poner en los mails. He optado por tomar la decisión menos dolorosa: Dejar de escribir mails para no tener que pensar un asunto que ponerles. Etiquetar o titular el mensaje es más de lo que podría asumir nunca, y es lo que me pedía el servidor de correo cuando le daba a enviar. Su mensaje no tiene asunto ¿Quiere ponerlo ahora? También podría haber optado por seguir mandando mails sin asunto, pero ¿Quién los leería? ¿Leerías tú un mail que no llevara asunto?


Creo que no


Soy la única persona que conozco que consume porno adyacente. Lo consumo compulsivamente. Tengo un archivo ingente de porno. Soy la única persona que conozco que consume porno adyacente. El porno que está entre las escenas que todo el mundo ve. La conversación forzada, la situación extrañamente patética o ridícula que conduce al mete y saca, las palabras previas a la mamada de turno, la excusa que termina en trío... Consumo vorazmente la parte de las películas porno que todo el mundo pasa adelante para llegar a lo que les interesa realmente. Yo lo hago al contrario. Alguna vez reviso las escenas sexuales por si hay algún tipo de comentario u ocurre algo más allá del folleteo. Así soy de adyacente. Así me gusta el porno. Así voy tirando.





5.32 AM.  Interior. Primeras luces del alba.


Te juro que es la primera vez que me pasa

¿El qué? 
¿Que no se te levanta 
o que me has dicho “te quiero” 
sin que tuvieras que decírmelo?
 No me importa, no te preocupes


¿El qué? 
¿Que no se me levante
 o que te he dicho “te quiero” 
sin que tú quieras que te lo diga?


No me quieres, déjalo...


No se me levanta, déjalo...




Fin del capítulo






"Y esos hombres que tú admiras
que parecen visigodos
mucho músculo, poco cerebro
y luego lloran como todos”
(Te quiero, Siniestro Total)




B.S.O. I: Sexo Chungo (Siniestro Total)
B.S.O. II: Sexo Chungo II (Siniestro Total)
B.S.O. III: Te quiero (Siniestro Total)




sábado, 2 de febrero de 2013

El Baúl de las Miserias Perdidas (Capítulo 6): Atrapar un Instante (Aprovechando el Día de la Marmota)



La conocí de casualidad. Su película preferida era Atrapado en el tiempo, lo cual parece un dato sin importancia a primera vista, pero es la clave de la historia.
Si recuerdas la película, el personaje de Bill Murray se ve atrapado en un día de su vida, El Día de La Marmota, y se ve condenado a repetirlo una y otra vez. Después de un tiempo de frustración y de maldecir su suerte, con el desarrollo de la historia, lo va convirtiendo en una ventaja y aprende a disfrutar de ello.

Ella no quería vivir en El Día de la Marmota. Ella tenía la capacidad de atrapar los instantes. Tantas veces trató de enseñarme a hacerlo que con el tiempo, creo que empecé a conseguirlo de alguna manera.

No sé si lo hacía bien o mal, pero lo intentaba. Es una obsesión humana. Si estás viviendo algo fascinante, porqué no quedarse a vivir en ese momento. Si hay un momento que colma todo, la luz te atrapa, el calor te derrite, el placer te subyuga, el bienestar te arropa… ¿Porqué salir de él? ¿Por qué bajar a la Tierra? ¿Por qué buscar otro?
El mayor drama que encontraba en la vida es el saber que nada era eterno. Ella tenía la respuesta. Para ella, no existía la eternidad, pero sabía alargar los momentos todo lo que quería. Sabía atrapar el instante. Sabía quedarse en él hasta que encontraba otro mejor. Sin moverse, sin buscar demasiado. Atrapaba el instante.

No la veías. 
No estaba. 
No te reconocía. 
No la importabas. 
A no ser que fueras parte de SU momento. Y cuando te atrapaba en su momento, sabías que nada volvería a ser lo mismo nunca jamás.

Y no era fácil. 

