miércoles, 11 de marzo de 2015

Microrrelatos sin pudor (Volumen 36): De amor, Meadow Soprano, sexo y nombres





A veces, hasta me dejaba cambiarle el nombre cuando hacíamos el amor. Era un acto de amor total. Algo que me daba pensando que sólo me lo podía dar ella. Y no. Ella me lo daba como un acto de amor. Como un acto de amor total. Pero muchas me lo daban simplemente porque sí, porque no les importaba lo más mínimo como las llamara con tal que yo me sintiera bien, pues suponían que si yo me sentía bien en la cama con ellas, ellas se sentirían mejor conmigo y la experiencia sería mucho mejor.

Estaban en lo cierto.

No soy un gran amante. Ni siquiera un amante del montón. Pero mi mente y mi espíritu compensan cualquier cosa que mi cuerpo no da. Aparente y normalmente. O sea que si yo estaba a gusto, ellas estaban mejor. A veces, hasta la llamaba Meadow. Pero esto sólo lo sabemos ella y yo. Para mí era Meadow Soprano porque a veces me dejaba cambiarle el nombre cuando hacíamos el amor.





viernes, 20 de febrero de 2015

Sarita y el maguey gigante


(Historia levemente basada en hechos reales)




“Grabé en la penca de un maguey tu nombre
Unido al mío, entrelazados”


Hoy os voy a contar una bonita historia. Ese cuento que todos los que han paseado cerca de algún maguey han querido contar pero no saben darle la forma adecuada. La bella historia de Sarita, la que a todos se les viene a la mente en cuanto dan el segundo o el tercer sorbo del primer mezcal de cada velada, que siempre han querido contar pero que misteriosamente olvidan al cuarto o al quinto sorbo. Os la voy a contar porque yo estuve allí, y sé cuál es el cuento verdadero de Sarita y el maguey gigante.

Sarita era una niña como todas las demás. Quizás más simpática, probablemente mas pizpireta, seguramente más risueña, pero como todas las demás. Una niña con sueños y desvelos, con ganas de crecer pero con miedo a hacerse demasiado mayor. Como casi todas las niñas. En aquellos tiempos, Sarita gustaba de pasear conmigo. Con prisa pero con pausa, sin rumbo pero a bonitos sitios. Yo siempre le quería enseñar bellos lugares, seguramente para provocar esa sonrisa que tenía cuando le ilusionaba algo y que a mí tanto me gustaba. Pero aquel día nos perdimos. Supongo que nos pusimos a jugar a aquello tan nuestro de hacernos reír y reírnos de todo que cuando nos dimos cuenta, no sabía por dónde íbamos y empecé a notar que ella empezaba a sospechar algo. Para no intranquilizarla, porque ya tenía yo bastante con mi nerviosismo, y para que no se diera cuenta de nada, hice como otras veces, distraerla con todo lo que veíamos a nuestro alrededor. Mira aquellos de allí, observa esto de por aquí, no te pierdas eso de allá… Hasta que Sarita, como tantas veces en las que le pasaba algo por la cabeza y quería llamarme la atención, agarró mi mano un poco más fuerte de lo normal.





- ¿Quién es Brenda? - Me dijo
- ¿Brenda? No sé, ¿Brenda Walsh? - Le dije yo con mi extraña costumbre de volcar fuera de mi cabeza toda la basura televisiva acumulada tantos años.
- No, Brenda, la que pone ahí…
Me señaló un maguey pero no sabía a qué se refería. Hasta que la miopía me dejó ver cómo en una de las pencas de aquel maguey estaba marcado el nombre de Brenda.
- ¿Brenda? Debe ser alguien que ha decidido poner su nombre en el maguey porque no tenía nada mejor que hacer.
- ¿Nada mejor que hacer?
- Sí, la gente, a diferencia de nosotros, se aburre muchas veces y hace esas cosas.
- Pero, ¿Eso no le hace daño al maguey?
- Puede ser. Pero así su nombre queda grabado en el maguey y piensan que estará para siempre. ¿No conoces la canción?


