martes, 24 de mayo de 2011

La revolución y tu escote, al que quise tanto


“La auténtica revolución tiene su base en el amor” (Ernesto Che Guevara)

Corrían tiempos de cambio. Buscábamos en las plazas, en las almas, en las personas. Los indignados, los descreídos, los advenedizos, los comprometidos, los solidarios, los oportunistas, los figurantes, los revolucionarios… Todos estaban allí. Había que estar allí, había que levantar la voz, había que decir basta.
De Madrid a Barcelona, de Londres a Tokio, de Sevilla a Badajoz. Eran momentos de catarsis. La energía estaba en el ambiente y nos creíamos capaces de todo.


Y me sumergía en la masa. Y buscaba la respuesta. Y buscaba algo que me había llevado hasta allí, pero que no sabía qué era, aunque me daba igual. La revolución me arrastró y tu escote me atrapó.

Por la multitud era difícil caminar. 
Por tu escote era maravilloso bucear.

“Recuerdo cada detalle: Los alemanes iban de gris. Tú vestías de azul" y tu escote era la revolución en sí misma.

Me quería deslizar entre la masa como uno más. Quería formar parte de algo histórico. Quería estar allí. Porque mi vida está llena de iconos. Mi vida es una sucesión de lugares comunes y de referencias. Mi vida persigue mitos e ídolos. Mi vida se nutre de devociones y paganismos. Aunque en aquel momento, mi vida sólo quisiera sumergirse en tu escote.

Algunos creían que era el buen tiempo. Otros sabíamos que era por mí. Aunque no supieras todavía que nos íbamos a encontrar allí. 

"He cruzado océanos de tiempo hasta encontrarte", te dije cuando me sentía Drácula.

Estuve en el Mayo del 68 de París, leí en una pared aquello de “Tomen sus deseos por realidades” y te lo dije en privado. Sólo para ti. Porque sabías que lo único que me importaba era tu escote.

¿Se puede amar un escote con sólo verlo? ¿Puede llevarte a un sentimiento obsesivo mayor de lo que puedas haber conocido? ¿Puedes luchar por el cambio, por la revolución y por ese escote, a la vez y con todas tus fuerzas?

En la revolución de nuestra vida me encontré con tu escote. 

Y me hizo perder el norte. 

Y decidí luchar... 
Tu escote así me lo pedía.

Tu escote es de las cosas más sensatas por las que se puede luchar.

La revolución, tu escote y yo, que nos quisimos tanto… Aquel año que vivimos peligrosamente.



Postdata aclaratoria (Innecesaria como siempre, inútil como de costumbre):
Decían en el parisino Mayo del 68 que “bajo los adoquines hay arena de playa”.
Daniel Cohn-Bendit, protagonista destacado del Mayo del 68, escribió un muy recomendable libro titulado “La Revolución y nosotros que la quisimos tanto” hace mucho tiempo.
Casablanca es una gran película. Digan lo que digan.
El Drácula de Francis Ford Coppola también.
Me encantan los escotes. Me pierden los escotes. Soy un ser muy primario…

Posdata aclaratoria 2 (Esta vez, necesaria):
Hoy cumple 70 años Bob Dylan. El maestro creó una obra de arte en forma de canción que se llama “The times They are a-Changing”. Viene mucho al caso. Como casi todo lo que ha escrito y cantado Dylan. Por los años de los años…


lunes, 16 de mayo de 2011

Fotos que me hubiera gustado hacer a mí (Volumen IV): Dioses y monstruos

"Las mujeres más lindas resultan casi siempre las más aburridas, y ese es el por qué, de que ciertas personas no crean en Dios".
Woody Allen (Sin plumas)


FOTO: Yves Herman (REUTERS)

Ahí está. 
Mirándome directamente. 
Pendiente de mí, que presto toda mi atención. 
A pesar de que detrás de Él haya una nube de rabiosos fotógrafos que han venido a coger su mejor pose y que se tendrán que conformar con que Él se digne a dar la vuelta y dedicarles una miradita desde sus históricas gafas de pasta.

Ahí estoy. 
Plantado frente a frente a uno de mis mitos. 
Me mira directamente tras sus gafas de pasta negra, aunque detrás tenga una legión de fotógrafos pagados por buscar una instantánea con su mirada, con algún gesto, con alguna mueca. 
Me mira a mí y da la espalda al mundo. 
Al menos, mediáticamente. 
Hoy en día no eres nadie si no sales guapo en las fotos. 
Él nunca ha sido guapo, pero me da igual. 
Estoy enamorado de Él desde que lo conozco. 
Aunque no crea conocerlo a fondo, lo que sé ya me vale para rendirle pleitesía eterna. 
Es más de lo que de la mayoría de los habitantes del mundo en el que habito puedo decir.

Ahí estamos. 
En comunión. 
Lo divino y lo humano. 
Sin saber muy acertadamente quién es quién. 
Él no me conoce a mí. 
Yo sólo sé de Él por sus películas, por sus escritos… 
¿Quién engaña a quién? 
¿Merece la pena adorar a un ser pequeñito que da la espalda a una legión inmensa de periodistas acreditados para mirarme a mí?

Decían en Nadie conoce a Nadie que “hay que creer en algo, en la religión, en la política. O en un par de tetas, pero hay que creer en algo”…

Yo creo en las tetas, eso está claro. 
De religión y política no hablo porque pierdo amigos. 
De tetas sí me gusta hablar...