Yo, lo reconozco, amante y esposa con vocación religiosa, no estoy educada para alcanzar tal grado de perfección. No estamos entrenadas en sensaciones intensas. No estamos preparadas para dejarnos atrapar por momentos demasiado intensos, o al menos, no para estar en ellos más tiempo que el instante en sí.

Miré atrás y me busqué en los bolsillos, pero no encontré más que despojos intensos. Momentos que no merecían ser atrapados pero que llevo guardados como si de una documentación más se tratara: El instante en el que me caí del triciclo cuando tenía tres años delante de la humanidad entera, el día en el que te vi con otro y le miré a los ojos, el segundo estribillo de Brown Eyed Girl rayado en un vinilo de mi hermano mayor por mis ansias de escucharlo una y otra vez, el despertar del coma terriblemente consciente, por primera vez, de que no sería esa gran gimnasta que soñaba ser antes del accidente…

Y pensé que debía tirarlos. 
Y los tiré. Una y otra vez. 
Y volvían a mí. Una y otra vez.

Ella siempre decía que los instantes hay que atraparlos, pero que también hay otros que te atrapan sin que tú lo quieras, incluso contra tu voluntad.
No había terminado aún de decir “voluntad” y la besé con toda mi alma.

-Atrapa este instante.
-No lo quiero, tengo muchos…

Me fui con la cabeza gacha esperando que mi mirada al suelo me diera más instantes o más momentos que atrapar… Pero me quedé con el último. Ella no lo quería pero yo me lo iba a quedar. Por fin había aprendido. Y ella también se lo quedaría. Aunque intentara tirarlo. Incluso contra su voluntad. De eso estaba segura…



Postdata Innecesaria (Como casi todas):
Hay quien piensa que esto debería haberlo posteado el 2 de Febrero que es cuando se celebra El Día de la Marmota. Pero esto, no va del Día de la Marmota, ni de la película. Ni siquiera de Andy McDowell… Va de instantes...



Postdata Necesaria:

Esta historia fue publicada originalmente el 12 de Abril de 2011. Aprovechando el Día de la Marmota de 2013 y las pocas ganas de vivir que luce este rincón últimamente, hemos echado mano al Baúl y al abrir la tapa a sonado aquello de ¡¡Arriba excursionistas!! y nos hemos decidido a ello...
Gracias por la atención, seguiremos informando.
No se admiten preguntas.







jueves, 31 de enero de 2013

Método para dejar de fumar al estilo de Jeremy Irons.







Franky siempre había sido una persona muy peculiar. Peculiar es una palabra sencilla y no puede abarcar todo lo que podríamos decir de Franky como persona, pero las palabras, como para tantas otras cosas, se quedan cortas para expresar certeramente lo que siempre había sido Franky.

Peculiar y pintoresco. Dogmático y creativo. Raro. Pero con mucha personalidad. Tanta como para pasarse media vida estableciendo teorías que a todos nos parecen más o menos descabelladas, cuando no absurdas, y hacerlas ley de vida. O para crear comportamientos y rutinas en base a su peculiar (¿Otra vez peculiar? ¿No hay otra palabra?) manera de enfrentarse al mundo.

Recuerdo bien cuando le dio por dejar de fumar. Sin decírselo a nadie, a su bola, sin que se notara demasiado. Sin que se notara más que por una cosa: Se iba mimetizando progresivamente con el Jeremy Irons atormentado y enfermizo de sus mejores películas.

Recuerdo que mi padre, analfabeto funcional para el cine, siempre reconocía a Jeremy Irons en cuanto salía en la pantalla de la televisión y decía aquello de “Este hombre ya va a empezar a pasarlo mal” refiriéndose al que él llamaba “El que hizo Kafka, y estaba fabuloso el tío”.