“Grabé en la penca de un maguey tu nombre
Unido al mío, entrelazados”


Pero ya no estaba escuchándome. Tenía hambre y se olvidó del maguey, de Brenda y hasta de mí. Así era Sarita cuando tenía hambre. Y le pasaba muchas veces al día…

Una vez que había saciado su apetito, volvimos a nuestras conversaciones. Como siempre. Con la diferencia que aquella vez yo sabía que Sarita no estaba en la conversación. Estaba en otro sitio. Estaba pensando en todas las pencas de todos los magueis que había podido ver en su vida y en todos los nombres que podían tener marcados. Hasta que no aguantó más y volvió al tema.

- ¿Por qué la gente graba sus nombre en las pencas de los magueis?
- Pues no sé. Supongo que para que queden ahí para siempre.
- Pero, si queda ahí para siempre, ¿Qué le pasa al maguey? Ya no es el mismo que cuando no está marcado, ¿No?
- Seguro. Los magueis crecen. Como tú. Se van haciendo mayores y luego sirven para hacer mezcal.
- ¿Qué es el mezcal?

Y ahí creo que la vida de Sarita cambió para siempre. Su inocencia infantil se contaminó del proceso de elaboración del mezcal. Le hablé de la selección y el corte del ágave, del horneado o cocimiento de la piña del mismo, de la molienda o machacado, de la fermentación natural y de la destilación. Su mirada se iluminó. Como se suelen iluminar las miradas de todos al tomar un par de tragos de mezcal. Pero lo que realmente dio luz a su mirada para siempre, fue probarlo.

Un buen tiempo después, Sarita ya era mayor, le gustaba mucho el mezcal, y bastante menos yo. Ya no paseábamos tanto pero compartíamos mezcales de cuando en cuando. Ella era una auténtica entendida en el tema y los tiempos en los que me preguntaba ávida y curiosa se cambiaron por darme autenticas lecciones de todo lo que yo, más inexperto y cansado, menos entendido en casi todas las materias, necesitaba saber y ella quería contarme. Sobre todo de mezcal, magueis y demás.

- ¿Sabes? Este mezcal es muy bueno. Quería que lo probaras.
- Está rico, sí – Dije sin dar mucha importancia a aquello que estaba tomando que me estaba pareciendo el mejor mezcal que había probado jamás.
- Es el que tomo yo. Me encanta y quería que lo probaras.
En aquel momento me di cuenta de que no sabía si aquel mezcal era tan maravilloso o la situación de tomármelo con ella, y que Sarita fuera la que lo quisiera compartir conmigo era lo que lo hacía tan mágico.
- ¿Qué tiene de especial? -Pregunté ingenuo como tantas otras veces que hablaba con ella desde que dejó atrás sus años infantiles en los que nos conocimos.
- ¿De verdad quieres saberlo?
- ¡Claro!
- ¿Puedo confiar en ti?
- ¿Cuándo no? ¿Lo dudas?
- Es un mezcal especial.
- Ya lo noto.
- No. Cuando digo “especial” no es una palabra sin fondo, algo dicho sin más. Es realmente ESPECIAL.Y tú tienes mucho que ver en ello.

Me sentí alagado. Creí que lo especial sería por lo mismo que creía que me estaba sabiendo tan rico: por beberlo acompañados el uno de la otra. Pero no. Con Sarita no todo puede explicarse y nada es lo que parece. Y entonces empezó a contarme aquella historia. Esa que todo el mundo quiere contar sin saber bien por qué al segundo o tercer sorbo del primer mezcal de cada velada.

Sarita desde bien pequeña, desde aquel día que vimos a Brenda en la penca de ese lejano maguey, empezó a mirar por todas partes buscando nombres en las pencas de los magueys. Vio de todo, según me contó. Hasta algún corazón que destrozaba completamente la penca porque eliminaba un trozo para hacerse visible y dejar mirar por él. Como si alguien hiciera un hueco en el tronco de un árbol por el que poder mirar para marcar un corazón en él. Y de tanto mirar, tuvo una idea. Una de esas ideas de niña inquieta que tantas veces han podido cambiar el mundo. Porque, eso no os lo he dicho todavía, Sarita aunque no lo dice porque probablemente ni siquiera ella lo sabe, quiere cambiar el mundo. Pensó que todos esos nombre que están en las pencas de los magueis tenían que valer para algo. Para algo más de quedar constancia de una persona, un amor o una circunstancia. Para llegar a algún sitio, para significar algo más. Y cayó en la cuenta de que si grababa su nombre en la penca de un maguey que luego iba a convertirse en mezcal, su nombre iría en la bebida.