Hay gente a la que le gustaría creer en Dios, pero sólo cree en Billy Wilder.
A mí me gustaría creer en ti, pero creo en Woody Allen.

No sé quién o qué es Dios.

No sé si creo en Él o no.

Siempre he sido más de sacerdotisas.

Aunque a esas sí que no me las creo… 

Y me da igual.


Posdata Irrelevante (Como casi todas): Llevar tanto tiempo con esta canción de melodía del despertador quizás tenga algo que ver...


miércoles, 11 de mayo de 2011

Otra noche sin dormir (Volumen 10): Sangre.


Cada vez son más las noches que paso en vela. Llevaba un tiempo de tranquilidad, de sueño más o menos estable, pero se acabó. Hoy me he vuelto a despertar nerviosa en mitad de la noche. Me he vuelto a despertar nerviosa, alterada y no he vuelto a poder conciliar el sueño de nuevo.

Sin ninguna razón. 
Sin ningún motivo. 
 
El calor, tu ausencia, mi inestabilidad emocional, los problemas de salud de mis seres queridos, el ruido de los vecinos follando como perros en celo… Muchas pueden ser las causas, pero ninguna me convence del todo. 
 
Como siempre.
 
Traté de incorporarme y afrontar valientemente otra noche en vela. Hace mucho que me acostumbré a usar el insomnio para algo útil, aunque nunca sepa muy bien para qué. Apoyé la mano en la cama para incorporarme y cuando la levanté vi cinco putos puntos rojos sobre las sábanas blancas.
 
Hay quien dice que el blanco no es el mejor color para dormir. También hay quien dice que debo fumar menos si quiero dormir mejor. No puedo hacer caso de todo lo que me dicen. Los cinco putos puntos rojos me dicen algo, pero no sé qué es.
 
Cinco putos puntos rojos en las sábanas blancas.
 
Cojo la sábana para mirarlos más de cerca, y aparecen más putos puntos rojos: Mis dedos.
 
 

 
 
Tengo las yemas de los dedos llenas de sangre. Tengo las yemas de los dedos de las dos manos con heridas sangrantes. Seguramente esté dormida y todo esto no sea más que otra de mis pesadillas simbólicas. No tengo ni idea qué querrá decir esta pesadilla, pero me da mucho miedo porque estoy despierta, veo putos puntos rojos en las sábanas y tengo heridas en las yemas de los dedos.
 
¿Qué coño es esto?
 
Pensé en llamar a urgencias, pero teniendo los dedos como los tenía, hubiera dejado el teléfono hecho una mierda. Además, me di cuenta de que me empezaban a doler un poco. Y el miedo hizo que me olvidara de la estética del teléfono –cuando una está asustada, lo último en lo que piensa es en la estética, a no ser que seas una princesita presumida y no es el caso- y como tantas otras noches de ausencia de sueño la llamé. A mi confidente, a mi ángel, a la única que vigilaba mis sueños y podría comprenderme y ayudarme.
 
-Necesito verte…
-¿Qué pasa?
-¿Por qué tiene que pasar algo?

Un silencio que se me hizo eterno precedió a sus siguientes palabras.
 
-Porque sólo me llamas cuando necesitas algo
-Eso no es verdad
-Bueno, no es verdad… Sólo me llamas cuando te pasa algo y sólo yo te puedo ayudar.
-Necesito verte…
-¿Qué te pasa? ¿Me lo vas a decir de una puta vez? –Los tacos en su boca resonaban más fuerte que en cualquier otra boca. Cuando ella decía “puta” parecía que las trompetas del apocalipsis abrieran el cielo… Y eso, me ponía muchísimo- No tengo toda la noche. ¿Sabes qué hora es?
-No tengo ni idea, pero necesito verte…

Estuvimos así más de veinte minutos. O dos horas y media, realmente no lo sé. Ella tenía la capacidad de hacer que el concepto “tiempo” perdiera cualquier sentido y rigor para mí. Sólo sé que dijo, enojada, más de tres o cuatro veces “puta” a lo largo de la conversación. Y eso me pone mucho. Y cuando me pongo, el tiempo pierde aún más importancia de la que ya no tiene cuando hablo con ella.

Le conté el incidente. Le conté lo de los cinco putos puntos rojos en las sábanas blancas. Nunca he sabido si la palabra “putos” en mi boca a ella le pone. Le conté lo de las heridas en las yemas de mis dedos. Le conté que de nuevo estaba pasando otra noche sin dormir. Le conté tantas cosas que casi me olvidé de lo esencial, aunque hasta ese momento no hubiera sabido qué era: “Necesito verte”.
 
-Tú lo que necesitas es dejar de tocar el piano en sueños
-Yo no toco el piano en sueños… Es más, sabes que ni siquiera sueño… Sólo cuando tú apareces.
-Todo el mundo sueña, lo que pasa es que tú no recuerdas los sueños. Sólo te acuerdas de mí.
-Y tú, ¿No eres un sueño?
-Soy real, imbécil. Pero sólo te acuerdas de mí cuando te pasa algo.
-Necesito verte…
 
Llevaba un tiempo soñando con su espalda, pero no quería confesarlo. Mis dedos recorrían su espalda en sueños de lunar en lunar, de peca en peca, como una experta exploradora. No recuerdo perseguir las teclas de ningún piano, por más que ella se empeñe. No recuerdo creerme Franz Liszt, Jerry Lee Lewis ni siquiera Pablo Sebastián, pero conozco su espalda como siempre hubiera vivido en ella. Aún con la luz apagada, aún en sueños.
 