Mi padre era así, en muchos aspectos como Franky ¿Peculiar? Algún día tendré que mirar seriamente lo de apuntarme a un cursillo de incremento vocabulario o meterme de lleno en el acopio y estudio de palabras polisémicas que palíen ciertas carencias tan peculiares como esta que me abruma ahora mismo. Como no poder encontrar el término adecuado para definir a Franky en el aspecto que estoy contando y que la única palabra que me cuadre, cuadre perfectamente con un padre cuasi analfabeto cinematográficamente que a pesar de ello conoce a Jeremy Irons aunque lo llame “El que hizo Kafka, y estaba fabuloso el tío” y que en todas sus apariciones vaya a sufrir, a pasarlo muy mal y, sobre todo, a arrastrar una existencia atormentada y apesadumbrada en la película de turno.

Quizás debería compatibilizar mi curso de vocabulario con una visionado intensivo de la filmografía de Jeremy Irons, porque todo lo que me viene a la mente cumple a rajatabla con la teoría de mi cinematográficamente analfabeto padre: Kafka, Herida (Damage), Madame Buterfly, La casa de los Espíritus, Belleza Robada, Lolita... 

Jeremy el atormentado, sin duda. 

Algún día alguien le tendrá que hacer un homenaje en tonos grises, con música barroca de fondo, tipo “El Atormentado Jeremy Irons y sus tribulaciones”.




- He inventado el método definitivo para “dejar” de fumar.
- ¿Sí o qué? ¿Y cómo es el asunto? ¿Y por qué dices el “dejar” entre comillas?

Se creó un silencio incómodo entre los dos. ¿Cómo era posible que yo viera las comillas de “dejar” si estábamos hablando? Quizás, así, escrito todo parece una tontería sin importancia, pero estas letras son reflejo de una situación hablada, donde las comillas no salen. El silencio amenazaba con explotarnos en la cara y el fantasma de la atormentada presencia de Jeremy Irons planeaba por encima de nosotros con cara de no entender nada de lo que estábamos hablando, de las comillas de “dejar” y de que su vida fuera una tortura psicológica que amenazaba con derrotarlo. ¿Debía romperlo yo de alguna manera? ¿Proponer sexo en ese momento era adecuado aunque los dos supiéramos que era una mera excusa para romper el silencio incómodo?

- El “dejar” entre comillas es porque realmente no quiero dejar de fumar.
- Entonces, ¿Para qué un método para dejar de fumar?
- “Dejar” de fumar, perdona.
- Vale, “dejar” de fumar, ¿Para qué?
- Yo no quiero dejar de fumar. Yo sólo quiero “dejar” de fumar sin más. Quiero volver a los tiempos donde fumar tenía sentido. No excederme en el fumar porque sí. No fumar sin más. Quiero “dejar” de fumar, y para ello, no hay mejor método que fumar siempre con un sentido y un por qué.
- ¿Porque "te gusta" no vale?
- No. Sabes que acabo fumando como un condenado y no recuerdo si me gusta o no, sólo fumo. Como tú.
- Tienes razón. Dime.
- Sólo fumar cuando se hace algo bien. Cuando se cumple.
- ¿Cómo?
- Solamente fumar tras una razón clara. Sólo fumar cuando me haya “ganado” el cigarro. Convertir el acto de fumar en una recompensa.
- O sea, a ver si lo entiendo: ¿Sólo vas a fumar cuando hagas algo bien? ¿Cuando te digan que está bien hecho? ¿Cuando pienses que te lo mereces? ¿Cuando consigas algo?
- No, no... Esto es válido para todo el mundo. Piensa: ¿Cuál es el cigarro que más apetece? ¿Cuál es el cigarro al que más le cuesta renunciar todo el mundo que quiere dejar de fumar?
- ¿El de después de comer?
- Exacto. El de después de comer, el de después del sexo, el de después de cagar, el de después de hacer algo placentero...
- ¿El de después de cagar? Tengo que decirte que para mucha gente es al contrario, por la mañana temprano...
- Bueno, eso son detalles.
- Y uno de mis mejores amigos no perdona el cagar con el cigarro, ni antes ni después.
- Olvídame. Tú casi no fumas y no quieres “dejarlo”...