Empezó a colarse en campos de maguey a marcar las pencas con su nombre y luego con el tiempo a comprar mezcal allí. Para beberse. Para sentir que algo de ella le volvía con cada sorbo de mezcal.

Pero, inquieta e inconformista, pensó que podía ir un poco más allá. Y vaya si lo hizo. Consiguió dinero para pagar a una cuadrilla que pusiera su nombre en todas las pencas de todos los magueis del campo donde salía el mezcal que más le gustaba. Así se aseguraba, pensó, que toda aquella producción de mezcal llevaría su esencia. Todos beberían algo de Sarita porque así, marcadas, venían todas las pencas de los magueis utilizados.

Empezó a obsesionarse con ello. Ya no le bastaba con controlar con su nombre una producción puntual de un tipo de mezcal. Cuando se vive la realidad de estar en el paladar de todos, una quiere más. Quiere controlar el mezcal. Porque si controla el mezcal, controlas el mundo. Al menos eso pensaba. Al menos en México. Comenzó a dedicar todo su tiempo a ello. ¿Recuerdas ese tiempo que no nos veíamos nunca y que no sabías por qué? Pues estaba de campo a campo de maguey, sin parar. Estaba realmente obsesionada con ello. No dije nada. Sarita siguió contando como aquello empezaba a terminar con su vida. Como de tanto esfuerzo y enfermiza obsesión, ni ganas de mezcal tenía después.

Y ahí es donde se dio cuenta de que nunca una niña como ella podría controlar algo tan grande. Me empecé a asustar con el relato e incluso los últimos tragos de mezcal que tomé mientras la escuchaba me estaban quemando demasiado al pasar y estaban haciéndome un nudo en la garganta. No te preocupes. Fue un impulso. Un impulso que duró demasiado quizás, pero como todos los impulsos, pasó. Lo dejé enseguida y con el tiempo me dediqué a mi propia y modesta producción de mezcal, que es el que estamos tomando ahora. No acabó de sonarme del todo bien. No ya. Los tragos, a diferencia de los que siempre compartía con ella, me estaban resultando muy difíciles de tragar.

- ¿Me estás contando que olvidaste tus intenciones de dominación mundial por medio del mezcal y “modestamente” te has decantado por una pequeña producción propia?
- Algo así.
- No sé si creerte.
- Nunca te he mentido.
- Me da miedo.
- No tienes nada que temer ya.
- ¿Por qué compartes esto conmigo ahora?
- Ya te lo he dicho. Quien bebe este mezcal, bebe de mí. Y ahora yo decido quién bebe conmigo porque es a quién doy mi mezcal. El mezcal que salió de aquellos ágaves que tenían una penca con mi nombre. Es una forma de comunión más perfecta que cualquiera.

No respondí. No le había preguntado eso. Le había preguntado que por qué me contaba la historia. Que por qué no se limitaba a compartir el mezcal sin contar nada. Que por qué me lo contaba ahora precisamente. Pero no le dije nada. Le agradecí que quisiera tomar conmigo y que fuera tan importante para ella. Sin duda para mí también era algo mágico, casi místico. Estaba tomando mezcal que venía de un campo de magueis con pencas en las que ponía Sarita. Y eso era fascinante.

Días después la invité a salir un rato. Cuando llegó, le tenía una cerveza preparada. ¡Toma! le dije.

- ¿Hoy no quieres mezcal?
- No. Hoy invito yo. Esta cerveza en muy especial.
- ¿Especial?
- Si. Cuando digo “especial” no es una palabra sin fondo, algo dicho sin más. Es realmente ESPECIAL.Y tú tienes mucho que ver en ello.
- ¿Yo?
- Sí. Tú. Esta cerveza la compartimos los dos.