-Deja de tocar el piano. Te estás haciendo polvo los dedos.
-Necesito verte
-Deja de llamarme cada vez que no puedas dormir. Pero, sobre todo, deja el piano. Te estás haciendo mucho daño. Y vas a dejar todo perdido con las putas heridas que te haces en las yemas de los dedos cuando te pasas toda la noche tocando…
-Sangre o no, necesito verte.
 
Colgó el teléfono. Seguía sin poder dormir. Cogí el mando de la tele y pulsé un botón al azar, como tantas otras veces. Una señorita con los pechos muy grandes trataba de venderme una trituradora de verduras. Yo sólo quiero volver a dormir y necesito verla.
 
En medio del mando ha salido un puto punto rojo. No me pone la palabra “puto” cuando la digo yo.

No sé tocar el piano. Nunca lo he intentado. Ni siquiera tengo piano en casa: No cabe… ¡Puta escasez de espacio!



jueves, 5 de mayo de 2011

Elegía por Osama Bin Laden


Sí.
Has venido hasta aquí.
Lo has hecho porque te ha llamado la atención el nombre de unos de los personajes más siniestros de la Historia de la Humanidad. Hay muchos, pero éste tiene, un lugar preferente y está ahora mismo de rabiosa actualidad.

No.
No has venido para verme a mí.
Yo no conocí a Osama Bin Laden. No soy analista político. No soy quién para hacer un juicio de su figura, ni de sus actos. No voy a entrar a analizar si está muerto o no, si está en el fondo del mar o si ni siquiera existe.

Yo sólo he nombrado a Osama Bin Laden para llamar tu atención.

No sé muy bien por qué, pero necesitaba llamar tu atención. Como tantas veces, no voy de cara. Necesito subterfugios extraños, como éste. Necesito hacer cosas raras. Necesito que sepas que existo. Necesito que sepas que estoy aquí.

Hay gente que vive y vivirá de la figura de Osama Bin Laden. Yo sólo lo voy a utilizar para que te acerques a mí. Muchas veces te he mentido. En millones de ocasiones te he dicho medias verdades. Sería imposible contar cuántas veces he disimulado. Ahora sólo estoy utilizando un sucio recurso para que llegues aquí y te acurruques a mi lado.

Estés donde estés, puede que llegues a mí porque te llama la atención una Elegía por Osama Bin Laden. No está aquí, ni es ésto. Dicho así puede quedar feo y rebuscado, pero ha funcionado: Estás aquí, has venido...


Necesito que te acurruques a mi lado. Te noto lejana, te veo fría. Pero soy tan despreciable que utilizaré cualquier recurso que sirva para acercarte a mí nuevamente. Quizás no deberías saberlo, pero he vuelto a esconderme tras un truco barato. Aunque creo que mandar a Osama Bin Laden al fondo del mar no habrá sido nada barato.

¡Es igual!
Para mí no es más que una excusa.
Un pretexto, una coartada, o como lo quieras llamar.

Soy yo.

Estoy aquí.

Y he utilizado a Osama Bin Laden para que sepas que sigo esperando que te acurruques a mi lado.

En un twitter por ahí he leído algo así como que "hay que ser muy malo para que te mate un Premio Nobel de la Paz".

En mi cabeza he encontrado miles de razones para explicarme por qué no te acurrucas a mi lado. Quizás deba buscarte en el fondo del mar. Debe ser un buen lugar para morir. 

Yo sólo quiero que te acurruques a mi lado. 

Aunque tenga que acordarme del fondo del mar…


lunes, 25 de abril de 2011

25 de Abril: SEMPRE



Se acostó, y como todos los días, encendió la radio para dormir. Las diatribas insustanciales sobre los ases del balompié inundaron su cabeza y se fue adormilando…

Dejó de oír la radio y, sin saber bien si soñaba o despertaba de un sueño, creyó verlo claro nuevamente. Y le volvió a dar miedo:

Hace tiempo que la gente no sale a la calle.
Hace tiempo que no recordamos nada más allá de lo inmediato.
Hace tiempo que siento que no me queda tiempo.
Hace tiempo que el tiempo no existe.
Hace tiempo que me di cuenta que el tiempo no existe.
Hace tiempo que te intenté explicar que el tiempo no existe.
Hace tiempo que no sonreímos como cuando éramos niños.
Hace tiempo que el mundo ya no es lo que era.
Hace tiempo que ya no somos lo que éramos.
Hace tiempo que ya no somos lo que soñamos ser.
Hace tiempo que no soñamos…



Hace tiempo que supe que no soy alérgico a las flores.
Hace tiempo que alguien le dijo a mi madre, en el momento que llegué al mundo: “Acaba de tener usted un portugués”.
Hace tiempo que pongo la radio esperando una señal.

Como aquella noche.

Como aquel 25 de abril de 1974, cuando pasan venticinco minutos de las doce la noche, cuando Rádio Renascença transmite Grândola Vila Morena.


Subió el volumen y volvió a tener esperanza.