Y tras su evidente enfado, se dispuso a contarme, con todo lujo de detalles su maquiavélico plan que cambiaría el mundo del tabaco y de nuestras relaciones con él. Todo el mundo hace algo. Algo que merece la pena. Y si no lo hace, para qué plantearse “dejar” de fumar o nada. Cada cual debe coger su tarea principal, su desarrollo personal y ponerlo antes del cigarro. Así se podría provocar una simbiosis importantísima entre el fumar y el desarrollo personal. Fumar sólo al terminar de enlazar los cuatro acordes principales de la canción que estás escribiendo, un cigarro tras terminar de grabar la toma adecuada de lo que estás creando, el pitillo de después del punto que cierra ese párrafo maravilloso...



Fumar así haría que forzáramos nuestra creatividad aunque fuera por la necesidad de fumar. Nos obligaríamos a trabajar en lo que nos hayamos metido aunque sea simplemente por las ganas de echarnos un cigarro.

El cigarro de después nos llevaría a multiplicar el antes de manera brutal.

Sólo fumar tras hacer algo bien o tras el sexo.

- ¿Cuánto llevas sin follar? -le dije sin pensarlo demasiado.
- ¿Es una proposición?
- No, es curiosidad.
- Ni me acuerdo...
- Pero, ¿Estás llevando a cabo tu método para “dejar” de fumar?
- Claro. Me va genial.
- Hace siglos que no escribes nada bueno...
- Más hace que no follo.
- Entonces casi ni fumarás. Eso es bueno.
- Qué va, fumo un montón más que antes.
- ¿Y eso?
- Me masturbo compulsivamente...

Se creó un silencio incómodo que estuve a punto de romper agarrándole el paquete y proponiéndole sexo por compasión, pero no hubiera estado bien.

- Pero... ¿Tanto?
- Más

Empecé a hilar todo. Su progresiva mimetización en Jeremy Irons tenía un porqué.

- ¿Fumas más que antes?
- Mucho más. Me la pelo constantemente.
- Pero...
- Tranquila... Puedo “dejarlo” cuando quiera.

Volvieron las comillas. Esta vez las acompañó con unos dedos que hicieron el típico gesto de entrecomillar pero que a mí sólo me transmitieron una frenética actividad en su entrepierna.

- Hablando de Jeremy Irons: ¿Qué cara pondría en una cena romántica, a la luz de las velas, con Amaia Montero cantándole eso de “Te voy a escribir la canción más bonita del mundo”? No sé, acabo de pensarlo...

Franky era así. ¿Peculiar?

Y se hacía muchas pajas últimamente (No le quedaba otra)




B.S.O.: "Qué bien me lo paso" (Los Enemigos)



jueves, 24 de enero de 2013

CERRADO POR DEFUNCIÓN








Apareció el cartelito. Y me dio envidia. Hay cosas inconfesables que pasan por nuestra cabeza y no sabemos, ni podemos, pararlas. Tenía envidia de que algo se cerrara por una defunción. Tenía celos de la defunción. Quería ser el difunto. O quizás quería cerrarme.

No quería morir como todos asumimos.

Cerrado por defunción de qué.

¿Murió el corazón?
¿Murió el alma?
¿Mató su vida?

En cualquier hospital le dirían que ni está muerto, ni siquiera enfermo, aparentemente.

Quizás una muerte cerebral tan de moda últimamente. No hay más que mirar alrededor o encender la tele para ver(nos) personas que son capaces de vivir funcionalmente con una muerte cerebral como característica fundamental.



"Una de las ventajas de estar muerto es que todos te quieren. Los que tenían algún pero contigo, convierten todo en parabienes y no ven más que virtudes en tus caracteres como persona.

Te lloran, te elogian, te suben a los altares aunque antes de estar muerto te quisieran enterrar en el infierno y tirar la llave al mar.

Lo peor de estar muerto es que descubran en algún momento que no lo estás. Y peor aún es que te pueden caer de 6 meses a 3 años, aunque presentes atenuantes como cierto desequilibrio mental o pruebes que no estabas muerto para cobrar algún seguro, evitar pagar tus deudas o conseguir defraudar con objeto de lucrarte. ¿Para qué querría lucrarse un muerto?