Hoy Sarita sonríe como sólo ella sabe hacerlo cuando tomamos esa cerveza o aquel mezcal. Sarita ya sabe que da igual que marque su nombre en la penca del maguey o no. Que ese mezcal o esta cerveza sabe a ella, sabe a mí, y es la mejor que podemos tomar porque la bebida no tiene importancia en sí. Podría tomar con quien quisiera y conseguir lo que trataba de hacer marcando aquellas pencas con su nombre. Porque con quien tomara sentiría lo que ella quería que sintiera por tomar juntos. Lo que rodea a esas bebidas es lo realmente importante. Y lo importante en ese preciso y precioso instante seremos ella y yo. Y quizás algún día volveremos a grabar en la penca de un maguey nuestros nombres...


“No sé si creas las extrañas cosas
Que ven mis ojos, tal vez te asombres
Las pencas nuevas que al maguey le brotan
Vienen marcadas con nuestros nombres.”





B.S.O.: "La Ley del Monte" (Vicente Fernández)

P.D.I: Desde la redacción de este blog se recuerda a cualquier persona que pase por aquí y lea esto, que Sarita es un nombre utilizado con fines narrativos en esta historia y que no debe ser pronunciado nunca de viva voz. Si alguien pretende referirse a la protagonista y mentora de esta historia, que ha tenido a bien dejar que la hiciéramos pública por aquí, deberá hacerlo como Sara y con el mayor de los respetos (a menos que se le indique lo contrario). 

¡GRACIAS, SARA!

P.D. II: En la elaboración de esta historia no ha sufrido daño ningún animal ni ningún maguey.








viernes, 30 de enero de 2015

Olores







Mi ropa sigue oliendo a ti. 
He probado docenas de detergentes y suavizantes diferentes, pero sigue oliendo a ti. 
Incluso he probado detergentes con suavizantes incorporados, de esos que no necesitas comprar las dos cosas porque ya te vienen en uno solo. 
El mundo sigue siendo un lugar estúpido en el que nos acostumbramos a comprar cosas de dos en dos, cosas que son necesarias la una para la otra y que, de repente, se innova y alguien las comercializa juntas, la una incorporada a la otra. 

Lo que hacía tu cama con nuestros cuerpos. 
Lo que hacía mi mente con la tuya. 
Oliendo a ti constantemente. 
Como este puñetero armario lleno de aromas y recuerdos. 
¿Dónde están las polillas y el alcanfor cuando se les necesitan? 

No quiero dejar de oler a ti.









miércoles, 14 de enero de 2015

Conversaciones postcoitum




“¿Hasta que punto se puede decir
que la mirada de un ser humano es algo físico?”
(“El túnel”, Ernesto Sábato)




- ¿En qué momento estos ojos que parten de ser posteriores al sexo pasan a ser de nuevo anteriores?
- ¿Eso es que quieres repetir?
- Claro, pero lo pregunto porque si eso que dices es cierto, supongo que hay un momento en que mis ojos post cambian y pasan a ser pre si en mi interior algo dice que vamos a hacerlo otra vez.
- Los ojos post no desaparecen. Hasta que te duermes a mi lado. Y en ese momento aparecen de nuevo en los sueños. Luego ya la mañana es otra cosa.

En aquellos momentos ya lo sabía. Aunque creo que siempre lo supe. Tenía unos ojos preciosos. Unos ojos que inspirarían a toda una generación literaria o a un movimiento cultural completo. Unos ojos de esos que siempre transmiten cansancio, pero que de cansados que los ves, te enamoras de ellos, te inspiran una ternura inigualable. Una ternura que hace que no puedas menos que fascinarte e inevitablemente, enamorarte perdidamente de ellos para siempre. Porque unos ojos cansados, nunca dejan de estar cansados. Y por tanto, nunca dejan de tenerte atrapado. Y en momentos como aquellos, era más consciente que nunca.