(Menos mal que nos queda Portugal...)


viernes, 22 de abril de 2011

Tirando de archivo: Besos Furtivos





La siguiente entrada fue publicada en cabezadeavestruz el 9 de Abril de 2010. Por la proximidad del Sábado de Gloria, lo oportuno de las fechas y alguna sugerencia recibida al respecto, nos congratulamos con la idea de volver a publicarlo y que alguien lo descubra por primera vez.Y por supuesto, lo hacemos...
Gracias por la atención y enhorabuena a los premiados



Siempre había tenido muchas ideas en la cabeza. A veces le dolía por no poder soportar tantas y tantas locuras (las llamarían algunos), ensoñaciones (dirían otros), divagaciones (pensaría ella) o estupideces (asegurarían sus mayores). Le dolía no poder dar rienda suelta a todo lo que su cerebro llega a tener en su interior. Le aterra pensar que habrá muchas más cosas dentro de su cabeza el día que se muera, que las que podrían salir de ella aunque viva catorce millones de vidas más sin actividad cerebral, dedicada exclusivamente a dar rienda suelta a sus ideas
Algunas son recurrentes: Son las mil veces repetidas. Son las que producen obsesión. Son las que cíclicamente se repiten una y otra vez y que nunca son satisfechas por más que las deje vía libre. Sueños, obsesiones, instintos…

Toda ella es especial. Le gusta la idea de besar a desconocidos sin que tengan tiempo de reacción e huir. Es una actividad excitante, furtiva, aunque también peligrosa. Las mejores ocasiones siempre aparecen a la salida o entrada de los bares atestados de gente. Una mirada esquiva aunque penetrante en la distancia. Un acercamiento que finge ser casual cuando las trayectorias de las personas se cruzan en sus respectivos intentos de salir y de entrar en el garito. Un acercamiento intencionado y un beso apasionado, para instantes después, desaparecer entre las masas. Las reacciones y consecuencias de la acción son muchas y las que la conocemos podríamos contar miles de anécdotas –algunas terribles, otras excitantes y maravillosas- surgidas de esa extraña costumbre. Su actual pareja es fruto de un beso a persona desconocida. Su anterior pareja dejó de serlo porque se enteró de que había practicado a menudo el beso a desconocidos. Su vida amorosa, puede decirse que gira en torno a su extraña tendencia de besar a personas desconocidas. Algunos le llaman sexo, ella y yo lo llamamos amor. Una de las formas de amor más puras y dignas que puede haber. Sin ambages ni condicionantes. Partiendo de la fascinación por alguien. Alguien no conocido, alguien al que acaba de ver en la lejanía y con el que quiere hacerse uno, aunque sólo sea el instante eterno de un beso apasionado.
Hay quien ve esto como una soberana gilipollez. Otras lo vemos como una bella manera de caminar por la vida. En esta sociedad se da demasiada importancia, pero para mal, a los besos. Se protegen y se hacen exclusivos. Se monopolizan. Se convierten en valla de propiedad. Se les cortan las alas. Ella simplemente es una liberadora de cariños y fascinaciones. Adora besar a desconocidos. Fugazmente. Apasionadamente. Con los cinco sentidos. Y esto es más de lo que se puede decir del noventa por ciento de los besos que se dan cada día en el mundo. Un beso suyo a una persona desconocida tiene más de verdad que la mayoría de los besos que los demás, timoratos cobardes, daremos durante toda la vida, por muy enamorados o apasionados que estemos en el momento de hacerlo. Un sorpresivo beso suyo conlleva más pasión y verdad que ninguno de los que yo llegaré a dar en mi vida. Sólo uno de sus besos a cualquiera transmite más amor que el que la mayoría de nosotras vayamos a compartir en nuestras insípidas y correctas vidas de besos medidos, calculados y casi programados.

Para ella son cinco segundos. Su beso hace que la vida sea eterna en cinco segundos. Y no necesita los cinco minutos que cantaba Víctor Jara, le basta con cinco segundos. Cinco segundos de ternura, de amor sincero, de pasión, de plenitud…
Adoraba las multitudes: En ellas se hacía más fácil encontrar personas a quienes besar. Aunque no las buscaba conscientemente. Los conciertos, las manifestaciones, los bares de moda… Todos esos sitios dónde se congrega mucha gente. Allí se movía como pez en el agua, eran sus “San Valentines” particulares.

A pesar de ser una chica terriblemente desordenada y disoluta, le llamaban poderosamente la atención, le encantaban, casi todas las manifestaciones y formas sagradas. ¿Qué hay más sagrado que el amor? Lo místico, lo sacro, lo ritual. Esperaba ansiosamente la llegada de la Semana Santa a su ciudad para extasiarse de manera disimuladamente profana con el deambular de los pasos por su ciudad, los olores a incienso, a claveles y a cera, los resplandores en las penumbras, los silencios, las solemnidades…
Sus amigas nunca entendieron dónde venía ese interés por tan arcaica tradición. No comprendían cómo a una chica como ella, con tantas diatribas mentales profundamente alejadas de lo ritual, de lo religioso, podía tener el más mínimo interés en una celebración tan rancia y arcaica como son los días en los que se conmemora, folklórica e hipócritamente, la pasión de Cristo.
La Semana Santa está masificada. Las procesiones son un hervidero de gente que ve pasear a dos filas de nazarenos que preceden a un paso que engrandece una figura religiosa. La oscuridad, lo solemne… Los olores, las músicas, los silencios… En esas celebraciones todo es más difícil: La gente observa, las masas juzgan, las personas miran con desdén a todo el que se salga del ritual. Por el centro de la celebración llevan túnicas y capirotes y nunca estás seguro de que cuando levantes la tela que le cubre la cara vayas a encontrarte la belleza que requiere un beso, por muy furtivo que sea.