Estar muerto está muy bien si puedes disfrutarlo.

Nadie quiere morir, pero todos fantaseamos con ver nuestro entierro y saber qué dirán de nosotros cuando no estemos. Fantaseamos con estar cuando todos piensan que nos hemos ido.

Una de las ventajas de estar muerto es que todos te quieren. Hasta quien no debe quererte. Al menos, en público. Si consigues disfrutar de esa ventaja, eres el difunto, falso o no, más afortunado del mundo. Aunque estés muerto. Esa es la única pega.




Una de las ventajas de estar muerto es que no tienes que preocuparte de qué te pones porque nadie debería verte. Pero yo siempre he sido muy coqueto. Muerto o no, me preocupa lo que llevo encima de mi piel porque aunque nadie lo vea, o lo deba ver, creo que afecta a mi persona la imagen que tenga en cada momento.

Sólo hay que pensar en el luto:
Hay muchas teorías sobre el luto. Hay gente que habla de los mejores colores que debes llevar encima si quieres ligar, hacer una buena entrevista de trabajo, ir a un acto social. Pero no encuentro nada que me diga cómo he de vestir si estoy muerto. Sé que hay ciertas recomendaciones para los que se quedan cuando uno se muere. El luto ya no es tan obligatorio y recurrente como en tiempos de mis abuelos, pero sigue siendo conveniente demostrar cierta tristeza vistiendo de oscuro, cuando no de negro. Pero no hay nada indicado para el verdadero protagonista: El muerto.

Yo estoy muerto. No literalmente, pero sí para los que se dan cuenta de mi ausencia. Pero soy un muerto atípico: No he sido enterrado con un caro traje, ni siquiera desnudo.
Una de las desventajas de estar muerto es que no te puedes mover a tu antojo con total libertad, por mucho que lo pareciera. Si no quiero dejar de estar muerto, o matar de un susto a alguien viéndome, he de ser todo lo cuidadoso que pueda. Y eso no me permite estar cambiándome de ropa continuamente.

Hace unos días me armé de valor y me compré una camiseta del Celtic de Glasgow. Siempre la quise tener en vida, pero me daba cierta vergüenza. Las rayas horizontales me hacen parecer gordo. Creo que a todo el mundo. La ortodoxia dicta que la raya horizontal da impresión de grosor y la vertical estiliza. Además de eso, no es una camiseta demasiado discreta. Las rayas verdes y blancas, igual que el Sporting de Portugal, también llamado Sporting de Lisboa, otra camiseta que podría haber sido la elegida de no encontrar la del Celtic, ya que viene a ser básicamente la misma cambiando el escudo y la publicidad, son cualquier cosa menos para pasar desapercibido. Supongo que es un reto que me pongo a mí mismo. No ir discreto pero sí actuar con discreción. “No amar a nadie, pero hacer el amor a todo el mundo” que diría un personaje aún por determinar de esta historia.

A ese personaje aún por determinar de esta historia no le gusta el fútbol, pero tiene un buen puñado de camisetas de equipos de toda índole. Creo que, a pesar de no gustarle el fútbol, tiene una acertada visión de un buen número de equipos por una mera fascinación estética por su indumentaria. A ese personaje aún por determinar de esta historia nunca le gustó la camiseta del Celtic de Glasgow. La veía demasiado chabacana. Le recordaba al Betis o a la Selección Andaluza. Él era más de la elegancia azul del Rangers, el rival de la ciudad. Yo nunca me podría poner una camiseta del Rangers por muy bonita que sea. Ahí, ese personaje aún por determinar de esta historia, tenía ventaja. Al no gustarle el fútbol, no tenía filiaciones con ningún equipo, más allá que por su apariencia estética. A mí el Rangers me caía especialmente mal. Me caía mal en oposición al Celtic, los dos rivales de la ciudad de Glasgow. Una de las rivalidades más encarnizadas del planeta futbolístico.