- Me encanta mirarte. Sobre todo en estos momentos.
- Y a mí.
- Es impresionante lo que cambia el Franky anterior del Franky posterior.
- Sigo siendo yo.
- Tus ojos no son los mismos.
- Porque soy un tío raro y miro. Y porque me siento a gusto así, contigo, y me apetece estar pegado a ti y mirarte.
- Tienes razón, eres un tío raro. No sólo por esto, pero sí, eres un tío raro.
- La mayoría de los tíos con los que te has acostado ya estarían vistiéndose con cualquier excusa. Franky no, Diana. Franky está aquí, aunque nadie lo crea.
- Pues tengo experiencias de todo tipo.
- A mí me gusta estar así contigo. No creo que te haya pasado con muchos.
- ¿De verdad quieres que hablemos de eso ahora?
- No, quiero que te sientas bien y que hables de lo que quieras que hablemos.
- Hablemos de lo que quieras, me siento muy bien.
- Yo también.

Y todo era maravilloso. Aunque siempre, mi cabeza se fuera a sitios inconvenientes: ¿Conoces alguna pareja que sea feliz? ¿Realmente feliz? Fantaseaba diciéndome cosas que nunca me consideré capaz de decir en voz alta: Creo que no deberíamos acostarnos. Creo que no deberíamos acostarnos los dos solos ¿Nunca más?. Pero recordaba otros momentos, otras camas. Otras personas, otros cuerpos. Como el tiempo en el que cuando terminábamos de follar, algunas siempre miraban hacia arriba y me preguntaban si había pensado en pintar el techo…

- Se nota.
- ¿Se me nota?
- Se nota.
- Será porque estoy a gusto. Porque estoy muy bien.
- Echaba de menos esos ojos.
- Te miran muy a menudo. Nunca se han ido.
- Estos ojos no. Hacía mucho que no los veía.
- Aquí están, mirándote.
- Me encanta como me miras después.
- Después.
- Después.
- ¿Y antes? ¿No te gustan?
- Es diferente.

Y preguntas en mi interior. Sin poder controlarlas y sin saber si quería plantearlas fuera de mí, compartirlas con ella, con alguien: ¿Conoces la historia del que quiso volver a sentir el placer de aprender a hacer algo importante y vital por primera vez y se amputó los pies para tener que aprender a andar de nuevo? Cuando los demonios que la dirigen abandonen mi cabeza, quizás me convierta en algo aún peor de lo que soy ahora mismo y te resulte aún más insoportable…

 

- ¿No te gustan?
- Me gustan, pero ya te he dicho que es increíble como cambia tu mirada de antes a después.
- ¿Y durante?
- Durante hay de todo.

Sería tan bonito que me escribieras una canción...

martes, 6 de enero de 2015

Cabinas de teléfono







El otro día me dio por preguntar por ahí si recordaban cómo era antes de tener móviles. Nadie se acordaba. No le daban importancia a ese recuerdo o no lo tenían. No encontraban la razón de por qué yo preguntaba eso. Quizás eran demasiado jóvenes. Busqué desesperado una cabina de teléfono de esas que había por doquier antes de que existieran los móviles. Ahora ya casi no quedan. Antes servían para llamar y eran necesarias. Y también para que se cambiaran súper héroes dentro, para hacer bromas a amigos, para besarse, para buscar dinero suelto, para hacerse fotos estúpidas... 




Ahora casi no quedan, y menos que funcionen. Pero encontré una desde la que pude llamar. Marqué números al azar y a todo el mundo le pregunté si recordaba cuando no teníamos móviles. Casi todos me colgaron. Seguramente no querían aumentar su riesgo de cáncer echando un rato de conversación sobre el tema con el móvil al lado de su oreja. Yo no tenía riesgo porque estaba en una cabina. Hasta que me cogiste el teléfono tú y me reconociste. Pero también dijiste que no te acordabas. Ni de cómo era antes de tener móviles ni de mí. Y lloré porque me quedé sin batería. O eso me lleva pareciendo hace bastante tiempo. Si a día de hoy es un milagro encontrar una cabina de teléfono, con lo útil que aún pueden llegar a ser, no quiero ni imaginar lo que sería buscar un cargador de yo. Seguramente ni exista.




Bonus track: Obviamente, todo me acaba llevando a "La Cabina" de Mercero.







domingo, 14 de diciembre de 2014

Tercer final alternativo




Llegó el momento de sacar la versión de su vida en DVD con extras y montaje del director. Intentó incluir sus mejores y más atinados comentarios para acompañar las más inexplicables y crípticas escenas de su existencia. Pero tras meses de preparación, de selección de mejores escenas, de tomas falsas y planos desechados, descubrió que el problema iba a llegar con la duda de si mostrar o no los diversos finales que iba a poner en su vida que deberían ir incluidos en el DVD. Incluso en el Blue Ray, pero eso ya no le quitaba tanto el sueño.