Pero ella era diferente. Ella tenía mucho amor que dar ¿No es eso lo que predicaba Cristo? Ella quiso besar a quien merecía ser besado, como tantas otras veces. Pero esta Semana Santa no se jugaba una discusión con una pareja celosa, un bofetón a destiempo, o un enamoramiento indebido… Esta Semana Santa, en esa procesión no parecía una buena idea, pero como siempre dijo ella: ¿Quién marca qué está bien y qué no está bien?...

En los periódicos la trataron de loca, de provocadora, de obsesa, de desequilibrada… Tantos y tantos injustos adjetivos que a los que la conocemos nos parecieron excesivos cuanto menos, por no decir fuera de lugar e injustos. Más aún si analizamos la escasa descripción que se hacía en esa misma noticia de la cantidad de cofrades, de estandartes, de cirios, de cruces… Que golpearon su cuerpo sin piedad hasta que la policía la consiguió sacar de allí.

Paradójicamente recuerdo cómo ella decía que no había nada más peligroso que una persona “piadosa” y “beata” fuera de sí. Su educación en colegios del Opus le hacía hablar con cierto conocimiento de causa.


Hoy voy a verla al Hospital. Sigue sin tener buena pinta. Los médicos no dan mucha esperanza de recuperación. Seguramente no vuelva a andar en una buena temporada y va a tener que depender de alguien muchísimo tiempo para hacer las cosas más elementales. A pesar de todo, ella sigue sonriendo bajo los aparatos que le sujetan la mandíbula y las heridas que afean un poco (sólo un poco) su bello rostro. Ella sigue soñando. Ella sigue amando. Ella sigue viviendo:

- Tenemos que ir al cine en cuanto salga de aquí
- Lo que tú quieras. ¿Qué quieres ver?
- Alicia, la de Tim Burton
- Por supuesto, cuenta conmigo. Además, Johnnhy Depp en 3D debe estar…
- Lo que daría por poder besarlo… Si me lo cruzara un día de estos…
- ¿No puedes parar? ¿Cómo puedes estar pensando en eso ahora?
- No puedo. ¿Hay algo más importante con lo que soñar? ¿Hay algo más por lo que merezca la pena vivir?

No encuentro respuesta. Probablemente lleva razón.

Sólo hay algo que me gustaría que fuera diferente: Me gustaría ser Johnny Depp. Me gustaría ser desconocida para ella. ¡Cuántas veces he fantaseado con ser esa persona desconocida a la que miraba en el medio de una multitud y a la que acaba besando! ¡Cuántas veces he soñado con no conocerla para que ella me pudiera elegir a mí!

A veces me planteo que quizás debería darle un beso.
Pero no me atrevo.
Yo no soy como ella.
Yo soy normal.

Aunque no hay día que no me maldiga por serlo…



martes, 19 de abril de 2011

El Tomate: Ese gran desconocido


Hubo un tiempo en el que me dio por ir todas las tardes a tomar algo a aquel extraño local. No sé porqué pero me aficioné a ese rollito tan de moda de la vida sana y, además de otras estúpidas y cansinas acciones en pos de mejorar mi salud y mi estado físico, cogí la rutina de convertir aquel bar de cócteles naturales en uno de mis sitios de referencia y de visita obligada y casi diaria. Yo, que he frecuentado con verdadera devoción los peores antros de mi entorno y de varios kilómetros a la redonda, llevaba tiempo probando todas las combinaciones frutales que se ofertaban en aquel nuevo sitio de referencia.
Reconozco que lo empecé a frecuentar por pura moda y esnobismo, pero la mirada de aquella chica me atrapó y me dejé llevar. Empecé a tomarme como una obligación no faltar a mis tardes de frutas y verduras licuadas sólo por verla a ella.
Me miraba y yo la miraba. 
Primero con recelo, después más abiertamente. 
Me miraba y me sonreía. 
Toda mi vida he estado buscando la respuesta al interrogante del cruce de miradas. Yo sé porqué miro, pero nunca sospecho porqué me miran. El juego de miradas para ligar es esencial, pero nunca lo he controlado. Pero esa mirada, acompañada de esa sonrisa luminosa, no podía engañarme. Me miraba y la miraba, nos mirábamos. Aguantábamos la mirada de aquella manera que no dejaba lugar a dudas.
Mi nueva condición de chico sano aficionado a los combinados de frutas y verduras hacía más difícil que nunca el acercarme a ella. Si borracho siempre fui un pusilánime, en un ambiente saludable y energético era poco más que una acelga impasible.
Cuestión de tiempo, pensaba para mis adentros. Para mis cada vez más saludables adentros.
Y, sorprendentemente, llegó el día.
Ella se acercó a mí. Me dijo que llevaba mucho tiempo observándome y que quería invitarme a su cóctel favorito. 
Yo también llevo mucho tiempo observándote, dije como si no fuera evidente. ¿Qué lleva este cóctel? Pregunté sin el menor interés. De todo, dijo ella, con asombroso gran entusiasmo. Tómatelo y te hará bien, y luego te dejo que me invites tú a lo que quieras. Faltaría más, accedí como no podía ser de otra manera.
Así pasamos varios días. Así pasábamos las tardes en aquella maravillosa primavera. Evita los espárragos, el ajo, la cebolla, los lácteos, el brócoli, la coliflor, las coles de Bruselas… Me decía como si fuera una farmacéutica de barrio con mucha experiencia. Y por supuesto, evita los alimentos grasos, el pollo, las especias, el café, el chocolate… No fumas, ¿Verdad? Aquello empezaba a ser demasiado extraño. ¿Se trataría de una especie de sacerdotisa de una secta que quería captarme? Si así fuera lo habría conseguido de sobra, pues me esmeré en seguir sus consejos cual discípulo obediente, aunque fumaba y tomaba café a escondidas y nunca se lo confesé.