Reconozco que hay cosas que no son nuevas para mí en esta situación. Estar muerto es algo que debería haber hecho antes y todo hubiera sido mejor. Hay gente que ha deseado que me muriera y no volviera a aparecer más de una vez a lo largo de mi vida. Pero una cosa es desearlo y otro obtenerlo. Creo que Oscar Wilde dijo aquello de “Ten cuidado con lo que deseas no vaya a convertirse en realidad” y aplicado a mi muerte no puede venir más al caso. Cuando otro personaje aún por determinar de esta historia me dijo adiós con un sonoro portazo, trató de que fuera consciente de que por ella estaría mejor muerto. Pero sé que en el fondo, ese otro personaje aún por determinar de esta historia, no pensaba eso. Una cosa es desear una muerte hipotética, y otra ser consciente de que alguien que ha sido muy importante para ti va a morir o ha muerto. Por mucho daño que te haya causado alguien, cuando muere sólo recuerdas lo bueno. No hay nada mejor que morirse para que elogien a uno hasta términos superlativos y seguramente falsos por su dimensión. El que era un déspota que trataba mal a todo el mundo pasa a ser el hombre de fuerte carácter, amigo de sus amigos y fiel a sus principios como nadie. El cabrón egoísta que iba por la vida preocupándose sólo de sí mismo pasa a ser el alma libre que a todos cautivó en vida. Incluso el insustancial que pasa por la vida sin pena ni gloria consigue, al morir, llegar a ser ese ser que no se dejaba conocer pero que era una bellísima persona cuando te acercabas a él.

Yo he tenido todos los defectos posibles. He hecho más maldades de las que la media ponderada de la humanidad puede soportar en un solo ser para no variar demasiado. He sido un ser despreciable. He sido a ratos un despojo. He sido yo, egoísta y ególatra, ambicioso y ruin, he pisado todo lo que tenía que pisar, he escondido inseguridades en desprecios terroríficos hacia quienes me rodeaban y me querían. Pero ahora estoy muerto. Ahora todo eso son ventajas. Ahora son todo parabienes. Ahora hay lágrimas. Ahora hay elegías.

Tenía que haber acelerado el proceso. Tuve que haber muerto cuando ese otro personaje aún por determinar de esta historia lo deseó, aunque sólo fuera por hacerla pasar una vida desdichada pensando que estaba muerto por su culpa. Aunque fuera cruel. Aunque sólo fuera por quedarme por encima una vez más.

Cuando alguien muere, rápidamente se recuerda su fecha, lugar e incluso circunstancias de nacimiento, como preludio a glosar los hechos más destacados de su vida.

Una de las ventajas de estar muerto es que todo parece mejor de lo que fue.

Una de las ventajas de estar muerto es que nadie en su sano juicio se atreve a destacar de tu vida los defectos o los errores cometidos, por encima de las virtudes o los aciertos, por muy difícil que hubiera sido verlo así tan sólo un tiempo antes. Tan sólo antes de morir.

En la muerte se recuerda el nacimiento. Es curioso cómo los extremos se tocan de cuando en cuando. Habitualmente el nacimiento nunca te recuerda la muerte, pero en la muerte sientes la necesidad de recordar el nacimiento.

Todos se fueron a Lisboa a celebrar mi muerte. Como creían que a mí me hubiera gustado. La mayoría entendía que allí debían cerrar el ciclo de mi vida volviendo al origen. Allí sería el mejor lugar para celebrar la pena que les afligía con mi muerte. Despertar la alegría en una de las ciudades más melancólicas del mundo. Reír cuando todos lloran. Llorar por dentro cuando exhibes una sonrisa para que todos los que te rodean se sientan mejor. Celebrar mi muerte con un homenaje a mis orígenes.

Los más íntimos escucharon muchas veces de mi boca que algo único y especial me unía a Lisboa. Algo más allá de lo vital, de lo material, de lo corpóreo.