En el tercer final alternativo el protagonista viaja en el tiempo hasta el momento de su nacimiento, y una vez dentro del vientre de su madre se suicida estrangulándose a sí mismo con su propio cordón umbilical, antes incluso de llegar a este mundo.





Toda su película, si incluía este final alternativo, dejaría de tener sentido. Y por ende (No Michael) su vida habría sido una farsa inexistente. Sobre todo inexistente. Tan inexistente como lo era en aquel momento en el que nadie se acordaba de él, Y él sabía, siempre lo había sabido, incluso en los mejores tiempos ya muy lejanos, que si nadie se acuerda de uno es como si ese uno no existiera.

Olvidó todo aquello y después de asomarse una vez mas a la ventana de su habitación que no daba a ninguna parte salvo cuando intentaba dormir que se convertía en un palco no insonorizado de un circuito de carreras de Fórmula 1, sacó su viejo bloc de notas y se puso a escribir una reseña de su momento actual que pudiera definir lo que había sido la película de su vida. 



“Abandono el sexo compartido por la masturbación. Aunque fantasee constantemente en conquistas y orgías. El mero hecho de pensar en entablar una relación con alguien me provoca el mayor de los fracasos amorosos conmigo mismo. No me acerco a las chicas aunque piense –e incluso esté seguro- que están esperando a alguien como yo. El mundo sería un lugar más sano si nadie esperara a nadie como yo. Me masturbo incluso después de rechazar una buena proposición de sexo compartido. El mero hecho de masturbarme me hunde una y otra vez en mí interior. Hasta se podría pensar que eyaculo para dentro si no fuera porque uno de los pocos rasgos que presento de ser humano es que aún me corro -casi- a voluntad. Llegará el día en que ni eso lo controle y descubriré que estoy finalmente seco. Seco y podrido. Podrido de malestar. De estar mal sin hacer nada por siquiera estar. La necesidad de desaparecer me lleva hacia los demonios, y ni ellos me hacen reaccionar. Veo pasar los días como las horas. Y las horas hace algún tiempo me empezaron a parecer bastante más cortas que veintitantos minutos. Los minutos no existen. Basta con ver que un reloj pone que faltan trece minutos para las dos cuando en el de la muñeca faltan quince y en el despertador diez. Ese intervalo de minutos está perdido. Después de mirar la hora del despertador, ya nunca volverán a falta trece minutos para las dos. Es imposible, cuando hay algún sitio en el que sólo faltan diez y mi mente ya se va a menos cinco.”
 


Arrancó la hoja y cerró el bloc de notas. Mascó con desgana un chicle que, según leyó en el envase, debía saber a fresa ácida. Cuando su mandíbula empezó a dar muestras de rebeldía laboral y su mente se había cansado ya responder a los estímulos de sus papilas gustativas con un NO rotundo a la pretensión de que aquel inexistente sabor fuera fresa ácida, se sacó el chicle de la boca y con él pegó en la pared la hoja.




Se sintió satisfecho. Casi tanto como cuando se acordaban de él. Tanto, que se masturbó una vez más reafirmando su felicidad por lo acertado de su idea de abandonar el sexo compartido. Pero recordó que todo aquello no tenía mucho sentido si el final de todo regresaba al presente porque no hay nada que hacer cuando la vida te recuerda que has hecho mal su montaje.