A partir de hoy, tienes que esforzarte en comer más piña, ciruelas, mango, nectarinas, perejil, menta, hierbabuena, te verde… Sí, mi ama, pensaba para mis adentros.
Mis adentros. 
Es lo que a ella interesaba. 
Mis adentros.
¿Por qué me dices todas estas cosas? ¿Qué quieres conseguir con todo esto? Le dije una vez que me armé de valor y que mi dieta y mi vida giraban torpe y totalmente en torno a ella… Y sobre todo, ¿Cuándo follamos? (Esto último no lo dije, pero evidentemente, ni todas aquellas frutas, verduras y recomendaciones alimenticias me lo habían quitado de la cabeza).
Llegado el momento lo sabrás.
¿Y cuándo será eso?
Pronto, ya estás casi preparado, aunque eso nunca se sabe. A partir de hoy, deberías darte al tomate todo lo que puedas, la primera impresión es muy importante. Bebe zumo de tomate o cómelo a diario. Todo lo que te parezca y puedas…
Pero… (El “cuándo follamos” no hacía más que retumbar en mi cabeza) Todo esto, ¿Para qué? ¿Por qué tomate?
 
El tomate aumenta la cantidad y hace que el semen sea más líquido. Ahí no supe que decir. Y ya te he contado demasiado. ¿Te fías de mí? Por supuesto… 
Había dicho la palabra semen y me había sonreído como nunca, nada malo podría pasar ya, aunque mis visitas al baño eran cada vez más frecuentes y extrañas desde que empecé a hacer caso de sus recomendaciones. Pues tranquilo, que en poco sabrás a cuento de qué viene todo esto. Y créeme, no te arrepentirás. Ninguno suele hacerlo. Toma, te he pedido un zumo de tomate. Por cierto, ¿No serás diabético? Me encantan los diabéticos… Estuve a punto de decir que sí, pero… ¿Quiere mi semen? ¿Para qué? Aquello no tenía ni pies ni cabeza… Seguramente eran imaginaciones mías, como siempre… Aunque no podía quitarme de la cabeza lo obvio: ¿Cuándo follamos?
Días después, como todas las tardes, llegué donde de costumbre, con la sensación de que se me estaba poniendo cara de ciruela atomatada y que todo el mundo me miraba. Pero faltaba algo: Su mirada, su sonrisa.
Por un momento me sentí una estúpida nectarina con patas al no verla por allí. Cuando desesperado empecé a buscar la cámara oculta que, seguramente, sería la responsable de toda aquella extraña historia y empezaba a ponerme rojo como un tomate, la vi llamarme desde la puerta del almacén.
Ven, tonto, ven aquí.
Suspiré aliviado. Y me faltó tiempo para cruzar todo el espacio que me separaba de ella.
Estás colorado, ¿Creías que no iba a venir hoy? Hoy es un día muy especial. Hoy es el día. Por fin ha llegado, creo que ya estás preparado. Estás rojo como un tomate…
“Rojo como un tomate” ¿Y qué esperabas? ¡Hoy es el día! ¿Cuándo follamos? Tengo mal cuerpo, creo que no voy a poder seguir mucho más tiempo con esto… Evidentemente no le dije nada esto. Sólo acerté a pronunciar un torpe y atomatado, Hola guapa, ¿Dónde vamos?
Pasa dentro y ponte cómodo. Siéntate en el sofá.
Velas aromáticas y el Purple Rain de Prince sonando de fondo creaban un ambiente inmejorable. Colocó un par de cojines y se arrodilló entre mis piernas. No sabía qué decir. Tampoco importaba ya: Había llegado el momento.
Me bajó los pantalones hasta los tobillos y mi polla saltó como un resorte en cuanto dejó de estar presa de la tela de mis calzoncillos. Pensé que quizás tenía una erección desde la primera vez que la vi. Se lanzó a mi entrepierna y me hizo la mejor felación que nadie pudo recibir nunca. Al menos eso me pareció a mí. No pude ni quise -creo- reaccionar. No dije nada, no hice nada. 
En menos de tres minutos descargué en su boca como un torrente desbocado. No dejó escapar ni una gota. Con deseo y sed inaudita paladeó todo lo que fue saliendo de mí como si de alguno de los cocktails del bar se tratara. Su lengua se movía hábilmente recogiendo todo lo que se escapaba entre la comisura de sus labios. Se incorporó y me dio las gracias.
¿Gracias? ¿Por qué?
Por haberte fiado de mí. Por haberme hecho caso. Espero que te haya merecido la pena.
Y tanto. Pero eso no lo dije. En su lugar esbocé un torpe y entrecortado Pe-pe-pe-ro…
De acuerdo, supongo que te debo una explicación.
Pues no vendría mal, creo yo...
Salimos al bar y nos tomamos unos zumos de tomate. Me explicó que de cuando en cuando, buscaba chicos que le llamaran la atención y que los viera saludables. Los intentaba convencer de las ventajas de estar sanos y de comer ciertos alimentos, además de evitar otros. Todo enfocado a dar un buen sabor al semen. Me dijo que sabía que yo tenía potencial, que sólo era cuestión de conducir mi alimentación. Me dijo que le encantaba el semen, pero no podía ni imaginar lo que se probaba por ahí. Me dijo que de tantas malas experiencias y malos tragos (Nunca mejor dicho) que había tenido, se propuso un buen día apostar sobre seguro, costara lo que costara. Primero buscó diabéticos. Después pasó horas muertas en las pastelerías, pero la mayoría de los que son muy aficionados al dulce lo descompensan con el resto de su dieta. Finalmente acabó encontrando aquel sitio donde solíamos entrar novatos en la materia como yo, gente fácilmente conducible por la vida sana y por las materias primas adecuadas para su causa. Llegó a un acuerdo con el dueño de la coctelería y le cedió aquel cuartito a cambio de no utilizarlo nunca antes de que la potencial “víctima” hubiera consumido un mínimo de 15 o 20 consumiciones. 
Y en esas estaba.
Le pregunté qué número hacía yo en su cacería.
No quiso contestarme por discreción.
Le pregunté qué tal sabía.
No quiso contestarme por discreción.
Nos pasamos así varias semanas. Empecé a abandonar la vida sana. Cada vez me cuidaba menos. Algún día incluso me recriminó que estaba relajando un poco mis costumbres. Me acusó de comer espárragos, ajo, e incluso me pilló fumando. Sin venir a cuento, dejé de ir a verla. Pensé que era lo mejor. No quería acabar mal con ella.
Hace poco volví a pasar por allí. La saludé y le pregunté qué tal le iba. Me dijo que últimamente estaba bastante bien la cosa. Tenía a varios chicos “enganchados”. No podía quejarse. Desde que abrieron un gimnasio frente a la coctelería el número de potenciales víctimas había aumentado de manera espectacular. Llevaba incluso una agenda para no encontrarse con momentos que pudieran incomodar a sus chicos.
Hablamos del semen de sus propiedades, de sus sabores y sinsabores, de sus texturas. Le pregunté si merecía la pena tanto esfuerzo. Me volvió a mirar como aquellas veces y sonriendo como sólo la he visto sonreír a ella me dijo:
Por supuesto. Merece mucho la pena. 
 