Mis padres se casaron en Abril del 74. Como buenos chicos ordenados y tenían todo planeado. No se habían tocado, al menos eso sigue pensando mi madre, más de la cuenta antes del matrimonio, para llegar como Dios manda al mismo. Mi madre sigue convencida de que es la primera chica con la que estuvo mi padre. Mi padre calla e inventa excusas peregrinas cuando le saludan por la calle antiguas amigas. Lo que viene a ser una pareja estándar de aquella época, pero con un toque romántico. Su luna de miel, su primer gran viaje juntos, iba a ser a Lisboa.

Pero hete aquí que a unos militares se le ocurrió la brillante idea de cambiar el régimen político del país y devolver la libertad a un pueblo que llevaba bastante tiempo bajo el yugo de la Dictadura. Hete aquí que sonó Grândola Vila Morena el 25 de abril del 74, a eso de veintitantos minutos después de las 12, por Radio Renascença, y esa era la señal que dio comienzo a la Revolución de los Claveles. Y hete aquí a aquella pobre pareja de enamorados a punto de casarse que ven que por mucho que les gusten los claveles, la libertad y todas esas cosas que iban a conseguir los portugueses con su maravillosa revolución, tuvieron que cambiar su lugar de partida, retrasando y condicionando para siempre mi existencia.

Quizás de aquel no nacimiento llego a esta no muerte.

Al menos oficialmente..."






Voy a poner en cabezadeavestruz un cartelito que ponga “CERRADO POR DEFUNCIÓN”. Porque quizás esté difunto y no lo sepa. Aunque vosotros podáis pensar otra cosa. Probablemente más importante.

CERRADO POR DEFUNCIÓN.




B.S.O.: Dead flowers (The Rolling Stones)


B.S.O.II: Grândola Vila Morena (Zeca Alfonso)


domingo, 13 de enero de 2013

Microrrelato Sin Pudor (Volumen 30): Pastillas para soñar con otras cosas



"Deja pasar la tentación
Dile a esa chica que no llame más
Y si protesta el corazón
En la farmacia puedes preguntar:
¿Tiene pastillas para no soñar?"
(Pastillas para no soñar, Sabina)




Y te despiertas sabiendo que no la vas a ver. 
Y abres el cajón buscando la pastilla que hace que eso tenga menos importancia. 
Y descubres que no te quedan pastillas y que no la vas a ver. 
Y el dolor se hace insoportable y la angustia te agarra el pecho. 
Y sales a la calle a buscar las pastillas a cualquier precio. 
Y esa sensación de ausencia con la que has despertado se convierte en algo peor porque te faltan las pastillas. 
Y es mucho peor, pero ya sólo te acuerdas de las pastillas. 


Y así van pasando los días...




B.S.O. I: Pastillas para no soñar, Joaquín Sabina.
B.S.O. II: Dextroanfetamina, Los Ilegales.

martes, 8 de enero de 2013

Ornitología para adultos (Cuento sobre pajaritos y gente fea)



"Eco de lejos le espía y suspira: ¡Amor!
Como confesarlo sin su propia voz
Un claro del bosque se abre para los dos
La cálida tarde presiente lo peor"
(Canción del Eco, Christina Rosenvinge)



Os voy a contar un cuento. Una historia bonita sobre los pajaritos, el sol y una pequeñita y gris persona que aprendió a volar. Un pequeño cuento de alguien que aprendió a volar sin saber que quién sube muy alto tiene que asumir que la caída puede ser muy dura. 

A esa personita la llamaremos Llo. La podríamos llamar Tu, Ella o Nosotras, pero Llo será el nombre que le pongamos en este cuento.

Llo era una personita sencilla y feliz. Era dichosa y vivía contenta. O al menos eso parecía para todos los que la rodeaban. Llo miraba al cielo y sonreía. Era su actividad preferida. Muchos pensaban que estaba loca, pero Llo era feliz y nadie sabía muy bien por qué. 

¿Quién eres tú niña loca?




Llo miraba al cielo y sonreía porque miraba a sus pajaritos. Cualquiera podía pensar que había estudiado ornitología o que tenía costumbres raras, pero ni esa rama de la zoología tenía especial interés para ella, ni tenía costumbres. 
Llo era rara. 
Llo era maravillosa. 
Y Llo miraba el cielo y sonreía constantemente.