En el tercer final alternativo el protagonista viaja en el tiempo hasta el momento de su nacimiento, y una vez dentro del vientre de su madre se suicida estrangulándose a sí mismo con su propio cordón umbilical, antes incluso de llegar a este mundo.
 







miércoles, 12 de noviembre de 2014

Cara o cruz


Cogió la moneda sabiendo que todo se jugaría a cara o cruz. Le gustó el simbolismo y el momento de todo o nada, más que el de doble o mitad que, aunque lo parezca o lo sugieran, no es ni de lejos lo mismo. Cara o cruz. La moneda. Se acercó a la barra y se dispuso a dársela a aquella camarera que no sabía nada del tema. Para aquella camarera el conflicto de cara o cruz de una moneda no tiene el menor interés porque ella cobra en billetes. En billetes de dinero negro, pero billetes a fin de cuentas. Y su único cara o cruz es saber si todos los billetes que le corresponden cada noche van a llegar en su número correcto o mayor (solía cobrar más cuando la noche iba bien, el jefe estaba contento y ella iba deliciosamente vestida para el regocijo de la clientela) o la farlopa de la que todos están manchados iba a hacer que llegara a casa con menos de lo previsto. Y su cara bonita se convertiría en cruz al mirarse en el espejo al día siguiente con la mitad izquierda del cerebro gritando y recordando que meterse tanto se cobraba sus facturas con pagarés a pocas horas vista.



La moneda, la barra, la camarera que esperaba el pago. El cara o cruz en la mano. ¿Y si el destino de la humanidad o del mundo tal y como lo conocemos estuviera en aquella moneda y en el azar de la cara o la cruz? Su mundo seguro. Tal y como él lo conocía. Estaba todo pendiente de aquella moneda y de aquel cara o cruz.
Ni la camarera, ni nadie de aquel local sabían lo importante de aquella moneda y de aquel cara o cruz. Porque a ellos, seguro que no les afectaba. Pero el mundo estaba a punto de cambiar...


B.S.O.: "A cara o cruz" (Radio Futura)





viernes, 7 de noviembre de 2014

Diana tendrá éxito algún día





Diana es especial. No ese especial que se dice peyorativamente de muchísimas chicas, sino una persona realmente especial. Es una triunfadora sin triunfo, aunque lo que ha conseguido en las cosas que realmente le han interesado y ha hecho en su vida serían un éxito para una gran mayoría de los mortales.
Es una mujer de la que se podría escribir ya, a su edad, una bonita e interesante biografía. Sobre todo interesante. Y eso es lo mejor que se puede decir de alguien para poder escribir su biografía. Interés. Que mucha gente pudiera ver su vida en unas líneas sin conocerla y tuviera deseos de devorar esas líneas, de meterse en esa vida, de acaparar esa personalidad, ese movimiento por el mundo al que llamamos vida.
Quizás para algunos fuera una biografía como otra cualquiera. Realmente, todas las biografías tienen un interés limitado al interés que te despierte el personaje biografiado. Nos acercamos a las biografías por conocimiento hacia el personaje. Nadie se plantea leer así por las buenas la biografía de un pastor de Kazajistán porque puede que no sepa ni dónde está Kazajistán y haya que repetirle segundos después eso de Ka-za-jis-tán. Puede que la leyera si la escribe su escritor favorito o si está estudiando el pastoreo de esa zona del mundo, pero lo lógico es que ni sepa que existe ese libro como no sabía que había pastores en Kazajistán o lo que sea que le hayan dicho.
Ese es el quid de la cuestión: Diana era una persona poco conocida para el gran público. No se sabía de su existencia más allá de un círculo -muy grande comparado con el habitual de casi todo el mundo- que tenía diversas visiones de su vida. Diana no era famosa, aunque ella siempre pensó que lo sería muy pronto. Aunque algunos pensemos que lo llegará a ser algún día. Pero en ese círculo, mucha gente ni se imagina que Diana tiene dentro de sí una gran, amena, excitante y maravillosa biografía por la que muchos famosos matarían.