Le dije que porqué sólo valoraba el sabor y no sus propiedades para la piel. Me miró extrañada. ¿Qué le pasa a mi piel? Nada, preciosa, nada.
¿Quieres saber una cosa? Eres de lo mejorcito que me he encontrado y te echo de menos. ¿Sabes por qué? Creo que tú lo disfrutabas tanto como yo...
La besé y prometí volver a verla alguna vez.


Ha pasado el tiempo pero a día de hoy, todavía, cuando veo un tomate me pongo cachondo.

martes, 12 de abril de 2011

Atrapar un instante

La conocí de casualidad. Su película preferida era Atrapado en el tiempo, lo cual parece un dato sin importancia a primera vista, pero es la clave de la historia.
Si recuerdas la película, el personaje de Bill Murray se ve atrapado en un día de su vida, El Día de La Marmota, y se ve condenado a repetirlo una y otra vez. Después de un tiempo de frustración y de maldecir su suerte, con el desarrollo de la historia, lo va convirtiendo en una ventaja y aprende a disfrutar de ello.

Ella no quería vivir en El Día de la Marmota. Ella tenía la capacidad de atrapar los instantes. Tantas veces trató de enseñarme a hacerlo que con el tiempo, creo que empecé a conseguirlo de alguna manera.

No sé si lo hacía bien o mal, pero lo intentaba. Es una obsesión humana. Si estás viviendo algo fascinante, porqué no quedarse a vivir en ese momento. Si hay un momento que colma todo, la luz te atrapa, el calor te derrite, el placer te subyuga, el bienestar te arropa… ¿Por qué salir de él? ¿Por qué bajar a la Tierra? ¿Por qué buscar otro?
 
El mayor drama que encontraba en la vida es el saber que nada era eterno. Ella tenía la respuesta. Para ella, no existía la eternidad, pero sabía alargar los momentos todo lo que quería. Sabía atrapar el instante. Sabía quedarse en él hasta que encontraba otro mejor. Sin moverse, sin buscar demasiado. Atrapaba el instante.

No la veías. 
No estaba. 
No te reconocía. 
No la importabas. 
A no ser que fueras parte de SU momento. Y cuando te atrapaba en su momento, sabías que nada volvería a ser lo mismo nunca jamás.

Y no era fácil. 

Yo, lo reconozco, amante y esposa con vocación religiosa, no estoy educada para alcanzar tal grado de perfección. No estamos entrenadas en sensaciones intensas. No estamos preparadas para dejarnos atrapar por momentos demasiado intensos, o al menos, no para estar en ellos más tiempo que el instante en sí.

Miré atrás y me busqué en los bolsillos, pero no encontré más que despojos intensos. Momentos que no merecían ser atrapados pero que llevo guardados como si de una documentación más se tratara: El instante en el que me caí del triciclo cuando tenía tres años delante de la humanidad entera, el día en el que te vi con otro y le miré a los ojos, el segundo estribillo de Brown Eyed Girl rayado en un vinilo de mi hermano mayor por mis ansias de escucharlo una y otra vez, el despertar del coma terriblemente consciente, por primera vez, de que no sería esa gran gimnasta que soñaba ser antes del accidente…

Y pensé que debía tirarlos. 
Y los tiré. Una y otra vez. 
Y volvían a mí. Una y otra vez.