Llo miraba al cielo y se dejaba embelesar por sus pajaritos...


Y embelesarse con sus pajaritos la hacía sonreír y, sobre todo, la hacía vivir. 
Y Llo vivía. 
Y la gente a su alrededor lo sabía y se daba cuenta.

Y de tanto mirar al cielo aprendió a vivir en la tierra. Si hay una moraleja que se puede sacar de este cuento, sin duda será que cuanto más mira al cielo alguien paradójicamente, mejor vive en la tierra. Y viviendo en la tierra Llo era feliz y hacía feliz a quienes la rodeaban. 

Pero un día nublado, como tantos otros en la tierra, Llo miró al cielo y encontró todo gris y oscuro. Y tan gris y oscuro andaba todo aquello, que no podía localizar a sus pajaritos. 

Llo, tremendamente perdida –porque cuando Llo no veía a sus pajaritos andaba perdida, por mucho que no lo pareciera- decidió aventurarse y pasear por sí sola por aquello que era la tierra, por aquel sitio por donde solía andar mirando al cielo. Y miró a su alrededor con desespero buscando alguien que la guiara, alguien de los que estaban tan a gusto a su lado cuando era feliz y miraba al cielo sonriendo. Pero cuando todo se nubla, nadie aparece. Llo sabía eso desde que era muy pequeñita, pero lo había olvidado de tanto mirar al cielo y sonreír, y en ese momento se dio cuenta dolorosamente de nuevo.

Y andando y andando, desorientada como nunca, llegó al lago. A ese lago tan bonito donde rebotaban luminosos los rayos de sol tantos días bellos y se dio cuenta que no brillaba nada allí.

Curiosa, se asomó al lago y vio la realidad:
El agua reflejó su rostro a modo de espejo y Llo no pudo menos que pedir clemencia. Gritó y gritó. Imploró a su alrededor para que alguien escuchara lo que tenía que decir. Lloró una explicación que no tuvo a quién darla y se mortificó dándose cuenta de su fealdad que tanto tiempo había disimulado por tener la cara mirando al cielo y sonriendo.

En ese momento lo supo todo, aunque no hubiera nadie cerca que se lo pudiera explicar:
El pájaro que la guiaba se había despistado por mirar muy directamente el sol y ahora vagaría por el suelo sin ningún rumbo. 
Por siempre.



Llo tuvo que haber estudiado ornitología para hacer todo lo que quiso hacer. Ahora optará por cortarse el pelo mucho y dejarse crecer el pelo de la cara, que son cosas que Llo, aunque es una chica, siempre puede hacer y lo había olvidado. 

No estudió ornitología en su momento y por eso perdió a su pájaro guía. Ahora espera no tener que estudiar peluquería para rasurarse bien la cabeza y dejarse una bella barba...

Quizás así olvide que un día fue feliz, miraba al cielo y sonreía y ahora no tenía ni a quién contárselo.





B.S.O. I: Canción del Eco, Christina Rosenvinge.
B.S.O. II: Sha La La, La Cabra Mecánica.

miércoles, 2 de enero de 2013

La historia que iba a ser más larga pero ha quedado así por tratar de tu cuerpo y de ti, que eres muy pequeñita


(Historia basada en cuerpos reales)





Si pudiera, haría un mapa de metro de tu alma. 

Me centraría en tu cuerpo. Pondría líneas regulares entre tus lunares para así crear una red de trenes que abarcara todo para llegar con facilidad de un lugar a otro. 

Crearía unos intercambiadores de transportes como núcleos neurálgicos de la red en tus pezones, el piercing de tu ombligo y tu clítoris. 

Seré feliz con mi abono transportes viajando por ti. Explorando tu alma en tu cuerpo. 

Porque hay pocos que te lleguen al alma pulsando tu clítoris. 

Yo soy uno de ellos. 

Y tengo abono transporte.


Todo esto, si pudiera…







BSO: Si pudiera, Los Suaves





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