Conocí una vez a un tipo que decía ser biógrafo. Era un conocido de otro conocido, amigo de alguien, o algo por el estilo. Vamos, que no era una persona a la que yo fuera a escuchar mucho ni dar pábulo a sus palabras, pero las veces que coincidí con él parecía tener muy claro a qué se dedicaba y qué significaba lo que hacía.
Llevaba un tiempo dedicado a ganarse la vida escribiendo cosas por encargo. Lo mejor de su trabajo eran las biografías. No le daban mucho trabajo, bastaba con acercarse todo lo posible a la persona que le hacía el encargo y preguntar, preguntar, preguntar. Siempre le gustó preguntar. Decía que era una manera muy fácil de evitar que su mente hiciera elucubraciones inútiles porque lo que necesitas saber te lo dicen. Había casos en los que le encargaban la biografía de un muerto y la labor era aún más fácil porque bastaba con investigar en cartas y documentos, en espacios que haya dejado vacíos el finado (¡Cómo me ha gustado siempre esta palabra!) para encontrar algo de interés que contar, además de ir modelando a su antojo todo lo que le cuente la gente que lo conoció en vida. Esas tareas no caen por la falta de inspiración nunca, que parece que fue lo que le colocó en el mundo de las biografías y su carrera literaria no echó a volar nunca. Estaba feliz porque le bastaba con modelar los acontecimientos de manera elogiosa con el biografiado para que todo el mundo estuviera contento.
Yo podría escribir una biografía de Diana, lo sé. De acuerdo a lo que me contó aquel biógrafo, parecía fácil e incluso entretenido. Y de entretenido, Diana lo tenía todo.
Pero yo tengo un problema que pocas veces se valoran en la elaboración de biografías: No sé escribir.
Aunque sepa mucho de Diana. Me encantaría que me encargaran su biografía y saber más y más de ella. Convertirme en una entendida en su materia, en su figura, y cuando llegue a ser grande y conocida, ganarme la vida aportando mi visión de experta en ella. O simplemente, forrarme contando una gran historia. Su historia. La que tiene y que está por escribir.
Cuando la besé por primera vez lo supe. Ella era de esa clase de chicas que cantaba un tipo de canciones que sólo puedes escucharlas en francés . Se lo dije. Podría ser un título maravilloso para su biografía.
Pero no sé escribir...




jueves, 30 de octubre de 2014

5



Hoy es nuestro aniversario.
Hoy se cumplen cinco años de esta locura que no iba a llevar a ningún lado cuando empezamos y que tampoco parece que lleve a ningún sitio. 

Pero son CINCO años ya. 





Hay muchas maneras de celebrar esto. 
Pero este año sólo toca decir 
MUCHAS GRACIAS 
por permitirlo. 

Besitos para ellos y abrazos para ellas.

Habrá que emborracharse (Más).




martes, 28 de octubre de 2014

300 historias (O similar)


Este es el post 300 desde que empezó cabezadeavestruz. Llega en la temporada más baja de producción y cuando salen historias con cuentagotas. Much@s preguntan si nos quedamos sin ideas o si vamos a cerrar. La verdad es que no hay respuestas al respecto. Pero lo que es verdad es que no son “much@s”, que es una manera de hablar. 
  


300 historias (o algo así) a dos días de cumplir cinco años. 300 dan una media de 60 al año, a 5 mensuales. No está mal. Pero es una media, como todas, bastante irreal. Bien es cierto que es una media que baja notablemente porque en el último año de vida de cabezadeavestruz este será el post 14 cuando en los anteriores fueron 53 y de 73... La publicación en otros medios, la vida disoluta, el preocupante inicio de artrosis en los dedos de ambas manos por forzarlos en prácticas ajenas al teclado del ordenador o que gran parte de los textos (aunque alguno haya sido publicado por aquí) se conciban como parte de una novela que parece que no llega nunca, han dado como resultado este pírrico marcador. 

En cualquier caso, nos congratula que cuando menos publicamos, más visitas tenemos. La página de facebook tiene un tráfico inimaginable hace un año o dos, aunque no acabe desembocando aquí. Parece que la mayoría preferís el impacto visual y el texto corto a pinchar un enlace sin saber qué va a aparecer. No os culpamos. Es lo normal en estos tiempos de inmediatez y de redes sociales. 

A pesar de (o gracias a) ello, el día 30 acaba una época y empieza otra. Llega el año 54 D.D. (Después de Diego) y debe empezar cabezadeavestruz 6.0. Veremos a ver...



De momento, nos quedaremos escuchando la música que ha pasado por aquí este quinto año que, como no podía ser de otra manera, es mucha menos que los años precedentes.

Salud y gracias. Besitos para ellos y abrazos para ellas.

Nos vemos (O no).

Cuantos más nos vean, más felices somos tod@s... ¡COMPARTE!