Ella siempre decía que los instantes hay que atraparlos, pero que también hay otros que te atrapan sin que tú lo quieras, incluso contra tu voluntad.
No había terminado aún de decir “voluntad” y la besé con toda mi alma.

-Atrapa este instante.
-No lo quiero, tengo muchos…

Me fui con la cabeza gacha esperando que mi mirada al suelo me diera más instantes o más momentos que atrapar… Pero me quedé con el último. Ella no lo quería pero yo me lo iba a quedar. Por fin había aprendido. Y ella también se lo quedaría. Aunque intentara tirarlo. Incluso contra su voluntad. De eso estaba segura…



Postdata Innecesaria (Como casi todas):
Hay quien piensa que esto debería haberlo posteado el 2 de Febrero que es cuando se celebra El Día de la Marmota. Pero esto, no va del Día de la Marmota, ni de la película. Ni siquiera de Andy McDowell… Va de instantes...


martes, 5 de abril de 2011

Microrrelatos Sin Pudor (Volumen 16): Jaulas para Grillos


Pasó media vida construyendo jaulas para grillos. 
Nadie le recuerda por ninguna cosa más que ésa. 
Es un buen motivo. 
Mucha gente busca la inmortalidad en actos inalcanzables, pero él sólo construía jaulas para grillos.

No sabemos bien por qué lo hacía, nunca lo contó. 
Hay quien dice que le daba miedo el mundo exterior y para evitarlo construía jaulas para grillos.

"Muchacha en la Ventana". Salvador Dalí



Ahora vivo en una jaula de grillos. 
No es muy amplia, pero estoy a gusto en ella. 
No necesito más para existir. 

Quizás la inmortalidad sea esto: 
Vivir en una jaula para grillos.


martes, 29 de marzo de 2011

Ever dance with the devil in the pale moonlight?

Día 1: Preparativos del baile.

Número 2 salió de casa como todas las mañanas, apresuradamente, temiendo llegar tarde a su lugar de trabajo.
En la esquina de siempre, donde solía ver al indigente de costumbre, una figura misteriosa le sorprendió:
 
-    Buenos días, número 2. Soy el Demonio.
-    ¿Cómo dice?
-    Ya me has oído… Soy el Demonio y estoy muy descontento contigo últimamente. Tu comportamiento no está siendo nada adecuado.
-    ¿Quién es usted para decirme cómo me estoy portando últimamente?
-    Por última vez: Soy el Demonio y he venido a hacerte una advertencia. Últimamente te estás portando demasiado bien. Tenlo en cuenta.
Dicho lo cual, se esfumó tras una cortina de humo en las narices de Número 2.
Número 2 no le dio demasiada importancia. No solía dar importancia a casi nada, y menos a alguien que dice ser el Demonio y que le indica cómo tiene que comportarse.


Día 2: Preparativos del baile.
 
Número 2 salió de casa como todas las mañanas, apresuradamente, temiendo llegar tarde a su lugar de trabajo.
En la esquina de siempre, donde solía ver al indigente de costumbre, y donde el día anterior le pareció haber visto al Demonio, una figura misteriosa le sorprendió:
 
-    Buenos días, número 2. Soy el Ángel Caído.
-    ¿Cómo dice?
-    Ya me has oído… Soy el Ángel Caído y estoy muy descontento contigo últimamente. Tu comportamiento no está siendo nada adecuado.
-    ¿Quién es usted para decirme cómo me estoy portando últimamente?
-    Por última vez: Soy el Ángel Caído y he venido a hacerte una advertencia. Últimamente te estás portando demasiado bien. Tenlo en cuenta.
Dicho lo cual, se esfumó tras una cortina de humo en las narices de Número 2.
Número 2 no le dio demasiada importancia. No solía dar importancia a casi nada, y menos a alguien que dice ser el Ángel Caído y que le indica cómo tiene que comportarse.
Y además, ahora llovía sobre mojado. ¿El Ángel Caído no es el Demonio? ¿Estaba llegando tarde de nuevo al trabajo por distraerse con tonterías por la calle?




Día 4: El día después del baile.

Hace tiempo que Numero 2 vive en una resaca permanente. Cuando bebes tanto y tan a menudo, lo único destacable que te pasa es que no te da tiempo a distinguir el estado resacoso del resto de los estados para los que una persona como Número 2 está preparada. Se ha portado mal, como de costumbre… Y eso le alegra. 
Si vas a un baile, bebes moderadamente y te portas bien, eres un imbécil. 
Si vas a un baile, bebes, te drogas y te portas mal, eres un crápula.
 
Número 2 era una auténtica crápula.

Número 2 no le hace caso ni al Demonio, ni al Ángel Caído, ni al Diablo: Está por encima de todos ellos. Está por encima de ella misma. Número 2 es única, y si baila con alguien, bebe con alguien, se droga con alguien… Es porque ELLA quiere. Y eso le hace cada vez más feliz. Y ser cada vez más feliz le aleja del Infierno.
Número 2 es un cielo, aunque ella todavía no lo sepa. Aunque sea muy mala…


Día 3: Ever dance with the devil in the pale moonlight?
 

Ever dance with the devil in the pale moonlight?

Siempre recordamos los bailes a nuestra manera.
 
Número 2 no recordaba.  
Es lo bueno de algunas resacas.
Y también lo malo…



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